domingo, 29 de abril de 2018

De tertulia

En la tertulia literaria, pseudofilosófica y política de poetas radicales surrealistas que tiene lugar todas las tardes en El Parnaso, viejo y destartalado puticlub hoy reconvertido en café donde se dan cita y alternan las musas inconformistas y rebeldes de los cuatro artistastros que la frecuentan y se plantean los problemas del mundo que no se resuelven porque no tienen solución, surge siempre la eterna cuestión: ¿Cuál es el remedio que puede poner fin a tanta desventura como acontece? Tarde o temprano alguien, que suele ser casi siempre el mismo exaltado, regurgita la misma respuesta: -¡La dinamita!


Lo vocifera el filántropo redomado, como le llaman los demás no sin cierta guasa, ya que fundamenta su filantropía en el exterminio de la especie humana. Y añade como colofón: -¡Por el bien de la humanidad,  y del resto del planeta! ¿Lo acusaríamos de delito de odio al género humano? ¿Desde cuándo el odio, que es la otra cara del amor, es un delito? ¿Por qué no se reivindica con la misma dignidad que el amor la liberación del odio, el odio libre? ¿Sería acaso reo de apología del genocidio y enaltecimiento del terrorismo en esta España hodierna de nuestras entretelas? ¿Se trata, acaso, de un peligroso terrorista o simplemente de alguien que hace uso de la libertad de expresión expresando, valga la redundancia,  libremente pese a quien pese, que siempre le va a pesar a a alguien, lo que siente y lo que piensa?


Un rincón de mesa, Henri Fantin-Latour (1872)


La policía, desde luego, sabe que ni el exaltado dinamitero, ni ninguno de los demás tertuliantes de la poco concurrida tertulia parnasiana de artistas fracasados y bohemios de provincias, románticos empedernidos alérgicos al trabajo asalariado, al que, insumisos como son, no se doblegan,  están fichados como peligrosos, ni siquiera potencialmente peligrosos terroristas, pero sí recaen a veces en el delito verbal de apología del terrorismo.


Se trata simplemente de un grupo de poetastros macilentos de poca monta y ningún renombre que quieren hacerse notar a toda costa con proclamas escandalosas. El exaltado dinamitero, además, es un bohemio con aire de eterno adolescente que ya no es lo que parece. Suele permanecer silencioso y grave durante un buen rato, y gusta de romper su hermético mutismo de vez en cuando proclamándose el más encarnizado enemigo de la humanidad, acérrimo partidario del exterminio absoluto y la extinción del bíblico semental humano.


¿Anarquista? En todo caso anarquista descreído, de los que ni siquiera creen ya en la anarquía. Es verdad que nunca pugnará por tomar el poder, como han hecho los peores compañeros de viaje y falsos revolucionarios, los camaradas comunistas, siempre vapuleados en la tertulia, que cada dos por  tres están dando la matraca con que todo va a cambiar cuando ellos tomen el cielo por asalto, y destronen al simbólico Zar de todas las Rusias desalojándolo del Palacio de Invierno, para entronizar al Partido y su Comité Central.


 Los cuatro gatos, Ricard Opisso (c. 1899)


Más que anarquista, es un nihilista corrosivo, propagador infatigable de ideas destructoras e incendiarias. O,  más que eso todavía, un enfant terrible partidario de la destrucción de todas las ideas; poeta venido a menos, como suele definirse, ha compuesto en hexámetros dactílicos con rima asonante un poema épico y  heroico que celebra el poder de la dinamita y  es un elogio, encomio lo denomina él, de la nitroglicerina; porque es un poeta, un poeta muerto de hambre, pero poeta al fin y a la postre; un poeta venido a menos cuya pretensión no ha sido ni será nunca ir a más ni venirse arriba, como se dice ahora, sino todo lo contrario.


Para los tertulianos no hay nada sagrado, salvo la blasfemia, que baja a Dios, a la Virgen María y a todos los santos del cielo para ponerlos a parir. Si hubiera algo sagrado, que no lo hay, no estaría, desde luego, dentro de los templos: ni en las mezquitas, ni en las sinagogas, ni en las iglesias, ni en las pagodas. Si hay algo sagrado es el fuego. Pero no el fuego real, sino el fuego de la razón, como diría el oscuro filósofo griego Heraclito de Éfeso, del que se proclama fanático seguidor, porque el fuego de la razón es el único que arde incombustible.


Alguna vez se ha dicho y mantenido en la tertulia que la única iglesia que ilumina es la que arde, pero esta proclamación de piromanía no se orienta a rendirle culto al fuego purificador porque sí, ni a incendiar bosques ni a quemar iglesias como los viejos anarquistas anticlericales, que proclamaban, siguiendo a Bakunin, que el aliento destructivo era el único espíritu auténticamente creador, y, por lo tanto, poético,  o como hizo Eróstrato, que también era de Éfeso como el tenebroso filósofo, que decidió liberar a la diosa prisionera del templo, destruyendo la que era una de las siete maravillas del mundo antiguo, que dio pábulo a pavorosas llamaradas, el templo de Ártemis, Artémide o Artemisa, la diosa virgen y madre, por lo que hoy es recordado por algunos psicagogos, que utilizan su nombre para criminalizar una conducta humana aparentemente destructiva, pero en el fondo poética y creativa, que denominan complejo de Eróstrato.


-¡Hay que ser incendiarios! ¡Dinamiteros de la fe, de toda fe! Arenga entonces a los contertulios, uno de los cuales se retuerce el bigote y frunce el entrecejo en señal de desaprobación. El vate dinamitero habla como un iluminado, con un brillo incendiario en los ojos enrojecidos. No cejaremos hasta ver cómo arde Troya, ese matrimonio sagrado del Estado y el Capital, cara y cruz de la misma moneda. No queremos destruir los edificios, añade, sino la fe, que es el fundamento que los sustenta. Tampoco a las personas, sino la fe que las fundamenta obligándolas a ser lo que son. Nos mueve el aliento creativo de la destrucción. 


La tertulia errante (detalle), Detritus (¿2017?)


Autor de un panfleto titulado “El quinto elemento”, lo ha leído en la tertulia con voz temblorosa, que no por ello ha dejado de retumbar en el café donde nadie se escandaliza de ninguna de las cosas que se dicen y se oyen, sino que, quien más quien menos, las escucha, masca y considera.


-A la lista de los cuatro elementos de Empedoclés -él no dice nunca Empédocles, a la latina, sino siempre a la griega con acento agudo- que componen el mundo y que son sus cuatro pilares y  metáforas primordiales, a saber, aire, tierra, agua y fuego, bendito sea el fuego, hermanos, hay que añadir un nuevo y no menos fundamental elemento que abarcará y definirá todo, incluyendo y no excluyendo a ninguno de los anteriores. Postulo este quinto y definitivo elemento con toda la dignidad y rigor científico y filosófico que se merece. No viene a incrementar los cuatro existentes, sino a excrementarlos porque el elemento que propongo es, efectivamente, un excremento: la mierda.


-No estoy hablando -añade tras una breve pausa en que se abre un silencio expectante de indignación y asombros de todos los contertulios- como vate venido a menos que utiliza una metáfora que escandalizará sólo a los burgueses biempensantes,  que son los que no piensan. No estoy hablando en sentido figurado, sino en sentido real, física- y químicamente puro. Apelo a los sentimientos más íntimos de los presentes. ¿Quién no ha sentido alguna vez en su vida que todo es...  una puta mierda? ¡Que levante la mano si hay alguien aquí presente que no se haya percatado de eso alguna vez en su vida! Y cuando digo todo, digo todo y abarco a todas las cosas que hay y que son lo que son, incluidas todas las personas a las que meto en el mismo saco, y yo, el poeta venido a menos, el poeta dinamitero, el primero entre ellas. Por muy grosero que pueda parecer este quinto elemento, es la esencia de la realidad que demuestra, al mismo tiempo, la falsedad del mundo.


El manifiesto, una vez leído, ha arrancado algunos aplausos incondicionales y alguna crítica que otra soterrada. El bohemio exaltado ha apurado el chupito de tequila de un trago, y acto seguido ha concluido perentorio: -Recordad, amigos, que ninguna futura eternidad va a devolvernos el momento presente que rechazamos.

viernes, 27 de abril de 2018

Dos epitafios griegos

Tumba de niño: El epigrama de Luciano de Samósata, del siglo II de nuestra era, si es de él, que no es del todo seguro, incluido en la Antología Griega V 308, está dedicado a un niño de cinco años llamado Calímaco, que se despide del mundo diciendo que no lloremos por él: si vivió poco también sufrió poco. 


Niño de cinco años de edad, sin miedo en el alma,

 vino a buscarme, feroz,     muerte, a Calímaco, a mí. 

 Mas por mí no llores, pues poco yo de la vida

 supe,  y poco también     supe del mal de vivir.

Tumba de viejo: Se trata de un epigrama anónimo, incluido también en la Antología Griega VII 309, de fecha incierta, quizá del siglo III antes de nuestra era, según Marguerite Yourcenar,  que escribe que es muy del gusto de Calímaco y que lo convierte en el epitafio de un misántropo, es decir de alguien que odia a la humanidad y su organización social basada en la familia,  y así lo traduce al francés, despojándolo de sus coordenadas de nombre propio, lugar de nacimiento y edad para darle validez universal:  Je suis mort sans laisser de fils, et regrettant / Que mon père avant moi n'en eut pas fait autant. En alejandrinos castellanos vendría a ser algo así:  He muerto sin dejar hijos, y lamentando / que no hubiera mi padre hecho antes otro tanto. 


  Yazgo aquí, sesentón, Dionisio de Tarso, soltero. 
 ¡Ah si lo hubiera, ojalá,     sido mi padre también!

miércoles, 25 de abril de 2018

Dos chistes y una tira cómica sobre la obligación de ir a la escuela

La maestra anuncia a toda la clase: -Hoy vamos a tratar una nueva unidad didáctica:  la Educación Sexual. Una niña alza rápidamente la mano y pregunta: -¿Podemos salir al recreo, señorita, las que ya follamos?



(Frente al terminajo pedagógico que utiliza la maestra de “unidad didáctica” para impresionar a su auditorio infantil con su jerga pseudoespecializada que sustituye a los tradicionales “lección” o "clase", la alumna emplea con desparpajo una palabra vulgar, popular,  que recién pronunciada provocará la irrisión general, y será tachada de malsonante e impertinente por la profesora, que corregirá inmediatamente a la deslenguada discípula por su expresión soez con eufemismos y paráfrasis cultas como “mantener relaciones sexuales”, "practicar el coito" o, más ridícula aún, “hacer el amor”. Pero la gracia del chiste reside en que lo que pretende enseñarles la maestra bajo el campanudo título políticamente correcto de “educación sexual” es algo que esta alumna y algunas amigas más, por el uso que hace del plural, ya saben y por lo tanto resulta superfluo que la señorita pretenda explicárselo y darles consejos sobre cómo se hace o se deja de hacer,  por lo que pide que se las dispense de la clase y se las deje salir al patio... Ella y sus amigas, que ya saben lo que es eso tanto en la teoría como en la práctica, no tienen ningún interés por la aburrida monserga pedagógica que las espera de la profesora, y lo que quieren, en el fondo, es librarse de la reclusión escolar siquiera momentáneamente, salir de la ominosa aula al patio y aire libre y a un recreo que todavía no ha sido catalogado como "activo" ni como "segmento de ocio" y del que aún se puede disfrutar libremente sin estar bajo vigilancia tutelada). 


Esa misma maestra, vamos a suponer, progresista y comprometida con la mejora de la educación, más preocupada de hecho por educar que por enseñar a sus alumnos y alumnas, que, por su parte, no aprenden nada que no supieran ya, como hemos visto en el caso anterior, pasa una encuesta bienintencionada un día a toda la clase donde alumnos y alumnas, como dicen ahora para visibilizar innecesariamente el género gramatical femenino, pueden expresar libremente por escrito porque es anónima su opinión sobre cómo les gustaría que fuese la escuela del futuro en sus mejores sueños, y cómo se la imaginan en su perfección ideal más cumplida y acabada, Jaimito responde sin dudarlo mucho de viva voz: “Cerrada a cal y canto, señorita”. 

 Tira cómica de Bill Watterson, de la serie Calvin y Hobbes


Calvin, el entrañable personaje de la tira cómica Calvin & Hobbes de William "Bill" Watterson y alter ego infantil del autor, exclama cuando esperaba en la parada la llegada del bus escolar que sería una gran sorpresa que el autobús que él está aguardando como todos los días de lunes a viernes y que parece que se retrasa un poco más de lo habitual explotara de repente y desapareciera por arte de magia y combustión espontánea y así él se viera libre por lo tanto de la obligación de tener que ir al colegio como la res que es transportada al matadero para su sacrificio e inmolación... Lo dice bien alto, como para que la Divina Providencia que todo lo ve lo oiga también allá arriba en las alturas, pues parece que está sorda como una tapia y a veces hay que chillar por si acaso no se entera, igual que a la abuelita... Calvin, no quiere ir a la escuela, no porque no le guste aprender, que no le disgusta ya que es un niño inteligente y despierto, sino porque precisamente en la escuela no se aprende absolutamente nada que no sea la obediencia ciega a lo que está mandado, a la rutina de los horarios y calendarios escolares establecidos que dividen el tiempo en ocio y trabajo, lectivo y no lectivo, cara y cruz de la misma moneda.


Pero esa sorpresa que Calvin desea que suceda no va a cumplirse, precisamente porque aun en el caso de que aconteciera ya no sería tampoco ninguna sorpresa que pudiera cogerle desprevenido. Ya no sería algo inesperado y sorprendente. Ya lo cantaba Radio Futura: "Nunca se puede saber / lo que va a ocurrir mañana / salvo que al fin de semana / sigue un lunes otra vez." La sorpresa consistiría en que el fin de semana fuera realmente el fin de la semana, como su nombre indica, el fin de los siete días cuyos nombres recuerdan respectivamente a la Luna, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus, Saturno, modificado entre nosotros por el término judaico del Sabat, séptimo y sabático día de la semana judía, y al Sol, que pasó a llamarse día del Señor, semana que adaptaron los cristianos para imponérsela al universo mundo. La sorpresa sería que al domingo no le sucediera un lunes. Pero la semana laboral ya existía cuando Dios creó el mundo y lo puso en marcha.  La reflexión de Calvin viene a decirnos que todo lo puede el Señor menos que un lunes deje de ser lunes, aunque no por eso vamos a dejar de desearlo vivamente en el fondo de nuestro corazón. 


Lo que quieren Calvin, Jaimito y la niña contestataria en definitiva es algo que va a chocar con la dura realidad y que formulado en el lenguaje infantil del niño que todavía no ha aprendido bien algunas reglas gramaticales es: “Que no haiga escuela nunca más”. Recordemos a Ivan Illich: "Para la mayoría de los seres humanos, el derecho a aprender se ve restringido por la obligación de asistir a la escuela".

domingo, 22 de abril de 2018

Nuevo "Gaudeamus"

Agustín García Calvo compuso su versión particular del "Gaudeamus igitur" en latín en una de las numerosas reclusiones que padeció en las celdas de la Dirección General de Seguridad, los célebres calabozos de la Puerta del Sol,  por apoyar el pronunciamiento estudiantil madrileño desde su estallido en febrero de 1965, adelantándose al mayo del 68 francéshasta su reintegración al orden en 1969, lo que motivó su expulsión de la cátedra y su posterior exilio a París en plena dictadura franquista.

Escribió en Actualidades (Editorial Lucina, 1980), donde lo publicó, que "repetirse a sí mismo interminablemente ritmos y tonadas era uno de los modos más placenteros que podía tomar el Tiempo", y así compuso este antihimno, cuyo lenguaje es similar al de la versión tradicional estudiantil, que es el latín medieval de los clerici uagantes, siguiendo su esquema rítmico y métrico. 

La letra arranca de una leve modificación de la primera estrofa, que en la versión original viene a decir que debemos alegrarnos mientras seamos jóvenes porque después de los gozos placenteros de la juventud y de los molestos achaques de la vejez nos tendrá la tierra, es decir, la huesa, o sea, la fosa del cementerio. 


Gaudeamus igitur,
iuvenes dum sumus;
post iucundam iuventutem,
post molestam senectutem,
nos habebit humus.


La última palabra de la estrofa,  humus, no tiene nada que ver con el humo (que se dice fumus en latín), ya que significa tierra, suelo, terruño,  de donde nos vienen a nosotros las palabras cultas y con hache intercalada inhumar y exhumar,  que valen por enterrar y desenterrar respectivamente, y también la tra(n)shumacia,  que viene a ser el pastoreo itinerante, pero también el adjetivo humilis -e, origen de nuestro humilde, procede de ese árbol genealógico con el significado original de "a ras de tierra", y también tiene relación con esta palabra, qué le vamos a hacer,  el género humano característico del animal rationale, toda una lección de humildad etimológica.



La versión de García Calvo de esta primera estrofa sólo modifica los adjetivos que se aplican a la juventud ("rebellem" en vez de "iucundam") y a la vejez, ("pacatam" en lugar de "molestam"), y hace  una parodia de las demás estrofas, con unas cuantas proclamaciones "críticas y ardorosas" de lo que representó aquel movimiento estudiantil, sustituyendo por ejemplo todos los "¡viva!" que aparecen en el himno tradicional por "¡muera!", para que queden como recuerdo vivo.

Ofrezco de su versión una traducción al castellano un tanto libre, si no libérrima, que permite sin embargo que pueda cantarse según se hace comúnmente. La letra es por cierto,  muy apropiada, como se verá si se lee,  para entonar a contracorriente en todas las graduaciones y ceremonias de aperturas y cierres de cursos académicos y escolares. Ojalá que alguien se anime a cantar la versión de García Calvo si no es en latín, en este nuevo latín que es el español oficial contemporáneo, valga para lo que valga, si algo vale, que eso nunca se sabe.

I. Gaudeamus igitur,
iuvenes dum sumus.
Post rebellem iuventutem,
post pacatam senectutem,
nos habebit humus.

1. Disfrutemos jóvenes
hoy de nuestra suerte.
Tras la juventud guerrera
y resignada vejera,
nos tendrá la muerte.

II. Vbi sunt qui ante nos
in mundo fuerunt?
Ossa sub terra crepant,
miseri nos increpant,
quod numquam vixerunt.

2. ¿Dónde están los que anteayer
en el mundo fueron?
Bajo la tierra sus huesos
se revuelven cual posesos
porque no vivieron.

III. Nos autem iam nolumus
obsequi isti legi,
neque argentum pro labore,
nec laborem pro amore,
neque regere nec regi.

3. Pero no queremos ya
esa penitencia, 
 ni dinero por labores,
ni trabajo por amores,
  mando ni obediencia.



IV. Si nescimus forsitan
quae fieri velimus,
at ea quae nos premunt,
at ea quae falsa sunt,
ea satis scimus.

4. Si no sabemos quizá
qué es lo que queremos,

 lo que no queremos que haya,
lo que es falso y de esa laya
sí que lo sabemos.

V. Cui prodest ista iam
negotiorum rota,
tot consortia fabricarum,
tot commercia catenarum?
Ipsamet sibi tota.

5. ¿Para qué nos sirve ya
 que gire la rueda
del progreso y sus promesas,
del comercio y sus empresas,
sin parar que pueda?

VI. Cui prosunt, quaesumus,
saecla gubernantum,
et imperia militaria
et officia statutaria?
Ipsamet sibi tantum.

6. Preguntamos el porqué
de tantos gobiernos,
los imperios y su gloria,
y los siglos de la historia.
¡Que ardan en los infiernos!


Vivat Academia, Hans Crepaz (1938-...)

VII. Pereat ergo Dominus
nummorum et fascium,
et rex qui mortificat
et lex quae iustificat,
et qui colunt mendacium.

7. Muera, por tanto, el Señor
  Capital y Estado,
muera el rey que mortifica,
y la ley que justifica
y nos ha engañado.

VIII. Pereat Accademia,

pereant professores,
et cathedrae quaelibet
et decani quilibet
simul ac rectores.

8. Muera la Universidad
y los profesores,
los exámenes, abajo,
los diplomas, al carajo,
rector y doctores.

IX. Sed et scholae pereant
ingeniariorum,
pereat technica fatalis,
pereat scientia venalis,
opium populorum.

9. No haya escuela nunca más
ni reloj que cuente,
muera la tecnología,
y la ciencia que la guía,
opio de la gente.

X. Vivat liber amor et
fratrum et sororum,
vivat et inmunitas,
libertas, communitas
omnium conservorum.

10. Viva libre el libre amor
de hermanas y hermanos.
Viva la comunidad,
y la amable libertad
en libertas manos.

XI. Vivat ars dialectica,
mors religionis;
nam quae ratio construit,
ratio ipsa destruit.
Vivat ius negationis!

11. Viva la dialéctica
 negación tozuda;
lo que la razón construye,
  ella misma lo destruye
al sembrar la duda.

XII. Vivat vita hominum,
si quid erit tale;
sin minus, vel pereat
et ad umbras transeat
animal rationale.

12. Viva la vida si la hay
y se da tal cosa;
pero si no, que perezca,
y el ser racional fallezca
en sombría fosa.


viernes, 20 de abril de 2018

Meleagro sobre el alma y el amor

El breve epigrama de Meleagro de Gádara (Antología Palatina, V, 57) compuesto por un dístico elegíaco -sólo un par de versos-  dedicado a Eros, o sea, a Cupido, que es la personificación divinizada del Amor, presenta una curiosa polisemia que puede pasarnos desapercibida en las traducciones actuales si no prestamos atención al texto original.

La traducción en prosa inglesa de W. R. Paton publicada en la Loeb Classical Libray en 1920 dice: Love, if thou burnest too often my scorched soul, she will fly away; she too, cruel boy, has wings. Lo que literalmente es: Amor, si abrasas muy a menudo mi chamuscada alma; huirá volando, ella también, niño cruel, tiene alas.

La traducción francesa, también en prosa, de Pierre Waltz, publicada por Belles Lettres en 1960, presenta por su parte: Si tu brûles trop souvent une âme qui voltige autour de toi, elle s' enfuira, Éros; elle aussi, méchant, elle a des ailes. En castellano: Si quemas muy a menudo un alma que revolotea a tu alrededor, ella huirá, Eros; ella también, malvado, tiene alas.

  
La edición de Waltz incluye en el aparato crítico la propuesta de lectura de Hecker, que consiste, a mi modesto parecer acertadamente, en entender πυρί (fuego) en lugar de περί (alrededor), ya que no está claro qué es lo que escribió realmente y quiso decir el poeta. La diferencia de interpretación sería “que nada en el fuego” o “que nada alrededor”. 

La traducción española de Manuel Fernández-Galiano, publicada por Gredos (Madrid, 1978) en su Bibliteca Clásica, núm. 7, omite la alusión explícita al alma, y la sustituye por la falena, que es un tipo de mariposa: La falena que en torno a ti gira, si tanto la quemas, / se te escapará, Eros; también ella tiene alas. En nota aclaratoria el traductor explica: "En griego la misma palabra significa a la vez mariposa o falena y alma: la mariposa gira en torno al amor atraída por él, pero si los tormentos del amante son excesivos, si el fuego quema demasiado, el alma escapará de la tentación.". 

En las traducciones inglesa y francesa señaladas no se entiende muy bien que se diga que el alma también tiene alas como el propio dios Amor. Ahora bien, la traducción francesa presenta a pie de página una nota aclaratoria, que es que la palabra griega ψυχή significa a la vez alma y mariposa, por lo que el poema, dada la polisemia del término, quiere decir no que el alma tenga alas en sentido figurado, sino que la mariposa o polilla, como prefiero yo, las tiene. La diferencia entre polilla y mariposa es que la polilla es nocturna, como el amor, mientras que la mariposa es diurna. Una traducción más acorde con el original debería decir: “Si quemas, Eros, muy a menudo a un alma que revolotea (o nada) a tu alrededor (o en tu fuego) como una mariposa, huirá de ti; ella también, malvado, tiene alas”. Lo que en un dístico elegíaco castellano podría ser algo así.

Mi alma, polilla en tu fuego, Amor, si tanto la abrasas,
cruel, huirá; también     saben sus alas volar.

Amor guiando a Alma con su antorcha, Mitreo de Capua antigua.

Las representaciones gráficas de Eros y Psiqué, o, si se prefiere traducir los nombres,  de Amor y Alma, le plantean al artista un problema: o representa a Psiqué como una bellísima joven, como en el cuento de Apuleyo, o como una mariposa, o en un compromiso entre ambas imágenes como una muchacha alada como mariposa.

En el mitreo o templo consagrado al dios Mitra de Capua antigua (Santa Maria de Capua Vetere, en la Campania italiana) se ve un relieve en mármol, encastrado en la pared, que representa a un Cupido/Eros desnudo y alado con una antorcha en su mano izquierda, que, sin el arco y las flechas que tanto le caracterizan en otras iconografías, toma con la diestra a Psiqué, que por su parte, ataviada con un largo vestido transparente, cuya cola recoge con la mano derecha, dispone de dos pares de alas, dos anteriores y dos posteriores, a sus espaldas como las de una mariposa. Las dos figuras pueden tener aquí un significado místico en que el Amor ilumina al Alma en su viaje al más allá, lo que explicaría su aparición en un monumento fúnebre, pero en el epigrama de Meleagro que nos ocupa, Amor no ilumina sino que abrasa el alma con el fuego de su pasión.

 Mosaico romano (siglo III-IV de nuestra era) Antioquía (hoy Antakya, Turquía)

En el Canto X del Purgatorio de la Divina Comedia (versos 121-126), Dante Alighieri se hace eco de la metáfora del alma como mariposa (angelica farfalla), que se convierte en un símbolo de inmortalidad: O superbi cristian, miseri lassi, / che, de la vista de la mente infermi, / fidanza avete ne' retrosi passi, /  non v'accorgete voi che noi siam vermi / nati a formar l'angelica farfalla, / che vola a la giustizia sanza schermi? Así traduce estos versos Abilio Echeverría en la edición de Alianza Editorial (Madrid, 1995): Oh soberbios cristianos, gente loca, / que atrás dais pasos en avance ciego, / pues que la ciega mente os equivoca, / ¿no veis que nuestra larva ha de ser luego / la mariposa angélica que no halla / mas que volando al Sumo Bien sosiego? En esta simbología, el alma que sale de su crisálida dejando de ser una larva sólo puede alcanzar la inmortalidad liberándose de la cárcel corporal que es su envoltura carnal, ideas que ya estaban en Platón. La polisemia de la palabra griega psyché se acentúa porque la letra griega psi por la que comienza la palabra Ψ podría representar, según algunos, una mariposa estilizada, por lo que para ellos la mariposa sería no sólo el símbolo del alma, sino también de la ciencia del alma que pretende ser la psicología. .




miércoles, 18 de abril de 2018

Fuegos artificiales aliados sobre Damasco

Con la noticia reciente del bombardeo franco-británico-norteamericano de Damasco llegaron las primeras imágenes a nuestras micropantallas. Esta foto de un reguero de luz sobre la noche damascena, como si fuera el rastro luminoso de una estrella fugaz, fue tomada por Hassan Ammar de Associated Press la noche de autos del 14 de abril de 2018.  

Bombardeo norteamericano de Damasco, abril 2018

¿Dónde están las otras imágenes, las que no nos han llegado? ¿Por qué no nos llegan las fotografías de los daños colaterales o efectos secundarios, que en realidad, no nos engañemos, son los primarios? La difusión de esa estela luminosa en la noche de la capital de la Siria, como si fuera la cola del cometa que siguieron los Reyes Magos o la estela que deja un avión a reacción durante el día en el cielo azul, minimiza el bombardeo,  hace que no parezca tal, sino una sesión de fuegos artificiales completamente inocua.

No cabe duda de que, desterrada la palabra, lo que manda es la imagen. Tiene la ventaja de que no hace falta traducirla a los diversos idiomas, es universal, por eso la noticia se reduce a una fotografía sin palabras. La imagen impacta igual que la bomba. En enero de 1991 los Estados Unidos de América y sus aliados entre los que se contaba por cierto el Gobierno español, un gobierno que esta vez no ha participado en el bombardeo de Damasco pero que lo ha aplaudido sin ningún atisbo de vergüenza,  bombardearon Bagdad y comenzó lo que luego se denominó la Guerra del Golfo. Las imágenes que sirvió al mundo la CNN entonces eran unos rastros luminosos sobre un fondo verde. Parecía una sesión de pirotecnia, pero eran las estelas de los misiles. Aquellas imágenes no mostraban daños materiales ni humanos. Eran fotogramas asépticos de una película muda, casi neutros, que revelaban en todo caso la superioridad y sofisticación del armamento del Imperio frente a las supuestas y temibles “armas de destrucción masiva” del déspota mesopotámico. Igual que ahora.

 Bombardeo norteamericano de Bagdad, enero 1991 
No hay imágenes del enemigo, ni de las víctimas humanas por lo que parece que tampoco hay responsabilidad sobre ellas ni crímenes de guerra, como si la guerra de por sí no fuera un crimen de lesa humanidad. La guerra se desarrolla en un escenario remoto y casi legendario de las mil y una noches:  Oriente, al otro lado del mar,  lejos del Imperio. Hay, obviamente, censura y control sobre las imágenes: sólo se difunden las que interesan, nada de población civil malherida ni cadáveres humanos, sino ruinas de aeródromos e instalaciones militares, arsenales tecnológicos, centros estratégicos de fabricación de armas químicas, malévolos laboratorios de Fu Manchú, el villano que odia la civilización occidental y quiere destruirla... Si hay víctimas humanas, son lamentables e inevitables accidentes y efectos colaterales no deseados que no es necesario sacar a la luz pública para no regodearse con el espectáculo de la danza macabra de la muerte ajena, no vaya a ser que la gente piense que no está bien lo que hacemos y, más aún, que está mal, muy mal. Entonces es cuando vienen las palabras en ayuda de las imágenes, que son el auténtico soporte de la noticia,  a justificar la atrocidad de la guerra. La población civil se reduce a la categoría de daño accidental, aunque supuestamente se la bombardea para defenderla de sí misma, por su propio bien y a fin de preservar sus derechos humanos y destruir las crueles armas que almacenan para provocarnos una muerte lenta y dolorosa, como si las convencionales no matasen de igual modo.


Si por algún azar nos llegan fotos tremebundas de inocentes criaturas muertas, ahora que es tan sencillo compartir imágenes por la Red, enseguida serán desacreditadas y se considerarán "fake images", por decirlo con un término de la lengua del Imperio. O nos acostumbramos a verlas, inmunizados ante el sufrimiento y el dolor ajenos, sin que nos afecten lo más mínimo o, para que no nos afecten, nos decimos a nosotros mismos que están manipuladas. 

(Debo la reflexión sobre las imágenes al poeta argentino Fidel Maguna, que se hace eco de un texto de Cora Gamarnik que elogia y comparte).

lunes, 16 de abril de 2018

Amor a los colores

Discutían acaloradamente el otro día en la barra del bar varios tertulianos. ¿Cuál era el asunto de su apasionada charla? Fútbol. No podía ser otro el tema. Me vino enseguida a las mientes el dicho de Juvenal panem et circenses, que,   después de haber sido "pan -es decir trabajo- y toros" en la España zarzuelera de pasodoble taurino y sangre en el ruedo, se actualiza ahora mismo como "pan -trabajo, o a falta de él, subsidio de desempleo o renta básica en el horizonte- y fútbol -o diversión alienante-" en la España autonómica de las quinielas, los estadios y retransmisiones televisivas y radiofónicas: los instrumentos estupefacientes del Poder para amodorrar a la inmensa mayoría democrática de la ciudadanía como dicen ahora. Los tiempos mudan para que las cosas puedan seguir esencialmente igual.  

Vieja costumbre esta, que se remonta a la Roma cesariana, y, mucho más cerca de nosotros, a la dictadura del Generalísimo Franco, que convirtió al Real Madrid en el equipo oficial del régimen. La victoria, por ejemplo, de la selección española sobre la URSS en 1966 se presentó como un triunfo nacional católico sobre el comunismo. El fútbol o balompié en román paladino es un asunto de interés nacional, el único asunto, a decir verdad, de interés nacional. Sirve para distraer a la población, y, mucho más que eso, es casi una cuestión religiosa, es el opio del pueblo, o sea, la nueva religión.

Sólo el deporte rey es capaz de desatar nuestros instintos más bajos aquí y en cualquier punto del universo mundo,  y él solo puede desencadenar, ya sea en el estadio, ya a través de la pantalla del televisor en el corazón de nuestro agridulce hogar o en el bar de la esquina, nuestras más rastreras y vergonzantes pasiones, que son, huelga decirlo, las patrióticas, gregarias y nacionalistas. 


El caso es que acababan de dar la noticia en la sección informativa del telediario, y alababa uno de aquellos hinchas o forofos fanáticos del fúzbol -con zeta de rebuzno- de la tertulia de la barra del bar a un fuzbolisto que, al parecer, había renovado su contrato -su fichaje, decía él-, por "amor a los colores".
 
 Fotograma de la película Ben Hur (1959) William Wyller

Llamó enseguida mi atención aquella colorida expresión. Hablaban de “el equipo rojiblanco, el club azulgrana...”, y me recordaban, en efecto, por deformación profesional,  a la factio albata, los blancos, la factio russata, los rojos, la factio ueneta, los azules..., de las cuadrillas que jaleaban a los aurigas en las carreras del circo romano. Las camisetas de colores que representan al equipo y al club que lucen nuestros jugadores de balompié son el exacto equivalente, con flagrante anacronismo, de las túnicas cortas del color de cada facción que lucían los automedontes que conducían las cuadrigas, espectáculo que se recrea magistralmente en la espléndida escena de la película Ben Hur (1959) de William Wyller, donde al final el colorido de los equipos se reduce a los elementales del blanco y el negro de los propios corceles, blancos como la nieve resplandeciente los del galileo, negros como el tizón los del pérfido Mesala, con todo su simbolismo moral de buenos y malos que acarrean.

-El amor a los colores ya pasó a la historia, tío. -Sentenció uno de los tertulianos.
-¡No...! Hay jugadores honrados, pocos, pero los hay, que defienden los colores de la camiseta, y que la sudan a tope y dan lo mejor de su rendimiento en el campo de juego. Y a esos les duele en el alma una derrota del equipo y defraudar a la afición que les anima en el graderío por detrás.

 Imagen de la Roja, la Selección Española.

A mí la expresión “defender los colores” me sonaba, no podía evitarlo, a servicio militar obligatorio y a jura de bandera, a “derramar, si es preciso, hasta la última gota de sangre” en defensa de la patria y del rancio patriotismo nacionalista, y demás monsergas de cuartel. No daba crédito a lo que oía. 

-Te digo que no. Los únicos colores que les ponen a los futbolistas son los de los billetes de quinientos pavos, que yo no sé de qué color son porque no he visto ni veré en toda mi vida ninguno de verdad. 

-Él ha dicho que renueva el fichaje por amor al Club y a la afición.


-¿Qué va a decir Él? No va a reconocer que lo hace por la pasta, joder, aunque sea la verdad, porque defraudaría al equipo, tío, y a toda la peña. Él vende que lo hace por amor a los colores, pero vuelve a fichar por un contrato millonario con una cifra de muchos ceros por su interés personal. El club, la afición y el equipo le importan una mierda, o ¿no crees que sería capaz de fichar mañana mismo por el equipo contra el que se enfrenta hoy, y dejarnos a todos tirados y con el culo al aire?


-Son mercenarios. -Sentenció con solemne amargura otro tertuliano que no había abierto la boca hasta entonces. Y añadió: -Igual que los políticos, desengañaros (sic), colegas: No representan a nadie. Los únicos colores por los que se mueven son los del dinero.

De repente, todos se ponen a hacer la ola y montar la bronca padre en el estadio y fuera de él al son de las horrísonas vuvuzelas,  y en el bar reina de pronto  un silencio sepulcral, hasta que entra el gol en portería: ¡gooooool! Sólo un partido de balompié, parece mentira, puede paralizar la vida de un país. Todo gira en la España de María Santísima en torno al esférico coronado: la pelota de Parménides que es, como el Ser, ontológicamente omnipresente. Y ya se sabe que el mundo es redondo como un balón reglamentario, según los periódicos deportivos, los que más se leen en un país ágrafo y funcionalmente analfabeto, donde lo único que importa es poder graznar con chulería: ¡Les hemos ganado por goleada!

Todos en casa, aborregados, con los amigotes o la familia, porque queda muy triste y sin gracia eso de ver un partido solo. Sería un placer onanista y solitario. Y eso no puede ser. El balompié es una celebración orgiástica, colectiva, un fenómeno de eyaculación seminal masiva. Hay que comentar las jugadas y la actitud partidista del árbitro y discutir con los otros y exudar adrenalina de la más rancia testosterona. 

Se nota que a mí no me gusta el fútbol, cierto que no tengo mucha idea de balompié ni me interesa lo más mínimo la monarquía del deporte rey, pero no se trata de gustos personales, de los que no se discute, sino de balompié. Vamos a hablar un poco de eso, precisamente: El interés por el resultado final de un partido hace que el propio partido pierda todo su interés y lo arruina totalmente. Deja de haber juego, deja de mandar el balón en el campo, que se ve ya como un campo de batalla donde los dos ejércitos rivales se disputan, como en un tablero de ajedrez, los laureles de la victoria. Ni los espectadores pueden gozar del partido ni los propios jugadores entregarse a él despreocupadamente: abrumados por la enorme responsabilidad de defender unos colores, es decir unas ideas, esto es, dinero. Por ello no atienden a la pelota: juegan mal. No pueden jugar bien ni haber deporte. 

¡Qué partido más aburrido aquel en el que en vez de mandar el balón, mandan los colores de los equipos que se enfrentan! ¡Qué solemne aburrimiento cuando los jugadores en vez de jugar al balón defienden unos colores, porque se los ha convertido en los representantes, contra su voluntad, de todo un país o de un club y toda su afición! En el estadio no reina el balón, sino otras consideraciones políticas, nacionalistas, ajenas al juego y al deporte. ¡Qué partido más malo aquel en el que interesa más el resultado final de la victoria o la derrota que el desarrollo del juego!

sábado, 14 de abril de 2018

La vendedora de rosas

Escribe Marguerite Yourcenar en el prólogo de “La Corona y la Lira”, su antología personal de la poesía griega antigua, que las traducciones que fue haciendo a lo largo de los años no eran para el público, sino para sí misma. Comprenden a ciento diez poetas distintos y doce siglos de poesía, la mayoría poco conocidos, ya que de los poetas consagrados  como Homero o Hesíodo sólo incluye algunos versos, poquísimos a decir verdad...
 

A la hora de hacer sus versiones al francés se planteó la eterna cuestión de si se puede traducir a un poeta en prosa. Se hace eco del argumento tradicional en contra del verso que es su escasa fidelidad al original. Las traducciones en verso, en efecto, suelen ser poco literales, porque las exigencias rítmicas de las lenguas no coinciden en absoluto. Ella, que va a decantarse sin embargo por la traducción en verso, aporta a su favor el siguiente argumento de Lafosse, un muy mediocre poeta francés del siglo XVIII según la autora, pero muy juicioso sobre el tema que nos ocupa. Dice así: Digo más, y es una verdad que no temo que se me refute: los versos no deben traducirse más que en verso. No sabríamos ponerlos en prosa, por muy excelente que sea nuestra prosa, sin hacerles perder mucha de su fuerza y de su encanto. Un poeta, al que se le contente al traducirlo dejando sus pensamientos completamente solos privados de la armonía o del fuego de los versos, ya no es un poeta, es el cadáver de un poeta. De modo que todas esas traducciones de verso en prosa, que se consideran fieles, son por el contrario muy infieles, porque el autor que buscamos se encuentra allí desfigurado.


Una buena traducción, comenta Yourcenar, tiene que ser fiel, sin ninguna duda, pero sucede con las traducciones, dice ella, como con las mujeres: la fidelidad sin otras virtudes más, no basta para hacerlas soportables.


La poesía no es sólo literatura, es un uso especial, rítmico o musical si se quiere, del lenguaje. Si traducimos literalmente la letra de una canción trasladamos su contenido, su significado, pero en el trasvase hemos perdido la música que la hace apta para el canto: su prosodia, su poesía.


Marguerite Yourcenar (1903-1987)

La labor de Yourcenar, gran conocedora y amante del mundo clásico, es, en este sentido, encomiable. No sólo es de destacar su buen gusto a la hora de elegir los poemas y poetas que traduce, sino también el “savoir faire” de sus versiones, que convierten los poemas griegos en poemas franceses.


Tomo, como ejemplo, este bello y breve poema de Dionisio el Sofista, poeta del siglo II de nuestra era, contemporáneo del emperador Adriano, del que sólo se conserva este epigrama incluido en la Antología Griega (V, 81), compuesto de hexámetro y pentámetro dactílicos, que podríamos titular: La vendedora de rosas.






Versión de Marguerite Yourcenar:
Sur la place publique assise chaque jour.
Vends-tu des roses, belle, ou vends-tu ton amour?

La traducción literal de la versión de Yourcenar, en prosa atenta solo al significado y al contenido, podría ser: Sentada en la plaza pública cada día, ¿vendes rosas, guapa, o vendes tu amor?.


Una traducción menos fiel quizá, pero atenta al alejandrino y a la rima francesas de la versión de Yourcenar, podría ser esta que se me ocurre a mí ahora:
Sentada cada día en la plaza con la flor,
¿Vendes rosas o acaso, niña bonita, tu amor?


Traduzco, por mi parte directamente al castellano, el epigrama original de Dionisio, lo más fidedignamente que puedo, con un dístico de hexámetro y pentámetro dactílicos,  de esta guisa:
Tienes, florista, el primor de la rosa. Pero ¿qué vendes?
¿Tú a ti misma o quizá     rosas? o ¿todo a la vez?