miércoles, 29 de marzo de 2017

La estrofa alcaica



Es una estrofa griega, propia de la poesía lírica eolia, cuya invención se atribuye al poeta Alceo, de quien recibe su nombre, que también utilizó la poetisa Safo. Fue adaptada al latín por Horacio,  y está compuesta por dos endecasílabos alcaicos, un eneasílabo de ritmo yámbico cataléctico y un decasilábo formado por dos dáctilos y dos troqueos. Modernamente la han cultivado Tennyson en inglés, Carducci en italiano, aunque con poca fortuna este último, y Hölderlin en alemán, adaptando el esquema clásico a las posibilidades de las lenguas modernas, para lo que se han basado en el acento de palabra para marcar las sílabas portadoras de ritmo.

 
Safo y Alceo, Lawrrence Alma-Tadema (1881)

Su esquema (donde “u” significa sílaba no marcada rítmicamente y en principio átona y “” sílaba que marca el ritmo, independientemente de su cantidad, y acentuada para nuestros oídos):

u u — u ‖ — u u — u —
u u — u ‖ — u u — u —
            u u — u — u — u
u u — u u — u — u

Un ejemplo clásico sería este de Horacio en latín, la primera estrofa de la primera oda del libro tercero, toda una declaración de intenciones:  

odi profanum uolgus et arceo.
fauete linguis: carmina non prius
            audita Musarum sacerdos
    uirginibus puerisque canto.

Que podemos reproducir rítmicamente así en castellano con el mismo ritmo:

Odio al inculto vulgo y me aparto de él.
Guardad silencio: inéditas hasta hoy
canciones, vate de las Musas,
canto a doncellas y a los muchachos.


 
 Estatua de Quinto Horacio Flaco, en Venosa

En la poesía alemana, la estrofa alcaica fue introducida por vez primera por Harsdörffer en el siglo XVII y tras él utilizada por por Klopstock, Hölty, Platen y sobre todo por Friedrich Hölderlin, del que os ofrezco este precioso ejemplo de poema compuesto por esta única estrofa. Se titula Ehmals und jetz (Antes y ahora), una de sus composiciones de juventud escrita entre 1793 y 1799.

 In jüngern Tagen war ich des Morgens froh,
Des Abends weint ich; jetzt, da ich älter bin,
            Beginn ich zweifelnd meinen Tag, doch
Heilig und heiter ist mir sein Ende.

Que sonaría más o menos así en castellano con el mismo ritmo:

Yo joven era al amanecer feliz,
después lloraba; ahora, que soy mayor,
dudando empiezo el día, pero
santo y sereno su fin se me hace.
 Resultado de imagen de friedrich hölderlin
 Hölderlin, Franz Karl Hiemer (1792)

domingo, 26 de marzo de 2017

Delenda Carthago




En la primavera del año 146 antes de Cristo, corría como ahora el mes de marzo, la ciudad norteafricana de Cartago, sobre cuyas ruinas se yergue hoy Túnez, la moderna capital de Tunicia, caía finalmente en poder del ejército romano, que estaba al mando de Escipión Emiliano, quien sería conocido a partir de entonces como El Africano por su sangrienta gesta: la ciudad fue pasto de las llamas durante días, ardieron casas, templos, bilbiotecas. Todo fue arrasado. Murieron hombres, mujeres y niños. Los que sobrevivieron fueron esclavizados. Cuando ya no quedaba nada en pie del antiguo esplendor, los romanos sembraron de sal aquellas tierras ensangrentadas para que no volviera a crecer nada allí.  En la foto, las ruinas de Cartago; al fondo y a lo lejos, el azul intenso del Mediterráneo.

El cantante italiano Franco Battiato ha dedicado una bella canción a este acontecimiento histórico, que lleva por título la frase latina "Delenda Carthago", que significa "Hay que destruir Cartago", un dicho que se hizo famoso porque con él remataba machaconamente siempre sus discursos Catón el Viejo de manera obsesiva y sistemática. Battiato canta en italiano, y al final en latín, que es la lengua madre (eso sí, pronunciado a la italiana).




Aquí tenéis la letra en versión castellana de lo que Battiato canta en italiano:  Por tierras desconocidas van nuestras legiones / a fundar colonias a imagen de Roma. / Delenda Carthago. / Con los dedos teñidos de henna sobre triclinios patricios / se degustan carnes condimentadas con aromas de Oriente; / en cálices finamente jaspeados susurran los vinos, / las rosas, la miel. / En los circos y en los estadios / se juntan multitudes / trastornadas / a celebrar ritos de sangre.

Y la parte latina: ....Conferendis pecuniis... Son dos palabras entresacadas de una cita de Tácito: (Entre tanto, Italia fue devastada) para amasar caudales.
 
Y finalmente los cuatro versos siguientes, dos dísticos elegíacos de hexámetro y pentámetro dactílicos  pertenecientes a Propercio, concretamente al comienzo de la séptima elegía del libro III:

Ergo sollicitae tu causa, pecunia, uitae es!
per te immaturum mortis adimus iter;
tu uitiis hominum crudelia pabula praebes,
semina curarum de capite orta tuo.

Así podrían sonar en castellano en el mismo ritmo dactílico: 

¡Conque, dinero, eres tú la razón de una vida agobiada!
Vamos gracias a ti, y antes de tiempo, a morir;
Brindas tú un alimento feroz a los vicios humanos,
de tu caudal brotó germen de cuitas sin fin.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Elogio del estudio del latín y otros saberes inútiles

Paseando un día por la feria del libro viejo y de ocasión, di con un librito publicado en Barcelona en 1952 por la editorial Gustavo Gili que me llamó enseguida la atención. Se titulaba "Latinorum. Guía práctica para los padres cuyos hijos estudian latín", firmado por un  italiano,   Michele Fornaciari, del que no tenía ninguna referencia.  Lo hojeé y decidí comprármelo enseguida. A fin de cuentas sólo costaba 6 euros, eran 225 páginas y estaban encuadernadas con tapa dura. La primera edición en la lengua de Boccaccio databa de 1947. La traducción me pareció, a simple vista,  bastante buena, debida a Claudio Matons Rossi. Sin conocer el original y leyendo algún párrafo,  me daba la sensación de que había sido escrito originalmente en castellano. Era una traducción que, a simple vista,  no parecía una traducción, que es lo mejor que se puede decir de una traducción. El tema, además, me interesaba, como profesor de lenguas clásicas.

Lo leí casi de un tirón con mucho agrado. Detrás del nombre de Michele Fornaciari, un pseudónimo, no se encuentra ningún rancio catedrático de latín o casposo dómine  a la vieja usanza aferrado a la defensa de sus garbanzos, sino  un periodista italiano llamado Giovanni Ansaldo (1895-1969), cuyo elogio del latín y de las humanidades es desinteresado y no  corporativista.
 
Sobre el autor averigüé que, además de periodista,  fue uno de los firmantes del Manifiesto de los Intelectuales Antifascistas de Benedetto Crocce en 1925. Trabajó en varios periódicos italianos. Coqueteó con el fascismo. Fue hecho prisionero por los alemanes. Acabada la guerra, volvió a Italia donde fue juzgado y condenado por su colaboración con el régimen de Mussolini, pues había sido una de las voces radiofónicas más populares. Se benefició de una amnistía política y se retiró al "jardín de literatura y delicias" de su vida privada. Publicó varios libros y novelas con su nombre propio Giovanni Ansaldo, y con los pseudónimos Willy Farnese y  Michele Fornaciari.

Su libro es mucho más de lo que promete en el subtítulo, es toda una apología del estudio del latín y de las humanidades.  Entresaco y comento algunas citas. Los subrayados en negrita son míos.

"De todas las definiciones que hemos leído de la cultura, la más aguda, la más pertinente, la que nos ha causado mayor impresión es de Édouard Herriot, el conocido político francés -pero tal vez, más que suya, exhumada por él- que dice: "Cultura es lo que queda en la mente del hombre después de haber olvidado todo lo que ha aprendido".  Muy buena definición: el poso del olvido del aprendizaje. (Página 9 de la edición citada). 
"El hecho de haber transcurrido largos años de juventud en el estudio del latín, es decir, en un estudio no dirigido hacia ninguna utilización inmediata, no contaminada, diríamos, por ningún cálculo de lucro, deja surcos profundos en el alma. Hace comprender que el criterio de utilidad, el criterio de "servir para algo", no es un criterio absoluto, al que haya que subordinarlo todo: y que, por el contrario, la belleza y la nobleza de la vida están en lo que se hace desinteresadamente, no ya con miras a una ventaja o a un provecho" (económicos,  añadiría yo, aunque cuando se dice "desinteresadamente" se sobreentiende que sin ánimo de lucrarse; ya sabemos que el interés consiste en el capital por el rédito por el tiempo partido de 100). Hace comprender que la sociedad humana no es solamente una organización para producir cantidades siempre mayores de riquezas materiales y que el hombre no puede reducirse a la función de un simple factor de producción, a una "unidad" utilizable en el proceso productivo." (Páginas 10 y 11).

"La vocación por el estudio en general y los estudios clásicos en particular no pueden tenerla los niños a los nueve o diez años: los que deben tenerla son los padres" (Página 30).

Y más adelante (página 54): "El muchacho no estudia latín porque haya de servirle para algo; lo estudia para disciplinar su propio cerebro, para entrenarse a razonar, para hacerse dueño de un instrumento intelectual que le ponga en condiciones de adquirir otros conocimientos de carácter práctico. El verdadero objeto del estudio del latín está más allá del latín: es un hábito mental que el muchacho adquiere durante los años del Bachillerato. Una vez alcanzado, más o menos, este hábito, el latín puede incluso ser olvidado, sin que se haya perdido su valor inicial."

En la portada de toda gramática latina podría ponerse como subtítulo: "Manual práctico para aprender a pensar".  (En la página 124) El problema es que a nuestros gobernantes no les interesa que nuestros alumnos, futuros votantes y contribuyentes piensen, no vaya a ser que un buen día decidan dejar de contribuir y de votar. O,  dicho de otro modo, no les interesa el libre pensamiento, sino, en todo caso, que se piense lo que está mandado:  no pensar en absoluto.


Más adelante, en el capítulo "De la gramática a la poesía", propone el autor una frase latina como ejercicio de análisis sintáctico y traducción y a la vez como introducción al mundo antiguo.  Un alumno la lee en voz alta (restituyo la grafía y pronunciación clásicas): "Socratem, innocentissimum uirum, iniusti iudices, accusauistis et capite damnauistis". El profesor pregunta: ¿Dónde está el sujeto? Toda la clase busca infructuosamente el sujeto. No es "Socratem", como podría parecer a primera vista a algún desprevenido, aunque sea la primera palabra de la frase y sea, además, un nombre propio y sonoro que se escribe siempre con inicial mayúscula y que suena a personaje importante, porque no está en el caso del sujeto, que es el nominativo que suele acabar en -S, como en "Socrates omnium hominum sapientissimus fuit" o en "Socrates damnatus est quod iuuentutem corrumperet" (mejor que corrumpebat).

¿Dónde está, pues, el sujeto? No se encuentra. El  presunto nominativo "iniusti iudices", los jueces injustos,  pone a más de uno sobre una falsa pista... Al fin, se levanta una voz y dice: "El sujeto está omitido". "Naturalmente, ¡el sujeto está omitido! Y ¿qué hacemos cuando no encontramos un nominativo que indique la función de sujeto? Nos fijamos en el verbo y lo analizamos, es decir, lo descomponemos.  Y aquí hay dos verbos: accusauistis y damnauistis. Segunda persona del plural. La desinencia -istis la conservamos en castellano bajo la forma -asteis/-isteis. Se sobreentiende vosotros: vosotros acusasteis, vosotros condenasteis. Vosotros, pues, vosotros mismos sois el sujeto que buscábamos. Y vosotros sois ahora los jueces injustos que habéis acusado a Sócrates, que era el hombre más sabio de todos los hombres porque era consciente de su vasta ignorancia, de corromper a la juventud con su sabiduría, y lo habéis condenado a la pena capital que consiste en beber el veneno letal de la cicuta, hecho histórico que se produjo en el año 399 antes de Cristo en la Atenas democrática de Pericles.   
 
Una vez encontrado el sujeto, podemos proceder a la traducción de la frase, lo que ampliará el bagaje de vocabulario, por lo general precario, que suelen traer nuestros alumnos. La traducción podría ser algo así como: Vosotros, jueces injustos, acusasteis y condenasteis a muerte a Sócrates, un hombre completamente inocente. 

Son muchas las incursiones etimológicas que a propósito de esta frase se pueden hacer para ampliar o comprender mejor el vocabulario castellano: el prefijo negativo in- que vemos en in-nocent-issimum, completamente inocente,  y en in-iust-issimi, completamente injustos; la raíz noc, que encontramos en noc-ivo, in-noc-uo, i-noc-ente, y modificada la vocal en i en per-nic-ioso (muy dañino); la raíz uir-, varón, que encontramos en  vir-il, vir-ilidad, trium-vir-ato, pero también en vir-tud, vir-tuoso, vir-tual, ya que el significado primero de virtus era "hombría, valor, valentía", y nos sorprendería encontrar esta misma raíz en el latinismo "vis cómica o tragica" (fuerza dramática) y en la palabra vi-olencia, y el verbo vi-olar, como si la etimología latina de la palabra quisiera sugerirnos que lo propio del "vir" es por el lado positivo la "virtus", que se convertirá con el paso del tiempo en la virtud cristiana,  pero por el negativo la "violentia"; la raíz   ius-t-, que encontramos en justicia, injusticia, y modificada en iur- en jur-ídico, jur-ista, pero también, con ligeras variaciones que no vienen ahora al caso,  en juez, judicial, juicio, prejuicio y perjuicio, y la larga familia de verbos judiciales como adjudicar, perjudicar, juzgar, jurar, abjurar, conjurar, perjurar;  la raíz damn-, que es el origen de nuestro daño, y de los cultismos damnificar, indemne, indemnizar...; la raíz capit-, nombre de la cabeza, que conservamos en el latinismo "per cápita", pero también en los cultismos capit-al, de-capit-ar, capit-el, capit-án,  capít-ulo... 
 
Pero no vamos a hacer simplemente en clase un juego lógico de análisis gramatical, traducción y etimología, que ya es bastante, vamos, además, a hablar de Sócrates,  víctima del régimen político democrático ateniense, filósofo que no escribió ninguna palabra (y no porque fuera analfabeto, sino porque la escritura era la tumba del pensamiento y la lengua y la palabra vivas),  y que fue considerado por el oráculo de Delfos el hombre más sabio del mundo. ¿Por qué lo condenaron a muerte entonces sus conciudadanos, a él que ni siquiera cobraba por sus enseñanzas -en realidad desenseñanzas-, que impartía gratuitamente a diferencia de los sofistas? ¿Por qué lo condenamos nosotros, convirtiéndonos en un jurado popular y votando individualmente y tomando una decisión por mayoría sobre la minoría que lo consideraba, no sin razón, inocente? ¿Por qué se impone siempre la mayoría sobre la minoría? 

Claro está que se puede entrar en ese mundo de la cultura clásica sin estudiar latín y sin analizar y traducir una sola frase, y mucha gente lo hace, pero nosotros hemos entrado a través de la lengua y del ejercicio de razonamiento que nos ha  propuesto. Hemos entrado en el mundo de la cultura clásica por la puerta grande.

En estos tiempos que corren, concluyo yo con esta reflexión, hay muchos, demasiados emprendedores. Se habla mucho de potenciar el espíritu emprendedor de los alumnos. Algunos papanatas utilizan incluso un horrible palabro, feo como él solo: "emprendizaje", a imagen y semejanza de "aprendizaje". Y regurgitan sin sonrojarse cosas como que hay que "fomentar el emprendizaje (sic) del alumnado (resic)".  Y nos olvidamos, se olvidan,  de que deberíamos procurar que hubiera más "aprendedores", que es lo que debería haber, aprendizaje de verdad.  Y es que el aprendizaje no deja de  ser, voy a inventar ahora yo un palabro de esos, un "desprendizaje", el poso del olvido del aprendizaje, un desprenderse de todas las ideas recibidas y ciegamente admitidas que tenemos y que como rémoras impiden la marcha libre del razonamiento y pensamiento.

sábado, 18 de marzo de 2017

Are we Rome?

¿Somos Roma? Se preguntaba en un ensayo sugerente y provocador el escritor norteamericano Cullen Murphy, publicado en los EE.UU. en 2007, que, por lo que a mí se me alcanza, no ha tenido traducción, sin embargo,  ni repercusión entre nosotros. El libro se titula, en la lengua del Imperio, Are we Rome? y lleva como subtítulo The fall of an Empire and the fate of America: la caída de un Imperio y el destino de América.
   
Portada del libro de Cullen Murphy

Que no haya tenido mucho eco entre nosotros, españoles y europeos, se debe, creo yo, a que es un libro escrito por un americano y dirigido a sus compatriotas. Sin embargo, no deja de ser muy interesante lo que plantea. Hay que advertir, antes de nada, que cuando el autor habla de "América" no se refiere al continente entero descubierto por Colón, sino sólo a Norteamérica, y en concreto a los Estados Unidos de América por antonomasia.

El auge y la caída de la antigua Roma ha estado siempre en la mente de los norteamericanos desde la fundación de la República de los EE.UU. Hoy el interés por este tema se centra menos en la República romana que en el Imperio que vino después. Dependiendo del punto de vista de quien haga la comparación,  la historia de Roma sirve para una llamada triunfalista a la acción del imperialismo o a una seria advertencia ante el peligro de colapso inminente del Imperio norteamericano, que podría caer en picado como cayó el romano.

Cullen Murphy revela una larga serie de similitudes entre ambos Imperios, como por ejemplo, el poderío militar, lo primero que salta a la vista, y  equipara la pax Romana y la pax Americana, que se traduce en ausencia de guerra siempre que haya sumisión a los dictados de Washington. Durante todo el pasado siglo XX, la posición oficial de Washington fue que Estados Unidos no era una potencia imperialista, sino que a diferencia de otras naciones expansionistas y colonialistas del pasado, dedicaba su política exterior a fomentar la libertad y los derechos humanos. El presidente Wilson justificó la entrada de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial en nombre de la democracia y el antimperialismo, la participación en la segunda gran conflagración se hizo en nombre de la libertad y en contra de la voluntad imperial de El Eje. Y durante la Guerra Fría, las invasiones a Guatemala, Irán, Cuba o Vietnam fueron justificadas como "reacciones" al imperialismo comunista, nunca como reflejo de sus propios impulsos de dominación, o, en el caso de Ronald Reagan, una cruzada contra "el Imperio del Mal"

De alguna manera, los Estados Unidos han adoptado el papel de árbitro o "policía mundial" llegando a actuar agresiva y unilateralmente y a derrocar a los gobiernos de los Estados que consideran ilegales o antidemocráticos. Y, dentro de este paralelismo militar, no hay que olvidar que donde mejor se ve, en el plano simbólico, la influencia global de los USA sobre todo el planeta es en la creación y difusión de Internet, proyecto desarrollado inicialmente para la industria de defensa militar norteamericana.

Cullen Murphy analiza en su libro las causas del declive del imperio romano, y establece como semejanza con el imperialismo norteamericano actual, la tendencia a considerarse un pueblo excepcional, un solipsismo favorecido por una fuerza superior, semidivina, que da lugar a un mesianismo bastante preocupante para el resto de las naciones.

Muro de Adriano, que separa  Inglaterra de Escocia.

Murphy subraya, además, otras dos similitudes en cómo los estadounidenses se ven a sí mismos y cómo ven a los demás, una visión que supone una cultura estrecha de miras, casi insular, de las capitales norteamericanas, lo que él llama el síndrome "ónfalos" (que significa "ombligo" en griego, y que nos recuerda a nosotros al término que acuñó Sánchez Ferlosio "onfaloscopia" para referirse a la acción de mirarse al propio ombligo y creerse el centro del mundo).  Los norteamericanos tienen muy poco interés, en general, por aprender otra lengua que no sea la suya. Consideran que son los demás los que tienen que aprender esa nueva lengua franca internacional que es el inglés norteamericano, la lengua del Imperio. Lo mismo sucedía en el Imperio Romano con la lengua franca que entonces era el latín, aunque allí las clases altas, al menos, eran bilingües: era propio de toda persona culta expresarse tanto en latín como en griego. 

Relacionado con lo anterior, provistos de un complejo de superioridad como el de la Roma imperial, los círculos que toman las decisiones en Washington asumen una actitud muy romana, en el sentido de subestimar siempre al "otro" que vive allende sus fronteras;  si en el Imperio Romano los que vivían al otro lado del limes (su plural es limites), delimitado a veces por ríos como el Rin o  el Danubio, y otras veces por largos muros de piedra como el de Adriano,  eran denominados "bárbaros" con una palabra griega de origen onomatopéyico (los que no saben hablar, los que hablan en una jerigonza incomprensible y que dicen bar-bar-bar), hoy en día los que viven fuera de las fronteras estadounidenses son "inmigrantes (ilegales)". Y así como la Historia nos habla de las invasiones de los bárbaros  en el Imperio Romano, algunos hablan hoy en día de las invasiones de las hordas de inmigrantes ilegales que intentan cruzar el Río Grande, por ejemplo, que separa México de USA:  "The U.S.-Mexico border is our Rhin and Danube frontier".  Hay unos diez mil agentes federales -lo que equivaldría a dos legiones romanas- encargados de que los inmigrantes ilegales no se pasen de la raya y no crucen la "línea", y, aunque parezcan muchos, son pocos para impedir su paso, lo mismo sucedió con el limes del imperio romano. El muro ya existe,  no es sólo el delirio de una promesa electoral del actual presidente de los Estados Unidos, lo que sucede es que no está concluido, cerrado, acabado, como quisiera el presidente y muchos de los que con sus votos le han dado el poder.

 Vista de la valla de Melilla desde el lado marroquí.

Lo mismo sucede en Ceuta y Melilla, digo yo, con el muro y las concertinas que quieren impedir, en vano, el cruce de los inmigrantes ilegales subsaharianos que pretenden llegar a Europa, que no deja de ser una provincia ahora del Imperio estadounidense, como Grecia lo fue de Roma.

Murphy analiza también el fenómeno creciente de la privatización de los servicios públicos (el agua potable y el tratamiento del agua, o  los programas de salud y hospitales públicos -y centros educativos públicos, añadiría yo-) con una expresión que a los españoles nos suena mucho "externalization of state functions". Notad, por cierto, en el plano lingüístico, que en esta expresión inglesa que consta de cuatro palabras tres: externalization, state y functions son de origen latino (así como el término privatization que se pretende definir), y solamente la preposición "of" no lo es, por lo que la nueva lengua del Imperio, aunque no sea estrictamente una lengua románica, romance o neolatina, no deja de ser una lengua con más del  60 por ciento de su vocabulario de origen latino. Otro paralelo más, apunto yo, entre los dos Imperios.

Los Estados Unidos se han embarcado en los últimos años en una cadena de privatizaciones como nunca en su historia, poniendo en manos particulares toda clase de actividades que se consideraban públicas: recaudar impuestos, patrullar las calles, defender las fronteras…  La guerra de Iraq, afirma el autor, es el principal conflicto armado más "privatizado" desde el Renacimiento: muchas decenas de billones de dólares se fueron a manos privadas de contratistas relacionados con la invasión y la ocupación de Mesopotamia... Las consecuencias de este fenómeno pueden ser desastrosas.

La expansión del antiguo imperio de los césares requirió de un ejército cada vez mayor y mercenario -profesional, dicen hoy en día- , y su equipamiento y manutención terminaron por dejar exhaustas las arcas de Roma. Incluso, al final, el emperador tuvo que echar mano de las legiones de mercenarios visigodos, con efectos contraproducentes.
 
Hoy día, el Pentágono debe mantener un complejo de 700 bases militares en 60 países y tiene que "subcontratar" agentes de compañías de seguridad privadas, es decir, mercenarios, muchos de ellos extranjeros, para desarrollar tareas propias del ejército.

Otros paralelismos: Así como para los primeros escritores cristianos Roma era la Gran Ramera, para muchos fundamentalistas islámicos América es el Gran Satán.

 Israel quiere que el muro de Gaza -llamado del Apartheid- sea la frontera con Palestina.

Aunque Murphy no llega a decirlo expresamente,  el fenómeno de la globalización del American way of life del que tanto se ha hablado y se habla no deja de ser equivalente al de la romanización que llevó a cabo el Imperio Romano, imponiendo su lengua, su cultura, su sistema económico, político, social a las naciones sometidas o aliadas.

Murphy demuestra convincentemente que en lo que más se parecen los modernos americanos (id est, norteamericanos, o mejor todavía, estadounidenses) a los antiguos romanos es en la corrupción creciente de sus gobiernos y en su arrogante ignorancia sobre todo lo que sucede allende sus fronteras, dos cosas que habría que cambiar, según el autor, si se quiere evitar el destino fatal de Roma. Recuerda Murphy a sus compatriotas la famosa máxima del filósofo español Jorge Santayana: "Quien ignora su pasado está condenado a repetirlo".

miércoles, 15 de marzo de 2017

Ateísmo y ateología



La Associaçâo Brasileira de Ateus e Agnósticos (ATEA) defiende el ateísmo luchando contra la discriminación que padecen los ateos y agnósticos en ese país del continente americano, esencialmente católico, para lo que utiliza cartulinas como las siguientes que en lengua portuguesa, que es la que se habla en Brasil, vienen a decir lo siguiente:

La fe no da respuestas: sólo impide preguntas. 

La religión no imprime carácter. Bajo una imagen de Charles Chaplin, el entrañable Charlot, puede leerse: "No cree en Dios", y bajo una de Adolf Hitler, el sanguinario dictador y genocida: "Cree en Dios".  Es decir no eres mejor persona por ser religioso ni peor por no serlo.
 

Somos todos ateos con los dioses de los demás. 

Si Dios existe, todo está permitido.

Algunos, como Dostoyesqui escribieron lo contrario: "Si Dios no existe, todo está permitido; y si todo está permitido la vida es imposible". Pues bien, nuestros amigos brasileños, afirman, dándole la vuelta a la frase, que precisamente todo está permitido porque Dios existe.

Muchos creyentes, sean o no practicantes,  comentan a veces que si a ellos les dicen: “Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de la vida”, como pregonaba hace unos años el eslogan de un autobús ateo, cometerían todo tipo de tropelías, desde, por ejemplo, violar o matar a una persona hasta perpetrar un atraco...  




Ya Rafael Sánchez Ferlosio razonaba en alguno de sus libros o artículos que es cuando te dicen que Dios existe, un Dios como el cristiano, que todo lo perdona, cuando todo te está permitido. Puedes matar, puedes violar, puedes robar, puedes cometer cualquier pecado (o delito en su versión judicial), que el Dios cristiano te concederá el perdón,  siempre y cuando te arrepientas sinceramente, porque Su Hijo murió para redimirnos de la culpabilidad. Es precisamente la creencia en la existencia de Dios, habría que replicarle a Dostoyesqui, la que hace que todo esté permitido, por lo que la vida  resulta imposible.

Recordemos aquí a Ludwig Feuerbach, que dijo: “Dios no creó al hombre a su imagen y semejanza, como se dice en la Biblia, sino que fue el hombre quien creó a Dios a su imagen y semejanza.”



El prolífico filósofo francés Michel Onfray publicó en 2005 un libro titulado "Traité d' athéologie", donde reivindica, frente a la teología tradicional, el estudio de la ateología, hasta entonces relegada. En él fustiga los tres monoteísmos modernos -cristianismo, islamismo y judaísmo-, que comparten una serie, afirma, de idénticos desprecios: odio a la razón y la inteligencia, odio a la libertad, odio a la sexualidad, a las mujeres y al placer, odio a lo femenino, los cuerpos, los deseos, las pulsiones. En lugar de todo eso las tres religiones hegemónicas y monoteístas de nuestro mundo defienden la fe y la creencia, la obediencia y la sumisión, el gusto por la muerte y la pasión por el más allá, el ángel asexuado y la castidad, la virginidad y la fidelidad monogámica, la mujer como esposa y madre, el alma y el espíritu.

En una entrevista concedida al periódico El País en 2006 reconocía Onfray, con motivo de la traducción al castellano de su tratado:   "(La filosofía que hago) se la debo a Lucrecio. De él aprendí la posibilidad de una moral sin necesidad de Dios y trascendencia. Los hombres se inventan dioses porque no son capaces de mirar la realidad cara a cara".


Primus in orbe deos fecit timor. Un verso de Publio Papinio Estacio, en La Tebaida, dice lo siguiente: El temor creó el primero en el mundo a los dioses. Viene así a darle la razón a Feuerbach. El miedo, se entiende, de los hombres, por lo que los hombres son los que, temerosos, crearon a Dios, y no al revés. 
 


lunes, 13 de marzo de 2017

El rayo de luna

El lunes es el día de la Luna en todo el mundo, Lunae dies: lundi, lunedì, Montag, monday, lunes, vamos a recordar que una noche la casta Luna, la griega Selene, se enamoró apasionadamente de un joven pastor. Se llamaba Endimión. Hemos contado su historia aquí.

Esta leyenda puede relacionarse con "El rayo de Luna" de Gustvao Adolfo Bécquer, quien le ha regalado a nuestra lengua algunas de las más bellas palabras que en ella se han escrito, tanto en verso, en sus Rimas, como en la poética y romántica prosa de sus Leyendas.

 [Bécquer+rayo+de+luna.JPG]

En su leyenda soriana “El rayo de luna”, crea a un personaje, Manrique, que quizá no sea más que un trasunto suyo, que “amaba la soledad, y la amaba de tal modo, que algunas veces hubiera deseado no tener sombra, porque su sombra no le siguiese a todas partes.” Continúa el romántico poeta: “Amaba la soledad porque en su seno, dando rienda suelta a la imaginación, forjaba un mundo fantástico, habitado por extrañas creaciones, hijas de sus delirios y sus ensueños de poeta, porque Manrique era poeta…” Este Manrique se enamoró de una mujer imposible, fruto de su imaginación, de su deseo o de su fantasía. Quizá mejor que de una mujer deberíamos decir nosotros que se enamoró de una criatura, es decir, de una creación de su imaginación. Mejor aún: de un ángel descarnado y asexuado, sin sexo.

 https://lh6.googleusercontent.com/-LhZTWuKwF-E/TXp41ryhoHI/AAAAAAAAAV0/Ngt40z82dtE/s1600/Nicolas-Guy+Antoine+Brenet%252C+Sleeping+Endymion+%252C+1756.jpg
 El sueño de Endimión, Nichlas-Guy Antoine Brenet, 1756

¿Cuál será el sexo de los ángeles? Era esta una de las cuestiones que entretenía a los sabios de Bizancio, famosos por sus disquisiciones bizantinas. Se preguntaban dichos filósofos, mientras las tropas otomanas entraban a saco en Bizancio, si los ángeles serían hembras, machos o hermafroditas. Igual que nuestro Manrique, que no queremos que sea heterosexual, ni tampoco homosexual, sino en todo caso bisexual o, mejor aún, pansexual o asexual, enamorado de una criatura angelical sin sexo determinado o concreto y que a la vez encarna todos los sexos posibles o soñados y ninguno de ellos en particular, enamorado, como buen romántico, de la Luna, es decir, de lo imposible.

Cuando su anciana madre le preguntaba que por qué se consumía en la soledad, y por qué no buscaba una mujer real de carne y hueso a quien amar y con la que poder ser feliz, él no decía más que “El amor… es un rayo de luna”. 

 Selene y Endimión, mosaico romano, Museo del Bardo, Túnez

En su lecho de muerte, pues Manrique al igual que Endimión se adentra en el sueño de la muerte, gritaba una y otra vez “¡No!” a las vanas apariencias del mundo, y reconociendo la falsedad de todo: “Mentiras todo, fantasmas vanos que formamos en nuestra imaginación y vestimos a nuestro antojo, y los amamos y corremos tras ellos, ¿para qué? ¿Para qué? Para encontrar un rayo de luna…” 
Concluye la leyenda afirmando el poeta que Manrique, el otro poeta, estaba loco; o por lo menos todo el mundo lo creía así, matiza. Y nos hace al final una advertencia. Habla la razón por boca del poeta Gustavo Adolfo Bécquer, uno de nuestros más insignes líricos, y lo hace para darle la razón a la locura: “A mí, por el contrario, se me figura que lo que había hecho era recuperar el juicio”.

 http://2.bp.blogspot.com/--HyOmE6WpzU/VlyN59yJGjI/AAAAAAAACZA/baRmKR79w48/s1600/luna.jpg

Nox erat et caelo fulgebat Luna sereno, cantó Horacio:
 "Era de noche y en cielo sereno brillaba la luna".


miércoles, 8 de marzo de 2017

Mil y más besos no pueden bastarle a Lesbia

(Con motivo del día de la mujer, reproduzco por su interés el artículo de Eva Cantarella publicado por el periódico italiano Il corriere della Sera el 4 de marzo de 2016, en traducción castellana propia).

Basta citar su nombre –Lesbia– y de pronto, inevitablemente, el pensamiento va a Catulo y a los mil besos (y después mil más, y otros mil todavía) que el poeta le pide, en los momentos más felices de su amor. Que la mujer llamada con este nombre deba su fama al hecho de que el joven poeta se hubiese enamorado perdidamente de ella es algo indiscutible. Así como el hecho de que a él le deba ella la fama de mujer voluble e infiel. Pero ¿cómo era, verdaderamente la mujer que inspiró algunas de las más bellas poesías de amor jamás escritas? Para intentar entenderlo empezamos identificándola: su verdadero nombre era Clodia, y era ciertamente una mujer muy bella y muy fascinante: el tamaño y el brillo de sus ojos era tal –decía toda Roma– que amigos y enemigos la llamaban Boopis “ojos grandes” (literalmente “de ojos de novilla”, el mayor cumplido de entonces).

 Lesbia, imaginada por John Reinhard Weguelin (1849-1927)


En los límites de la depravación. Nacida alrededor del 94 a. C., la llamada Lesbia era hermana de Clodio, ex tribuno y jefe de una banda que apoyaba la política de los populares, y en particular de César. En fecha imprecisa se había casado con un político muy conocido, Quinto Cecilio Metelo Céler, y poco después de la muerte de estos, en el 59, había conocido a Catulo, casi diez años menor que ella, en cuya obra se basan tradicionalmente los intentos de conocerla. Pero Catulo, de Clodia, estaba locamente enamorado y al mismo tiempo locamente celoso: convencido (probablemente no a propósito, se diría) de haber sido traicionado, como dice un célebre verso suyo, al mismo tiempo la amaba y la odiaba (odi et amo). No era y no es, en suma, una fuente objetiva. Asimismo está muy lejos de ser objetiva la otra fuente importante que podemos consultar, es decir, Cicerón. Por razones no sólo distintas, sino opuestas a las de Catulo: la enemistad, en este caso, estaba ligada –en primer lugar– al hecho de que el enemigo político más odiado de Cicerón era el hermano de Clodia. En la ciudad, además, se decía que esta había intentado cortejar a Cicerón, buscándole problemas con su mujer Terencia. Si damos crédito a Plutarco, de hecho, Terencia “llegó a odiar a Clodio por culpa de la hermana de éste Clodia, que habría querido casarse con Cicerón” (Plut., Cic., 29). Cotilleos, cierto, que dan sin embargo la idea de relaciones por lo menos decididamente difíciles. Y a todo esto se añade el hecho de que, en el 56, Cicerón defendió en juicio a Celio Rufo, ex amante de Clodia, acusado entre otras cosas de haber intentado cometer un homicidio. Clodia, en este proceso, había sido llamada como testigo, porque había acusado a Celio de haberle robado joyas y de haber intentado después matarla. Las razones para dudar de la imparcialidad del retrato con negras tintas que hace Cicerón de ella son del todo evidentes. Pero volveremos sobre Cicerón.

 Lesbia y su gorrión, sir Edward John Poynter (1836-1919)


Comenzamos por Catulo. ¿Es la historia que nos cuenta la de un amor verdadero? Según algunos, sus versos serían el fruto de una imaginación poética, que describe el objeto de su amor basándose en modelos literarios. Por consiguiente, reconstruir el personaje de Clodia a partir de sus poesías sería imposible. Pero a mí me parece que si se debe desconfiar de Catulo no es porque no describa un amor verdadero. A Catulo no puede tenérselo en cuenta, más bien, porque es un enamorado que no acierta a comprender a la mujer que ama. Y es necesario admitir que Clodia debía ser una mujer difícil de entender no solamente por él, y probablemente por cualquier otro hombre de la época, sino quizá también por muchos hombres bastante más cercanos a nosotros en el tiempo. Es por esto mismo, porque no acierta a entenderla, por lo que Catulo la insulta, describiéndola a veces como un personaje en los límites de la depravación. Clodia, en definitiva, es un topos, pero no necesariamente literario. Es el estereotipo, bien arraigado en la mente masculina, de la mujer que rechaza o elude cualquier pretensión de exclusividad. La historia que emerge de las poesías de Catulo es la de la total incomprensión, que por otro lado no impide a los dos amantes vivir momentos de intensísima pasión. Para demostrarlo basta el celebérrimo, bellísimo poema de los mil besos: “Lesbia mía, vivamos, nos amemos, / y el gruñir de los serios personajes  / en total nos importe dos ochavos. / Soles pueden ponerse, y vuelven soles: / al ponérsenos esta lucecita, / una noche a dormir nos queda eterna. / Dame besos, y  mil, y luego ciento, / luego mil otra vez, de nuevo ciento...  (traducción de Agustín García Calvo, como las que siguen). Pero con la pasión se alternan enfriamientos y abandonos que a veces parecen definitivos: “Triste Catulo, deja de hacer el tonto, / y lo que ves perdido, perdido sea... / ¡Adiós, la niña!: ya Catulo está firme, / ni ha de buscarte ni rogarte a la fuerza…” Pero las proposiciones no duran mucho: “La odio y la quiero. Que cómo lo hago acaso preguntas. / No lo sé, siento que así pasa y martirio me da”. Hay momentos en los que Catulo acusa a Lesbia de traiciones repetidas, describiéndola como entregada a todos los vicios: lujuriosa, inmoral, hambrienta de placer y de poder. Pero depurados del veneno de los celos y de las incomprensiones, de los versos de Catulo surge una mujer que –diríase– lo amó a su vez: a su manera, pero no como quería Catulo. Lo amó como ama una mujer independiente, y aun se diría, feliz de vivir; quizá cruel, pero a la manera en que lo son los enamorados, voluntaria o involuntariamente. Las infamias de las que Catulo acusa a Lesbia entran en el cuadro y en el juego que a menudo contrapone a dos combatientes en una guerra de amor. Uno demanda amor eterno y exclusivo, otro ofrece un amor si no ocasional, menos comprometido. Sucedía y sucede.

  La lectura o Catulo y Clodia, Giulio Aristide Sartorio (1860-1932)



Detrás del estereotipo de la devoradora de hombres, en definitiva, parece vislumbrarse una figura real: una mujer fuerte, autónoma y, en el amor, ciertamente voluble: tanto durante como después de la relación con Catulo, terminada la cual se convierte en la amante de Celio Rufo. Y es sobre esa fase de su vida donde tenemos el testimonio de Cicerón (de cuya hostilidad y sus razones ya hemos apuntado), al que el proceso contra Celio Rufo le ofreció la posibilidad de destruir definitivamente la imagen de Clodia. De grandísimo abogado como era, Cicerón, ante los jueces, trafulcó la verdad. De testigo de la acusación, Clodia se convirtió en la acusada.


Las acusaciones de Clodia a Celio, dijo Cicerón, eran falsas: ¿cómo se podía dar crédito a una mujer como ella? Una mujer que apenas muerto su marido se había dado a la dolce vita, frecuentando a las personas más indignas. Su casa de Roma, las propias calles eran testigos de una conducta desvergonzada. ¿Cómo podían los romanos permitir que uno de sus mejores conciudadanos (como hábilmente presentó a Celio) fuese víctima de una venganza desleal, urdida por una mujer incalificable? Celio fue absuelto. De Clodia, que entonces tenía treinta y ocho años, a partir de ese momento no se tiene ya noticia. 



Catulo leyendo sus poemas en casa de Lesbia, sir Lawrence Alma Tadema (1836-1912)

 Una viuda fuera del tiempo. ¿Qué conclusión sacar, a la luz de estos testimonios, sobre ella? Una cosa, una sola cosa parece cierta: Clodia-Lesbia era una mujer radicalmente distinta del modelo femenino que los romanos proponían a sus mujeres desde el inicio de su historia. No era (como Lucrecia o como Virginia) una mujer llena de todas las virtudes: silenciosa, obediente, hija, mujer y madre ejemplar, pronta a morir para defender su honor… Por no hablar de su radical diferencia de la imagen de la viuda. Para los romanos, la viuda perfecta era la que limitaba en brevísimos tiempos la duración de su viudedad, suicidándose inmediatamente, o poco después de la muerte del marido. Así había hecho la viuda republicana por excelencia, la célebre Porcia (a la que sus padres y amigos le habían quitado las armas con las que pudiera matarse) había resuelto el problema engullendo carbones ardientes. A celebrar su gloria había llegado incluso un autor como Marcial, no poco crítico normalmente con el comportamiento (para él deshonesto) femenino: “Cuando Porcia se enteró de la muerte de su esposo Bruto / y el dolor buscaba las armas que le habían sustraído, “¿todavía no sabéis?” dijo “que no se puede prohibir la muerte? / Creía que mi padre con su muerte os lo había enseñado.” / Terminó de hablar y con ávida boca se tragó brasas ardientes: / ¡ven ahora y niégame, turba importuna, la espada! ”. Tratando de concluir: lo que sabemos con certeza de Clodia es que rechazó parecerse a los modelos que le eran impuestos, y que la cosa no le fue perdonada. Por nadie. En vida y durante mucho tiempo después de su muerte.


(Eva Cantarella, Sette, Il corriere della Sera, 4 marzo 2016)