jueves, 2 de octubre de 2014

La leyenda de Aracné

No está mal, aunque no esté en nuestra lengua sino en la del Imperio, sorry,  pero se entiende bien con la ayuda de las imágenes,  el corto de dibujos animados de Nick Kozis sobre el mito de Aracné, que acabó convertida en araña -eterna tejedora-  por haber retado a la diosa Minerva, o sea a Palas Atenea.



Nos encontramos con el contrapunto femenino de Spiderman: Aracné, la futura Spiderwoman de la Marvel. Tanto Peter Parker, tímido alter ego de Spiderman,  como Aracné sufren una metamorfosis, como también sufrirá Gregorio Samsa, personaje que inmortalizó Franz Kafka en su genial relato. Todas estas transformaciones nos remiten a las célebres e inagotables Metamorphoses del poeta latino Ovidio, padre de todas ellas: de las literarias, de las pictóricas y de las del comic y el cine.   



Aracné era una joven de origen humilde que vivía en la región de Lidia, en Asia Menor. Todos reconocían su talento a la hora de hilar en el telar. Tenía una destreza  extraordinaria: movía las manos y los dedos con una gran precisión y de su taller salían todo tipo de diseños,  formas y colores, cenefas y dibujos que daban vida a historias nacidas de su prodigiosa imaginación. Al contemplar sus obras,  la gente se quedaba embelesada y exclamaba: “¡Qué cosa más bonita…!”.

Pero la joven era tan diestra como orgullosa y quería que su habilidad fuera reconocida por todos sin discusión. Por este motivo, en un arrebato de soberbia, retó a la propia Minerva o sea a Palas Atenea, diosa virgen de la sabiduría, nacida directamente de la cabeza de Júpiter, diosa de la guerra en su aspecto estratégico y de las artes del hilado propias de la mujer casada que debía tejer la ropa de toda la familia a su cargo, a elaborar la tela más bella que se hubiera realizado nunca. La diosa intentó disuadir a la muchacha apareciéndosele como una anciana bondadosa y sensata que con la voz de la experiencia  le aconsejaba modestia y humildad. Aracné, sin embargo, no siguió sus sabios consejos y mantuvo, tanta era su vanidad, su pulso con la diosa. Ambas contendientes se sentaron finalmente frente a frente ante sus telares, dispuestas a competir.

Minerva bordó la escena de la posesión del Ática con todo lujo de detalles: ella y Neptuno, es decir, Posidón,  se disputaron el patronazgo de la ciudad; Neptuno llegó el primero y clavó su tridente en la acrópolis y de allí surgió una fuente de agua salada, dando a entender que su regalo era el mar, que se lo daba a la ciudad para que se abriera al mar Egeo y al mar Mediterráneo; la diosa, sin embargo, por su parte, clavó su lanza y plantó el primer olivo, símbolo de la paz, que representaba también la agricultura y en concreto el aceite como don a la ciudad, ciudad que debía elegir a cuál de los dos dioses prefería. Los ciudadanos eligieron a Atenea como su patrona, y ella, como contrapartida, le regaló su nombre, en plural,  a la ciudad. Si la diosa se llamaba Atena, la ciudad sería Atenas.      

Aracné, por su parte, ensoberbecida, decidió representar algunos episodios escabrosos en los que los dioses, sobre todo el dios supremo,  se habían mostrado deshonestos o libidinosos. Bordó, por ejemplo, el episodio que ya conocemos del rapto de Europa, en el que el propio padre de la diosa se había transformado en toro para seducir a una joven princesa fenicia... 

En el momento de comparar las dos obras, quedaba bien claro, incluso para la diosa, que el trabajo de Aracné era muy superior. La diosa se enfureció y le golpeó en la frente con la lanzadera. La muchacha se asustó y, temiendo la ira divina, corrió a buscar una soga para colgarse de una viga en su propio taller y suicidarse, arrepentida de su soberbia. Minerva se compadeció de ella y la detuvo en el último momento,  pero le lanzó una maldición: la joven viviría para siempre pero colgada de un hilo y tejería y tejería durante toda su vida, ella y su futura progenie, prisionera de una telaraña que ella misma crearía. 

Entonces los brazos y las piernas de Aracné empezaron a encogerse, se le alargaron los dedos, se le hinchó el cuerpo y quedó cubierta por una capa de pelo corto y negro: Aracné se había transformado en araña, que es lo que su nombre significa en griego.


Aracné, según grabado de Gustave Doré

Velázquez abordó este tema en su lienzo La fábula de Aracne, más conocido como Las Hilanderas: en primer plano el taller de hilado, al fondo la escena mitológica: Aracné, en el centro, es recrimianda por la diosa guerrera, con casco y la mano en alto, y como telón de fondo el tapiz que ha bordado con el rato de Europa, que es un homenaje a la obra de Tiziano. 

 

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