"Beauty" es el título del corto de animación, nunca mejor dicho, del realizador italiano Rino Stefano Tagliafierro, que ha dado vida virtual a una selección muy sugerente de cuadros de paisajes y figuras humanas dentro de las diversas temáticas religiosas y mitológicas de los maestros de la pintura universal tales como Tiziano,
Caravaggio o Rembrandt. Sus lienzos cobran vida y nos ofrecen una sugestiva
meditación sobre el enigma de la belleza.
(Versión abreviada)
El enigma de la Belleza
"Tiempo voraz, embótale al león la garra
y haz que la propia tierra sus crías embeba,
al fiero tigre descolmilla y desquijarra
y sepulta en su sangre a la fénix longeva".
(W.
Shakespeare, Soneto núm. 19, traduc. A. García Calvo)
Sobre la belleza se alzan desde
siempre las nubes del destino y del tiempo que todo lo devora. La belleza es
cantada, representada y descrita desde la antigüedad como el instante
fugaz de la felicidad y de la plenitud de la vida inagotable, desde el comienzo
destinada a un epílogo trágico y salvífico.
En esta interpretación de Rino
Stefano Tagliafierro la belleza es transportada a la fuerza expresiva de un
gesto que brota del inmovilismo del cuadro, animando un sentimiento que se
sustrae al quietismo propio de un museo. Como si en las imágenes que la
historia del arte nos ha ofrecido estuviese congelado un movimiento que la
actualidad puede revitalizar gracias al fuego de la inventiva digital.
Una serie bien seleccionada de
imágenes de la tradición pictórica más bella (del renacimiento al simbolismo de
finales del ochocientos, pasando por el manierismo, el paisajismo, el
romanticismo y el neoclasicismo) son acercadas según una intención que localiza
el sentimiento bajo el velo de las apariencias. Una inspiración que nos
devuelve el sentido de una caducidad y de la brevedad existencial que el autor
interpreta con la dignidad trágica de una mirada desencantada, capaz de captar
el sentido profundo de una imagen.
La belleza en esta interpretación es la compañera silenciosa de la vida que
inexorablemente procede de la sonrisa del niño, a través del éxtasis erótico,
hacia la mueca de dolor que cierra un ciclo destinado a repetirse hasta el
infinito.
Significativos, desde este punto
de vista, son el amanecer de una mañana romántica en cuyo cielo vuelan unos
grandes pájaros negros y el final del crepúsculo romántico con ruinas góticas
que concluye la obra del tiempo que huye.
El museo parisino
del Louvre es el más visitado del mundo. Recibe anualmente la invasión de varios millones
de personas. En el año 2013 casi llegaron a diez.
Tres son sus obras
de arte más codiciadas, filmadas y fotografiadas, que no vistas, por la
marabunta de los turistas que se amontonan ante ellas. Constituyen el top three, una trinidad que no debe
perderse ningún peregrino en su visita al templo de las musas de las bellas
artes:la misteriosa sonrisa de la Gioconda o Mona
Lisa que pintó Leonardo, la prima donna del museo, custodiada constantemente
por dos vigilantes de seguridad y blindada tras una vitrina que no oculta los
reflejos de la luz; le siguen en visitas, a gran distancia, dos damas más, esta
vez escultóricas y de origen griego, la Venus de Milo, encontrada en la isla de
Milo (Melos en griego antiguo, una de las cícladas), en 1820, y la recientemente restaurada Victoria de
Samotracia, descubierta en 1863 en la
isla de su mismo nombre, al nordeste del mar Egeo.
La mayoría, cámara,
móvil o tableta en ristre, se dedica a sacarles una foto o a hacerse una selfi con estas damas para
enseñársela a los amigos: no ven las obras de arte, las filman o las fotografían, que no es lo mismo, para
verlas después o para que otros vean que las han “visto”, que han estado allí
en su peregrinaje artístico. No se dan
cuenta de que para ver una obra de arte la cámara es un estorbo: basta con posar
la mirada directa de nuestros ojos sin ningún filtro para admirarla.
La restauración de
la Victoria de Samotracia, la obra maestra de la escultura griega del período helenístico, que data del siglo II antes de nuestra
era, ha hecho que aumenten más todavía las
visitas al museo. Tras la restauración, ha salido a
la luz un curioso contraste entre la blancura resplandeciente del mármol de la isla de Paros de la diosa y
el mármol algo más apagado de la isla de Rodas de la proa de la nave sobre la
que se posa en su vuelo. La restauración ha subrayado las formas femeninas de
Niqué (victoria en griego, mejor que Nike). El que haya perdido los brazos y la cabeza no le resta atractivo, ya que
está provista sin embargo de unas alas que baten al viento con sus plumas hinchadas, como si
acabara de posarse sobre el navío victorioso, y los pliegues de su vestido ondean al aire todavía.
Ambas
obras de arte, la Afrodita de Milo y la Niqué de Samotracia, exiliadas
desde hace más de ciento cincuenta años, deberían volver a su
país de origen, a Grecia, de su ya largo destierro parisino.
Os
dejo con el estupendo corto de Aris Caloyerópulos (Ares Kalogeropoulos, en transcripción no fonética), cuya música también
ha compuesto él, que reclama en la lengua del Imperio la devolución del
saqueo de todas las obras de arte, incluidos los mármoles de Partenón y
la cariátide del Museo Británico, sin olvidar a las dos damas secuestradas en París, la Venus de Milo y la Victoria de Samotracia, a Grecia, su país de origen.
Philip Scott Johnson hace en este vídeo un rápido repaso al arte del
retrato del rostro femenino en la pintura occidental a lo largo y ancho
de los últimos quinientos años. Desfilan en él en rápida sucesión
numerosísimas Venus (con)fundiéndose unas con otras: desde la Gioconda
de Leonardo hasta el retrato de Françoise de Pablo Picasso. La Sarabanda
de Bach pone la banda sonora musical que acompaña a las imágenes.
Cuenta Plutarco (1) que en tiempos de Tiberio, o sea de Cristo, y en el Mar Jónico, un barco con destino a Italia se vio obligado a
detenerse junto a las islas Equínades, en las costas del Epiro, no lejos de la actual Corfú.
Entonces se oyó una misteriosa voz procedente de las Paxos, dos islotes deshabitados cercanos, llamando al
capitán del barco, que era egipcio, por su nombre propio y pidiéndole que al
llegar a Palodes anunciara literalmente que el gran dios Pan había muerto.
Así
lo hizo el capitán del barco. Al arribar a Palodes gritó: "El gran dios Pan ha muerto". Y al instante se elevó “un gran lamento no de una sola
persona, sino de muchas, lleno de estupor”.
Este anuncio se ha interpretado a
menudo como la muerte del paganismo consumada tras el advenimiento de Cristo. La palabra paganismo procede de "pagum", que significa
lugar: Pan representa el mito de la arcadia feliz, el paraíso idílico y
bucólico, que podria hacerse realidad aquí y ahora, en estos mismos pagos, si no se proyectara sobre ellos la sombra de la cruz.
La nueva religión instauraba una fe monoteísta caracterizada
por una negación de la sensualidad y del pluralismo religioso. La muerte del gran dios Pan
no podía significar más que el derrumbe del mundo grecorromano.
El poema de Rubén Darío "Padre Nuestro de Pan", incluido en su Lira póstuma, expresa la nostalgia moderna -o modernista, si se prefiere- de los valores sensuales paganos de la antigüedad. Rubén
reivindica el paganismo en este su Padre Nuestro, compuesto por ocho cuartetos de versos de nueve sílabas con rima ABBA, que contiene ecos del Pater noster cristiano.
Padre nuestro,
padre ambiguo de los milagros eternos que admiramos los modernos por tu gran prestigio antiguo.
La ninfa junto a la fuente pasa y tiene en su blancura lo que inspira, lo que dura, lo que aroma y lo que abrasa.
Pues al ver la viva
flor o la estatua que se mueve, hecha de rosa y de nieve, nos toma el alma el amor.
Pan nuestro que estás en la tierra, porque el universo se asombre, glorificado sea tu nombre por todo lo que en él se encierra.
Vuélvanos tu reino de fiesta en que tú aparezcas y cantes con los tropeles de bacantes mancillando la floresta.
Hunde siempre violento y vivo y por tus ímpetus agrestes, en el cielo cuernos celestes y en la tierra patas de chivo.
Danos ritmo, medida
y pauta al amor de tu melodía, y que haya al amor de tu flauta amor nuestro de cada día.
Deudas que el alma amando trunca están en tu disposición, y no le concedas perdón a aquel que no haya amado nunca.
Sirva como ilustración del espléndido poema de Rubén Darío esta poderosa imagen titulada "The afternoon of the
faun" de Carlos Schwabe (1923), que tanto abunda en la Red,
sin que en la mayoría de los casos se cite su autoría y procedencia. Se
ve al dios agreste y pastoril caracterizado con sus patas de cabra y
cornamenta de macho cabrío tocando la flauta llamada en su honor de Pan.
La flauta de Pan no es más que la metamorfosis de la ninfa Siringe o Siringa, que narra el poeta Ovidio, de la que se enamoró el fauno y a la que persiguió infructuosamente hasta que ella se arrojó a un río buscando la muerte, donde se transformó en unas cañas. Pan abrazó las cañas en lugar de la ninfa carnal de la que se había encaprichado, suspirando. En ese momento su suspiro se convirtió en las notas musicales de la flauta de Pan formada con cañas de desigual longitud.
La
iconografía de Pan, que es la de los faunos y los sátiros, ha servido para
representar en el mundo cristiano a los demonios. Y, de alguna manera, Pan es el anticristo nietzscheano. Fue quizá el grito del capitán del barco egipcio lo que hizo que cundiera el pánico, palabra que procede de Pan precisamente, un pánico por lo que significaba la muerte de este dios, que ha llegado hasta nuestros días y oídos.
La estupenda película de Guillermo del Toro "El laberinto del fauno" (2006), titulada en inglés "Pan´s labyrinth", ha puesto de moda entre nosotros otra vez la imagen del Fauno o de Pan.
No está mal, aunque no esté en nuestra lengua sino en la del Imperio, sorry, pero se entiende bien con la ayuda de las imágenes, el corto de dibujos animados de Nick Kozis sobre el mito de Aracné, que acabó convertida en araña -eterna tejedora- por haber retado a la diosa Minerva, o sea a Palas Atenea.
Nos
encontramos con el contrapunto femenino de Spiderman: Aracné, la futura Spiderwoman de la Marvel.
Tanto Peter Parker, tímido alter ego de Spiderman, como Aracné sufren
una metamorfosis, como también sufrirá Gregorio Samsa, personaje que inmortalizó
Franz Kafka en su genial relato. Todas estas transformaciones nos
remiten a las célebres e inagotables Metamorphoses del poeta latino Ovidio, padre de todas ellas: de las literarias, de las pictóricas y de las del comic y el cine.
Aracné era una joven de origen humilde
que vivía en la región de Lidia, en Asia Menor. Todos reconocían su talento a la hora de hilar en el telar. Tenía una destreza extraordinaria: movía las manos y los dedos con una gran precisión y de su taller salían todo
tipo de diseños, formas y colores, cenefas y dibujos que daban vida a historias nacidas de su prodigiosa
imaginación. Al contemplar sus obras, la gente se quedaba embelesada y exclamaba: “¡Qué cosa más
bonita…!”.
Pero la joven era tan diestra como
orgullosa y quería que su habilidad fuera reconocida por todos sin discusión.
Por este motivo, en un arrebato de soberbia, retó a la propia Minerva o sea a Palas Atenea, diosa virgen de
la sabiduría, nacida directamente de la cabeza de Júpiter, diosa de la guerra en su aspecto estratégico y de las artes del hilado propias de la mujer casada que debía tejer la ropa de toda la familia a su cargo, a elaborar la tela más bella que se hubiera realizado nunca. La
diosa intentó disuadir a la muchacha apareciéndosele como una anciana bondadosa y sensata
que con la voz de la experiencia le aconsejaba modestia y humildad. Aracné, sin embargo, no siguió sus sabios consejos
y mantuvo, tanta era su vanidad, su pulso con la diosa. Ambas contendientes se sentaron finalmente frente a frente ante sus telares, dispuestas a competir.
Minerva bordó la escena de la posesión del Ática con todo lujo de detalles: ella y Neptuno, es decir, Posidón, se disputaron el patronazgo de la ciudad; Neptuno llegó el primero y clavó su tridente en la acrópolis y de allí surgió una fuente de agua salada, dando a entender que su regalo era el mar, que se lo daba a la ciudad para que se abriera al mar Egeo y al mar Mediterráneo; la diosa, sin embargo, por su parte, clavó su lanza y plantó el primer olivo, símbolo de la paz, que representaba también la agricultura y en concreto el aceite como don a la ciudad, ciudad que debía elegir a cuál de los dos dioses prefería. Los ciudadanos eligieron a Atenea como su patrona, y ella, como contrapartida, le regaló su nombre, en plural, a la ciudad. Si la diosa se llamaba Atena, la ciudad sería Atenas.
Aracné, por su parte, ensoberbecida, decidió representar algunos episodios escabrosos en los que los dioses, sobre todo el dios supremo, se habían mostrado deshonestos o libidinosos. Bordó, por ejemplo, el episodio que ya conocemos del rapto de Europa, en el que el propio padre de la diosa se había transformado en toro para seducir a una joven princesa fenicia...
En el momento de comparar las dos obras,
quedaba bien claro, incluso para la diosa, que el trabajo de Aracné era muy
superior. La diosa se enfureció y le golpeó en la frente con la lanzadera. La muchacha se asustó
y, temiendo la ira divina, corrió a buscar una soga para colgarse de
una viga en su propio taller y suicidarse, arrepentida de su soberbia. Minerva se compadeció de ella y la detuvo en el
último momento, pero le lanzó una
maldición: la joven viviría para siempre pero colgada de un hilo y tejería y tejería
durante toda su vida, ella y su futura progenie, prisionera de una telaraña que ella misma crearía.
Entonces los brazos y las
piernas de Aracné empezaron a encogerse, se le alargaron los dedos, se le
hinchó el cuerpo y quedó cubierta por una capa de pelo corto y negro: Aracné se
había transformado en araña, que es lo que su nombre significa en griego.
Aracné, según grabado de Gustave Doré
Velázquez abordó este tema en su lienzo La fábula de Aracne, más conocido como Las Hilanderas: en primer plano el taller de hilado, al fondo la escena mitológica: Aracné, en el centro, es recriminada por la diosa guerrera, con casco y la mano en alto, y como telón de fondo el tapiz que ha bordado con el rapto de Europa, que es un homenaje a la obra de Tiziano.
La profesora Consuelo López López ha publicado el siguiente vídeo
donde repasa con imágenes desde sus orígenes más remotos en Grecia y
Roma hasta la actualidad la evolución artística e iconográfica del mito
de Europa, la princesa fenicia que fue raptada por Júpiter/Zeus
enamorado y transformado en un toro manso de gran belleza, que la llevó a lomos
hasta las costas de Creta a través del mar donde se unió a ella y donde decidió otorgar a
esa parte del mundo el nombre propio de su enamorada. Las imágenes van acompañadas del concierto número 9 "Ritratto dell´amore" de François Couperain.