domingo, 12 de abril de 2015

Fanatismo religioso



Si algo revela el expediente etimológico de la palabra “fan”, abreviación anglosajona de “fanatic”,  procedente de “fanaticus” –inspirado, lleno de entusiasmo, exaltado, frenético-, es su parentesco genealógico con el término latino “fanum”, que es otro nombre del “templum”, o sea del  santuario o recinto consagrado a la divinidad, lo que está claro hasta para el profano, es decir, para aquél que está delante y, por lo tanto, fuera y no en el corazón del templo. Se establece así una íntima relación entre el fanatismo, por consiguiente, con el fenómeno religioso, de forma que la expresión “fanatismo religioso” resulta un pleonasmo.



La raíz a la que remonta la palabra en primer término no es fan-, como podría parecer a simple vista,  sino *fas-, la misma que encontramos en los términos latinos  “fas” y “nefas”, y, por lo tanto, en nuestro fasto (autorizado por los dioses; se decía del día en que era lícito en la antigua Roma tratar los negocios públicos y administrar justicia.) y nefasto (prohibido, y, por contraposición a fasto, día triste, funesto, desgraciado o detestable); el radical sería en concreto *fas-nom, como revela la comparación con otras lenguas itálicas, tal el osco fíísnú y el umbro fesnafe, que leo en Meillet. 

"Fanum” sería el resultado de la pérdida de la /s/ ante el sufijo -no- que provoca su desaparición y el alargamiento compensatorio de la /a/ en latín: “faanum”. Esta raíz *fas-, en grado cero,  estaba en alternancia vocálica indoeuropea con *fes-, por lo que nuestra palabra “fanum” está emparentada con “fes-tus” y “fes-tiuos”, de donde proceden nuestras fiestas y festividades, así como con el viejo latín “fes-iae”, palabra que en virtud del rotacismo se convirtió en “fer-iae”,  un antiguo término religioso que ha dado origen a nuestras ferias.

Remontándonos más atrás, la /f-/ inicial latina procede de /dh-/ indoeuropea, por lo que deberíamos reconstruir la raíz así: *dhes- con e larga o, mejor quizá,  *dheHs- con laringal. La evolución de /dh-/ indoeuropea es la normal:  /f-/  en latín, y osco-umbro (o itálico si se prefiere), y /th-/ en griego, como se ve en los compuestos thés-phatos “inspirado por los dioses”, thés-pis “de voz divina”, thés-kelos “semejante a dioses”, de donde “maravilloso”, por lo que el significado general sería algo así como “relacionado con los dioses”.



Pero lo más curioso de todo es que esa raíz en grado cero *dhes-  más el sufijo adjetival /o/, anterior a la historia de los dialectos griegos, es decir *dhes-o-, con el significado de "divino", sería el origen del griego *thesós, es decir, de theós  “divino o propio de dioses”, de donde vienen, por ejemplo,  nuestra teología y nuestros politeísmos, monoteísmos y ateísmos

Lo que implicaría que estaríamos no ante una raíz nueva, sino ante la vieja raíz corriente y moliente *dheH- “poner o hacer ser tal o cual cosa”.  De esta raíz, por cierto, también deriva con vocalismo /o/ y sufijo /-t-/, es decir bajo la forma *dho-t-: sacer-do(t)-s, esto es, el sacerdote o encargado de celebrar los ritos sagrados. Y, como curiosidad, el verbo latino "credo", que sería un compuesto de la raíz *kerd- "corazón" más la raíz que nos ocupa *dheH "poner", significaría "poner en el corazón, poner confianza", y de ahí nuestro creer, nuestras creencias, nuestros credenciales y, no nos olvidemos de la economía,  nuestros créditos. 

Con lo cual, emparentaríamos directamente todo el campo semántico latino de lo fasto y lo nefasto, lo festivo y las ferias, lo profano, las creencias, los sacerdotes y el fanatismo con los dioses mismos, y se argumentaría etimológicamente el aserto inicial de que el fanatismo religioso era una redundancia etimológica: quod erat demonstrandum.

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