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miércoles, 8 de agosto de 2018

Opiáceos para todos

La noticia es la siguiente: La Generalitat valenciana implantará el próximo curso clases de Religión Islámica y Adventista en los colegios públicos de una decena de municipios. 

Lo que más poderosamente llama la atención es que los que gobiernan dicha Generalitat, Compromís,  habían registrado en el Senado una moción en la que reclamaban la eliminación de la asignatura de Religión en los centros educativos, y que las horas lectivas que se consagran -nunca mejor dicho- al cultivo de la fe se dedicaran a otros menesteres, lo que está muy bien porque no discrimina a ninguna confesión religiosa por encima de las demás. ¿Cómo se explica entonces que ahora la Conselleria d'Educació, regentada por Compromís, se comprometa precisamente a implantar las asignaturas de Religión en sus modalidades Islámica y Adventista del Séptimo Día en la comunicad valenciana donde gobierna?

Pues así justifican los mandarines compromisarios lo que a todas luces resulta injustificable: 
1º.- No es una medida insólita que se les haya ocurrido por primera vez a ellos, sino que se suman así según dicen “a una gran parte de las comunidades autónomas que ofertan diferentes confesiones». Esto es cierto: la Religión Islámica -evaluable al igual que la Católica- ya se oferta en Andalucía, Aragón, Canarias, Castilla y León, Ceuta, País Vasco, Madrid y Melilla, y de acuerdo con la Comisión Islámica de España, el próximo curso se implantará también en Extremadura, Navarra y La Rioja. Es decir que de los diecisiete reinos de taifas democráticos hispánicos se impartirá en la mayoría, en 12 incluyendo Valencia. Luego, si la mayoría de las Comunidades lo hacen,  ¿por qué íbamos a ser menos nosotros que los demás que son más, y a dejar de hacerlo? Además, la oferta responde a la demanda según las leyes del Mercado.

 

2º.- El segundo argumento es que así pretenden “tumbar un muro de los gobiernos del pasado porque, para nosotros, tan valenciano es quien profesa el catolicismo, el islam o la religión adventista y con la norma estatal todas tienen derecho». Nada que objetar: el gobierno valenciano pretende gobernar, como es lógico, a todos los valencianos, sean de la confesión religiosa que sean o no sean de ninguna, pero acatan la norma estatal, no faltaba más: donde hay capitán no manda marinero.




3º.- «No se obliga a nadie a escoger la asignatura». Faltaría más. Obligar es propio de los gobiernos autoritarios y dictatoriales del pasado. Nosotros, que somos demócratas progresistas no ya modernos, sino posmodernos, no forzamos a nadie a elegir un credo u otro, o ninguno, porque el que no quiera cursar la asignatura de Religión tiene otras opciones que justifican la imposición de la Religión: la llamada Alternativa a la Religión en primaria, Valores Éticos en la ESO y Cultura Científica en Bachillerato. 


Lo más curioso es que la Conselleria d'Educació sostiene que «ninguna Religión -tampoco la Católica, Apostólica y Romana- debería tener una asignatura dentro de los centros educativos, pero la Ley estatal obliga y los acuerdos con las diferentes religiones por parte del Estado también». Como dicen los catalanes: No vols brou? Tassa i mitja. Si no quieres caldo, toma taza y media: Doble ración de Religión, el opio del pueblo, para todos. Sostenida, eso sí, con fondos públicos.  Nosotros estamos, dicen ellos,  en contra pero ante una realidad que no puede cambiarse, terca e inmutable como ella sola, no podemos hacer nada, somos impotentes. Entonces la pregunta se impone por sí sola: ¿Para qué hemos tomado el Poder si, una vez asaltados los cielos, no podemos cambiar ni un ápice de las cosas de aquí abajo desde sus alturas? Y un poco más ingenuamente todavía: Si desde el Gobierno no pueden hacer nada para evitar una situación injusta: ¿Por qué gobiernan?

En alguna Comunidad, como esta nuestra de cuyo nombre no voy a hacer mención, a ver si así pasamos desapercibidos,  no tenemos ese problema porque sólo tenemos la modalidad de Religión y Moral Católica o alternativa a la Religión... por ahora, claro. “¿Para qué más?” Como le dijeron una vez en un pueblo a una pareja de Testigos de Jehová, si no eran mormones,  que iba predicando puerta a puerta por las casas su credo: “¿Para qué queremos otra religión, si nosotros ya tenemos la nuestra,  que es la verdadera, y además, no creemos demasiado en ella?”.

martes, 7 de febrero de 2017

Un libro maldito condenado a la hoguera

    El filósofo neoplatónico Porfirio de Tiro escribió alrededor del año 270 en Sicilia un tratado en griego titulado Katà Christianón, Contra los Cristianos, que no se ha conservado, y no porque careciera de valor, que lo tenía al parecer, y mucho, sino  porque no interesaba su difusión entre la ya pujante e influyente comunidad cristiana del imperio romano de los siglos III y IV, ya que,  como dice el profesor y editor de los fragmentos, Adolf von Harnack sobre la obra, «es quizás el escrito más rico y fundamentado que se ha escrito jamás contra el cristianismo».

    Esta obra, maldita como pocas,  en efecto, fue condenada tres veces a la hoguera y quemada, según leo en el artículo de Jordi Morillas Contra Christianos: la crítica filológica de Porfirio al cristianismo, publicado originalmente en la revista filosófica Daímon  y ahora en la red: la primera condena vino por parte del emperador Constantino,  antes del concilio de Nicea, a la que siguieron un edicto de Valentiniano III, el emperador de Occidente, en el año 448,  y Teodosio II,  emperador de Oriente, que ordenaron la destrucción de todo aquello que Porfirio había escrito contra el culto santo de los cristianos, por lo que a mediados del siglo V ya no podía encontrarse esta obra en ninguna biblioteca.

 Averroes, a la izquierda, conversando con Porfirio de Tiro

    Sin embargo, nos han llegado algunos fragmentos, alrededor de 110, del tratado perdido gracias, precisamente,  a los autores cristianos que pretendían refutarlo y, que para hacerlo, citaban algunos pasajes. En uno de estos fragmentos conservados afirma Porfirio de los evangelistas cristianos (Mateo, Marcos, Lucas y Juan) que compusieron el Nuevo Testamento: “Los evangelistas son los inventores, no los historiadores de los hechos acaecidos a Jesús”. Y añade en otro fragmento: «esos astutos y hábiles sofistas (sic) hipotetizan, ya que se inventaron lo que nunca tuvo lugar y adscribieron a su maestro lo que no le había sucedido a él mismo».

    Porfirio encuentra en la Última Cena rasgos de canibalismo y antropofagia que repugnan a su mentalidad helénica, y, en concreto, en las palabras de Cristo, recogidas en Juan 6, 53: «De verdad, de verdad os digo, si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros». Ante esta afirmación, tomada literalmente, Porfirio responde: «Pues esto no es ni salvaje ni extravagante, sino que de todas las extravagancias es la más extravagante y de todas las cosas salvajes la más salvaje el hecho de que humanos prueben carne humana y beban sangre de la misma especie y de la misma familia y que haciendo esto obtengan vida eterna».

 El célebre árbol porfiriano

    Una cita de la obra perdida de Porfirio nos la brinda san Agustín, en su Epístola 102.28. Su interlocutor le pregunta si es verdad lo que afirma Porfirio, en concreto, si Salomón lo dice en alguna parte, y la cita del neoplatónico es en latín: “Filium Deus non habet”. Lo que quiere decir: “Dios no tiene un hijo”. A lo que se apresura el santo de Hipona a responderle rápidamente que sí que lo tuvo.

    Porfirio constataría que si Dios es único, no puede tener un hijo, y por lo tanto la identidad de Cristo no consistiría en ser el «Hijo de Dios». Junto a esta imposibilidad divina o teológica de ser Hijo de Dios, está el hecho de que tuvo una madre carnal e, incluso, hermanos.

    Este es el célebre pasaje sobre los hermanos de Jesús de Mateo (12, 46-49), donde Jesús habla de la superioridad de los lazos espirituales o afectivos sobre los carnales o familiares propiamente dichos. Dice en la traducción del griego a nuestra lengua de Nácar-Colungar: "Mientras Él hablaba a la muchedumbre, su madre y sus hermanos estaban fuera y pretendían hablarle. Alguien le dijo: Tu madre y tus hermanos están fuera y desean hablarte. Él, respondiendo, dijo al que le hablaba: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo su mano sobre sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos".

 La destrucción del árbol de Porfirio (circa 1550)

    En efecto, en los Evangelios, escritos originalmente en griego y no en hebreo,  se emplea el término "adelphós" que como se sabe significa siempre "hermano carnal", "nacido de la misma matriz" para referirse a los hermanos de Jesús. Si los evangelistas  hubieran pretendido expresar "primo" o "pariente" tenían a su disposición otras palabras griegas como "anepsiós", por ejemplo, que no hubieran inducido a una innecesaria confusión a sus lectores griegos. El caso es que tanto Mateo como Marcos aluden con normalidad a los hermanos de Jesús "adelphoi" y nos dan hasta sus nombres Santiago, José, Simón y Judas, y al menos dos hermanas "adelphái", de las que no nos dan sus nombres propios.

martes, 11 de octubre de 2016

Sembrando dudas

A la pregunta que Dios en la viñeta de Alberto Montt le hace al Diablo sobre qué es lo que está haciendo en el cerebro de un ser humano, éste responde en nuestra versión latina "dubia sémino" a la vez que implanta signos de interrogación en la materia gris que harán que esa masa encefálica se cuestione, al aflorar la incertidumbre, todas sus supuestas certezas o creencias, todas sus fes, esencialmente ciegas como son todas a la luz de la razón, poniéndolas en tela de juicio. 

La palabra "dubia" es el plural de "dubium" que significa "duda" (de la que deriva el adjetivo culto castellano dubitativo), y que conservamos en el viejo aforismo judicial del derecho romano "in dubio pro reo", que quiere decir que el juez, en caso de duda, dictamina a favor del acusado.

Precisamente con la palabra latina "dubium" está relacionado el verbo "dubitare" de donde viene nuestro dudar (dubitar, dubidar, dubdar, dudar), relacionado en su orgien con el número dos ("duo"), por lo que significa "estar dividido entre dos posibilidades", ya que el número dos representa la duda, el descubrimiento de que el uno no es ninguno (y que no hay una sola y única cosa, sino múltiples y varias) y que, por lo tanto, la unidad no existe de por sí, sino que es fruto de la dualidad, lo que nos lleva, mucho más lejos, al posible descubrimiento ontológico de que yo (y el Yo) no soy uno, sino, por lo menos, dos.

También las lenguas hermanas dan razón de este origen: en italiano tenemos dubbiare, en portugués duvidar y en francés douter (y de ahí redouter, con el significado añadido como efecto secundario de "temer").

En cuanto a la otra palabra que utiliza Satanás: "sémino",  es la primera persona del presente de indicativo del verbo "seminare", es decir, "siembro, estoy sembrando". Precisamente de este verbo procede nuestro sembrar (seminare, seminar, semnar, semrar, sembrar) y los cultismos inseminar e inseminación, diseminar (sembrar al vuelo, esparcir) y seminario, lo que nos remonta a la antigua raíz indoeuropea *see- de la que derivan también semen, simiente y semilla, pertenecientes todas al mismo campo semántico.

Y es que frente a las certezas y a las verdades divinas que nos inculca Dios (o Alá o Jehová), el diablo, por su parte, siembra la  fecunda semilla de las dudas.

Sirva como colofón esta reflexión magistral de Rafael Sánchez Ferlosio: Predicar una nueva fe entre practicantes de un viejo culto animista, tibio y desgastado puede ser un propósito con esperanza de éxito, pero proponer el escepticismo y el agnosticismo entre gentes entusiasmadas y enfervorizadas con sus propios dioses patrios no sólo parece tarea desesperada, sino también el mejor modo de atizar el fuego, ya que para la llama de la creencia no hay mejor leña que el hostigamiento, porque permite inflamarse a los creyentes en eso que suele llamarse santa indignación.

martes, 3 de mayo de 2016

Un romance sacrílego en castellano

Ahora que se habla tanto de rescatar la memoria histórica de los tiempos pasados, deberíamos recuperar del olvido también  el testimonio de aquellos moriscos expulsados hace varios siglos de la península ibérica por orden de Felipe III por no convertirse sinceramente al cristianismo,  que era la fe hegemónicamente dominante y verdadera. Y no habría que hacerlo sólo por afán arqueológico de recobrar el pasado perdido, sino por la crítica que conlleva, que sigue siendo valiosa y válida.

 La expulsión de los moriscos, Gabriel Puig Roda (1894)
A este propósito, os traigo aquí unos versos del romance castellano sacrílego de Juan Alonso Aragonés del siglo XVI, contemporáneo de Lope y de Cervantes, que es una sátira furibunda de la eucaristía cristiana, y una muestra más de literatura castellana, hasta hace bien poco vedada a los hablantes de nuestra lengua.
El texto se conserva en el manuscrito 9067 de la Biblioteca Nacional de Madrid, folio 205, escrito en letra árabe para que no pudieran entenderla los cristianos. Del autor bien poco sabemos, pero conservamos su obra, que es lo que realmente importa, un romance impecable en verso octosílabo y rima asonante.
En uno de sus fragmentos se satiriza el dislate de que los cristianos crean que Dios es la hostia, nunca mejor dicho, pues si Dios es la hostia, ellos lo ingieren cuando comulgan en la eucaristía, echando tras ella un trago de vino consagrado, y todo revuelto lo defecan al fin y a la postre por el “postigo viejo” en la letrina del retrete, reduciendo así a la materialidad más escatológicamente grosera de la orina y las heces el hecho religioso principal de esa religión que es la comunión con la sangre y el cuerpo de Cristo. Dice así: 


Vosotros que en una hostia,
que decís el Sacramento,
tenéis por fe que está Dios
y os coméis aquel Dios vuestro,

mirad qué gentil aliño
pues se sabe por muy cierto:
lo que se come se saca
por aquel postigo viejo.

Y por más curiosidad
me dijo a mí un caballero
que se mantuvo de hostias
por probar este misterio,

más también dijo que dio
a la letrina su censo,
sepultando allí sus dioses
en el sucio monumento.

En el romance se satirizan, además, otros aspectos de la doctrina cristiana de la santa madre iglesia, como, por ejemplo, el misterio de la trinidad, la confesión y el perdón de los pecados, y un largo etcétera… 

La conversión de los moriscos, retablo de Felipe Vigarny

Pero no todo es crítica, dado que también se hace apología de la fe islámica de Mahoma. Eso, sin embargo, es lo que menos nos interesa ahora, porque lo que sigue vivo (y todavía puede hacer daño, o sea bien, a alguien, porque la verdadera poesía debe herir nuestra sensibilidad o, mejor dicho, nuestra carencia de ella) es su crítica despiadada de la religión cristiana, católica y universal, de una rabiosa modernidad, por aquello de don Antonio Machado de que "hoy es siempre todavía".

Lo bueno es, aunque parezca mentira, lo negativo, la parte crítica, eso es lo único bueno "sobre la falsedad de la religión Cristiana", y lo malo –no me cansaré de repetirlo- es lo positivo, las alabanzas en este caso de las bondades del islam, que quiere decir "sometimiento a Alá". Tan enrevesadas están las cosas en este mundo nuestro que lo bueno es lo malo y lo malo, por el contrario, lo bueno.

martes, 25 de agosto de 2015

Un Sanctus a ritmo africano

Viendo el otro día la película If... de Lindsay Anderson, que, rodada en el glorioso 1968, ganó la palma de oro del festival de Cannes del año siguiente, me sorprendió lo mal que ha envejecido esta película, a diferencia, por ejemplo, de La Naranja Mecánica de Kubrick,  que parece más moderna ahora que cuando se filmó.

 If... (Si... condicional en la lengua del Imperio) narra la rebelión armada de un grupo de adolescentes contra la dirección y el profesorado de un internado británico masculino que acaba en un enfrentamiento violento, protagonizada por un jovencísimo Malcolm McDowell que todavía no había rodado La naranja...  de Stanley Kubrick pero que ya apuntaba maneras.  

Me llamó la atención  especialmente la banda sonora de la película. A Mick Travis, el protagonista, le encanta escuchar una y otra vez en su tocadiscos el Sanctus de una misa congoleña en latín, interpretada por Les troubadours du roi Baudouin, la Missa Luba, que rescato para vosotros por su curiosa y explosiva mezcla de lengua madre y de ritmos africanos. Fue un éxito al final de los años sesenta.


La letra, muy sencilla por otra parte, es una parte de la misa cantada como Dios manda, o sea, en latín:

Sanctus, sanctus, sanctus,
Dominus Deus Sabaoth! (bis)
Pleni sunt caeli et terra gloria tua!
Hosanna in Excelsis.
Benedictus qui venit in nomine Domini.
 Hosanna in Excelsis.

Hay en el texto dos palabras no latinas: Sabaoth y Hosanna que son hebrea la primera y aramea, la lengua que hablaba Jesús, la segunda. La primera significa "ejército o ejércitos". El título veterotestamentario de Jehová es, efectivamente, "Señor de los Ejércitos" en la Biblia. La Jerarquía cristiana ha modificado este texto, suprimiendo la palabra hebrea, y suavizando el carácter militarista del viejo patriarca del Sinaí y de Israel diciendo en su lugar "Dios del universo", lo que, como puede comprobarse poco tiene que ver con el texto original. La otra palabra, la aramea,  "hosanna" significa "sálvanos" en la lengua que hablaba Jesús.

Mejor fortuna han corrido entre las palabras no latinas que conserva la liturgia cristiana "Aleluya" (que significa alabad (o gloria) a Dios) y "amén" (que quiere decir así sea), que se mantienen en la liturgia. 

El Sanctus, según se entona hoy en la misa en español, es así:
Santo, santo, santo
es el Señor, Dios del universo (bis).
Llenos están el cielo y la tierra de tu Gloria.
Hosanna en el cielo. 
Bendito el que viene en el nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.

 Una traducción más respetuosa con el original latino sería la siguiente: "Santo, santo, santo es el Señor, Dios de los Ejércitos. Llenos están los cielos y la tierra de tu gloria. Sálvanos en las alturas. Bendito el que viene en el nombre del Señor. Sálvanos en las alturas".




miércoles, 5 de agosto de 2015

Pater noster...

El latín ha sido la lengua oficial de la liturgia de la iglesia católica, apostólica y romana durante muchos siglos,  hasta que el concilio Vaticano II, clausurado en 1965 por el papa Pablo VI,   permitió que se utilizaran las lenguas vernáculas o propias de cada país de la cristiandad, lo que significó en la práctica que la misa dejara de celebrarse en latín. 

No obstante el latín de la iglesia católica que se empleaba en dicha liturgia suena al oído algo distinto al de César, Cicerón o Virgilio, es decir, al latín clásico, porque es una pronunciación degenerada, concretamente italiana. Tomemos, por ejemplo, el texto de la principal oración de la liturgia cristiana, que es el Padrenuestro, del que hablábamos el otro día a propósito del perdón de las deudas, y veremos enseguida que las diferencias no son muchas, pero sí importantes. 

Os pongo como ejemplo la palabra "sanctificetur". Sabemos que es latín, sabemos que significa "sea santificado", y que según la gramática es una 3ª persona del singular del presende de subjuntivo de la voz pasiva del verbo "sanctífico", pero ¿cómo la leemos? La pronunciación española sería "sanctifizétur" pero un italiano lo leería "sanctifichétur" a la italiana, por no hablar de un francés, que pronunciaría la "u" a la francesa y la erre gutural y, además, como es normal en su lengua, desplazaría el acento llano de la palabra a la sílaba final convirtiéndola en aguda... Cada lengua impone su "nacionalismo": creemos que la pronunciación correcta es la que nosotros practicamos y no nos entra en la cabeza que puede haber y de hecho hay otras pronunciaciones, otras lenguas. ¿Cuál es más legítima? Ninguna de las tres citadas, la pronunciación clásica latina por los testimonios que conocemos no es ni la una ni las otras, sino "sanctifikétur". Sin embargo la iglesia, cuya sede, la ciudad del Vaticano, está en Roma, adoptó e impuso la italiana a toda la cristiandad, todo un despropósito.

Os propongo escuchar el Pater noster en latín. En primer lugar con la pronunciación eclesiástica, que es la italiana, en este vídeo, donde se canta y acompaña de partitura gregoriana:


Y ahora me gustaría que escucháseis cómo suena con la pronunciación clásica restituida, y a la vez como suena ahora en cada una de las lenguas romances: portugués, gallego, castellano, catalán, francés, italiano y rumano. (Por cierto, al llegar al "perdónanos nuestras deudas", la versión gallega es la única que presenta la nueva traducción "ofensas", preceptiva desde 1988, según la hemeroteca de El País, mientras que las demás lenguas siguen fieles en el audio a las viejas y originarias "deudas", más respetuosas con la Vulgata, esas que nadie, ni siquiera Dios según la conferencia espiscopal, está dispuesto ya a perdonar cristianamente hoy día).

 

domingo, 12 de abril de 2015

Fanatismo religioso



Si algo revela el expediente etimológico de la palabra “fan”, abreviación anglosajona de “fanatic”,  procedente de “fanaticus” –inspirado, lleno de entusiasmo, exaltado, frenético-, es su parentesco genealógico con el término latino “fanum”, que es otro nombre del “templum”, o sea del  santuario o recinto consagrado a la divinidad, lo que está claro hasta para el profano, es decir, para aquél que está delante y, por lo tanto, fuera y no en el corazón del templo. Se establece así una íntima relación entre el fanatismo, por consiguiente, con el fenómeno religioso, de forma que la expresión “fanatismo religioso” resulta un pleonasmo.



La raíz a la que remonta la palabra en primer término no es fan-, como podría parecer a simple vista,  sino *fas-, la misma que encontramos en los términos latinos  “fas” y “nefas”, y, por lo tanto, en nuestro fasto (autorizado por los dioses; se decía del día en que era lícito en la antigua Roma tratar los negocios públicos y administrar justicia.) y nefasto (prohibido, y, por contraposición a fasto, día triste, funesto, desgraciado o detestable); el radical sería en concreto *fas-nom, como revela la comparación con otras lenguas itálicas, tal el osco fíísnú y el umbro fesnafe, que leo en Meillet. 

"Fanum” sería el resultado de la pérdida de la /s/ ante el sufijo -no- que provoca su desaparición y el alargamiento compensatorio de la /a/ en latín: “faanum”. Esta raíz *fas-, en grado cero,  estaba en alternancia vocálica indoeuropea con *fes-, por lo que nuestra palabra “fanum” está emparentada con “fes-tus” y “fes-tiuos”, de donde proceden nuestras fiestas y festividades, así como con el viejo latín “fes-iae”, palabra que en virtud del rotacismo se convirtió en “fer-iae”,  un antiguo término religioso que ha dado origen a nuestras ferias.

Remontándonos más atrás, la /f-/ inicial latina procede de /dh-/ indoeuropea, por lo que deberíamos reconstruir la raíz así: *dhes- con e larga o, mejor quizá,  *dheHs- con laringal. La evolución de /dh-/ indoeuropea es la normal:  /f-/  en latín, y osco-umbro (o itálico si se prefiere), y /th-/ en griego, como se ve en los compuestos thés-phatos “inspirado por los dioses”, thés-pis “de voz divina”, thés-kelos “semejante a dioses”, de donde “maravilloso”, por lo que el significado general sería algo así como “relacionado con los dioses”.



Pero lo más curioso de todo es que esa raíz en grado cero *dhes-  más el sufijo adjetival /o/, anterior a la historia de los dialectos griegos, es decir *dhes-o-, con el significado de "divino", sería el origen del griego *thesós, es decir, de theós  “divino o propio de dioses”, de donde vienen, por ejemplo,  nuestra teología y nuestros politeísmos, monoteísmos y ateísmos

Lo que implicaría que estaríamos no ante una raíz nueva, sino ante la vieja raíz corriente y moliente *dheH- “poner o hacer ser tal o cual cosa”.  De esta raíz, por cierto, también deriva con vocalismo /o/ y sufijo /-t-/, es decir bajo la forma *dho-t-: sacer-do(t)-s, esto es, el sacerdote o encargado de celebrar los ritos sagrados. Y, como curiosidad, el verbo latino "credo", que sería un compuesto de la raíz *kerd- "corazón" más la raíz que nos ocupa *dheH "poner", significaría "poner en el corazón, poner confianza", y de ahí nuestro creer, nuestras creencias, nuestros credenciales y, no nos olvidemos de la economía,  nuestros créditos. 

Con lo cual, emparentaríamos directamente todo el campo semántico latino de lo fasto y lo nefasto, lo festivo y las ferias, lo profano, las creencias, los sacerdotes y el fanatismo con los dioses mismos, y se argumentaría etimológicamente el aserto inicial de que el fanatismo religioso era una redundancia etimológica: quod erat demonstrandum.

viernes, 10 de abril de 2015

Muerte y resurrección de Adonis



El despertar de Adonis, J.P. Waterhouse (1849-1917)


Los antiguos griegos celebraban, antes de la irrupción del cristianismo, la muerte prematura y resurrección de Adonis, una divinidad de origen sirio, cuyo culto, a través de la isla de Chipre, se introdujo en Grecia en el siglo VII y floreció en Atenas en los siglos V y IV a. de C. El nombre propio de este dios deriva de una palabra hebrea que significa “Señor”,  lo que revela su origen semítico.

¿Quién era este Adonis, que se convertirá en prototipo de la juventud y belleza masculina, rivalizando con el mismísimo Apolo?  Según la leyenda dorada, era el hijo del rey de Chipre, Cíniras, o Tías según otras versiones, y de su hija Esmirna, también llamada Mirra, que castigada por la cólera de la diosa Afrodita concibió un amor incestuoso hacia su padre que acabó consumando. Esmirna, que llevaba en su vientre el fruto prohibido de su unión carnal, perseguida por remordimientos de conciencia y sentimientos de culpa,   invocó la protección de los dioses,  que, compadecidos, hicieron que sus lágrimas se mezclaran con la resina de un árbol que crece en Arabia, y la transformaron en la planta que destila el bálsamo de la aromática mirra, uno de los tres dones que los Reyes Magos según la tradición cristiana le ofrecieron al Niño Jesús.

Un jabalí corneará el árbol –metamorfosis de la madre-  y provocará el parto de su vientre, del que nacerá Adonis, hijo y nieto a la vez del rey de Chipre, príncipe que nunca llegará a reinar. Se diría a juzgar por su rostro que es una mujer tan bella o más que su propia madre, una mujer si no fuera por el sexo  inequívocamente masculino que florece en sus ingles.

La diosa del amor pronto admiró la belleza de la criatura recién nacida y se enamoró perdidamente, entregándole el niño a Perséfone, la reina del inframundo, para que lo criara y creciera allí, en el otro mundo. Cuando Adonis alcanzó la mayoría de edad, Perséfone, enamorada de él, se negó a devolvérselo a Afrodita, y Zeus, como árbitro, zanjó la disputa entre las dos diosas, dictaminando que Adonis pasara cuatro meses con Perséfone, cuatro con Afrodita y cuatro solo o con quien quisiera… Él eligió a Afrodita, no podía ser otra,  para sus meses de libre disposición.   La estancia de Adonis con Perséfone, en el otro mundo, simboliza la siembra de la semilla, su soterramiento, y la temporada con Afrodita su germinación, el renacimiento, dentro del ciclo del eterno retorno de la extinción de la naturaleza durante el invierno,  y su resurrección con la llegada de la primavera.  

¿Quién iba a decirle a la diosa de los muchos amores que ella misma acabaría enamorándose locamente del lindo mancebo, del hideputa de aquella rival suya a la que había infundido una pasión incestuosa? La diosa que inspira a otros el amor, cayó también enamorada, sucumbiendo víctima del amor que los otros, muy pocos a la sazón, pero algunos, a ella le inspiran. Ante Adonis desceñirá el ceñidor que libera sus senos divinos y desata su codiciada cintura.

El hijo de Esmirna amaba el riesgo y la aventura. Por eso se entregaba como un devoto a la caza mayor. Si ponía en peligro su vida, sentía bullir la sangre en sus venas y latir su corazón palpitante. Hará caso omiso de todas las súplicas de la diosa que le invitan a la prudencia, diosa que todas las noches comparte su lecho y se le entrega en cuerpo y alma desnuda. Durante una cacería, sin embargo, un jabalí, el mismo animal que había provocado su nacimiento de una dentellada, herirá gravemente a Adonis, causando su muerte. Resultará, pues, Adonis, el cazador cazado. Morirá Adonis como nació, violentamente, víctima del ataque del colmillo retorcido de un jabalí sañudo. El mismo animal que le dio la vida le dará la muerte. Adonis, pues, perecerá en la flor de la juventud. Los seres amados por los dioses mueren como cantó Menando en griego, y repetirá Plauto en latín y lord Byron en inglés, en la flor de la juventud, trágicamente, por siempre jóvenes, antes de que el tiempo asignado al hilo de la trama de sus vidas por las Parcas concluya: los dioses aman al que muere joven. 




El poeta Bion de Esmirna cuenta que Afrodita derramó tantas lágrimas como su bienamado Adonis gotas de sangre, y que de cada lágrima nació una rosa blanca, símbolo de la diosa, y una anémona de cada gota de sangre, metamorfosis de Adonis. La tierra se embebió de su sangre, pero brotarán todas las primaveras mil flores de color carmesí, tiñéndose de rojo las rosas blancas, trocándose en anémonas bermejas y efímeras que mece y arranca el viento con su soplo que aúlla.  

Le llorarán las mujeres todos los años, en una fiesta patética, las Adonias, lamentando como plañideras la tragedia del mozo, golpeándose con las manos en el pecho, mesándose los cabellos y rasgándose las túnicas. Le llorarán las Gracias y las Ninfas montaraces. La propia diosa del amor entonará por él su endecha, de la que nos quedará, después de tantísimo tiempo, sólo el eco de un verso quejumbroso que recitan todas las Musas.

"¡Ay de mi Adonis!" Será un verso breve como efímera, aunque intensa, fue la vida del joven. Será un verso de sólo cinco sílabas, colofón de la copla sáfica, que así se llama en honor de Safo de Lesbos, una estrofa de inspiración clásica compuesta por tres hendecasílabos y un pentasílabo fugaz como la ráfaga de viento que viene y que va, tenue como la brisa y su suave susurro; será como el céfiro, como cantó el poeta don Esteban Manuel de Villegas, que cultivó dicha estrofa entre nosotros, evocando el dulce soplo de la verde selva, verde de vida y de savia, que es el aliento vital de la madre Venus gemebunda por la pérdida irreparable del amado. Una bocanada de aire fresco: céfiro blando, suave dulzura.

En honor de Adonis cada año,  en la Grecia continental se celebraban las fiestas adonias, unas fiestas de carácter privado, extraconyugales, al margen de los cultos oficiales y ceremonias públicas, no sufragadas ni subvencionadas con fondos estatales, y en las que los participantes, hombres y fundamentalmente mujeres, se reclutaban sobre todo entre los amantes, entre las rameras y sus clientes, según escribe Marcel Detienne en su libro “Los jardines de Adonis”.  Las fiestas son organizadas por cortesanas que invitan a los hombres, dando origen a francachelas  y alegres borracheras. Al parecer se celebraban en la época más calurosa del año, a mediados de julio. El primer día de las adonias era un día de luto por la muerte del dios.

Uno de los aspectos más conocidos de las adonias es el hacer crecer cereales y hortalizas en unos pocos días, sembrados en pequeñas macetas al aire libre. Se trataría de unos productos que brotan de la tierra en dos o tres días y perecen en seguida, debido al propio calor que ha favorecido su rápido crecimiento y los sofoca. “Jardines de Adonis” es una expresión que alude a todo lo que es superficial, ligero e inmaduro, todo lo que carece de raíces y tiene poco que ver con la agricultura productiva, todo lo que perece bajo el sol canicular. El segundo día de las adonias, era un día de alegría y celebración de la resurrección del dios, durante el cual se comía y bebía en abundancia.

Ahora que los cristianos celebran la Pascua, coincidiendo con el comienzo de la primavera, conviene recordar que los antiguos paganos también celebraban unas fiestas en las que se daban la mano la muerte y la resurrección.

Venus y Adonis, Tiziano (1554)