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domingo, 26 de agosto de 2018

Santa Apolonia iconoclasta

El veneciano Giovanni d'Alemagna pintó a mitad del siglo XV a santa Apolonia, virgen y mártir, de cuyo martirio ya hablamos aquí, dispuesta a destruir un ídolo pagano en un decidido alarde de cristiana iconoclasia. 

Según la noticia de Eusebio de Cesárea, sin embargo, no consta que Apolonia de Alejandría destruyera ningún ídolo pagano. La anécdota en la que se basa el pintor veneciano está tomada seguramente de “La Rappresentazione di santa Apollonia vergine e martire”, una sacra rappresentazione italiana tardomedieval. Se trata de  un género teatral de temática religiosa,  algo parecido a nuestros autos sacramentales castellanos, que se desarrolló a partir del siglo XV en la Toscana. Esta obra de teatro anónima en verso  reinventa la vida de la santa falsificándola al hacer que después de su martirio,  que consistió, como se sabe, en extraerle todos los dientes, no se suicidara, sino que se presentara ante el rey y le demostrara que podía hablar aun desdentada, milagro prodigioso, y acto seguido destruyera un ídolo pagano, en el que veía la representación del mismísimo demonio,   por lo que finalmente la mártir moriría decapitada por sus verdugos,  y no arrojándose voluntariamente a la hoguera, lo que la redimía del suicidio, como cuenta el padre de la historia eclesiástica que efectivamente hizo.


Santa Apolonia destruye un ídolo pagano, Giovanni d' Allemagna c. 1442-45


La santa, ni corta ni perezosa, encaramada en mitad de una escalera que sujetan a sus pies dos mujeres, empuña un martillo o más bien una maza hercúlea con la firme intención de demoler un ídolo pagano,  una estatua presumiblemente de Baco, el dios del vino y la transgresión orgiástica, habida cuenta del tirso o bastón de cañaheja que porta su mano izquierda, en el que la crítica psicoanalítica no dejará de  ver un claro símbolo itifálico,  y las hojas de yedra, si no son de parra, de su mano derecha, ídolo que se encuentra, además y para mayor indecencia, completamente desnudo, lo que contrasta con el largo atuendo de la santa aureolada y coronada. 

El vestido de Apolonia y la desnudez del dios pagano representan dramáticamente, por lo que suponemos que va a suceder,  el encontronazo entre el mundo pagano y el cristianismo triunfante. La sensualidad repulida y la delicada forma de la blanca estatua contrastan con el cuerpo revestido de arriba abajo de la santa y la firmeza de su actitud ascendente, que simboliza el triunfo del cristianismo emergente. La desnudez de Baco refuerza la asociación de su culto con la libertad, la naturalidad y la sensualidad, mientras que el vestido de Apolonia, que oculta las formas femeninas de su cuerpo, expresa su absoluta y abnegada castidad. 


Aunque Apolonia es el tema principal de la escena, lo que llama poderosamente nuestra atención es el deslumbrante monumento, motivo central de la composición que ella pretende destruir. Adornando el pilar de mármol sobre el que se alza la estatua del dios, destaca un águila como emblema del poderío militar de las legiones romanas, lo que subraya el dominio del Imperio sobre esta lejana provincia de Egipto donde vivió la santa. También el vuelo del águila, relacionado con el mito de Ganimedes,  simboliza la ascensión del alma del emperador muerto, una vez incinerado su cadáver en la pira fúnebre, a las regiones celestes para ser acogido en el Olimpo con la categoría de dios: la apoteosis. A la derecha de Baco, las autoridades alejandrinas y las nobles damas, asomadas al balcón, contemplan la escena sin muestras de desaprobación. 

 Martirio de Santa Apolonia, Giovanni d' Allemagna

La santa, a la que le serían extraídos todos los dientes, se convertiría paradójicamente al correr de los tiempos en la patrona de los dentistas, odontólogos o estomatólogos.


 Santa Apolonia cegada, Giovanni d' Allemagna 

domingo, 2 de octubre de 2016

Del martirio y suicidio de Apolonia de Alejandría

Entro, no sé muy bien por qué, en la iglesia de santa Ágata, en Bérgamo, y me encuentro por casualidad con un cuadro bellísimo e inesperado a la derecha del altar mayor que representa el martirio de otra santa, Apolonia de Alejandría, atribuido sin mucho fundamento, al parecer, a un tal Giavazzi da Poscante, que vivió en torno al 1500. Me conmueve enseguida la resignación de Apolonia ante el dolor que le están infligiendo. Diría incluso que hay cierta complacencia no poco masoquista en el sufrimiento propio por parte de la santa, como si se regodeara en su martirio. Me estremece asimismo el placer no poco sádico del verdugo, que está gozando del dolor que inflige a su víctima al extraerle uno a uno sus dientes y sus muelas con unas toscas tenazas sin bálsamo que alivie su dolor.

Apolonia, amarrada a un poste, sabe que ese sufrimiento está dando sentido a su vida, o, mejor dicho, la asunción del sufrimiento que gozosamente padece. Es como si negase religiosamente el dolor que está sufriendo y nos señalase a los demás el camino de la cristiana resignación, invitándonos a la mortificación. Un ángel, que porta la palma del martirio, símbolo pagano y cristiano de la victoria, corona como V. M.(uirgo martyr, virgen mártir) a Apolonia, nombre propio que evoca sin querer al dios Apolo, y que a veces se ha abreviado en (A)Polonia, no sé si para deshacer el equívoco y alejar la reminiscencia pagana y no cristiana.

  Martirio de Santa Apolonia, iglesia de santa Ágata en Bérgamo.


Fue, al parecer, Eusebio de Cesárea (sigo III-IV post), considerado el padre de la historia de la iglesia católica, quien en el libro sexto de su Historia Ecclesiastica, escrita en griego, cita textualmente una carta del obispo Dionisio de Alejandría a Fabio de Antioquía donde le habla de los mártires de su ciudad en Egipto bajo el emperador Decio y menciona, entre otros, el martirio de la santa, convirtiendo con muy pocas palabras su breve biografía en hagiografía.

Ya de por sí una vida, al ser escrita, se convierte en una especie de cuento, en historia o crónica sagrada por el carácter inmutable que le confiere la escritura, en agua pasada que no mueve molino, y si se trata de la narración de la vida de una mujer abocada al martirio, es decir, a dar testimonio de su fe, la literatura le otorga a esa vida una finalidad y una santidad que le infunden sentido y así la justifican.

Era Apolonia, según el historiador, una muy admirable virgen (parthénos) Era ya de avanzada edad (presbýtis, es la palabra griega, que sobrevive en nuestro término “presbicia” con el que denominamos a la vista envejecida o cansada de ver las cosas, y en “presbítero”, término religioso que designa al “eclesiástico al que se le ha conferido la orden sagrada cuyo ministerio principal es celebrar la misa”, por lo que hay quien ha pensado que fue una diaconisa). Fue hecha prisionera, y le abrieron las mandíbulas sacándole todos los dientes y muelas.


 (Detalle)

Es lo que representa el bellísimo lienzo bergamasco. Pero el historiador nos cuenta algo más: sus verdugos prepararon una hoguera fuera de la ciudad y la amenazaron con quemarla viva “si no pronunciaba con ellos las proclamas de su impiedad”. Es de suponer que se burlaban de las creencias de Apolonia y le exigían que negara la divinidad de Cristo profiriendo blasfemias contra el Espíritu Santo, las más graves para un cristiano, y juramentos contra la virgen María y la santísima trinidad, o a invocar a dioses paganos, y a renegar en definitiva de su fe y creencias religiosas.

Ella “tras excusarse un poco” (hypoparaitesaméne brachý), es decir, rogándoles que desataran sus manos, y tras dejarla ellos sin saber muy bien cómo iba a reaccionar, acabará arrojándose por su propia voluntad a la hoguera con la que la amenazaban. Y lo hará con firme disciplina (syntónos, que en griego significa tanto tensión de cuerpo como del espíritu, intensidad y también acuerdo de sonidos, como nuestro “sintonizar”). Se arrojará voluntariamente al fuego, anticipándose al castigo, y será consumida por sus llamas.

Apolonia tardó en ser canonizada varios años después de su muerte. Lo fue en el 299. La tardanza pudo deberse al problema que plantea su “mors voluntaria”, ya que la iglesia católica considera el suicidio como un crimen. En su De la ciudad de Dios contra los paganos, Agustín de Hipona, san Agustín, se plantea el caso de Lucrecia, una matrona romana de la época monárquica, que tras ser violada por Tarquinio, un amigo de su esposo, decide darse la muerte, y se pregunta si hay que considerarla adúltera o casta (Adultera haec an casta iudicanda est?) Después de razonar que Lucrecia no cometió adulterio, porque no lo deseó, sino que fue obligada por la fuerza a cometerlo, y tras juzgarla inocente, calificándola de víctima y de casta, se plantea si no cometió otro delito: el de asesinato de un ser humano, de sí misma.

 Suicidio de Lucrecia (con el puñal), Lucas Cranach el Viejo (1538)

¿Por qué se elogia tanto entonces el suicidio de Lucrecia, que para los antiguos romanos era un ejemplo de virtud? Se plantea por lo tanto el santo por qué es alabada si ha cometido adulterio; y porqué asesinada si fue casta? (Si adulterata, cur laudata; si pudica, cur occisa?). Afirma que las mujeres cristianas que han sufrido casos similares no se han quitado la vida vengando en sí mismas el ultraje ajeno. (Non hoc fecerunt feminae Christianae, quae passae similia uiuunt tamen nec in se ultae sunt crimen alienum). Y que el mandamiento de “no matarás” no sólo se refiere al prójimo, sino también a uno mismo, que es claro en su formulación. Pues quien se mata a sí mismo mata a otro que es un ser humano”. (Non occides, nec alterum ergo nec te. Neque enim qui se occidit aliud quam hominem occidit). Y sin embargo, Apolonia, para no ser arrojada por sus verdugos a la hoguera, se precipitó ella misma, convirtiéndose en verdugo de sí misma. Y la iglesia la canonizó y santificó.

El propio San Agustín, afirma más adelante que algunas santas mujeres en la época de las persecuciones se arrojaron a un río para perecer ahogadas antes de caer en manos de sus violadores “y sus martirios se celebran con la mayor veneración en la iglesia católica” (earumque martyria in catholica ecclesia ueneratione celeberrima frequentantur). No quiere emitir un juicio precipitado, dice, pero aventura la posibilidad de que sea no un error humano (humanitus), sino la autoridad divina (diuina auctoritas), lo que las hubiera empujado a ese final. El suicidio en estos casos, según el santo de Hipona, no sería un pecado ni tal suicidio, estaría justificado por obediencia a un mandamiento divino (diuinitus) que contradice paradójicamente el otro  de “no matarás”.

No parece que fuera el caso de Apolonia que, aunque representada como joven doncella en casi todas sus figuraciones posteriores, no fue amenazada con ser violada, sino quemada viva si no renegaba de su fe. Su popularidad llegó a ser tan alta durante la Edad Media que se conservaban casi por toda la cristiandad como reliquias sus dientes y muelas, llegando a contabilizarse hasta quinientas piezas dentales en una ocasión, y se convirtió en la santa a la que se reza para aliviar los dolores de muelas, y la patrona paradójica -¿quién se lo iba a decir?- de los sacamuelas, dentistas, odontólogos y, más modernamente, estomatólogos.