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martes, 10 de julio de 2018

La raposa y la máscara


La fábula de Fedro (I, 7) de la raposa y la máscara teatral nos habla de la dictadura actual de la imagen: admiramos la belleza de una fotografía y no vemos que la imagen no es la realidad, sino una de sus muchas apariencias, uno de los muchos velos  con que Maya, la ilusión, la que no es, la recubre para engañarnos. 





miércoles, 7 de febrero de 2018

El asno y la lira


Asinus iacentem uidit in prato lyram. 
Accessit et temptauit chordas ungula;
sonuere tactae. -“Bella res; sed, mehercules,
male cessit”, inquit, “artis quia sum nescius. 
Si repperisset aliquis hanc prudentior, 
diuinis aures oblecta(ui)sset cantibus.” 
Sic saepe ingenia calamitate intercidunt.

La fábula latina de Fedro dice así: Un borrico vio una lira que estaba tirada en un prado. Se acercó y tocó sus cuerdas con la pezuña; al tañerlas, resonaron. "Bonita cosa; pero, rediós, me ha salido mal -dijo-, porque soy ignorante del arte. Si se la hubiera encontrado alguien más entendido que yo, habría deleitado nuestros oídos con sus divinas notas." Así a menudo los talentos se malogran por desgracia.

Así recreó nuestro Tomás de Iriarte (1750-1792) la vieja fábula de Fedro en la que se inspiró, haciendo una versión en la que sustituye el instrumento de cuerda que es la lira por el de viento que es la flauta, para crear su famoso burro flautista que tocó la flauta por casualidad:

Esta fabulilla, / salga bien o mal,/ me ha ocurrido ahora / por casualidad.
Cerca de unos prados / que hay en mi lugar / pasaba un borrico / por casualidad. 
Una flauta en ellos / halló, que un zagal / se dejó olvidada / por casualidad. 
Acercóse a olerla / el dicho animal / y dio un resoplido / por casualidad. 
En la flauta el aire / se hubo de colar, / y sonó la flauta / por casualidad. 
-“¡Oh! -dijo el borrico. / ¡Qué bien sé tocar! / ¡Y dirán que es mala / la música asnal!” 
Sin reglas del arte / borriquitos hay / que una vez aciertan / por casualidad.

Haciendo literatura comparada, podemos llegar hasta la siguiente rima de nuestro poeta Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870) que, aunque lírica, puede guardar alguna relación con la vieja fábula de Iriarte y a través de él con la más vieja de Fedro en cuanto al contenido. Ha cambiado el instrumento musical: de la lira de Fedro hemos pasado a la flauta de Iriarte. Bécquer prefiere un instrumento de cuerda, el arpa.

Del salón en el ángulo oscuro, 
de su dueña tal vez olvidada, 
silenciosa y cubierta de polvo, 
veíase el arpa. 

¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas, 
como el pájaro duerme en las ramas, 
esperando la mano de nieve
 que sabe arrancarlas! 

¡Ay!, pensé; ¡cuántas veces el genio
 así duerme en el fondo del alma,
 y una voz como Lázaro espera 
que le diga: “Levántate y anda”!

sábado, 24 de septiembre de 2016

La viuda desconsolada

Hay dos versiones latinas de la historia de la matrona o viuda de Éfeso y el soldado, como quiera llamarse: la  inserta en la novela El satiricón de Petronio como relato independiente que se narra durante el episodio de la cena de Trimalción, y la fábula número 15 del apéndice a Fedro.


Perdió al marido que amó durante años una
y en un sarcófago su cuerpo sepultó;
al no poder apartarse de él en modo alguno
y pasar sollozando en el sepulcro su vivir,
ganó la ilustre fama de una casta virgen.
Unos que el templo profanaran ya de Zeus
pagaron su sacrilegio al dios crucificados.
Porque no pudiera sus cuerpos nadie desclavar,
ponen soldados que custodien los despojos
junto a la cripta donde se hallaba la mujer.
Uno de los guardiantes una vez sediento
pidió a una criada a media noche de beber,
que a la sazón entonces asistía a su ama
que iba a dormir: había estado en vela, pues,
y hasta muy tarde prolongado su vigilia.
Mira el soldado por la puerta a medio abrir,
y ve a mujer afligida y de un hermoso rostro.
Se enciende al punto cautivo allí su corazón
y poco a poco se inflama la pasión del sexo.
Su aguda inteligencia encuentra excusas mil
para poder volverla a ver con más frecuencia.
Llevada por la costumbre diaria, se hizo más
complaciente con el visitante poco a poco;
su ser ligó después con más estrecha unión
y mientras pasa allí el sagaz guardián sus noches,
se echó de menos el cadáver de una cruz.
Cuitado el hombre expone a la mujer el caso.
Mas ”No hay que temer” le dice, santa, la mujer
y le da del marido el cuerpo, que lo crucifique,
porque él no sufra por negligencia la sanción.
La desvergüenza así ocupó el lugar de la honra.

 La viñeta la realizó el dibujante Mingote para el libro de F. R. Adrados  "El cuento erótico griego, latino e indio",  de donde está tomada.   

Y esta es la versión de la historia del Satiricón de Petronio (capítulos 111 y 112):


En Éfeso había una matrona de una castidad tan famosa que atraía incluso a las mujeres de las comarcas vecinas a su contemplación. Pues bien cuando hubo enterrado a su marido, no contenta con la costumbre habitual de seguir el cortejo fúnebre con los cabellos despeinados o golpear su pecho desnudo a la vista de la concurrencia, siguió a su difunto esposo y comenzó a velar y llorar noches y días enteros su cuerpo una vez depositado en la cripta según la usanza griega. A ella, que así se afligía y que perseguía morir de hambre, no pudieron apartarla de allí ni sus padres, ni sus parientes. Se fueron las autoridades rechazadas en último extremo. Y la mujer de sin igual ejemplo, compadecida por todos, cumplía ya su quinto día sin probar bocado.

Acompañaba a la enferma una sirvienta muy fiel, y acomodaba al mismo tiempo sus lágrimas a las de la desconsolada y renovaba la llama de la lamparilla que había en el sepulcro cada vez que se extinguía. Así pues, en toda la ciudad había un único tema de conversación; hombres de todas las condiciones confesaban que sólo había brillado aquel ejemplo verdadero de castidad y amor, cuando entre tanto el gobernador de la provincia ordenó crucificar a varios ladrones cerca de aquella caseta donde la matrona lloraba el reciente cadáver. Conque a la noche siguiente, cuando el soldado que vigilaba las cruces para que nadie robase un cuerpo a fin de darle sepultura, notó la luz que brillaba muy clara entre los monumentos y oyó el lamento de alguien que lloraba, quiso saber según un defecto del género humano quién estaba allí y qué hacía.

Así que bajó a la cripta y, al haber visto a aquella bellísima mujer, se quedó clavado, turbado primero como ante un fantasma o apariciones infernales. Luego, cuando vio el cuerpo del yacente y las lágrimas y el rostro rasguñado, dándose cuenta naturalmente de lo que era, que aquella mujer no podía soportar la añoranza del difunto, llevó al monumento su magra cena y comenzó a animar a la afligida mujer a que no perseverase en un dolor inútil y que librase su pecho de un lamento que no iba a servir para nada: que ese mismo era el fin de todos naturalmente y la misma morada, y todo aquello con lo que las mentes heridas son devueltas a la salud.

Pero ella, exacerbada por el consuelo de un desconocido, golpeó su pecho con más intensidad, y arrojó mechones de su pelo sobre el cuerpo del yacente. No cejó sin embargo el soldado, sino que con la misma exhortación trató de dar a la pobre mujer su comida, hasta que la sirvienta, tentada por el olorcillo del vino, alargó en primer lugar ella misma la mano vencida a la generosidad del que las invitaba, luego reconfortada con la bebida y el alimento, comenzó a atacar la resistencia de su ama:

-¿De qué te servirá -le dijo- todo esto si te matas de hambre, si te entierras viva, si antes de que la pidan las parcas entregas tu alma inocente?
¿Crees que el polvo o los manes sepultos se dan cuenta de eso? (1)
¿Quieres tú revivir? ¿Quieres, dejando tu error de mujer, gozar, mientras te sea posible, de las bondades de la luz? El propio cadáver del muerto debe incitarte a vivir. ¿Por qué no escuchas los consejos de un amigo que te invita a comer algo y no dejarte morir?.

Nadie oye a disgusto cuando lo fuerzan a tomar alimento o beber. Así que la mujer, agotada por la abstinencia de varios días, toleró que se quebrantase su resistencia, y se atiborró de comida no menos vorazmente que su criada, que se había rendido antes.

Pero sabéis qué suele tentar muchas veces a la satisfacción humana. Con los mismos halagos con que había conseguido el soldado que la matrona quisiera vivir, atacó también su castidad. Y no le parecía ni feo ni falto de elocuencia el joven a la casta mujer, predisponiéndola a su favor la criada y diciéndole a menudo:

¿Vas a negarte también al amor placentero? (2)

¿Por qué alargarme más? Tampoco la mujer dejó ayuna esa parte de su cuerpo, y el soldado victorioso la convenció a las dos cosas. Se acostaron, pues, juntos no sólo aquella noche, en que celebraron su boda, sino también el día siguiente y al tercero, cerradas por supuesto las puertas de la cripta de modo que cualquiera de los conocidos y desconocidos que acudiese al monumento, pensase que la fidelísima esposa había expirado sobre el cuerpo del marido.

Por lo demás, el soldado, fascinado por la hermosura de la mujer y por el secreto, compraba de todo lo mejor que podía por sus posibles,  y recién caía la noche lo llevaba al monumento. Y de este modo, los parientes de uno de los crucificados, cuando notaron la falta de vigilancia, descolgaron por la noche su cadáver y le rindieron el último servicio. Pero el soldado encargado, mientras estaba ausente, cuando al día siguiente vio una cruz sin cadáver, temeroso del castigo, le cuenta a la mujer lo que había sucedido; no iba a esperar, le dijo, la condena del juez, sino que con su espada dictaría sentencia a su negligencia. Que ella le guardara ya un lugar a él, que iba a morir, y que hiciera una misma tumba para el amigo y para el marido.

La mujer no menos compasiva que virtuosa le dijo: ¡Que los dioses no permitan que yo contemple a la vez los dos funerales de los dos hombres para mí más queridos. Prefiero colgar al muerto que matar al vivo.

De acuerdo con este parlamento hace sacar del ataúd el cuerpo de su marido y clavarlo en aquella cruz que estaba vacía. Se aprovechó el soldado del ingenioso recurso de la prudentísima mujer y al día siguiente la gente se maravilló de cómo el muerto había subido hasta la cruz.

  1. Cita de la Eneida de Virgilio, IV, 34. El verso no está bien citado. Sería: ¿Crees que el polvo o los manes sepultos se cuidan de eso?
  2. Cita de la Eneida, IV, 38.


Si comparamos  esta historia con la versión cinematográfica que realizó Federico Fellini del Satiricón  de Petronio, llama la atención cómo el marido de la viuda no es crucificado como en la novela de Petronio y en la fábula de Fedro, sino ahorcado. 



Grabado donde la horca (al fondo) sustituye a la cruz


¿Por qué Fellini sustituyó la cruz por la horca? No fue una innovación suya. Ya en la versión francesa de La Fontaine y en la tradición iconógráfica aparece dicha sustitución. Se me ocurre que el cambio de la cruz por la horca se debe a no incurrir en blasfemia religiosa, habida cuenta del significado que adquirió la cruz para el cristianismo. La escena, en versión original italiano, puede entenderse sin mucho problema. A fin de cuentas, italiano y castellano son dos variaciones musicales del latín clásico: latín evolucionado, o degenerado en el buen sentido de la palabra.


jueves, 25 de agosto de 2016

¿Necesitamos gobierno?

Durante mucho tiempo las fábulas grecolatinas de Esopo y Fedro, adaptadas por el arcipreste de Hita,  Iriarte, Samaniego o cualquier otro fabulista,  han servido de pasto para la educación de nuestros pequeños. Son relatos breves, generalmente en verso, protagonizados por animales, de los que se desprende una lección para la vida llamada moraleja. Quiero traeros aquí una, que me parece de gran valor educativo y que merece la pena conocer. Se trata de las ranas pidiendo rey (Fábulas esópicas, Fedro I, 2) y abre un viejo debate: ¿Es necesario que haya gobierno?



Floreciendo Atenas con leyes muy equilibradas,
la libertad turbó la ciudad desenfrenada
y el libertinaje quebrantó las viejas trabas.
Luchando entonces los partidos con sus bandas,
se apodera Pisístrato el tirano de la atalaya.
Al lamentar la gente su servidumbre amarga,
no porque él fuera cruel, sino por ser pesada
 a sus hombros toda carga, y al hacer demandas,
Esopo entonces les contó esta misma fabla:  
 Viviendo libres en sus charcos unas ranas
pidieron rey a Júpiter con gran bullanga,
que reprimiera a fondo, torpes, sus usanzas.
El padre de los dioses rió y les echó una tranca
no grande, que asustó, arrojada de golpe al agua,
con su meneo y ruido a la miedosa raza.
Yaciendo largo tiempo hundidas en la lama,
saca una el morro sin ruido un día de la charca
y, visto el rey, convoca a la nación de ranas.
Perdido el miedo, a porfía ellas van y nadan,
y salta sobre el tronco tropa descarada.
Habiéndolo manchado con total jarana,
mandaron otro a pedir a Júpiter monarca,
porque el concedido no valía para nada.
Entonces les mandó un endriago(1), que a dentelladas
comenzó a atacarlas una a una. En vano escapan
de la muerte  a penas; el miedo ahoga su garganta.
Así que a Mercurio en secreto a Júpiter le mandan
que socorra a las cuitadas. Pero el dios proclama
entonces: “Ya que no sufristeis la bonanza,
sufrid desgracia.”   (2)  "Ciudadanos, sufrid desgracia
también vosotros, dijo, no otra mayor os caiga".         

     
(1) Con “endriago” traduzco el “hydrum”, una hidra en el original de Fedro. El Arcipreste sustituye la hidra por una cigüeña “manzillera” (matadora, carnicera) que se comía a las ranas de dos en dos porque era ventenera, es decir, probablemente “venternera”, de vientre:  glotona y tragona. 
Enbióles por rey çigüeña manzillera:
çercava todo el lago, ansí faz' la ribera,
andando picoabierta; como era ventenera,
de dos en dos las ranas comía bien ligera.

(2) La moraleja del Arcipreste no tiene pérdida:
 Quien tiene lo que l' cunple, con ello sea pagado,
quien puede seer suyo, non sea enajenado;
el que non toviere premia, non quiera ser apremiado:
libertat e soltura non es por oro conprado.
 

sábado, 24 de octubre de 2015

El asno sesudo y sensato



Dice una moraleja de una vieja fábula de Fedro (I, 15), muy oportuna ahora que se acercan las elecciones democráticas en las que el pueblo elige a sus gobernantes o supuestos representantes, que "en las políticas mudanzas de gobierno, / los pobres nada cambian más que el nombre al amo ".

In principatu commutando ciuium, 
nil praeter domini nomen mutant pauperes.

Consultando viejas ediciones de Fedro, descubro que donde la que yo manejo lee “ciuium”, esto es, “de los ciudadanos”,  otros interpretan “saepius”, que quiere decir “muy a menudo”, según lo cual habría que entender la moraleja como “en mudanzas de gobierno muy frecuentemente, / los pobres nada cambian más que el nombre al amo”.

¿Qué lectura és la más autorizada? Siguiendo uno de los principios de la crítica textual, que dice lectio difficilior potior” (la lectura más difícil es la preferible), sería mejor quedarse con la primera “ciuium” –de los ciudadanos- que no la segunda, que convierte la aserción en una trivialidad, y que morfológica y sintácticamente es más sencilla, ya que no plantea ninguna dificultad.

La primera lectura, que es la más compleja y, por ello, la más sostenible, da a entender que siempre, no la mayoría de las veces,  que hay un cambio político de gobierno lo que cambia es el nombre del amo, o del partido gobernante, diríamos hoy, dos mil años después, sin que haya ningún cambio sustancial ni a mejor ni a peor en la realidad de las cosas y personas. ¿Cómo continúa la fábula?

Que esto es verdad, la fabulilla siguiente lo demuestra:
Un viejo miedoso criaba  un borrico en la pradera.
Asustado por un súbito clamor de guerra,
le decía al asno que huyeran, no fueran a apresarlos.
Mas aquél, cachazudo, “Dime, ¿crees que el vencedor
me va a cargar encima a mí con más albardas?”
Nególo el viejo. “Entonces, ¿qué mé importa a mí
a quién le sirva, mientras lleve albardas yo?”


El asno, dotado aquí de sentido común, encarna la voz testaruda del pueblo, ese gran escéptico, que cuando le advierten del peligro que supone un cambio político en el gobierno que se avecina -en este caso, fruto de la guerra, que es como dijo el general prusiano Carl von Clausewitz, "la continuación de la política por otros medios"- se pregunta: quid refert mea cui seruiam? ¿Qué me importa a mí a quién tenga que servir? ¿Que más me da?  No es que se resigne el asno, sino que constata su falta de libertad: los cambios de amo, las mudanzas políticas de gobierno no le interesan en absoluto; no hay amos mejores ni peores porque todos son iguales: lo bueno no es que haya un amo bueno, sino que no haya amos. El borrico no puede llevar más carga de la que ya soporta,  y su carga no es otra que la falta de libertad.  

Lo que nos plantea este viejo apólogo a los hombres y mujeres del siglo XXI es lo falsa que resulta la ilusión de pretensión de cambio político, económico y social, y lo que denuncia es nuestra resignación.

“El asno sesudo” se titula la versión  de don Félix María de Samaniego, que sigue con bastante buen tino y fidelidad a Fedro,  y dice así:

Cierto burro pacía
en fresca y hermosa pradería,
Con tanta paz como si aquella tierra
no fuese entonces teatro de la guerra.
Su dueño, que con miedo lo guardaba,
de centinela en la ribera estaba.
Divisa al enemigo en la llanura;
baja y al buen pollino le conjura
que huya precipitado.
El asno, muy sesudo y reposado,
empieza a andar a paso perezoso.
Impaciente su dueño, temeroso,
con el marcial ruïdo
de bélicas trompetas al oído,
le exhorta con fervor a la carrera.
-¡Yo correr! Dijo el Asno ¡bueno fuera!
Que llegue enhorabuena Marte fiero:
Me rindo y él me lleva prisionero.
Servir aquí y allí ¿no es todo uno?
¿Me pondrán dos albardas? No, ninguno.
Pues nada pierdo, nada me acobarda.
Siempre seré un esclavo con albarda.-