Mostrando entradas con la etiqueta Petronio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Petronio. Mostrar todas las entradas

lunes, 11 de septiembre de 2017

¿Para qué sirve la escuela?

Vamos a proceder a desmenuzar y despedazar, como Jack el Destripador, por partes un texto breve del comienzo de El Satiricón de Petronio que trata de la función de la escuela en la formación de los estudiantes, un tema de rabiosa y pedagógica actualidad, y a ir viendo cómo podemos leerlo, entenderlo y comentarlo, para lo que vamos a manejar tres traducciones: (1) la de Manuel C. Díaz y Díaz, (2) la de Lisardo Rubio y (3) la de Francisco de P. Samaranch. Comenzamos leyendo el texto en su versión original latina: 
Et ideō ego adulescentulōs existimō in scholīs stultissimōs fierī, 

(1): “Y de aquí que piense yo que los jóvenes en nuestras escuelas se vuelven necios del todo”
(2): “Y así, según mi opinión, la juventud, en las escuelas, se vuelve tonta de remate”
(3): “Por eso creo que todos nuestros jóvenes estudiantes se vuelven tontísimos en la escuela”


Las tres traducciones confrontadas coinciden en que los jóvenes (adulescentulos) se entontecen en las escuelas (in scholis). Aunque el texto alude a las escuelas de oratoria y retórica, la afirmación se puede hacer extensible a nuestros modernos colegios e instituciones académicas, por aquello de que “hoy es siempre todavía”.

Petronio utiliza un superlativo (stultissimos), que podemos traducir por nuestro superlativo tontísimos o por la forma muy tontos, pero también podemos recurrir a sinónimos como bobalicones, bobos, ceporros, estúpidos, idiotas, ignorantes, imbéciles, incultos, memos, mentecatos, tarugos, zopencos, zoquetes, zotes, o echar mano de expresiones coloquiales que agudicen la tontería como “tontos de capirote”, “bobos de baba” o “necios con ínfulas de sabiondos”, u otras que se nos ocurran para intensificar la idea de que las escuelas consiguen lo contrario de lo que pretenden.

oOo

quia nihil ex hīs, quae in ūsū habēmus, aut audiunt aut uīdent, 

(1):porque ni ven ni oyen hablar de ninguno de nuestros problemas cotidianos.
(2): por no ver ni oír en las aulas nada de lo que es realmente la vida.
(3): porque de todo lo que ven y oyen en ella nada les ofrece una imagen real de la vida.


Petronio nos explica la causa del entontecimiento de los estudiantes en escuelas e institutos (quia nihil aut audiunt aut uident): porque ni ven ni oyen hablar de… Y aquí, en la segunda parte de la frase, es donde cada traductor nos da su versión propia: nuestros problemas cotidianos, lo que es realmente la vida, una imagen real de la vida. ¿Qué dice exactamente el texto? : ex his, quae in usu habemus: de lo que tenemos en la realidad. Me permito traducir “usu”, que es una palabra tan amplia en latín que significa cosas tan dispares como práctica, experiencia, uso, costumbre, hábito, utilidad… por “realidad”, aunque sé que es un anacronismo porque esta palabra no existía todavía en latín cuando Petronio escribió el texto, y por lo tanto no se había inventado todavía la realidad como tal. El adjetivo “realis”, en efecto, es una creación del latín tardío que significa relativo a la “res”, es decir, a la cosa, y de ahí surgió también en el bajo latín el sustantivo “realitas realitatis”, nuestra realidad, y, a partir de ahí, nace ya el realismo, que es la ideología dominante que pretende que hay que atenerse a la realidad, a que la realidad es todo lo que hay y a que no hay nada más que la realidad. Pero no hay cosa más absurda que este adjetivo, sobre todo si se lo aplicamos a una cosa porque es autoreferente: decimos que una cosa es “real”, es decir que una cosa es una cosa que se refiere a la cosa que es (referida a sí misma).

La crítica que se hace al sistema educativo romano (que es válida para el nuestro también) es que en lugar de enseñar y despertar la inteligencia, atonta porque no prepara para la vida, sino que, como decía Séneca, lo hace para la propia escuela (non uitae sed scholae discimus: no aprendemos para la vida sino para la escuela). Nada de lo que los estudiantes aprenden en el colegio tiene que ver con la realidad, con la sociedad, con la vida, con la práctica, porque lo que se hace allí es meterles ideas en la cabeza, responder a las preguntas antes de que se formulen, acabar con su curiosidad y su sentido crítico, procurar que no se despierte su inteligencia, para lo que se les adormece con cuentos, como en aquellos inolvidables versos de León Felipe: Yo no sé muchas cosas, es verdad. / Digo tan sólo lo que he visto. / Y he visto:  / que la cuna del hombre la mecen con cuentos, / que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,  / que el llanto del hombre lo taponan con cuentos, / que los huesos del hombre los entierran con cuentos, / y que el miedo del hombre... / ha inventado todos los cuentos. / Yo no sé muchas cosas, es verdad, / pero me han dormido con todos los cuentos...  / y sé todos los cuentos.
oOo



sed pīrātās cum catēnīs in lītore stantēs, sed tyrannōs ēdicta scrībentēs quibus imperent fīliīs ut patrum suōrum capita praecīdant, sed responsa in pestilentiam data, ut uirginēs trēs aut plūrēs immolentur, sed mellitōs uerbōrum globulōs, et omnia dicta factaque quasi papāuere et sēsamō sparsa.

(1): sino de piratas que acechan en la costa con cadenas, de tiranos que promulgan edictos por los que ordenan a los hijos decapitar a sus propios padres, de oráculos que para cortar una epidemia exigen la inmolación de tres o más doncellas, pompas en fin de dulzona palabrería, y todo, palabras y hechos, como adobado con adormidera y ajonjolí.
(2)Tan sólo se les habla de piratas con cadenas apostados en la costa, de tiranos redactando edictos con órdenes para que los hijos decapiten a sus propios padres, de oráculos aconsejando con motivo de una epidemia que se inmolen tres vírgenes o unas cuantas más; las palabras y frases se recubren de mieles y todo -dichos o hechos- queda como bajo un rocío de adormidera y sésamo. 
(3) No son más que piratas con cadenas, emboscados en las orillas, tiranos que preparan edictos que condenan a los hijos a decapitar a sus propios padres; respuestas de oráculos que, en una epidemia, mandan inmolar tres vírgenes o aún más; melosas y blandas pompas de palabras; en fin, los dichos y los hechos están todos como espolvoreados de adormidera y sésamo.

Los ejemplos que cita Petronio de los temas que se tratan en las escuelas son de lo más variopinto y colorido: piratas, tiranos, oráculos que exigen sacrificios humanos, todo ello vana palabrería que no tiene nada que ver con la realidad de la vida, sino que más bien son historias estupefacientes, cuentos cuyo objeto es infundir el miedo.

La crítica que se hace aquí, como señala Lisardo Rubio, es que en el Imperio “en lugar de debatir los grandes problemas del Estado, maestros y discípulos trataban en sus ejercicios de declamación temas imaginarios e insustanciales, en que lo único que importaba era destacar de algún modo y arrancar aplausos aun a costa del buen gusto”. 

Los niños se vuelven tontísimos en la escuela porque allí no aprenden nada. Eso sí: se les llena la cabeza con informaciones rocambolescas, sensacionalistas y disparatadas, a lo que contribuyen los medios de incomunicación con la Red Informática Universal y sus micropantallas a la cabeza de todos ellos,  a fin de que cunda el pánico: terroristas, diríamos hoy, que acechan en la costa a la que han llegado clandestinamente con pateras dispuestos a poner una bomba en cualquier parte en el momento menos pensado encarnando la amenaza del legendario hombre del saco, sacaúntos o sacamantecas que viene a secuestrarnos sin rescate y privarnos de libertad, como si nosotros fuéramos libres; perversos pederastas; traficantes de órganos o tratantes de blancas sin escrúpulos que van a vendernos y a prostituirnos al mejor postor; dictadores enloquecidos y sanguinarios que promulgan leyes que obligan a cometer crímenes monstruosos de lesa humanidad contra la democracia y holocaustos contra los derechos humanos; oráculos que exigen inmolaciones y que vienen a decirnos que el sacrificio de hoy será la prosperidad de mañana… Nada que tenga que ver, en definitiva, con lo que realmente importa y con lo que pasa en la escuela, donde se les hace creer a los infantes a pies juntillas en los cuentos y las mentiras –ideas, creencias, credos- que les inculcan y, en la mayor de todas las patrañas, que eso es la Realidad, que la Realidad es verdad y que es todo y lo único que hay.

sábado, 24 de septiembre de 2016

La viuda desconsolada

Hay dos versiones latinas de la historia de la matrona o viuda de Éfeso y el soldado, como quiera llamarse: la  inserta en la novela El satiricón de Petronio como relato independiente que se narra durante el episodio de la cena de Trimalción, y la fábula número 15 del apéndice a Fedro.


Perdió al marido que amó durante años una
y en un sarcófago su cuerpo sepultó;
al no poder apartarse de él en modo alguno
y pasar sollozando en el sepulcro su vivir,
ganó la ilustre fama de una casta virgen.
Unos que el templo profanaran ya de Zeus
pagaron su sacrilegio al dios crucificados.
Porque no pudiera sus cuerpos nadie desclavar,
ponen soldados que custodien los despojos
junto a la cripta donde se hallaba la mujer.
Uno de los guardiantes una vez sediento
pidió a una criada a media noche de beber,
que a la sazón entonces asistía a su ama
que iba a dormir: había estado en vela, pues,
y hasta muy tarde prolongado su vigilia.
Mira el soldado por la puerta a medio abrir,
y ve a mujer afligida y de un hermoso rostro.
Se enciende al punto cautivo allí su corazón
y poco a poco se inflama la pasión del sexo.
Su aguda inteligencia encuentra excusas mil
para poder volverla a ver con más frecuencia.
Llevada por la costumbre diaria, se hizo más
complaciente con el visitante poco a poco;
su ser ligó después con más estrecha unión
y mientras pasa allí el sagaz guardián sus noches,
se echó de menos el cadáver de una cruz.
Cuitado el hombre expone a la mujer el caso.
Mas ”No hay que temer” le dice, santa, la mujer
y le da del marido el cuerpo, que lo crucifique,
porque él no sufra por negligencia la sanción.
La desvergüenza así ocupó el lugar de la honra.

 La viñeta la realizó el dibujante Mingote para el libro de F. R. Adrados  "El cuento erótico griego, latino e indio",  de donde está tomada.   

Y esta es la versión de la historia del Satiricón de Petronio (capítulos 111 y 112):


En Éfeso había una matrona de una castidad tan famosa que atraía incluso a las mujeres de las comarcas vecinas a su contemplación. Pues bien cuando hubo enterrado a su marido, no contenta con la costumbre habitual de seguir el cortejo fúnebre con los cabellos despeinados o golpear su pecho desnudo a la vista de la concurrencia, siguió a su difunto esposo y comenzó a velar y llorar noches y días enteros su cuerpo una vez depositado en la cripta según la usanza griega. A ella, que así se afligía y que perseguía morir de hambre, no pudieron apartarla de allí ni sus padres, ni sus parientes. Se fueron las autoridades rechazadas en último extremo. Y la mujer de sin igual ejemplo, compadecida por todos, cumplía ya su quinto día sin probar bocado.

Acompañaba a la enferma una sirvienta muy fiel, y acomodaba al mismo tiempo sus lágrimas a las de la desconsolada y renovaba la llama de la lamparilla que había en el sepulcro cada vez que se extinguía. Así pues, en toda la ciudad había un único tema de conversación; hombres de todas las condiciones confesaban que sólo había brillado aquel ejemplo verdadero de castidad y amor, cuando entre tanto el gobernador de la provincia ordenó crucificar a varios ladrones cerca de aquella caseta donde la matrona lloraba el reciente cadáver. Conque a la noche siguiente, cuando el soldado que vigilaba las cruces para que nadie robase un cuerpo a fin de darle sepultura, notó la luz que brillaba muy clara entre los monumentos y oyó el lamento de alguien que lloraba, quiso saber según un defecto del género humano quién estaba allí y qué hacía.

Así que bajó a la cripta y, al haber visto a aquella bellísima mujer, se quedó clavado, turbado primero como ante un fantasma o apariciones infernales. Luego, cuando vio el cuerpo del yacente y las lágrimas y el rostro rasguñado, dándose cuenta naturalmente de lo que era, que aquella mujer no podía soportar la añoranza del difunto, llevó al monumento su magra cena y comenzó a animar a la afligida mujer a que no perseverase en un dolor inútil y que librase su pecho de un lamento que no iba a servir para nada: que ese mismo era el fin de todos naturalmente y la misma morada, y todo aquello con lo que las mentes heridas son devueltas a la salud.

Pero ella, exacerbada por el consuelo de un desconocido, golpeó su pecho con más intensidad, y arrojó mechones de su pelo sobre el cuerpo del yacente. No cejó sin embargo el soldado, sino que con la misma exhortación trató de dar a la pobre mujer su comida, hasta que la sirvienta, tentada por el olorcillo del vino, alargó en primer lugar ella misma la mano vencida a la generosidad del que las invitaba, luego reconfortada con la bebida y el alimento, comenzó a atacar la resistencia de su ama:

-¿De qué te servirá -le dijo- todo esto si te matas de hambre, si te entierras viva, si antes de que la pidan las parcas entregas tu alma inocente?
¿Crees que el polvo o los manes sepultos se dan cuenta de eso? (1)
¿Quieres tú revivir? ¿Quieres, dejando tu error de mujer, gozar, mientras te sea posible, de las bondades de la luz? El propio cadáver del muerto debe incitarte a vivir. ¿Por qué no escuchas los consejos de un amigo que te invita a comer algo y no dejarte morir?.

Nadie oye a disgusto cuando lo fuerzan a tomar alimento o beber. Así que la mujer, agotada por la abstinencia de varios días, toleró que se quebrantase su resistencia, y se atiborró de comida no menos vorazmente que su criada, que se había rendido antes.

Pero sabéis qué suele tentar muchas veces a la satisfacción humana. Con los mismos halagos con que había conseguido el soldado que la matrona quisiera vivir, atacó también su castidad. Y no le parecía ni feo ni falto de elocuencia el joven a la casta mujer, predisponiéndola a su favor la criada y diciéndole a menudo:

¿Vas a negarte también al amor placentero? (2)

¿Por qué alargarme más? Tampoco la mujer dejó ayuna esa parte de su cuerpo, y el soldado victorioso la convenció a las dos cosas. Se acostaron, pues, juntos no sólo aquella noche, en que celebraron su boda, sino también el día siguiente y al tercero, cerradas por supuesto las puertas de la cripta de modo que cualquiera de los conocidos y desconocidos que acudiese al monumento, pensase que la fidelísima esposa había expirado sobre el cuerpo del marido.

Por lo demás, el soldado, fascinado por la hermosura de la mujer y por el secreto, compraba de todo lo mejor que podía por sus posibles,  y recién caía la noche lo llevaba al monumento. Y de este modo, los parientes de uno de los crucificados, cuando notaron la falta de vigilancia, descolgaron por la noche su cadáver y le rindieron el último servicio. Pero el soldado encargado, mientras estaba ausente, cuando al día siguiente vio una cruz sin cadáver, temeroso del castigo, le cuenta a la mujer lo que había sucedido; no iba a esperar, le dijo, la condena del juez, sino que con su espada dictaría sentencia a su negligencia. Que ella le guardara ya un lugar a él, que iba a morir, y que hiciera una misma tumba para el amigo y para el marido.

La mujer no menos compasiva que virtuosa le dijo: ¡Que los dioses no permitan que yo contemple a la vez los dos funerales de los dos hombres para mí más queridos. Prefiero colgar al muerto que matar al vivo.

De acuerdo con este parlamento hace sacar del ataúd el cuerpo de su marido y clavarlo en aquella cruz que estaba vacía. Se aprovechó el soldado del ingenioso recurso de la prudentísima mujer y al día siguiente la gente se maravilló de cómo el muerto había subido hasta la cruz.

  1. Cita de la Eneida de Virgilio, IV, 34. El verso no está bien citado. Sería: ¿Crees que el polvo o los manes sepultos se cuidan de eso?
  2. Cita de la Eneida, IV, 38.


Si comparamos  esta historia con la versión cinematográfica que realizó Federico Fellini del Satiricón  de Petronio, llama la atención cómo el marido de la viuda no es crucificado como en la novela de Petronio y en la fábula de Fedro, sino ahorcado. 



Grabado donde la horca (al fondo) sustituye a la cruz


¿Por qué Fellini sustituyó la cruz por la horca? No fue una innovación suya. Ya en la versión francesa de La Fontaine y en la tradición iconógráfica aparece dicha sustitución. Se me ocurre que el cambio de la cruz por la horca se debe a no incurrir en blasfemia religiosa, habida cuenta del significado que adquirió la cruz para el cristianismo. La escena, en versión original italiano, puede entenderse sin mucho problema. A fin de cuentas, italiano y castellano son dos variaciones musicales del latín clásico: latín evolucionado, o degenerado en el buen sentido de la palabra.