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viernes, 31 de agosto de 2018

Soltando cabos sueltos (I)

Contra la conmemoración (a toro pasado) de mayo del 68
Mayo es el mes de las flores. Con flores a María, con flores a porfía se cantaba antaño. Y ha sido el mes de las conmemoraciones, por ejemplo, esta del cincuentenario del glorioso mayo francés de 1968, gracias al que la imaginación, lejos de usar su potencial creativo para levantarse contra el poder establecido y decirle que NÓ, se instaló ella misma en el Poder, consolidando así la dominación. Se gritaba entonces: La imaginación al Poder. El grito debería haber sido muy otro: La imaginación contra el Poder. Otro gallo nos cantara.


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Es por tu bien.
Cuando alguien que se encuentra en una situación privilegiada hace daño a otro causándole algún perjuicio suele justificarlo diciéndole: “Es por tu propio bien.” Se arroga así el derecho de definir lo que es el bien y el mal, y de decidir según su criterio lo que es mejor para el otro. Alguien nos hace mal y para justificar su proceder y anestesiarnos nos asegura que el mal que nos inflige, que ni siquiera se llama mal, sino “las molestias”, es “por nuestro bien”, o lo que es lo mismo, porque se confunden la causa y la finalidad “para nuestro bien”, equiparándose así el bien y el mal. Disculpen, nos dicen a veces, las molestias, estamos trabajando por y para su futuro.

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Dejad que los niños sean niños.
Esta breve animación española, que ganó el Goya al mejor cortometraje de animación en 2016, nos toca el corazón con su mensaje sencillo que bucea en nuestras propias experiencias infantiles. Se titula "Alike" y fue dirigida por Daniel Martínez Lara y Rafa Cano Méndez. Muy a menudo nos hemos dejado llevar por un impulso de conformismo que perjudica no sólo nuestra propia percepción sino también la de los demás. Nos recuerda lo que los adultos podemos aprender observando a los niños y su ejemplo de autenticidad y de amor por las pequeñas cosas de la vida y lo que es más importante para nuestra felicidad, algo que nos haga salir del conformismo excesivo que nos ha sido impuesto y que nos ahoga cada día de nuestra vida.


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De una profesora que dimitió
Recién licenciada en Bellas Artes y sin trabajo ni actividad remunerada, se enfrenta a su primer contrato y día de clase en un instituto de ESO y Bachillerato como profesora de Dibujo... Lo primero que le dice el Jefe de Estudios es que hay una puerta que se cierra a una hora determinada y que los alumnos de ESO no pueden salir sin autorización expresa hasta que no concluya la jornada escolar, “porque son menores de edad”, le explica y se queda tan ancho como si eso justificara su reclusión obligatoria, y lo segundo es que además de sus clases de Dibujo tendrá que hacer guardias de aula, sustituyendo a otros profesores en su ausencia y velando por mantener el orden y el clima de estudio que debe reinar en la clase, y guardias de patio de recreo... La lleva al aula donde se encuentra amontonados a unos chavales y chavalas de catorce a quince años, obligatoriamente escolarizados contra su voluntad, que reciben a la profesora a grito pelado, tirando cosas y sin mostrar ningún respeto ni interés por ella ni por el dibujo artístico.


La profesora, ni corta ni perezosa, se da media vuelta y se dirige con el Jefe de Estudios al despacho del Director a anunciarle que si lo que querían era un guardia jurado para un centro penitenciario que hubieran empezado por ahí, pero que ella no tenía, desde luego, ninguna vocación de carcelera, por lo que dimitía.Y dimitió renunciando a empleo y sueldo.

martes, 1 de mayo de 2018

París, mayo del 68

Mayo del 68 no es más que una fecha de las que hay que saberse para aprobar un examen de Historia, cuyo cincuentenario se apresuran a celebrar ahora algunos condenándolo a no ser más que historia, agua pasada que no mueve molino. Y París no es más que el topónimo de una megalópolis como cualquier otra. Algunos se pondrán nostálgicos y recordarán ahora lo jóvenes que eran entonces y lo viejos que son hoy: entonces tenían menos de veinte años y ahora rondan los setenta. 

 

Sin embargo, siempre que alguien dice NO vuelve a resurgir de algún modo el espíritu libertario de aquel mayo parisino, como vuelve siempre la primavera. No importa que haya pasado medio siglo desde entonces. No importa que muchos adultos que presumen de haber corrido en su juventud delante de los flics, los grises o como quiera llamarse a la policía, estén hoy al otro lado de la barricada, con el enemigo: con el general De Gaulle, con las fuerzas de orden público y con la Francia y la Europa biempensante, la que no piensa ni bien ni mal, en la que hay que incluir, ay, qué pena, a L'Humanité, el periódico y órgano oficial del Partido Comunista Francés, que criticó y denunció (les gustaba mucho conjugar ese verbo) a los falsos revolucionarios que era necesario desenmascarar. Claro que ha quedado muy claro a estas alturas quiénes eran y siguen siendo de verdad los faux révolutionnaires à démasquer, los que quieren que todo cambie para que todo siga igual con la única diferencia de que ahora ocupan ellos (y ellas: tanto monta, monta tanto Isabel como Fernando) las poltronas del Poder que habían quedado vacantes.


Recuerdan estos eslóganes parisinos, que hicieron hablar a las paredes y muros en la capital del Sena, que los estudiantes salieron a la calle a decir que NO: no a la autoridad y a la jerarquía, al orden establecido, al sistema democrático vigente y dominante, a la miseria y falsedad de la vida cotidiana. Acaso sirvan para renovar la guerra contra la realidad que se llevó a cabo en París hace ya tanto tiempo que parece mentira que haya pasado una cosa así alguna vez en el mundo. Pero estas cosas pasan, y pueden seguir pasando, ahora mismo, en cualquier lugar del vasto universo, esta misma primavera, por ejemplo. Basta con que cualquiera diga que no... Estas cosas pasan, pasan cosas, lo que no acaba de pasar nunca, desengañémonos, es el tiempo, como nos quieren hacer creer los que se apresuran ahora a celebrar el cincuenta aniversario.


Algunos de estos eslóganes o gritos de guerra de aquel  mayo de 1968 parisino conservan aún su carga explosiva, es decir, destructiva, o, lo que es lo mismo, poética o creativa, porque la auténtica creación pasa por la destrucción de lo que no nos deja ser felices, libres y creativos. Así pues, algunos de ellos siguen siendo válidos para renovar la guerra contra la realidad denunciando su falsedad consustancial.



-Haced el amor y volved a empezar (y no hagáis otra cosa, como por ejemplo la guerra, que es la sublimación de la política).

-Declaro el estado de felicidad permanente (y no reconozco ningún otro Estado ni nación en el mundo).

-Inventad nuevas perversiones sexuales (a ver si descubrís alguna que no esté ya descubierta).

-Desabróchate el cerebro tanto como la bragueta (muy apropiado para los que sólo se desabrochan la bragueta, sea para orinar varias veces al día o para hacer el amor de cuando en cuando).

-Consumid más, viviréis menos (sí porque el consumidor no deja de autoconsumirse).

-Bajo los adoquines, la playa (sepultada bajo el asfalto y el alquitrán)



-Prohibido prohibir. La libertad comienza por una prohibición. Queda, por lo tanto, estrictamente prohibido prohibir (Ley de 13 de mayo de 1968).

-La libertad de los demás extiende la mía hasta el infinito (y no acaba, como dicen los liberales, neoliberales y neoconservadores, donde empieza la de los demás, sino que es allí donde se prolonga).

-Dios soy yo (y por lo tanto yo también soy el tirano, el policía, el Estado, por eso la rebelión se alza también contra la institución de uno mismo; y por eso hay que matar al policía que duerme en cada uno de nosotros).

-Amáos los unos a los otros (mensaje evangélico, que también podría traducirse por hacéos el amor y no la guerra, tampoco la guerra del amor, los unos a los otros, y cuando acabéis volvéis a empezar).



-Mejor que la imaginación al Poder, la imaginación contra el Poder, o mejor, el poder de la imaginación contra la imaginación del Poder.

-No sabemos lo que queremos, pero sí sabemos lo que no queremos.

-¡Zelda, te quiero ! ¡Abajo el trabajo! (En vez de Zelda, cada cual puede poner el nombre de su amor, claro, pero declarar el amor es convertirlo en un sacramento y, por lo tanto, dejar de sentirlo tras haberlo sentenciado a muerte).