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miércoles, 7 de marzo de 2018

Pégaso, el caballo alado

Pégaso, el más famoso de los caballos alados,  es una criatura legendaria de la mitología clásica griega,  que, según la leyenda dorada, era fruto del ayuntamiento de la gorgona Medusa y Posidón, o Neptuno, si se prefiere el  nombre latino del dios acuático, que se celebró en el templo de la virgen Atenea. Ésta,  furibunda por el ultraje de la profanación, convirtió a Medusa en un monstruo cuya mirada petrificaba, es decir, dejaba literalmente a los hombres de piedra. Según una variante de esta versión,  Medusa habría ofendido también a Atenea por haberse atrevido a comparar la belleza de su larga  cabellera con la de la diosa, por lo que fue castigada convirtiéndose sus cabellos en serpientes. El nacimiento del caballo alado se habría producido, a raíz de la sangre de Medusa cuando Perseo, que sólo pudo mirarla a través del reflejo de su escudo, le cercenó la cabeza de un tajo.

 Pégaso,  Odilon Redon (1900)

El héroe que montará al caballo alado no será Hércules, como quiso la factoría cinematográfica Disney en su versión  descafeinada, edulcorada y "apta para todos los públicos" de dibujos animados de la leyenda del más famoso de los héroes griegos, al que convirtió en lo que nunca fue, un caballero del caballo alado. 

Ya Walt Disney nos había obsequiado en Fantasía (1940) con una escena entrañable  de pégasos. Notad que escribo "pégasos" como si fuera un nombre común, con inicial minúscula, porque aquí no utilizamos la palabra como un nombre propio de un ser singular y único, sino como un nombre común a una especie de imaginarios caballos alados: un pégaso negro, se supone que el macho, sobrevuela el cielo seguido de los que seguramente son sus hijos, dos  potrillos rosados, dos azulados y uno marrón, mientras que otro pégaso blanco -que es claramente la hembra y madre- empolla en el nido bajo sus maternales alas a otro potrillo recién nacido que será negro como su padre, y que pronto aprenderá a volar... 

Tampoco será Perseo, que vuela, sí, pero gracias a las sandalias aladas que le proporcionan las ninfas, el caballero y jinete de Pégaso; sino Belerofonte, que a lomos del caballo alado derrotó a un monstruo terrible e imposible, llamado la Quimera, clavándole una flecha. 

En la siguiente ilustración de una cerámica griega antigua, vemos, precisamente, la figura central del heroico caballero Belerofonte hiriendo a la Quimera (notad el carácter híbrido del monstruo: cabeza y cuerpo de león, cola que es una serpiente y una segunda cabeza de cabra ignívoma -es decir, que vomita fuego- que sale de su lomo), y a la derecha vemos la figura inequívoca de Pégaso, el caballo alado, alzado sobre sus patas traseras y embistiendo al monstruo con las delanteras. 


Encontramos el mismo motivo, donde Belerofonte monta a Pégaso, al que había previamente domado,  en el medallón central restaurado de un mosaico romano de más de cien metros cuadrados descubierto en 1830 en Autun, Saône-et-Loire, Francia. 


Esta Quimera, como observa Borges en "El libro de los seres imaginarios", era "demasiado heterogénea" como para ser verdad: un león, una cabra y una serpiente o dragón se resisten en nuestra imaginación a formar un único animal. Por eso con el paso del tiempo este monstruo legendario, la Quimera, se ha visto reducido a lo quimérico, lo imposible, lo incoherente, o, como dice el diccionario, "aquello que se propone a la imaginación como posible o verdadero, no siéndolo". Sería así la Quimera una idea falsa o una imagen falsa, que se contrapondría a otras imaginaciones o ideas más verdaderas o, al menos, verosímiles.


Sin embargo, Belerofonte no es un héroe popular hoy en día, aunque su iconografía haya dado pie a la de San Jorge -trasunto cristiano del héroe griego- matando al dragón, que sería el equivalente de la Quimera. Ello se debe a que este héroe tiene, a pesar de la heroica hazaña de librarnos de un monstruo, un final fallido. Se enorgulleció tanto de su gesta que quiso ascender cabalgando a Pégaso al Olimpo. Zeus se irritó de tal manera con las pretensiones de Belerofonte que envió un tábano que picó al caballo e hizo que este precipitara a su jinete: Belerofonte vio así frustrado su deseo de alcanzar la inmortalidad. Quizá sea esta - su muerte- la razón de que no haya sobrevivido ni llegado vivo a nosotros en el siglo XXI.   

Para nosotros, sin embargo, el caballo  está asociado desde su nacimiento al héroe Perseo. Por eso, desde el Renacimiento, en los siglos XVI y XVII, suele a veces pintarse al héroe montando al caballo alado, o desmontando del mismo. Suele así figurarse Perseo como un antepasado del caballero medieval que salva a la doncella (Andrómeda en su caso) de las garras y las fauces del peligroso dragón. Así pintó John Singer Sanger en 1925 a Perseo, Pégaso, surgiendo de la sangre de Medusa, y a la diosa Atenea recibiendo la cabeza de Medusa de manos del héroe, que la diosa guerrera llevará siempre en su escudo o en su pecho.


Pero Pégaso guarda una relación muy especial con el agua y las fuentes. No en vano es hijo del dios del mar, y no en vano se creía que su nombre derivaba de "pegué", palabra griega que significa "fuente, manantial, venero". Se cuenta que el monte Helicón o Helicoidal (su nombre viene de la misma palabra que "hélice", que quiere decir espiral o zigzag), cuando oía el canto divino de las Musas, se hinchaba como un globo y, complacido, se agrandaba tanto que llegaba a ser una amenaza para los dioses del Olimpo.

 Pégaso, por orden de Posidón, el dios marino de las aguas que  era, además, su padre, lo golpeó con el casco de su pezuña, y de una coz fulminante logró frenar la hinchazón del monte embarazado y desinflarlo así. Allí mismo, donde Pégaso dio la coz, brotó una fuente, llamada Hipocrene, la Fuente del Caballo o Caballina, que todavía existe hoy en Beocia, un manantial de agua helada de montaña, de donde se creía que brotaba la inspiración artística. De hecho el monte Helicón  está consagrado a Apolo y a las Musas, y está cerca del monte Parnaso, donde se halla el bosque sagrado de las divinidades que inspiran a los poetas y músicos. 

En el siguiente lienzo de Andrea Mantegna de 1497 titulado "Parnaso", pueden verse las figuras centrales de la diosa del Amor Venus/Afrodita, completamente desnuda, y del dios de la guerra Marte, armado con una lanza y casco guerrero, a cuyos pies se encuentra Cupido/Eros, y, a la izquierda, en una gruta, el que parece ser Vulcano/Hefesto, el marido burlado de la diosa;  debajo de las figuras centrales que representan la guerra y el amor, las nueve Musas bailando en corro al son de la lira que tañe Apolo, el dios de las artes musicales y de la poesía sobremanera. A la derecha se distingue el caballo Pégaso con el dios Mercurio/Hermes. A los pies de Pégaso parece que brota la fuente Hipocrene.




En este otro cuadro de Joos de Momper vemos el mismo motivo en un paisaje menos luminoso y más romántico. Las Musas en esta ocasión reciben la visita de la diosa Minerva/Atenea, que lleva en su escudo la cabeza de Medusa que le ofreció Perseo después de cortársela y nacer de su sangre la alada montura. A  la derecha vemos la silueta inconfundible de un Pégaso alado y blanco, y a sus pies la fuente Hipocrene, la Fontana del Caballo.


 

El caballo del dios nórdico Balder también hizo manar una fuente de una coz contra el suelo. Estos mitos ponen de relieve el estrecho parentesco entre el caballo y el agua, y por otro evidencian el poder fecundador del animal. En otras mitologías, como la hindú, también encontramos caballos alados, por ejemplo el caballo de Dadhikra, símbolo del sol y veloz como un águila.

 
Finalmente, Pégaso, como decíamos más arriba, fue catasterizado, esto es, logró llegar en su vuelo al cielo, lo que no consiguió su desgraciado y ensoberbecido jinete Belerofonte, fue ascendido a las estrellas y puesto entre ellas, convertido así en una constelación junto a Perseo y Andrómeda.

Hay que decir que como heredero del Pégaso clásico surge en las leyendas medievales un ser similar, al que se llama Hipogrifo: una mezcla de grifo y de caballo, teniendo en cuenta que el grifo era ya un ser híbrido de águila con cuerpo de león, el hipogrifo sería un híbrido de segunda generación, por así decirlo, un águila con cuerpo de caballo, como aparece en el siglo XVI en el poema épico de caballería Orlando furioso de Ludovico Ariosto, fruto del apareamiento de una yegua y un grifo, veloz como el viento y montado por nobles caballeros como el paladín Roger o, si se prefiere, Rugiero, que liberó a la bella Angélica, o como aparece también, en una versión más moderna, en la novela de J. K. Rowling, llevada al cine,  "Harry Potter y el prisionero de Azkaban".



Para muchos Pégaso es un símbolo de la Fama, que, como dijo el poeta Virgilio, vuela: Fama uolat, la Fama, igual que la alada montura, vuela. En palabras de Juan Eduardo Cirlot en su Diccionario de símbolos, publicado por la editorial Siruela, Pégaso "simboliza el poder ascensional de las fuerzas naturales, la capacidad innata de espiritualización y la inversión del mal en bien". No podemos dejar de ver en él, además, el símbolo de la domesticación y dominio de las fuerzas naturales. Pégaso era un caballo salvaje que fue domado por Belerofonte y al que se le puso el bocado y las bridas, que fueron un regalo de la sabia Atenea,  para poder controlarlo a la hora de enfrentarse a sus enemigos. Su catasterización final simboliza el poder ascensional, como dice Cirlot, de las fuerzas naturales, unas fuerzas que han sido previamente sometidas y subyugadas por el ingenio humano.    

En italiano la expresión "montar sul cavallo pegaseo" es una expresión literaria que significa componer versos y poesía. En el siguiente soneto del poeta modernista nicaragüense Rubén Darío podemos encontrar este simbolismo del caballo alado (Apolo, el laurel, símbolo de la gloria de Apolo y de la perennidad  del arte, Belerofonte como jinete del alado caballo, cuya huella sigue el poeta,  Pégaso, cuyo nombre propio se cita dos veces, y las expresiones que aluden a él como "caballo rudo y tembloroso" y "corcel de cascos de diamante", presentándose el poeta como su domador que vuela "adelante en el vasto azur, ¡siempre adelante!" como dice en el último alejandrino): 

Cuando iba yo a montar ese caballo rudo
y tembloroso, dije: «La vida es pura y bella.»
Entre sus cejas vivas vi brillar una estrella.
El cielo estaba azul, y yo estaba desnudo.

Sobre mi frente Apolo hizo brillar su escudo
y de Belerofonte logré seguir la huella.
Toda cima es ilustre si Pegaso la sella,
y yo, fuerte, he subido donde Pegaso pudo.

Yo soy el caballero de la humana energía,
yo soy el que presenta su cabeza triunfante 
coronada con el laurel del Rey del día;

domador del corcel de cascos de diamante, 
voy en un gran volar, con la aurora por guía, 
adelante en el vasto azur, ¡siempre adelante!

miércoles, 23 de marzo de 2016

El enigma de la belleza, según Tagliafierro

"Beauty" es el título del corto de animación, nunca mejor dicho, del realizador italiano Rino Stefano Tagliafierro, que ha dado vida virtual a una selección muy sugerente de cuadros de paisajes y figuras humanas dentro de las diversas temáticas religiosas y mitológicas de los maestros de la pintura universal tales como Tiziano, Caravaggio o Rembrandt. Sus lienzos cobran vida y nos ofrecen una sugestiva meditación sobre el enigma de la belleza.


 (Versión abreviada)

El enigma de la Belleza



"Tiempo voraz, embótale al león la garra
y haz que la propia tierra sus crías embeba,
al fiero tigre descolmilla y desquijarra
y sepulta en su sangre a la fénix longeva".
(W. Shakespeare, Soneto núm. 19, traduc. A. García Calvo)



Sobre la belleza se alzan desde siempre las nubes del destino y del tiempo que todo lo devora. La belleza es cantada,  representada y descrita desde la antigüedad como el instante fugaz de la felicidad y de la plenitud de la vida inagotable, desde el comienzo destinada a un epílogo trágico y salvífico.


En esta interpretación de Rino Stefano Tagliafierro la belleza es transportada a la fuerza expresiva de un gesto que brota del inmovilismo del cuadro, animando un sentimiento que se sustrae al quietismo propio de un museo. Como si en las imágenes que la historia del arte nos ha ofrecido estuviese congelado un movimiento que la actualidad puede revitalizar gracias al fuego de la inventiva digital.


Una serie bien seleccionada de imágenes de la tradición pictórica más bella (del renacimiento al simbolismo de finales del ochocientos, pasando por el manierismo, el paisajismo, el romanticismo y el neoclasicismo) son acercadas según una intención que localiza el sentimiento bajo el velo de las apariencias. Una inspiración que nos devuelve el sentido de una caducidad y de la brevedad existencial que el autor interpreta con la dignidad trágica de una mirada desencantada, capaz de captar el sentido profundo de una imagen.

La belleza en esta interpretación es la compañera silenciosa de la vida que inexorablemente procede de la sonrisa del niño, a través del éxtasis erótico, hacia la mueca de dolor que cierra un ciclo destinado a repetirse hasta el infinito.


Significativos, desde este punto de vista, son el amanecer de una mañana romántica en cuyo cielo vuelan unos grandes pájaros negros y el final del crepúsculo romántico con ruinas góticas que concluye la obra del tiempo que huye.



Giuliano Corti.


Versión íntegra

miércoles, 16 de marzo de 2016

Retrato de la joven dama Tornabuoni por Ghirlandaio






En el retrato de la joven dama Tornabuoni de Ghirlandaio, que se encuentra en la Thyssen madrileña,  figura esta frase latina: ARS VTINAM MORES ANIMVMQVE EFFINGERE POSSES! PVLCHRIOR IN TERRIS NVLLA TABELLA FORET. A continuación, en números romanos, figura el año de composición del lienzo: MCCCCLXXXVIII, es decir, 1488, pleno Renacimiento italiano.


El texto latino está tomado de un dístico de nuestro poeta Marcial (Libro X, 32, versos 5 y 6):

Ars utinam mores animumque effingere posset!
Pulchrior in terris nulla tabella foret.

¡Ah si pudiera el arte plasmar el carácter y el alma!
¡Cuadro no iba a haber sobre la tierra mejor!

Al copiar el epigrama,  Ghirlandaio, el pintor, no sé si intencionadamente o quizá sin querer, ha cambiado la terminación del verbo en –t por –s, con lo cual lo ha convertido de tercera en segunda persona, por lo que el hexámetro se ha convertido en una apelación exclamativa:

¡Arte, ojalá, pudieras plasmar el carácter y el alma!

El caso es que viendo el retrato de esta joven Tornabuoni no he podido por mi parte resistirme a la tentación de compartir con vosotros el corto que he visto del realizador argentino Carlos Lascano titulado “Lila”, que retrata a una chica soñadora que me recuerda mucho a la dama florentina de Ghirlandaio y a la inolvidable Amélie Poulain de la  película fracesa "Amélie". La belleza de la actriz Alma García, con su amable sonrisa mitad pícara y mitad inocente, hace que nos enamoremos enseguida de esta joven que no se resigna a aceptar la realidad tal y como es, y no quiere admitir en su fuero interno que la realidad es lo único que hay,   y consigue  transformar nuestra percepción de ella haciendo dibujos con sus lápices de colores en la libreta de apuntes que siempre lleva consigo. Emocionante alarde de colorido y  romanticismo sin palabras en el que el arte consigue reflejar el espíritu que niega la realidad porque no se resigna y el alma humana.

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jueves, 24 de diciembre de 2015

La escuela de Platón





El que contempla por primera vez el enorme cuadro del pintor belga Jean Delville titulado “La escuela de Platón” (1898), que cuelga ahora en el Musée d' Orsay de París en la sala de los simbolistas, se asombra de su enorme tamaño lo primero de todo y queda no poco perplejo ante lo que ven sus ojos. 

Aquello parece una escena del nuevo testamento con Jesucristo sentado en el centro predicando el evangelio a sus doce apóstoles, si no fuera porque estos están completamente desnudos. Atendiendo al título del cuadro pensamos entonces que se trataría de Sócrates, el maestro del divino Platón, acusado como fue de corromper con sus desenseñanzas a la dorada juventud ateniense, si no fuera porque este Sócrates nos recuerda demasiado a Jesucristo.  

El cuadro fue encargado por la universidad de la Sorbona de París, pero no llegó a exhibirse  allí nunca  por motivos de censura. 

El lienzo se presta a muchas sugerencias: por ejemplo la homosexualidad del propio Cristo y sus apóstoles, al que se compara iconográficamente, mutatis mutandis, con el filósofo griego, quien, como se sabe fue homosexual avant la lettre, lo que no deja de ser algo blasfemo y herético. 

Otra lectura del cuadro sería la doble herencia pagana y cristiana de nuestra cultura occidental, no poco machista y homófoba, a pesar de o debido a sus raíces griegas y judeocristianas. Sería un ejemplo de la fusión platonismo/cristianismo de nuestra tradición y acervo cultural.

El cuadro no deja de ser una exaltación de la belleza masculina, bastante idealizada, desde un punto de vista sensual y erótico. Es también una exaltación de la juventud de los efebos de largas melenas bajo el prisma pagano, griego, clásico, precristiano. 

El venerable maestro, Platón si hacemos caso del título del cuadro, estaría predicando una nueva doctrina de amor e idealismo, no precisamente la cristiana que ha ensombrecido el mundo durante dos mil años con su mensaje resignado y conformista, sino en todo caso el epicureísmo hedonista griego y el humanismo que sitúa al hombre como centro del universo.

martes, 11 de agosto de 2015

Cuatro transformaciones de Zeus


El pintor portugués de ascendencia griega Niquías Escapinaquis (Nikias Skapinakis, según la transliteración habitual),  pintó entre 1970 y 1979 una serie de nueve cuadros titulada Las metamorfosis de Zeus.   Esta temática de la tradición clásica muy querida por los pintores desde el Renacimiento para acá se centra en las numerosas aventuras extraconyugales de Zeus, que adquiere diversas metamorfosis generalmente en forma de animales machos para seducir a diferentes figuras míticas femeninas.

1ª Transformación: En toro.
 
Aquí, Zeus se transforma en un toro para seducir a Europa, y cuando ella se ha sentado en su lomo, la rapta. Niquías ha actualizado el tema y transforma a la legendaria princesa fenicia que acabará dando nombre a nuestro continente en una Miss, Miss Europa, como prototipo ideal de belleza femenina. El cuadro se titula “Rapto de Miss Europa”. Nos hallamos ante una mujer desnuda e impregnada de una fuerte carga sexual. Han desaparecido todas las referencias mitológicas para reducirse la escena a su desnudez animal, tampoco hay colores oscuros ni ningún dramatismo asociado a ellos. Predominan los tonos fuertes que caracterizan la obra de este pintor. Su cuadro, si lo comparamos con un tratamiento más clásico como el de Tiziano, parece un cartel publicitario de consumo que enseguida relacionamos con el arte Pop.

 Moneda griega de dos euros que representa el rapto de Europa.

2ª Transformación: En águila real.
 

Aquí nos encontramos ante las siluetas negras de una mujer y un águila recortándose en un fondo blanco. El águila real es aquí no sólo el símbolo de Zeus, sino su metamorfosis. Él águila está en vuelo. El erotismo de la escena se debe a la desnudez de ambos personajes en el contexto del rapto mitológico. Podríamos pensar en el rapto de Ganimedes, pero Escapinaquis titula este cuadro, el VII de su serie: “Egina y el águila arrebatadora”. No es un tema tan tratado en la pintura como el de Ganimedes, la aventura homosexual de Zeus, el que aborda Escapinaquis aquí. De hecho, a diferencia del rapto de Europa, hay muy pocas representaciones iconográficas de este tema: Egina era una ninfa, hija del díos río Asopo. Fue  arrebatada de su palacio y llevada por los aires a una isla del golfo sarónico, muy cercana de Atenas, donde el dios consumó su unión con ella, por lo que le prestó su nombre: la isla de Egina. De esa unión nació Éaco.

 Egina visitada por Júpiter en forma de águila, Jean-Baptiste Greuze 1767-1769

3ª Transformación: En cisne.
 
Este es uno de los temas mitológicos más abordados por la pintura occidental. Cuando se hallaba Leda a la orilla de un río, se le apareció Zeus transformado en cisne que, fingiendo huir de la persecución de un águila, buscó refugio en su seno, uniéndose carnalmente a ella. Esa misma noche Leda se acostó con su esposo Tindáreo. Se cuenta que Leda puso después dos huevos: de uno nacieron la bella Hélena y Pólux, hijos de Zeus, y del otro Clitemnestra y Cástor, hijos de Tindáreo. La originalidad del cuadro de Skapinakis es que presenta un cisne negro, un cygnus atratus, una especie originaria de Australia, descubierta a finales del siglo XVII. Un tratamiento diferente, con un cisne blanco, hizo Dalí en su Leda atómica de 1949.
 


 4ª Transformación: En caballo.

Nos hallamos aquí ante la última muestra de la serie, titulada “Día y el caballo seductor”. No he encontrado ningún otro cuadro con esta temática mitológica. No es una de las metamorfosis más conocidas de Zeus, ni muchísimo menos, pero sí está documentada en algunos autores clásicos. Robert Graves recoge la noticia en sus Mitos griegos. Día era la mujer de Ixïón y madre de Pirítoo, el compañero de Teseo. Según Homero, Zeus, ardiendo en amores por ella, la hizo madre de Pirítoo. Eustacio en sus comentarios a la Ilíada, que no he podido consultar, dice que Zeus transformado en caballo intentó seducirla dando vueltas a su alrededor, lo que explicaría con una falsa etimología el nombre de su hijo Pirítoo relacionándolo con el verbo griego “peritheo” correr en torno. También Higino en su fábula 155 donde habla de los hijos de Júpiter dice que Júpiter (Zeus) engendró a Pirítoo de Día.  

En el canto XIV de la Ilíada, Zeus, hace una lista de sus amores, cuando le pide a Hera en un bello pasaje que se acuesten juntos porque le ha entrado un repentino deseo muy grande de ella, mucho mayor que el que le embargó otras veces por otras mujeres o por ella misma. Empieza aludiendo a Día, la primera de todas, después cita a Dánae, alude a Europa como la hija de Feniz, cita a Sémele, la madre de Dioniso, y a Alcumena o Alcmena, la madre de Heraclés, con su acentuación oxítona griega, o Hércules, y finalmente a Leto o Letó, con igual acentuación griega, madre de Apolo y Ártemis. La traducción en ritmo dactílico con rima asonante o parcial que recuerda a nuestros romances medievales se debe a Agustín García Calvo, que crea algunos epítetos castellanos recreando a Homero, como "beltobellina" o "belcabellina" para resaltar la belleza de los tobillos o de los cabellos respectivamente.

“Y ahora ¡en amor vamos, ea, tú y yo a acostarnos a prisa!:
Pues nunca jamás de diosa o mujer deseo me había
venido enredándoseme al corazón en ansia tan viva,
ni cuando de la mujer de Ixïón en amores ardía,
la que dio a luz a Pirítoo el par-de-dios-en-valía,
ni cuando a la hija de Acrisio, a Dánae beltobellina,
la que dio a luz a Perseo, entre todo mortal maravilla,
ni cuando amé de Feniz el de-luenga-fama a la hija,
que me parió a Minó y Radamantus, prenda divina,
ni cuando a Sémele o cuando a Alcumena en Tebas altiva,
que fue de Heraclés corazón-de-león la madre cumplida,
y Sémele de Dïonuso, a la raza mortal alegría,
ni cuando a Démeter la reina y señora belcabellina,
ni cuando a Letó glorïosa, ni cuando, no, ni a ti misma,
Como ora a ti te deseo y un dulce amor me domina”.

lunes, 13 de julio de 2015

Apolo y Jacinto



Muerte de Jacinto, de Rubens (1636-1638)

El mito de Apolo y Jacinto es un mito homoerótico muy querido por algunos pintores renacentistas y posteriores de los siglos XVIII y XIX que encontraban en la leyenda dorada griega un desahogo contra la intolerancia de la moral católica asfixiante.
 


La muerte de Jacinto, G. B. Tiepolo (1752-1753)

Cuando los artistas no podían tratar el tema de la homosexualidad masculina, porque no estaba dentro de la tradición judeo-cristiana si no era para condenarlo como en el caso de Sodoma y Gomorra, echaban mano de la mitología grecolatina, y ahí encontraban historias como esta: 
 


La muerte de Jacinto de Jean Broc (1801)

Según cuenta Ovidio, Jacinto era un joven de notable hermosura amado por el dios Apolo. Él y su enamorado jugaban a menudo a lanzarse el disco el uno al otro, como el discóbolo que inmortalizó Mirón.



 Jacinto y Apolo, Benjamin West (1771)

En una ocasión, Apolo, para impresionar a Jacinto y seducirlo con la maestría de sus habilidades, lo lanzó con tanta fuerza que Jacinto, al intentar atraparlo al vuelo en el aire, fue golpeado por él y cayó muerto de repente.



La muerte de Jacinto, Alexander A. Kiselev (1884)

Dicen que había sido Céfiro, la suave brisa alada del viento, quien enamorado del joven y rechazado por él, que prefirió a Apolo, desvió, celoso, el certero lanzamiento del dios hiriendo de muerte y matando al hermoso Jacinto.



 La muerte de Jacinto, Merry-Hoseph Blondel (1810)

Mientras agonizaba, Apolo no permitió que el dios de la muerte se llevara al muchacho consigo, sino que, de la sangre derramada del joven hizo que brotara la flor que lleva su nombre, el jacinto para inmortaliar su belleza.



 Apolo y Jacinto, Andrea Appiani (1798-1800)

jueves, 5 de febrero de 2015

Los noventa rostros de Venus

Philip Scott Johnson hace en este vídeo un rápido repaso al arte del retrato del rostro femenino en la pintura occidental a lo largo y ancho de los últimos quinientos años. Desfilan en él en rápida sucesión numerosísimas Venus (con)fundiéndose unas con otras: desde la Gioconda de Leonardo hasta el retrato de Françoise de Pablo Picasso. La Sarabanda de Bach pone la banda sonora musical que acompaña a las imágenes.