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domingo, 5 de junio de 2016

Un (falso) dios nos dio esta (falsa) paz

ō Meliboee, deus nōbīs haec ōtia fēcit. 
(Virgilio, Égloga I, 6)


El pastor Títiro, acostado a la sombra de una frondosa haya, ensaya con su flauta una dulce melodía, cuando se le presenta Melibeo que ha sido víctima de la expropiación de tierras decretada por el emperador Augusto. Entran ecos así de la actualidad política en la poesía bucólica virgiliana, que ya no es un simple remedo de la de Teócrito de Siracusa. Augusto había licenciado a muchos legionarios veteranos de las guerras civiles que se establecían como colonos en el norte de Italia, para lo que tuvo que confiscar múltiples tierras, entre ellas las del padre del propio poeta Virgilio.

Es entonces cuando el perezoso Títiro exclama no sin adulación que un dios (pues para él siempre lo será) le ha traído aquellos ocios de los que él disfruta. Pero esa paz de la que él está gozando se ve perturbada por las quejas de Melibeo, que denuncia que no es una paz justa.  El poeta está utilizando la palabra OTIVM en plural -OTIA, un plural poético por razones métricas-, que se contrapone, como se sabe, a NEGOTIVM. No resulta muy errado traducir OTIVM en este y otros contextos como “paz”. Aunque la palabra PAX  puede ser sinónima de OTIVM, esta última conlleva también los significados secundarios de “descanso”, “tranquilidad”, “ociosidad”, "alejamiento del foro y de la política" que hacen que entendamos esa paz como relativa, como una paz armada -si uis pacem, para bellum-, como una guerra "fría" o de baja intensidad, una paz alimentada por la amenaza siempre latente de la guerra. La paz no es sólo ausencia de guerra. Con este nombre, a menudo se alude a otra realidad. Como sugiere Tácito en otro lugar,  miseram seruitutem falso pacem (uocant),  llaman paz sin razón a una miserable servidumbre.


El barón Carl von Clausewitz sentenciará, varios siglos después de Virgilio y de Augusto, que la guerra es la continuación de la política por otros medios. Dándole la vuela a la frase, podemos afirmar sin mucho escándalo que la política (y la paz) es la continuación de la guerra por otros medios ("pacíficos").

 
  Versión jazzística del "Tityre tu patulae recubans sub tegmine fagi"

Suenan aquí, también, los primeros ecos de la adulación de los poetas del círculo de Mecenas al emperador, que aún no había sido divinizado, aunque sí su padre adoptivo el divino Julio César, por lo que él era el hijo de un dios,  justificándose así la imposición de una línea dinástica de origen celestial.
 
Virgilio vivió la llamada pax Augustea que puso término a las sangrientas guerras civiles que habían padecido los romanos como colofón de la República, unas guerras en las que el propio Augusto había participado y de las que era en parte buen responsable. Su sensibilidad de poeta le hace percibir a Virgilio el sordo clamor de la guerra que late en el seno de esa paz. De alguna manera, Virgilio sugiere que la pax de Augusto que a él le ha tocado vivir es una máscara del bellum, otro nombre de la guerra; y que, por lo tanto, el emperador Augusto no es sino la encarnación más perfecta que podía darse del dios Marte armipotente, el señor de los ejércitos, un Mars pacifer, es decir, un dios de la guerra que trae una falsa paz.

Versión clásica

miércoles, 1 de junio de 2016

No day shall erase you from the memory of time

    Allí donde se alzaban las torres gemelas del World Trade Center de Nueva York han abierto el Memorial Museum del 9/11, o sea, del 11/9, ya que nosotros citamos las fechas al revés, en primer lugar el día y después el mes, es decir, el museo del 11 de septiembre (del año 2001). En la llamada Zona Cero, en el hueco donde se erguían los dos rascacielos iguales, han colocado unas placas de bronce negro con los nombres grabados de las casi tres mil víctimas de los atentados.

    Dentro ya del museo puede leerse la siguiente cita de Virgilio en la lengua del Imperio: NO DAY SHALL ERASE YOU FROM THE MEMORY OF TIME: Ningún día os borrará de la memoria del tiempo.


    Me preguntaba yo de dónde habrían sacado ese verso virgiliano, hasta que recordé un pasaje muy célebre del canto noveno de la Eneida, donde dos héroes troyanos, Niso y Euríalo, deciden combatir por su cuenta durante la noche contra los enemigos rútulos.

    Niso, movido por el deseo de emprender una acción ilustre que glorifique y dé un sentido heroico a su vida, le revela a Euríalo su plan de atravesar las líneas contrarias. Los enemigos, borrachos y dormidos, habían bajado la guardia. El joven Euríalo le dice que no lo dejará solo en su arriesgada empresa. Pero Niso no quiere exponer a su joven amigo a tanto riesgo: en caso de morir él, quiere que su compañero le sobreviva. Sin embargo, Euríalo no va a cambiar de parecer.

    Ambos, en la noche, atraviesan el campamento enemigo, matando a todos los que encuentran a su paso. A la llegada del alba, cuando estaban a punto de partir victoriosos con sus despojos, son descubiertos por el resplandor de un casco arrebatado como botín. Los dos se apresuran en su huida. Una patrulla de jinetes, sin embargo, cierra las salidas. Niso logra escapar. Su joven amigo se queda atrás. Niso vuelve sobre sus pasos en su busca. Ve que su compañero dispara su lanza y atraviesa a uno de los enemigos. Otro de ellos desenvaina su espada amenazante.

    Niso sale de la maleza donde se ocultaba y grita: ¡Matadme a mí en vez de a él! El muchacho no tiene la culpa. Yo lo he arrastrado hasta aquí. El único delito de Euríalo es haber querido demasiado a su amigo infeliz.. La espada desnuda y ciega del enemigo no duda a la hora de encontrar su objetivo: se clava traspasando las costillas del blanco pecho adolescente de Euríalo. 

Va hacia la muerte Euríalo, y por sus miembros hermosos
corre la sangre, y su frente se rinde, abatida, en el hombro 
como la vívida flor cuando reja de arado la troncha 
se aja y se muere, o la adormidera, doblado su cuello, 
al agobiarse de lluvia tal vez, agachó su cabeza. 

    Niso, fuera de sí, busca al asesino de su amigo muerto en la flor de la edad, y le hunde la espada en la boca. Pero herido al fin él mismo, cae sobre el cuerpo exánime de su compañero y descansa allí por fin en una plácida muerte. Algunos lectores ven en este relato una amistad varonil muy fuerte, muy sentimental pero muy casta entre ambos héroes; sin embargo, el propio Virgilio no deja lugar a muchas dudas. Se trata de algo más que eso: “his amor unus erat”; es decir, para ellos -es lo que las gramáticas llaman un dativo posesivo- había un único amor, o lo que es lo mismo, tenían un único amor, un amor que los unía. 

    Hay, además, una diferencia de edad considerable. Euríalo no ha afeitado todavía su rostro intonso. Apenas sombreado por la primera pelusa de la adolescencia, no es más que un efebo imberbe. Virgilio destaca, además, su extraordinaria belleza (Euryalus, quo pulchrior alter non fuit Aeneadum: que quiere decir algo así como: Euríalo, más hermoso que el cual no hubo ninguno entre los hombres de Eneas). El uno será insigne por su hermosura y lozana juventud; el otro, por su piadoso cariño al mancebo, puer en latín.

    Niso será el erasta o amante o más propiamente pederasta -no tengamos miedo a las palabras a la hora de llamar a las cosas por su nombre- y Euríalo, el erómeno o amado. Tanto el pederasta como el erómeno están bajo la benévola mirada de Eros, que es un dios, lo mismo que el amante y el amado están bajo la protección de las alas del ángel del amor.

 Fortunati ambo! Si quid mea carmina possunt,
nulla dies umquam memori uos eximet aeuo.

    "Fortunati ambo!" Clama Virgilio: Es decir: afortunados los dos amantes. ¿Por qué los considera el poeta afortunados? Sin duda porque han encontrado la muerte el uno en brazos del otro simultáneamente, una muerte, además, heroica que hará que su fama sobreviva a través de los siglos gracias a los versos inmortales del poeta mientras exista Roma, la ciudad eterna que ellos ayudarán con su muerte a fundar.

    ¡Afortunados los dos! Si pueden algo mis versos, ni un día va a borraros jamás del recuerdo del tiempo. Este último es precisamente el verso virgiliano que se cita en inglés en el Memorial Museum del once de septiembre, el 447 del libro noveno de la Eneida: nulla dies umquam memori uos eximet aeuo: Ni un día va a borraros jamás del tiempo que guarda memoria, que recuerda -eso es lo que quiere decir el adjetivo memori de difícil traducción-; o dicho con otras palabras:  día no va a borraros jamás del vivo recuerdo. 

Niso y Euríalo, Jean-Baptiste Roman, (museo del Louvre, París).

lunes, 9 de mayo de 2016

Tres claros de luna

Uno.- Empezamos con un apacible claro de luna de Ovidio. Los versos que vamos a leer, dos dísticos elegíacos de hexámetro y pentámetro dactílicos, forman parte de una carta que escribe Leandro a su amada Heró, donde le recuerda cómo atravesaba a nado el Helesponto todas las noches para ir a su amoroso encuentro en la torre donde ella habitaba, guiado por el faro de su antorcha.

Nada presagia todavía la tragedia que está a punto de desencadenarse y de poner fin a esta romántica historia de amor. Pronto se desatará, en efecto, una tormenta que mantendrá alejados a los amantes durante siete días. Leandro, impaciente por abrazar a su amada, no podrá contenerse más, y se echará a nadar en la noche. 

La antorcha de su amada que lo guiaba en aquella oscuridad  sin luna se apagará sin querer de repente,al amante le fallarán las fuerzas, y las olas arrojarán su cuerpo desnudo a la playa donde se alzaba la torre de su amada Heró, que no podrá, por su parte, tolerar el dolor de haber perdido a su amado y se arrojará por el acantilado al encuentro del amor imposible y de la muerte. Pero estamos aún en la calma que precede a la tormenta...

 Heró y Leandro, Etty William (1828)

Leamos los versos en los que destacan  la imagen de la luna reflejada en el agua del mar, y el silencio de la noche quebrado sólo por el chapoteo del agua batida por el cuerpo del nadador.

Unda repercussae radiabat imagine Lunae
et nitor in tacita         nocte diurnus erat.
Nullaque uox usquam, nullum ueniebat ad aures
praeter dimotae        corpore murmur aquae.
(Ovidio, Heroínas XVIII, 77-80)


       Heró y Leandro, Loius-Marie Baader (1866)

Unda radiabat imagine lunae repercussae: El agua del mar brillaba con la imagen de la luna reflejada; et in nocte tacita: y en la noche silenciosa; erat nitor diurnus: había un resplandor diurno; nullaque uox usquam, nullum murmur: y ninguna voz por ninguna parte, ningún murmullo; ueniebat ad aures: venía a los oídos; praeter (murmur) aquae; salvo el (murmullo) del agua:  dimotae corpore; removida por (mi) cuerpo.


Centelleaba el mar reflejando el claro de luna
y en muda noche fulgor     era de luz matinal.
Ni una voz ni murmullo venía allí a los oídos
salvo el del agua que yo    iba batiendo al nadar.

Dos.- Virgilio, por su parte, nos presenta otro claro apacible de luna en el mar en estos dos hexámetros dactílicos de su épica Eneida.  El héroe, después de celebrar los piadosos ritos fúnebres por su vieja nodriza Cayeta, cuando ve el oleaje en calma en alta mar, despliega las velas y abandona el puerto... Sopla una brisa ligera que favorece la navegación y brilla la luna en el agua.


Aspirant aurae in noctem, nec candida cursum
Luna negat; splendet tremulo sub lumine pontus.
(Virgilio, Eneida, VII, 8-9)



Aurae aspirant in noctem; las brisas  soplan en la noche; nec candida Luna negat cursum: y la blanca luna no rechaza (iluminar) la travesía; pontus splendet sub lumine tremulo: el mar resplandece bajo la luz temblorosa..
                       

Sopla la brisa en la noche, y no niega, blanca, la Luna
la travesía; relumbra el mar bajo luz que tremola.

Y tres.- Y acabamos con el Claro de Luna de la suite bergamesca para piano de Claude Debussy, una delicia para el oído:

 

jueves, 2 de julio de 2015

Un par de versos de Virgilio

Si hay algún verso de la Eneida de Virgilio mil veces citado y comentado es el 268 del libro VI, que describe el descenso a los infiernos del héroe Eneas y de la sibila de Cumas que lo acompaña. Dice así en el original: Ibant obscuri sola sub nocte per umbram. Es un hexámetro dactílico donde, paradójicamente, todos los pies del verso son espondeos, salvo el quinto, que es el único dáctilo, por lo que consta de trece sílabas. Marcha, pues, el verso raudo y veloz, como sin duda iban el troyano y la sibila al adentrarse en la boca del infierno.



Hay una figura literaria importante, que es la hipálage o atribución a un sustantivo de un adjetivo característico de otro sustantivo. Así el adjetivo "obscuri" debería concertar lógicamente con "nocte" y decir "obscura sub nocte" (bajo la noche oscura) y "sola", que el poeta refiere a "nocte", con el sujeto de esta frase, que se sobreentiende que es Eneas y la Sibila, y ser "soli": "ibant soli" (iban solitarios). 

Lo esperado sería "Ibant soli obscura sub nocte per umbram", es decir, iban solos bajo la noche oscura a través de la sombra. Sin embargo Virgilio nos sorprende con la inesperada transferencia de los adjetivos que enriquece el significado del verso iban oscuros bajo la noche solitaria a través de la sombra.

Son Eneas y la sibila de Cumas los que entran solos y ensombrecidos, bajo una noche oscura y solitaria entre tinieblas, al túnel del Orco,  al huerco de los infiernos.


El verso, tan virtuoso como es, suele citarse aislado, sin su continuación, que es: "perque domos Ditis uacuas et inania regna": y la vacía mansión de Plutón y su reino desierto, donde se da a entender que esos infiernos en los que se adentran están vacíos, deshabitados, descarnados, diríamos. Son el reino de Dite, es decir, de Plutón, alias, el Rico: la riqueza de este dios y monarca (Hades, según los griegos, el invisible)  consiste paradójicamente en no poseer nada: sólo una morada vacía y un reino desierto. 

Siguen apareciendo figuras estilísticas en el verso virgiliano, que son los efectos especiales de la película que es el texto: los plurales poéticos "domos" y "regna", con sus respectivos adjetivos casi sinónimos "uacuas" y "deserta", que insisten en el mismo concepto. Y el oxímoron u oximoro, con acentuación latina, o contradicción de que la mansión del rico Plutón esté vacía -subrayada la idea por el hipérbaton del adjetivo "uacuas" pospuesto al sustantivo "domos"-: su riqueza es la nada misma; su reino,  el de las sombras.

 La barca de Dante o Dante y Virgilio en los infiernos, de E. Delacroix (1822) 

Así traduce Aurelio Espinosa Pólit los dos hexámetros virgilianos en tres hendecasílabos -restituyo la hache etimológica- castellanos: "Oscuros en la noche solitaria / cruzaban entre sombras la vacía / mansión de Dite, sus desiertos reinos".  

Otro intento de traducción, en dos hexámetros castellanos,  podría ser: "Iban oscuros en noche sin nadie a través de la sombra / y la vacía mansión de Plutón y su reino desierto". 

lunes, 22 de junio de 2015

Homenaje a los clásicos



El ensayista y poeta peruano Manuel González de Prada (1844-1918) rindió en Grafitos (título que adapta al español la palabra italiana "graffiti") su peculiar homenaje a los poetas clásicos griegos y romanos que admiraba: Homero y Virgilio, la Antología Griega, y dentro de ella el poeta Meleagro, y Lucrecio, el imprescindible discípulo romano de Epicuro.  


 (Homero) 


Donde su hexámetro
escande Homero,
todos discípulos,
todos pigmeos.
Es el Océano:
Safo y Tirteo,
Hesiodo y Píndaro,
los arroyuelos.


(Virgilio) 

Flor de moderno, deleitable aroma
en el sangriento lodazal de Roma.


(La Antología Griega)  

El bosque no es de homéricas encinas
que al cielo encumbran gigantescos brazos:
En el jardín florido de la Grecia
es un rincón discreto y perfumado
donde palpitan mariposas de oro,
donde se ciernen soñolientos rayos,
donde tiemblan al ósculo del viento
las lujuriantes rosas de Meleagro.


(Lucrecio)

Tú del Olimpo arrojas al Tirano,
y sólo ves la Nada y el gusano.
En el reino inviolado de la muerte.
eres, oh gran pagano,
manjar de libres, demasiado fuerte
para el servil cerebro de un cristiano.

 



 

 


martes, 21 de abril de 2015

Dido y Eneas, ópera barroca de Purcell






Compuesta por el compositor Henry Purcell en 1689, sobre libreto de Nahum Tate basado en La Eneida de Virgilio, la ópera Dido y Eneas narra los amores de la legendaria reina de Cartago y el príncipe troyano. Tras la partida de Eneas, la reina Dido, abandonada por el héroe,  cae en una profunda desesperación que la lleva a la muerte.

Para componer la ópera, Purcell siguió el modelo de Venus y Adonis de su maestro y amigo
John Blow. Las dos comienzan con un prólogo y una obertura a la francesa, seguidos de tres actos, y ponen en escena los amores  desgraciados de una mujer autoritaria con un hombre vanidoso; además, ambas acaban con la trágica muerte de uno de sus protagonistas, de Adonis en el primer caso y de Dido en el que nos ocupa, algo único en la ópera barroca del siglo XVII. Aunque consta de tres actos, es una ópera breve, con una duración aproximada de una hora. A pesar de esta brevedad, la ópera de Purcell contiene una gran fuerza escénica y  una insuperable belleza musical. El Lamento que Dido canta al morir, “When I am laid in earth” (Cuando descanse en la tierra), es uno de los momentos más hermosos y célebres de la historia de la ópera. Podemos escucharlo aquí en la voz de Tatiana Troyanos.




When I am laid, am laid in earth, may my wrongs create
No trouble, no trouble in thy breast;(bis)
Remember me, but ah! forget my fate,(bis)
Remember me, remember me, but ah! forget my fate.(bis)

Cuando descanse, descanse  en la tierra,  no causen mis errores
Ningún problema, ningún problema  en tu pecho; (bis)
Recuérdame, pero ¡ah! olvida mi destino; (bis)
Recuérdame, recuérdame, pero ¡ah! olvida mi destino. (bis)

Dido y Eneas de Henry Purcell se basa en la historia de amor,  extraída del libro IV de La Eneida de Virgilio, de la reina de Cartago, Dido, y el príncipe troyano Eneas, que ha sobrevivido a la destrucción de la ciudad y tiene la misión de fundar una nueva Troya en suelo italiano con los supervivientes que lo siguen. Cuando Eneas y su tropa naufragan frente a las costas de Cartago, él y la reina viven una apasionada historia de amor. Pero unas brujas, envidiosas de la felicidad de la reina, se confabulan y le recuerdan al héroe que debe partir porque su destino es refundar Troya. Dido se lamenta ya que no puede vivir sin su amor; sin embargo, cuando Eneas decide quedarse, ella lo rechaza, y se deja morir.


ACTO I
Escena I
Palacio de Dido: Dido, reina de Cartago, se lamenta de su desgracia, convencida de que su amor no es correspondido. Belinda, su confidente, trata de animar a la reina. (En la Eneida de Virgilio, este papel lo desempeña Ana, su hermana y amiga). Su amor es Eneas, héroe huido de Troya, que ha recibido el mandato de Júpiter de fundar una nueva Troya, que será Roma. Decide interrumpir su viaje en barco y hacer escala en Cartago para cargar provisiones (En la Eneida, Eneas y su flota naufragan en Cartago por una tormenta desencadenada por mandato de Juno, que odia a los troyanos). Al ver a Dido, cautivado, le declara su amor. El acontecimiento es celebrado con gran alegría por la prosperidad que promete esta unión a ambos reinos.

ACTO II
Escena I
Cueva de la hechicera: una hechicera y sus brujas conspiran para acabar con la unión de los dos amantes y provocar la caída de Cartago. Convocan a los espíritus y uno de ellos toma la apariencia de Mercurio para entregar a Eneas un falso mensaje de Júpiter: debe abandonar Cartago y retomar su misión inmediatamente. (Es esta la gran innovación de la ópera de Purcell: son una hechicera y sus brujas las causantes de la desgracia, envidiosas de la felicidad de la reina. En La Eneida, el propio Júpiter le recuerda a Eneas, a través de su mensajero alado el dios Mercurio, cuál es su misión; lo que provoca que el héroe abandone Cartago y a Dido en contra de su voluntad: "Italiam non sponte sequor").



"Eneas contándole a Dido las desgracias de Troya" de Pierre-Narcisse Guérin (1815)

Escena II
Bosque: la corte disfruta de un encantador día de caza cuando, de repente, se desencadena una violenta tormenta que hace regresar a la ciudad a todos menos a Eneas, que recibe la visita del falso mensajero de los dioses mensajero. Esa misma noche debe partir si no quiere enojar a Júpiter. Eneas acepta su misión, apesadumbrado, pero se lamenta por su amor por Dido, sin saber cómo explicarle su partida.

ACTO III
Escena I
Naves en el puerto: los marineros de Eneas se preparan alegremente para partir, antes incluso de que Dido conozca la inminente marcha de Eneas. Las brujas observan la escena encantadas de su maldad y prediciendo la próxima muerte de la reina Dido. Las brujas y los marineros bailan juntos.
Escena II
Palacio de Dido: Eneas intenta persuadir a Dido de que su intención no es abandonarla, tan grande es su amor, sino obedecer únicamente el mandato de los dioses. Dido, ofendida, insiste a Eneas en que cumpla con su destino y la abandone, pues ese es su deseo. Ella sabe que tras su partida sólo le queda la muerte. En su aria de despedida, “When I am laid in earth”, la palabra “recuérdame” se repite una y otra vez. Sobre el cadáver de Dido aparece un coro de Cupidos que se lamentan de tan desgraciado amor.  

El cantautor y guitarrista Jeff Buckley se atrevió en 1995 a interpretar el aria de la ópera de Purcell con su prodigiosa voz: