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domingo, 8 de octubre de 2017

sábado, 9 de septiembre de 2017

Casa de citas: Ovidio y Gautier

    El poeta Ovidio, desterrado de Roma por el emperador Augusto, en Tomis, la actual Constanza (Rumanía) a orillas del Mar Negro, escribe a su amigo Cota Máximo una larga Carta desde el Ponto (I, 5) sobre las bondades de la literatura. En su destierro tiene que esforzarse por escribir en verso, que ya no le sale espontáneamente como en su juventud antes del exilio, pero tiene que hacerlo por la paradoja de que lo más útil es lo que no tiene ninguna utilidad práctica: la poesía como consuelo de males: el que canta su mal espanta, que dice nuestro refranero popular. Y es que el verso, a la vez que nos recuerda la prosaica cárcel en la que vivimos, nos consuela y libera de ella. 

Cum bene quaesieris quid agam, magis utile nil est
 artibus his, quae nil     utilitatis habent. 
(Ovidio, Epistulae ex Ponto I, 5, v. 53-54)

Estatua de Ovidio en Constanza (Rumanía)

  Si con razón me preguntas que qué hago, no hay nada más útil
 que estas artes que no     tienen en sí utilidad.

oOo

    Dice en alguna parte Théophile Gautier: Il n'y a de vraiment beau que ce qui ne peut servir à rien; tout ce qui est utile est laid, car c'est l'expression de quelque besoin, et ceux de l'homme sont ignobles et dégoûtants, comme sa pauvre et infirme nature.” – L’endroit le plus utile d’une maison, ce sont les latrines.  
 


"No hay verdaderamente bello más que lo que no puede servir para nada; todo lo que es útil es feo, pues es la expresión de alguna necesidad, y las del hombre son innobles y repugnantes, como su pobre y enferma naturaleza. -El lugar más útil de una casa son las letrinas.”


martes, 31 de enero de 2017

Hospitalidad griega

Una palabra griega, que define como ninguna otra una de las principales características de la cultura de la Grecia antigua, es "filoxenia", que significa "hospitalidad, agasajo al huésped". La lengua griega se caracteriza por su gran maleabilidad, que la hace idónea para la creación de nuevas palabras, nuevos conceptos, nuevas ideas, lo que resulta de todo punto enriquecedor. Tal es el caso de "filóxenos", un adjetivo compuesto de "filo-" que significa "amigo" y "xénos", que quiere decir extranjero o forastero. Filóxeno, es por lo tanto, aquel  que gusta de hospedar a los extranjeros, hospitalario, acogedor; todo lo contrario, por cierto, de "xenófobo", una palabra que nos resulta más familiar. ¿Por qué será? Muy sencillo, porque nuestro mundo moderno se caracteriza precisamente por su xenofobia y no por su filoxenia o, si se prefiere, xenofilia. Nuestra sociedad es xenófoba porque tiene miedo del extranjero,  desconfía del foráneo,  al que acaba odiando y haciéndolo responsable de todos nuestros males, que no son pocos,cargando al forastero con connotaciones negativas y despectivas: forajido. 

 



Pero en la antigüedad una de las advocaciones de Zeus era precisamente el epíteto Zeus hospitalario, Zeus "xenios", el dios protector de los extranjeros, el dios de la hospitalidad. 



La leyenda de Baucis y Filemón, una pareja de ancianos pobres que vivían en una humildísima cabaña, ilustra este punto. Un día llamaron a su puerta dos extraños. Baucis y Filemón, pese a su pobreza, los recibieron invitándolos a pasar y a acomododarse. Acto seguido compartieron su mesa con los forasteros. Sobre la mesa no había grandes manjares, nada que hubieran comprado: todo procedía de su propia y modesta huerta. A punto estuvieron de sacrificar incluso el único ganso que tenían para agasajar a los recién llegados, a lo que estos se opusieron, por lo que el ganso se salvó de acabar en la cazuela. Los extraños, sin embargo, comieron y bebieron. Comían y bebían, y algo raro sucedía... El vino fluía sin fin, no se acababa nunca.

Pronto barruntaron  los ancianos anfitriones que aquellos forasteros no eran dos hombres cualesquiera, sino dos divinidades: el propio Zeus y Hermes, o, si se prefiere, Júpiter y Mercurio eran los que habían llamado a su puerta haciéndose pasar por dos extranjeros. Como antes habían recorrido toda la ciudad sin que nadie los hubiera recibido, los dioses decidieron castigarlos a todos haciendo que perecieran en una inundación, salvo aquellos dos ancianos y su humilde cabaña, que se convertiría en un templo dorado y resplandeciente. Baucis y Filemón, por su parte, llegarían a ser los guardianes del templo, y rogarían a los dioses que les concedieran el deseo de morir juntos: ambos fueron convertidos en dos árboles que crecieron a la par a la puerta del templo y se entrelazaron para siempre. 



Júpiter y Mercurio en casa de Filemón y Baucis, Rubens (1630-1633)

Esta leyenda que nos transmite Ovidio en sus Metamorfosis expresa muy bien el carácter sagrado e inviolable que entre los antiguos tenía la ley de la hospitalidad con los forasteros no hostiles, a los que se les brindaba alimentación y, si lo requerían, un lugar para pasar la noche. Todos los extranjeros y pobres estaban bajo la protección directa de Zeus, dios supremo y padre de dioses y de hombres, y cualquier persona que no acatara esta ley cometía el más abominable de los sacrilegios. Zeus, pues, protegía al fugitivo que suplicaba clemencia y amparo, y al extranjero que no poseía derechos legales, pero que gozaba como huésped del amparo que consagraba la religión.

Resulta, pues, paradójico que una gran parte de la opinión pública griega moderna, y española también,  -pero no toda afortunadamente- criminalice ahora a los extranjeros tachándolos de responsables del desempleo, de la delincuencia, del virus del Nilo occidental, de la crisis económica, de la tuberculosis, del terrorismo y de un larguísimo etcétera. Y es  sarcástico que se haya denominado en Grecia a una operación policial contra la inmigración ilegal "Zeus xenios" (Zeus hospitalario). ¿No es cuando menos irónico recordar el nombre de Zeus a la hora de detener a unas personas cuyo único delito es no tener papeles y buscar la hospitalidad de los griegos? 



No obstante, los griegos de a pie, el pueblo llano sigue siendo, pese a todos los pesares de sus gobernantes, bastante hospitalario y amable, bastante filóxeno o, si se prefiere, xenófilo. El siguiente vídeo de la Oficina de Turismo de Creta exporta esta imagen un tanto tópica, pero no por ello menos real, de la hospitalidad griega. Dicha Oficina de Turismo intenta atraer a los extranjeros ricos, a los turistas europeos, principalmente alemanes y británicos adinerados, haciendo gala de la proverbial hospitalidad griega. El vídeo, tomado de aquí, no tiene desperdicio. 


Mucho antes de que la Unión Europea frenase el éxodo de los migrantes sirios bloqueándolos dentro de la península turca de Anatolia en campos de concentración de refugiados, pagando al actual sultán de Turquía no pocos millones de euros a tal fin, miles de personas intentaban llegar desesperadamente a las costas europeas en busca de una vida mejor. 


Ya lo hicieron, en la antigüedad, sus predecesores Eneas y los troyanos supervivientes de la guerra de Troya, y, por lo tanto, víctimas de esa guerra,  que emigraron hacia Europa en busca de nuevos asentamientos.  Nadie le puso trabas entonces a su huída. Hoy a los refugiados no se les deja pasar a Europa. 

La hospitalidad es una idea griega –que aparece ya en Homero. Tanto entre los helenos como entre sus adversarios troyanos, la filoxenia es sagrada. Glauco, que es un héroe troyano, se enfrenta con Diomedes que es griego, y por lo tanto, su rival, en el canto sexto de la Ilíada (119-236). Su enfrentamiento se salda con el intercambio de presentes y los dones de hospitalidad (xeineia, en griego, xenia, en latín –regalos o dádivas que se hacen a un huésped-). Intercambian sus armas, independientemente de su valor económico, porque sus antepasados habían mantenido un lazo de hospitalidad, lo que reforzaba dicho vínculo creando una relación de amistad y hospedaje.

Copio como muestra, para corroborar lo dicho, el pasaje arriba mencionado de la estupenda traducción de la Ilíada que hace Emilio Crespo Güemes:

Glauco, hijo de Hipólico, y el hijo de Tideo
Coincidieron, ávidos de luchas, en el espacio entre ambos bandos.
Cuando ya estaban cerca, avanzando el uno contra el otro,
Díjole el primero Diomedes, valeroso en el grito de guerra:
“¡Sobresaliente guerrero! ¿Quién eres tú de los mortales?
Nunca te he visto en la lucha, que otorga gloria a los hombres,
Antes. Sin embargo, ahora estás muy por delante de todos
Y tienes la osadía de aguardar mi pica, de luenga sombra.
¡Desdichados son los padres cuyos hijos se oponen a mi furia!
Pero si eres algún inmortal y has descendido del cielo,
Desde luego yo no lucharía con los celestiales dioses.
(…)
Mas si eres un mortal de los que comen el fruto de la tierra
Acércate más y así llegarás antes al cabo de tu ruina.”
Respondióle, a su vez, el esclarecido hijo de Hipóloco:
“¡Magnánimo Tidida! ¿Por qué me preguntas mi linaje?
Como el linaje de las hojas, tal es también el de los hombres.
(…)
E Hipóloco me engendró a mí, y de él afirmo haber nacido.
Me envió a Troya y con gran insistencia me encargó
Descollar siempre, sobresalir por encima de los demás
Y no mancillar el linaje de mis padres, que los mejores
Con mucho fueron en Éfira y en la anchurosa Licia.
Ésas son la alcurnia y la sangre de las que me jacto de ser.”
Así habló, y Diomedes, valeroso en el grito de guerra,
Se alegró y clavó la pica en el suelo, nutricio de muchos,
Y dijo con lisonjeras palabras al pastor de huestes:
“¡Luego eres antiguo huésped de la familia de mi padre!
(…)
Por eso ahora yo soy huésped tuyo en pleno Argos,
Y tú lo eres mío en Licia para cuando vaya al país de los tuyos.
(…)

 Glauco y Diomedes intercambian sus armas.
Troquemos nuestras armas, que también estos se enteren
De que nos jactamos de ser huéspedes por nuestro padres.”
Tras pronunciar estas palabras, ambos saltaron del carro,
Se cogieron mutuamente las manos y sellaron su compromiso.
Entonces Zeus Crónida hizo perder el juicio a Glauco,
Que con el Tidida Diomedes intercambió las armas,
Oro por bronce, unas que valían cien bueyes por otras de nueve”.

viernes, 13 de mayo de 2016

Ifis y Yante, amores femeninos

Una de las transformaciones menos conocidas de las Metamorfosis de Ovidio es la de Ifis (IX, vv.666-797), que de mujer se convierte en varón, que puede leerse en versión original y en la traducción que hemos fabricado en versión rítmica con rimas asonantes y un comentario a modo de introducción y notas aquí.

Ligdo, un cretense que vive en la miseria más absoluta, espera un hijo de su esposa Teletusa. Desea que sea niño. En el caso de que nazca una niña, está dispuesto a deshacerse de ella por la carga económica insoportable que supondría aportar la dote de la hija a su futuro marido a la hora del matrimonio.

Una de las mujeres de una comedia de Plauto (Báquides, verso 41) exclama: miserius nihil est quam mulier: más miserable nada hay que una mujer:   En una sociedad patriarcal es una desgracia nacer mujer.  

Recordemos los relatos míticos de Pandora, y el de Eva del Génesis bíblico. La mujer es la responsable de la expulsión del paraíso en la tradición judeocristiana, y la causante de todos los males del mundo cuando no un mal ella misma según Hesíodo en la cultura clásica.

Pensemos en la legendaria Hélena de Troya, esposa del rey Menelao, como causante de la guerra. A propósito de ella comenta Horacio en sus Sátiras (I, 3, verso 3 y siguiente): nam fuit ante Helenam cunnus taeterrima belli / causa: que antes de Hélena el coño ha sido de guerra muy fiero / germen. Horacio se refiere con la mención del sexo femenino como figura retórica de sinécdoque de la parte por el todo a la mujer en general, aunque también puede entenderse en un sentido restringido y propio: la posesión del sexo de la mujer como si de una propiedad privada se tratara es causa de pelea entre los hombres, al menos de la primera guerra mundial del mundo antiguo, de la guerra por excelencia y por antonomasia, la de Troya.

 
Teletusa tiene un sueño durante su embarazo en el que se le aparece la diosa egipcia Isis en forma de Vaca Sagrada, identificada con Ío, y le ordena que críe a la niña que le anuncia que va a tener, desobedeciendo a su esposo. Nace, al cabo del tiempo, una niña y la madre se lo oculta a Ligdo, envolviendo al bebé en pañales y poniéndole un nombre, Ifis,  que cuadra a ambos sexos.

Ifis será educada como un niño. A los trece años se le impone por imperativo paterno el matrimonio con su compañera de juegos y estudios, la rubia Yante. El matrimonio en la antigüedad no era una elección libre de los novios sino una imposición familiar.  

Surge enseguida, si no lo había hecho antes, el amor entre Ifis y Yante. El amor es un sentimiento en cierto modo ajeno al sexo biológico, no brota porque nuestra protagonista haya sido educada como varón, sino porque Eros/Cupido ha herido los corazones de las dos muchachas,  nunca antes atravesados por las flechas del dios ciego y caprichoso.

El interés de esta historia radica en que es uno de los pocos testimonios literarios,  que la antigüedad nos ha dejado sobre el amor entre mujeres, si exceptuamos las decoraciones de algún vaso griego y los espléndidos versos de Safo de Lesbos, que canta la lira apasionada de esta mujer, lo que ha dado lugar a la creación del término “lesbianismo” en recuerdo de la poetisa.

 Ifis y Yante, Auguste Rodin (1890-1912)

No se puede hablar, no obstante, sin riesgo de anacronismo,  de homosexualidad masculina ni femenina en el mundo clásico porque este término es de creación moderna bastante reciente. Las palabras “homosexual” y “heterosexual” eran desconocidas antes de Krafft-Ebing y Havellock Ellis en 1897, y los conceptos que expresan son ajenos al mundo clásico. Si hablamos de ello, proyectamos unas categorías ideológicas que configuran nuestra mentalidad actual sobre un mundo que ya no es el nuestro, aunque su cultura, la cultura clásica, filtrada por la tradición judeocristiana, siga siendo la nuestra todavía. Lo cierto es que en la tradición bíblica la homosexualidad masculina se condena sin paliativos (Jehová destruye Sodoma y Gomorra porque sus habitantes quisieron violar a los ángeles del Señor, y rechazaron a las hijas de Lot que les ofreció a cambio) y la homosexualidad femenina se ignora completamente.

El conflicto se plantea porque la sociedad no reconoce estos amores femeninos como naturales, y los equipara a los de Pasífae y el toro. El poeta recrimina a la protagonista y le aconseja que abandone su locura de amor, que busque lo que es lícito y que ame lo que debe amar como mujer (ama quod femina debes), es decir que se someta a un varón que sea su dueño y señor. Ese es su deber, lo que está mandado, pero contra eso se rebela precisamente el corazón de Ifis, contra la sumisión y el papel reproductor que le impone la sociedad y contra la ley, que pretende fundarse en la naturaleza,  de que no hay hembras que amen a otras hembras. Ovidio está proyectando los sentimientos humanos sobre los animales, convirtiéndolos en lo que no son: un espejo de la sociedad humana que, por su parte,  pretende estar basada en la naturaleza.

Ifis llega a sentirse a sí misma como un monstruo por amar a Yante. Le parece que lo que ella siente, contra toda evidencia, no es natural. Pero ¿hay algo natural en la humanidad?, ¿qué es natural en el ser humano? Ifis rechaza sus sentimientos, que considera aberraciones, y los analiza tratando de comprenderse a sí misma, convirtiéndolos en lo que no son: ideas de sí mismos. Interioriza así y asume los  reproches que la sociedad le hace a ella a través del poeta.

Se acerca la fecha de la boda. Teletusa trata de aplazarla sin éxito. Finalmente le pide ayuda a la diosa Isis, que le dará a la historia un “happy end”, concediéndole la gracia del cambio de sexo a Ifis. Sólo un milagro de una dea ex machina podía obrar ese prodigio. Pero en realidad ni lo que la divinidad egipcia en el relato de Ovidio ni lo que la ciencia moderna pueden lograr con una operación quirúrgica es una solución efectiva del problema. ¿Por qué Ifis tiene que renunciar al sexo con el que ha nacido si ama y desea a otra mujer?

 La diosa Isis cambia el sexo de Ifis, grabado de J. W. Bauer

La transexualidad es ciertamente la forma más extrema de los problemas de identidad sexual, dado que alguien con un fenotipo y genotipo sexual determinados cree que pertenece psicológicamente al otro sexo, y desea cambiarse porque no se siente a gusto dentro del suyo. Se trata, por lo tanto, de una identificación absoluta con el estereotipo sexual cultural e ideológico del sexo opuesto, lo que conlleva el rechazo del sexo con el que se ha nacido.

La palabra estereotipo procede del griego stereós, que significa “sólido” y týpos ”molde”, por lo que es una idea poderosa aceptada comúnmente por la mayoría de la sociedad, lo que no quiere decir que sea verdadera. De hecho todas las ideas, pese a su realidad, son falsas.

El rechazo de un estereotipo adopta en su rebeldía la adopción de otro contrario. Las personas transexuales llegan a sentirse, según suelen afirmar, ellos mujeres dentro de un cuerpo de varón, y ellas varones dentro de un cuerpo de mujer. No comprenden en realidad lo absurdo y lo poco natural que es sentirse tanto “varones” como “mujeres” de cualquier forma y propietarios de sus cuerpos. Me sublevo, por ejemplo, contra la imposición de la masculinidad que mi sexo parece que me exige adoptando la feminidad. La rebeldía contra un estereotipo refuerza al fin el otro. Finalmente, ambos chichés resultan fortalecidos. La rebeldía se ha convertido en sumisión.

Inculcados en la niñez por una educación sexista, los estereotipos sexuales suponen una distorsión de la realidad que la mayoría de la sociedad no se cuestiona, configurando una identidad sexual real pero falsa. ¿Qué es lo propio del varón y de la mujer? ¿El azul para los niños y el rosa para las niñas?

En el caso de las mujeres y en el mundo clásico, el estereotipo femenino abocaba mayoritariamente al matrimonio y la maternidad, a la asunción de los papeles de esposa y madre, aunque le quedaba el estatuto marginal de prostituta a la que no se acomoda al esquema; en el caso de los varones el estereotipo masculino era más heterogéneo y abierto, brindándoles más oportunidades de realización.

En todo caso, si nos rebelamos contra un estereotipo, no deberíamos hacerlo adoptando otro, sino luchando contra uno y otro conjuntamente, contra ambos –y de rechazo contra todos los estereotipos habidos y por haber y contra el fetiche de la identidad– porque al fin y al cabo ni la condición masculina ni la femenina son lo naturales que parecen.



Podéis ver aquí la recreación que hizo Martin Dace de la historia de Ifis y Yante de Ovidio, basándose en dibujos de cerámica griega. El texto está en la lengua del Imperio.

lunes, 9 de mayo de 2016

Tres claros de luna

Uno.- Empezamos con un apacible claro de luna de Ovidio. Los versos que vamos a leer, dos dísticos elegíacos de hexámetro y pentámetro dactílicos, forman parte de una carta que escribe Leandro a su amada Heró, donde le recuerda cómo atravesaba a nado el Helesponto todas las noches para ir a su amoroso encuentro en la torre donde ella habitaba, guiado por el faro de su antorcha.

Nada presagia todavía la tragedia que está a punto de desencadenarse y de poner fin a esta romántica historia de amor. Pronto se desatará, en efecto, una tormenta que mantendrá alejados a los amantes durante siete días. Leandro, impaciente por abrazar a su amada, no podrá contenerse más, y se echará a nadar en la noche. 

La antorcha de su amada que lo guiaba en aquella oscuridad  sin luna se apagará sin querer de repente,al amante le fallarán las fuerzas, y las olas arrojarán su cuerpo desnudo a la playa donde se alzaba la torre de su amada Heró, que no podrá, por su parte, tolerar el dolor de haber perdido a su amado y se arrojará por el acantilado al encuentro del amor imposible y de la muerte. Pero estamos aún en la calma que precede a la tormenta...

 Heró y Leandro, Etty William (1828)

Leamos los versos en los que destacan  la imagen de la luna reflejada en el agua del mar, y el silencio de la noche quebrado sólo por el chapoteo del agua batida por el cuerpo del nadador.

Unda repercussae radiabat imagine Lunae
et nitor in tacita         nocte diurnus erat.
Nullaque uox usquam, nullum ueniebat ad aures
praeter dimotae        corpore murmur aquae.
(Ovidio, Heroínas XVIII, 77-80)


       Heró y Leandro, Loius-Marie Baader (1866)

Unda radiabat imagine lunae repercussae: El agua del mar brillaba con la imagen de la luna reflejada; et in nocte tacita: y en la noche silenciosa; erat nitor diurnus: había un resplandor diurno; nullaque uox usquam, nullum murmur: y ninguna voz por ninguna parte, ningún murmullo; ueniebat ad aures: venía a los oídos; praeter (murmur) aquae; salvo el (murmullo) del agua:  dimotae corpore; removida por (mi) cuerpo.


Centelleaba el mar reflejando el claro de luna
y en muda noche fulgor     era de luz matinal.
Ni una voz ni murmullo venía allí a los oídos
salvo el del agua que yo    iba batiendo al nadar.

Dos.- Virgilio, por su parte, nos presenta otro claro apacible de luna en el mar en estos dos hexámetros dactílicos de su épica Eneida.  El héroe, después de celebrar los piadosos ritos fúnebres por su vieja nodriza Cayeta, cuando ve el oleaje en calma en alta mar, despliega las velas y abandona el puerto... Sopla una brisa ligera que favorece la navegación y brilla la luna en el agua.


Aspirant aurae in noctem, nec candida cursum
Luna negat; splendet tremulo sub lumine pontus.
(Virgilio, Eneida, VII, 8-9)



Aurae aspirant in noctem; las brisas  soplan en la noche; nec candida Luna negat cursum: y la blanca luna no rechaza (iluminar) la travesía; pontus splendet sub lumine tremulo: el mar resplandece bajo la luz temblorosa..
                       

Sopla la brisa en la noche, y no niega, blanca, la Luna
la travesía; relumbra el mar bajo luz que tremola.

Y tres.- Y acabamos con el Claro de Luna de la suite bergamesca para piano de Claude Debussy, una delicia para el oído:

 

lunes, 13 de julio de 2015

Apolo y Jacinto



Muerte de Jacinto, de Rubens (1636-1638)

El mito de Apolo y Jacinto es un mito homoerótico muy querido por algunos pintores renacentistas y posteriores de los siglos XVIII y XIX que encontraban en la leyenda dorada griega un desahogo contra la intolerancia de la moral católica asfixiante.
 


La muerte de Jacinto, G. B. Tiepolo (1752-1753)

Cuando los artistas no podían tratar el tema de la homosexualidad masculina, porque no estaba dentro de la tradición judeo-cristiana si no era para condenarlo como en el caso de Sodoma y Gomorra, echaban mano de la mitología grecolatina, y ahí encontraban historias como esta: 
 


La muerte de Jacinto de Jean Broc (1801)

Según cuenta Ovidio, Jacinto era un joven de notable hermosura amado por el dios Apolo. Él y su enamorado jugaban a menudo a lanzarse el disco el uno al otro, como el discóbolo que inmortalizó Mirón.



 Jacinto y Apolo, Benjamin West (1771)

En una ocasión, Apolo, para impresionar a Jacinto y seducirlo con la maestría de sus habilidades, lo lanzó con tanta fuerza que Jacinto, al intentar atraparlo al vuelo en el aire, fue golpeado por él y cayó muerto de repente.



La muerte de Jacinto, Alexander A. Kiselev (1884)

Dicen que había sido Céfiro, la suave brisa alada del viento, quien enamorado del joven y rechazado por él, que prefirió a Apolo, desvió, celoso, el certero lanzamiento del dios hiriendo de muerte y matando al hermoso Jacinto.



 La muerte de Jacinto, Merry-Hoseph Blondel (1810)

Mientras agonizaba, Apolo no permitió que el dios de la muerte se llevara al muchacho consigo, sino que, de la sangre derramada del joven hizo que brotara la flor que lleva su nombre, el jacinto para inmortaliar su belleza.



 Apolo y Jacinto, Andrea Appiani (1798-1800)

viernes, 8 de mayo de 2015

Seis metamorfosis de Ovidio para oboe

Las Metamorfosis de Ovidio no sólo han tenido influencia en la literatura, la escultura y la pintura universales, lo que ya supone bastante de por sí, sino también en la música. Prueba de ello, por ejemplo,  son estas seis metamorfosis para oboe solo del compositor británico Benjamin Britten (1913-1976).

La obra recoge seis de las 246 fábulas que componen el poema de Ovidio. Britten con su música trata de evocar la leyenda de Pan y su amor por Siringe;  la tragedia de Faetón, que estrelló el carro del Sol; las lágrimas de Níobe por la pérdida de sus catorce hijos; las fiestas de Baco y sus bacantes; la historia de amor de  Narciso y Eco,  y la leyenda de Aretusa, que acabó fluyendo como una fuente.

sábado, 21 de febrero de 2015

El ciprés, símbolo fúnebre



Que el ciprés (cupressus sempervirens, árbol de follaje perenne siempre verde, de madera resistente y de larga vida) es un símbo fúnebre es algo que nadie pone en duda, acostumbrados como estamos a verlos crecer en cementerios cristianos. Ya los griegos lo consagraron a Hades, su divinidad infernal, y los romanos lo tomaron de ahí para unirlo a Plutón, dando al árbol el sobrenombre de "fúnebre" que aún conserva. El paisaje de la Toscana, sin embargo, está salpicado de innumerables cipreses ornamentales.

Campo de trigo con cipreses, Vincent Van Gogh (1853-1890)

En una célebre oda de Horacio, la dedicada a Póstumo, (II, 14), en la anteúltima estrofa, aparece ya este simbolismo. El poeta le dice a su amigo Póstumo que de todos los árboles que ha plantado sólo los cipreses, odiosos por la muerte que simbolizan, lo acompañarán en su último viaje:

Ay,  qué huidizos, Póstumo, Póstumo, ay,
vuelan los años; ni ha de poner tu fe
freno a arrugas ni a vejez que
urge, ni a muerte que no se aplaca, 

no; ni aunque cuantos días transcurran, tú,
amigo, al insensible Plutón le des
trescientas reses, quien al triple
monstruo retiene, a Gerión, y a Ticio

en triste lago, que hemos de atravesar,
sí, todos los que somos de terrenal
fruto nutridos, ya seamos
reyes o míseros aparceros.

En vano evitaremos a Marte atroz
y olas que en ronco Adriático romperán,
en vano temeremos que haga
Austro en otoño enfermar al cuerpo;

habrá que ver el negro Cocito fluir
de curso lánguido y las danaides, grey
infame,  y el  a eterna pena,
Sísifo el de Éolo, condenado.

Hay que dejar la tierra, el hogar, mujer
querida, y de árboles que plantaste ayer
no han de seguirte, efímero amo,
sino cipreses aborrecidos. 

Un sucesor más digno se beberá
tus cécubos sellados con llaves cien,
y el suelo teñirá de añejo 
vino, mejor que el de nobles cenas.

Ovidio se aprovecha de este simbolismo funerario para reelaborar un mito de transformación en sus Metamorfosis.

Érase una vez  un ciervo consagrado a las ninfas del bosque. No le faltaba de nada al animal, que correteaba y pastaba tranquilamente y libre en la naturaleza, respetado y admirado por todas las criaturas. Su deslumbrante presencia no podía pasar desapercibida ni dejar indiferente a nadie. Sus cuernos brillaban como el oro bruñido a la luz de los rayos del sol; y colgaban de su torneado cuello collares de ristras de diamantes; una cinta de plata, ceñía su frente, de la que pendían pequeñas perlas, que se movían graciosamente a juego con las dos grandes perlas de sus orejas.

El ciervo se dejaba acariciar sin temor por cualquier persona; pero sin duda, con quien más congeniaba era con Cipariso, su mejor amigo, el efebo más hermoso de la isla griega de Ceos. El muchacho acompañaba al ciervo en sus correrías, llevándolo a los manantiales más limpios a beber las aguas más cristalinas y puras y a pastar a los mejores sotos y prados; le hacía guirnaldas de flores que colgaba de sus relucientes astas y, a menudo, montaba sobre su lomo como si se tratara de un caballo. Ambos, el ciervo y el niño, eran las dos más perfectas encarnaciones de la belleza que uno pudiera hallar en aquella pequeña isla, y aun en muchas otras a la redonda.

Cipariso salió un día de caza con su amigo el dios Apolo. Apolo era, además de íntimo amigo, también su amante. Pues a este dios de las artes, y especialmente de la música, no le pasaba desapercibida la belleza sin parangón de Cipariso, del que se había apasionadamente enamorado y con quien procuraba pasar la mayor parte de su tiempo. Divisó Cipariso un bulto detrás de unos arbustos y lanzó contra él su jabalina. Corrió a ver la pieza que había cobrado. El arma del joven cazador había herido de muerte al ciervo consagrado de las ninfas, su ciervo.

Nada pudieron hacer ni Apolo con sus poderes divinos, sus conocimientos médicos y su amor por el muchacho, ni Cipariso, que lloraba desconsolado aquella muerte accidental, deseando, él mismo, la suya propia, culpable como se sentía. Tampoco consiguió Apolo sacar de la cabeza de Cipariso su deseo de morir. El agraciado y ahora desgraciado joven quedó de rodillas, derramando lágrima tras lágrima sobre el cadáver de su amado ciervo, y le suplicó al dios que le dejara llevar luto durante todo el tiempo del mundo por la trágica muerte . Muy triste y apenado quedó Apolo, por la pulsión de muerte de su amigo y amado inconsolable, y con voz honda y profunda pronunció estas palabras: ―Luto serás desde ahora y consuelo del alma doliente.

 Apolo y Cipariso, Claude-Marie Dubufe (1790-1864)



El dios, mal de su grado, aceptó su ruego y convirtió al lindo muchacho en el árbol que lleva su nombre como recuerdo: Kyparissos, Cupressus, Ciprés, relacionado con el duelo y el dolor por los seres queridos, árbol fúnebre donde los haya ya para los romanos, que crecerá en todos los cementerios como símbolo de la perennidad de la muerte.

lunes, 16 de febrero de 2015

Metamorfosis, adaptación cinematográfica de Ovidio

Métamorphoses es una película francesa de Christophe Honoré, estrenada en el festival de Venecia de 2014, que acaba  de editarse en formato DVD en Francia, después de su exhibición en las salas cinematográficas. Basada en el poema épico de temática mitológica de Ovidio del mismo título, es una adaptación contemporánea de algunos de sus mitos,  caracterizados porque sus protagonistas sufren una trans-forma-ción (meta-morfo-sis, en griego) en plantas, animales o minerales.

 

Esta es la sinopsis de la película,  extraída de la página del Festival de Cine Internacional de Gijón: Una soleada mañana, a la salida del Instituto, la inocente estudiante Europa traba contacto con un misterioso camionero. Sin conocerlo absolutamente de nada lo sigue hasta un descampado en las afueras. Allí hacen el amor. Él es joven y guapo; se llama Júpiter, como el dios de dioses. Para enamorar a la chica, cuenta fabulosos relatos encadenados donde las divinidades viven mágicas historias de amor con seres humanos. El primero es el caso de la desaparecida vecina Ío, mutada en becerra por él mismo, tras haberla seducido, para escapar de la ira de su celosa mujer Juno. Atónita, pero no asustada, Europa no sabe si tan seductor individuo es atractivo como un dios o si sencillamente está loco de remate. ¿Acaso importa? Las buenas historias, verdaderas o falsas, embellecen el mundo. Europa decide creer a Júpiter. De su mano descubre una vida nueva en la que los poderosos dioses, libres y errantes, piden limosna a fin de contrastar la buena voluntad de las gentes. Entretanto, continúa produciéndose el juego de las metamorfosis de las formas en otras nuevas; igual que en el colosal poema mitológico de Ovidio, aquí transpuesto a la actualidad. 

 


jueves, 20 de noviembre de 2014

Píramo y Tisbe


Ovidio nos ha transmitido la trágica historia de amor de Píramo y Tisbe (Metamorfosis, libro IV, versos 55-166) una trama similar a la que tendrá posteriormente Romeo y Julieta de William Shakespeare, quien,  si no se inspiró directamente en ella, pues se basó en la novela  Los amantes de Verona de Mateo Bandello,  un escritor italiano renacentista,  la tomó al pie de la letra para incluirla como interludio dramático -teatro dentro del teatro- en el Sueño de una noche de verano, la pieza  que interpretan los artesanos para diversión  de los invitados a las bodas de Hipólita y Teseo. 

Píramo y Tisbe son dos jóvenes de extraordinaria belleza -Pyramus et Thisbe, iuuenum pulcherrimus alter,  / altera, quas Oriens habuit, praelata puellis, según Ovidio: Píramo y Tisbe, de jóvenes él el más agraciado,  / ella,  a las mozas que tuvo el Oriente, la preferida-    que viven en dos casas contiguas en Babilonia, separados por un muro en el que se abre una grieta por la que los enamorados pueden comunicarse. Sus amores no son consentidos por sus padres, que prohibieron así un amor que no deberían haber prohibido.

 Viñeta del cómic Metamorphoses, de Rubricastellanus

Cuando la pasión del amor se hace tan fuerte entre los jóvenes que el muro ya no puede separarlos, deciden huir de casa y encontrarse en el bosque, junto a la tumba del legendario rey Nino, fundador de Nínive y esposo enamorado de Semíramis, que le sucedió en el trono, debajo de una morera o moral. Tisbe es la primera en llegar y se encuentra con un león que acaba de matar a su presa, por lo que huye despavorida y pierde su manto en la huida; el león desgarra, destroza y mancha con su boca ensangrentada el manto de Tisbe. Llega después Píramo y descubre el manto ensangrentado de Tisbe. Sospecha que el león ha devorado a Tisbe, lamenta haber llegado tarde y en un alarde trágico se quita la vida ante la pérdida de su amada. Tisbe sale entonces de la cueva donde se había refugiado y descubre el cadáver de su amado Píramo, y, considerando que ella ha sido la causa de su muerte, se suicida. A partir de entonces la morera o moral, que hasta entonces había dado moras blancas, tiñe sus frutos del rojo color de la sangre. Los padres acaban guardando las cenizas de los dos amantes en una urna común.
 
Píramo y Tisbe, de Pierre-Claude Gautherot (1799)


He aquí como ilustración de la historia ovidiana una rara singularidad: un vídeo nada más y nada menos que de los legendarios Beatles interpretando la trágica historia de Píramo y Tisbe del Sueño de una noche de verano de W. Shakespeare. El vídeo está subtitulado en castellano y coloreado. La versión original es en blanco y negro y  data de 1964. En abril de ese mismo año, recién llegados al Reino Unido tras su primer viaje a los EEUU y  en plena beatlemanía, el grupo no le hizo ascos a interpretar con una envidiable desvergüenza y no poco desenfado esta pieza que no deja de ser una bufonada para televisión. 

John  Lennon (el tercero por la izquierda) interpreta el personaje femenino de Tisbe, McCartney hace de Píramo (el primero), George Harrison (segundo) es el Rayo-de-Luna y Ringo Starr (el último) encarna al León. La historia del amor no imposible pero sí prohibido de Tisbe y Píramo fue tomada en préstamo -no vamos a decir robada, que quedaría muy mal-  por el dramaturgo inglés a Ovidio y fue la inspiración sin duda para Romeo y Julieta. Si Ovidio cobrara derechos de autor, que no los cobra, sería multimillonario.