miércoles, 8 de marzo de 2017

Mil y más besos no pueden bastarle a Lesbia

(Con motivo del día de la mujer, reproduzco por su interés el artículo de Eva Cantarella publicado por el periódico italiano Il corriere della Sera el 4 de marzo de 2016, en traducción castellana propia).

Basta citar su nombre –Lesbia– y de pronto, inevitablemente, el pensamiento va a Catulo y a los mil besos (y después mil más, y otros mil todavía) que el poeta le pide, en los momentos más felices de su amor. Que la mujer llamada con este nombre deba su fama al hecho de que el joven poeta se hubiese enamorado perdidamente de ella es algo indiscutible. Así como el hecho de que a él le deba ella la fama de mujer voluble e infiel. Pero ¿cómo era, verdaderamente la mujer que inspiró algunas de las más bellas poesías de amor jamás escritas? Para intentar entenderlo empezamos identificándola: su verdadero nombre era Clodia, y era ciertamente una mujer muy bella y muy fascinante: el tamaño y el brillo de sus ojos era tal –decía toda Roma– que amigos y enemigos la llamaban Boopis “ojos grandes” (literalmente “de ojos de novilla”, el mayor cumplido de entonces).

 Lesbia, imaginada por John Reinhard Weguelin (1849-1927)


En los límites de la depravación. Nacida alrededor del 94 a. C., la llamada Lesbia era hermana de Clodio, ex tribuno y jefe de una banda que apoyaba la política de los populares, y en particular de César. En fecha imprecisa se había casado con un político muy conocido, Quinto Cecilio Metelo Céler, y poco después de la muerte de estos, en el 59, había conocido a Catulo, casi diez años menor que ella, en cuya obra se basan tradicionalmente los intentos de conocerla. Pero Catulo, de Clodia, estaba locamente enamorado y al mismo tiempo locamente celoso: convencido (probablemente no a propósito, se diría) de haber sido traicionado, como dice un célebre verso suyo, al mismo tiempo la amaba y la odiaba (odi et amo). No era y no es, en suma, una fuente objetiva. Asimismo está muy lejos de ser objetiva la otra fuente importante que podemos consultar, es decir, Cicerón. Por razones no sólo distintas, sino opuestas a las de Catulo: la enemistad, en este caso, estaba ligada –en primer lugar– al hecho de que el enemigo político más odiado de Cicerón era el hermano de Clodia. En la ciudad, además, se decía que esta había intentado cortejar a Cicerón, buscándole problemas con su mujer Terencia. Si damos crédito a Plutarco, de hecho, Terencia “llegó a odiar a Clodio por culpa de la hermana de éste Clodia, que habría querido casarse con Cicerón” (Plut., Cic., 29). Cotilleos, cierto, que dan sin embargo la idea de relaciones por lo menos decididamente difíciles. Y a todo esto se añade el hecho de que, en el 56, Cicerón defendió en juicio a Celio Rufo, ex amante de Clodia, acusado entre otras cosas de haber intentado cometer un homicidio. Clodia, en este proceso, había sido llamada como testigo, porque había acusado a Celio de haberle robado joyas y de haber intentado después matarla. Las razones para dudar de la imparcialidad del retrato con negras tintas que hace Cicerón de ella son del todo evidentes. Pero volveremos sobre Cicerón.

 Lesbia y su gorrión, sir Edward John Poynter (1836-1919)


Comenzamos por Catulo. ¿Es la historia que nos cuenta la de un amor verdadero? Según algunos, sus versos serían el fruto de una imaginación poética, que describe el objeto de su amor basándose en modelos literarios. Por consiguiente, reconstruir el personaje de Clodia a partir de sus poesías sería imposible. Pero a mí me parece que si se debe desconfiar de Catulo no es porque no describa un amor verdadero. A Catulo no puede tenérselo en cuenta, más bien, porque es un enamorado que no acierta a comprender a la mujer que ama. Y es necesario admitir que Clodia debía ser una mujer difícil de entender no solamente por él, y probablemente por cualquier otro hombre de la época, sino quizá también por muchos hombres bastante más cercanos a nosotros en el tiempo. Es por esto mismo, porque no acierta a entenderla, por lo que Catulo la insulta, describiéndola a veces como un personaje en los límites de la depravación. Clodia, en definitiva, es un topos, pero no necesariamente literario. Es el estereotipo, bien arraigado en la mente masculina, de la mujer que rechaza o elude cualquier pretensión de exclusividad. La historia que emerge de las poesías de Catulo es la de la total incomprensión, que por otro lado no impide a los dos amantes vivir momentos de intensísima pasión. Para demostrarlo basta el celebérrimo, bellísimo poema de los mil besos: “Lesbia mía, vivamos, nos amemos, / y el gruñir de los serios personajes  / en total nos importe dos ochavos. / Soles pueden ponerse, y vuelven soles: / al ponérsenos esta lucecita, / una noche a dormir nos queda eterna. / Dame besos, y  mil, y luego ciento, / luego mil otra vez, de nuevo ciento...  (traducción de Agustín García Calvo, como las que siguen). Pero con la pasión se alternan enfriamientos y abandonos que a veces parecen definitivos: “Triste Catulo, deja de hacer el tonto, / y lo que ves perdido, perdido sea... / ¡Adiós, la niña!: ya Catulo está firme, / ni ha de buscarte ni rogarte a la fuerza…” Pero las proposiciones no duran mucho: “La odio y la quiero. Que cómo lo hago acaso preguntas. / No lo sé, siento que así pasa y martirio me da”. Hay momentos en los que Catulo acusa a Lesbia de traiciones repetidas, describiéndola como entregada a todos los vicios: lujuriosa, inmoral, hambrienta de placer y de poder. Pero depurados del veneno de los celos y de las incomprensiones, de los versos de Catulo surge una mujer que –diríase– lo amó a su vez: a su manera, pero no como quería Catulo. Lo amó como ama una mujer independiente, y aun se diría, feliz de vivir; quizá cruel, pero a la manera en que lo son los enamorados, voluntaria o involuntariamente. Las infamias de las que Catulo acusa a Lesbia entran en el cuadro y en el juego que a menudo contrapone a dos combatientes en una guerra de amor. Uno demanda amor eterno y exclusivo, otro ofrece un amor si no ocasional, menos comprometido. Sucedía y sucede.

  La lectura o Catulo y Clodia, Giulio Aristide Sartorio (1860-1932)



Detrás del estereotipo de la devoradora de hombres, en definitiva, parece vislumbrarse una figura real: una mujer fuerte, autónoma y, en el amor, ciertamente voluble: tanto durante como después de la relación con Catulo, terminada la cual se convierte en la amante de Celio Rufo. Y es sobre esa fase de su vida donde tenemos el testimonio de Cicerón (de cuya hostilidad y sus razones ya hemos apuntado), al que el proceso contra Celio Rufo le ofreció la posibilidad de destruir definitivamente la imagen de Clodia. De grandísimo abogado como era, Cicerón, ante los jueces, trafulcó la verdad. De testigo de la acusación, Clodia se convirtió en la acusada.


Las acusaciones de Clodia a Celio, dijo Cicerón, eran falsas: ¿cómo se podía dar crédito a una mujer como ella? Una mujer que apenas muerto su marido se había dado a la dolce vita, frecuentando a las personas más indignas. Su casa de Roma, las propias calles eran testigos de una conducta desvergonzada. ¿Cómo podían los romanos permitir que uno de sus mejores conciudadanos (como hábilmente presentó a Celio) fuese víctima de una venganza desleal, urdida por una mujer incalificable? Celio fue absuelto. De Clodia, que entonces tenía treinta y ocho años, a partir de ese momento no se tiene ya noticia. 



Catulo leyendo sus poemas en casa de Lesbia, sir Lawrence Alma Tadema (1836-1912)

 Una viuda fuera del tiempo. ¿Qué conclusión sacar, a la luz de estos testimonios, sobre ella? Una cosa, una sola cosa parece cierta: Clodia-Lesbia era una mujer radicalmente distinta del modelo femenino que los romanos proponían a sus mujeres desde el inicio de su historia. No era (como Lucrecia o como Virginia) una mujer llena de todas las virtudes: silenciosa, obediente, hija, mujer y madre ejemplar, pronta a morir para defender su honor… Por no hablar de su radical diferencia de la imagen de la viuda. Para los romanos, la viuda perfecta era la que limitaba en brevísimos tiempos la duración de su viudedad, suicidándose inmediatamente, o poco después de la muerte del marido. Así había hecho la viuda republicana por excelencia, la célebre Porcia (a la que sus padres y amigos le habían quitado las armas con las que pudiera matarse) había resuelto el problema engullendo carbones ardientes. A celebrar su gloria había llegado incluso un autor como Marcial, no poco crítico normalmente con el comportamiento (para él deshonesto) femenino: “Cuando Porcia se enteró de la muerte de su esposo Bruto / y el dolor buscaba las armas que le habían sustraído, “¿todavía no sabéis?” dijo “que no se puede prohibir la muerte? / Creía que mi padre con su muerte os lo había enseñado.” / Terminó de hablar y con ávida boca se tragó brasas ardientes: / ¡ven ahora y niégame, turba importuna, la espada! ”. Tratando de concluir: lo que sabemos con certeza de Clodia es que rechazó parecerse a los modelos que le eran impuestos, y que la cosa no le fue perdonada. Por nadie. En vida y durante mucho tiempo después de su muerte.


(Eva Cantarella, Sette, Il corriere della Sera, 4 marzo 2016)

miércoles, 1 de marzo de 2017

El Diario de un Pringao o Un muchacho en apuros, en latín.

Jeff Kinney es un escritor estadounidense contemporáneo, autor del Diary of a Wimpy Kid, traducido en España como El diario de Greg, la historia de un adolescente que comienza la educación secundaria y se envuelve en no pocos problemas y situaciones cómicas. Greg Heffley es un chico que podríamos considerar normal, si tomamos como modelo de normalidad, por ejemplo, a Bart Simpson: una personalidad egocéntrica, fantasiosa y perezosa, un antihéroe simpático y a la vez antipático, que se pone en aprietos a sí mismo y a los demás por su falta de madurez y sentido social, cuyo entretenimiento favorito son, no podía ser otro, los videojuegos. 


No es sólo un libro para un público infantil y juvenil, sino también para adultos interesados en entender a los preadolescentes. Con un lenguaje sencillo, trata de reflejar y criticar la sociedad actual, riéndose con cierta amable acidez de instituciones como la familia y la escuela.

 Claudio zoquete. Autor, Gregorio Heffley.
- ¡Hola! Mi nombre es Claudio.
-¡No! Tu nombre es Mente Cato.

Del primer libro, Un pringao total, también conocido como Un chico en apuros, aparecido en 2006, se vendieron en España cuatrocientos mil ejemplares, y setecientos mil de los nueve siguientes diarios.

Este personaje con su diario ha traspasado confines geográficos y barreras lingüíssticas. Publicado en 51 países y traducido a 44 linguas, con cerca de 150 millones de ejemplares vendidos, millones de niños y niñas de todo el mundo conocen de memoria las aventuras de este su antihéroe.

-Ea. ¡Hola! Mi nombre es Mentecato.


Convertido en poco tiempo en un clásico, no era de extrañar que, después de todo, alguien hiciera una traducción del inglés original a nuestra entrañable lengua clásica muerta. Y este alguien ha sido monseñor Daniel B. Gallagher, latinista de lengua inglesa, encargado del perfil latino de Twitter del actual santo padre de la iglesia católica. Gallagher ha traducido a la lengua ciceroniana el lenguaje de los muchachos de hoy del Diary of a Wimpy Kid de Jeff Kinney, bajo el titulo de Commentarii de Inepto Puero con gran acierto, utilizando un latín común y cotidiano, casi plautino, además de numerosos neologismos, exclamaciones y expresiones coloquiales y jergales del lenguaje contemporáneo y vulgar adaptadas no sin cierta gracia.

-¡Bravo!

En palabras del monseñor: “Mi mayor deseo es que esta traducción latina llegue a gustar a los apasionados del latín en todo el mundo. No se leerá como a Cicerón, pero espero que acierte a demostrar que todo puede decirse en latín –omnia possunt dici Latine- hasta las desafortunadas pero esencialmente felices aventuras de una pequeña nulidad como Greg Heffley”. 


La etimología de "mentecato" es mente captus, de mens mentis "mente" y captus, participio de perfecto del verbo capio, "tomado", por lo tanto un mentecato es alguien que ha sido privado de inteligencia y razón, literal y propiamente "que ha sido cogido de la mente". La palabra entró en castellano según el maestro Corominas en 1570. Posteriormente derivaron de ella "mentecatería" y "mentecatez".   La academia define este adjetivo como "tonto, fatuo, falto de juicio, privado de razón, de escaso juicio y entendimiento". La palabra existe también en italiano con el significado parecido de  desequilibrado, tonto, imbécil, usado con sentido injurioso. Gabrielle d´Annunzio escribió, por ejemplo, "la vecchia Europa avara e mentecatta": la vieja Europa avara y mentecata.
 



lunes, 27 de febrero de 2017

La leyenda del rey Midas

La leyenda popular del rey Midas contaba que un día el monarca se encontró casualmente con Sileno, un sátiro perdido en el bosque y adormilado tras una monumental borrachera.  Sileno era muy feo, de nariz achatada y mirada de toro, entrado en bastantes años, tenía una prominente barriga y se le solía representar a lomos de un asno sobre el que se sostenía a duras penas por su estado de constante embriaguez.

El rey Midas lo recibió hospitalariamente y, después de arrancarle el secreto de la sabiduría que poseía, quizá un socrático "sólo sé que no sé nada",  lo devolvió al cortejo báquico de Dioniso, el dios del vino, al que pertenecía y del que se había extraviado. El dios, como recompensa, le pidió que le formulara un deseo, y el monarca pidió que todo lo que tocara se convirtiera en oro. El dios accedió, y el rey volvió contento a palacio, poniendo a prueba el don recibido. Todo lo que palpaba, efectivamente, se convertía en oro: las piedras del camino, los frutos de los árboles...

Todo marchaba bien hasta la hora de la comida. Cuando Midas quiso llevarse a la boca un mendrugo de pan, encontró sólo un pedrusco de oro al que no pudo hincarle el diente, y, de modo análogo, el vino se convertía en finísimo polvo de oro que no podía apagar su sed.

Hambriento y sediento, privado diríamos de los dos elementos fundamentales de la cultura mediterránea, que son el pan y el vino (y que en la eucaristía cristiana son ni más ni menos que el cuerpo y la sangre de Cristo respectivamente), asociado el  primero a la diosa Ceres (o Deméter, según el nombre griego de la madre del pan) y el  segundo al propio Dioniso o Baco, el rey Midas le pide al dios que le haga el favor de retirarle el pernicioso don que le había concedido, como si hubiera comprendido que hay dos tragedias en la vida humana, como dirá Oscar Wilde muchos años después: una que no consigamos lo que queremos, y otra, no menos trágica que la primera, que lo logremos.

En la reelaboración que hace Nathaniel Hawthorne de la leyenda del rey Midas, que tituló The golden touch (El toque de oro), incluida en su A Wonder-Book for Girls and Boys (publicado en 1851), la hija del rey, llamada Marygold, se convierte en una estatua de oro cuando su padre corre a abrazarla y a decirle a la princesa, alborozado, lo inmensamente rico y lo feliz que es porque todo lo que toca se convierte en oro puro,  como representa esta ilustración de Walter Crane (1893). La alquimia de convertirlo todo en oro, según sugiere Hawthorne, no sólo mata a las cosas, sino que también priva de vida a las personas que queremos.
 
Viene este cuento en su versión clásica y en la moderna de Hawthorne a ser una preciosa reflexión sobre el tiempo y el dinero, que eso es lo que simboliza el oro. Y esta reflexión viene muy a cuento en estos tiempos de crisis económica y a la vez política, en los que el tiempo es oro (time is money, pero al revés también, money is time).  Si todo lo que tocamos se convierte en dinero (cosas y personas),  lo rentabilizamos, efectivamente, como hacía el Rey Midas y como haría cualquier ejecutivo, hombre de negocios o banquero de hoy día,  pero en ese mismo proceso estamos dando muerte a las cosas y a las personas que cosificamos y trocamos por dinero, convirtiéndolas en lo que no son,  moneda de cambio.

La gente dice a veces que el dinero no da la felicidad, pero que ayuda a conseguirla comprándola. Es mentira, porque uno posee lo que se vende y se compra, pero no lo disfruta, ya que la condición para disfrutar de una cosa es no poseerla: O la tienes o la gozas,  pero no puedes tenerla y gozarla a la vez. Es imposible.

Según la interpretación freudiana, además,  el oro simboliza la mierda. En las primeras etapas de la vida de los niños, la caca es una sustancia muy apreciada como fruto que es de la satisfacción de la pulsión coprófila: es el primer regalo que hacen los niños a sus padres y que para ellos es un tesoro. La represión de la pulsión coprófila hará que se demonicen las heces. La educación hará que se desprecie la mierda: "Es caca". Se le dice al niño. No lo toques. Pero esa coprofilia infantil, ese interés que tenía el niño por sus propios excrementos, se sublimará y transferirá a otro material, al oro, que la vida le enseñará que es lo que vale y lo que cuenta, lo que hay que conseguir porque es lo que realmente importa, proque es su futuro: "Tanto (oro) tienes, tanto vales".  Este descubrimiento se revela a veces en el mundo onírico de los sueños, donde aflora lo prohibido, como estudiaron el propio Sigmund Freud y Oppenheim en el folklore europeo (Sueños en el folklore, 1911). Freud afirma que en la antigua Babilonia el oro era la caca del infierno, identificando el excremento con el vil metal, que es paradójicamente el metal más noble, de donde nos vienen expresiones como "aurea aetas", que es la Edad de Oro en el mito hesiódico y ovidiano de las edades, en la que no existía el dinero, porque precisamente su existencia caracteriza nuestra edad, que no es la Edad de Oro, sino la Edad de Hierro.

Lo que nos enseña la vieja leyenda dorada del rey Midas es que el dinero no solamente no nos da ninguna felicidad, sino que nos quita la poca que podíamos tener,  y las preocupaciones que da nos quitan las ganas de disfrutar de los gozos de la vida. A fin de cuentas, el dinero no sólo no acaba dándonos la dicha sino que, encima, nos arrebata además la poca que teníamos,  conjurando la desdicha. El precio que les ponemos a las cosas hacen que estas pierdan su sabor, que el pan deje de saber  y que el vino pierda su alegría.   



"Me hice de oro pero a veces añoro mi anterior estado humano". Dice el texto de la viñeta de El Roto publicada en El País, una versión moderna de la leyenda del rey Midas.

viernes, 24 de febrero de 2017

La hora de la siesta

Lewis Mumford, en su ya clásico libro “Técnica y civilización” de 1934, afirmaba , hablando de la invención del reloj mecánico en la Edad Media, que sustituyó con su precisión matemática a los toscos horologios solares y a las clepsidras que usaban griegos y romanos, lo siguiente:

“En todo caso, hacia el siglo XIII existen claros registros de relojes mecánicos, y hacia 1370 Heinrich von Wyck había construido en París un reloj “moderno” bien proyectado. Entretanto habían aparecido los relojes de las torres, y estos relojes nuevos, si bien no tenían hasta el siglo XIV una esfera y una manecilla que transformaran un movimiento del tiempo en un movimiento en el espacio, de todas maneras sonaban las horas. Las nubes que podían paralizar el reloj de sol, el hielo que podía detener el reloj de agua de una noche de invierno, no eran ya obstáculos para medir el tiempo: verano o invierno, de día o de noche, se daba uno cuenta del rítmico sonar del reloj. El instrumento pronto se extendió fuera del monasterio; y el sonido regular de las campanas trajo una nueva regularidad a la vida del trabajador y del comerciante. Las campanas del reloj de la torre casi determinaban la existencia urbana. La medición del tiempo pasó al servicio del tiempo, al recuento del tiempo y al racionamiento del tiempo. Al ocurrir esto, la eternidad dejó poco a poco de servir como medida y foco de las acciones humanas. El reloj, no la máquina de vapor, es la máquina clave de la moderna edad industrial”.


Los romanos dividían el día en doce horas. Dividían así el tiempo en que la luz del Sol iluminaba la Tierra, desde el amanecer hasta el ocaso.  Pero estas doce horas no duraban, como en la actualidad, 60 minutos. De hecho, la precisión actual (60 minutos y 3600 segundos) arranca, según Mumford, de mediados del siglo XIV: "Alrededor de 1345, según Thorndike, la división de las horas en sesenta minutos y de los minutos en sesenta segundos se hizo corriente."


En la antigua Roma no existía esa precisión, y de hecho, las horas no duraban lo mismo en invierno que en verano. Sólo en los equinoccios de primavera y otoño las horas se aproximaban a lo que son las nuestras hoy. Repárese en la palabra equinoccio: está compuesta de "aequus -a -um" que significa igual (de ahí equitativo y ecuación) y de "nox noctis", que queire decir noche


El día comenzaba al amanecer y finalizaba, como es lógico, con la puesta de sol, por lo que un día de verano, pongamos que cerca del solsticio estival, las doce horas de luz durarían, según unos sencillos cálculos matemáticos,  unos 75 minutos, mientras que en invierno durarían solo 45 minutos, por lo que las horas del verano duraban una hora y un cuarto, mientras que las invernales sólo duraban tres cuartos de hora.


Para decir la hora que era usaban el número ordinal, no el cardinal como nosotros, por lo que tenían las siguientes doce horas: prima, secunda, tertia, quarta, quinta, sexta, septima, nona, octava, decima, undecima, duodecima hora.  Entre la hora sexta y la séptima se hallaba el MERIDIES o medio día, palabra compuesta de *MEDIUS DIES, que los ingleses utilizan en acusativo para especificar la hora con las preposiciones latinas ANTE MERIDIEM y POST MERIDIEM. 


La hora SEXTA era la hora de máximo calor, por lo que después de comer había que SESTEAR, es decir, echarse una SIESTA y descansar entregándose a un leve sueño reparador a ser posible al amparo de la furia de los rayos del sol. Era la hora de la SIESTA. En verano en torno al mediodía, dado que amanece muy temprano.


 


Las horas de la noche sólo podrían computarse con relojes de arena o de agua, y su cómputo sólo era necesario con fines militares, por eso la noche se dividía, como creo que suele hacerse ahora todavía en los cuarteles en cuatro períodos de guardias llamados "imaginarias" (uigiliae en Roma, philakaí en Grecia), que durarían aproximadamente unas tres horas en verano.  La MEDIA NOX se producía entre la TERTIA y la QVARTA VIGILIA.


Mumford, un poco más adelante, reflexiona:  "El tiempo cobra el carácter de un espacio cerrado: puede dividirse, puede llenarse, puede incluso dilatarse mediante el invento de instrumentos que ahorran el tiempo. El tiempo abstracto se convirtió en el nuevo ámbito de la existencia. Las mismas funciones orgánicas se regularon por él: se comió, no al sentir hambre, sino impulsado por el reloj. Se durmió, no al sentirse cansado, sino cuando el reloj nos exigió."

 
Como dijo Antonin Artaud, el poeta maldito, cuando inventaron el reloj “nos hicieron esclavos de nuevo”. Pero él sabía mejor que nadie que en realidad nunca habíamos dejado de ser esclavos, y quizá nunca seríamos libres.  Nos sacaron el grillete de los tobillos y nos pusieron las esposas en las muñecas. El reloj de pulsera y el calendario, que se inventaron para medir el paso del tiempo, que es imposible porque es un continuo,  y por lo tanto es falso que se pueda dividir, acabaron creándolo y haciéndolo real, ordenándolo, dividiéndolo y subdividiéndolo, y esclavizándonos a nosotros a sus despóticos dictados.


martes, 21 de febrero de 2017

VLTIMA QVADRATA MAGICA

IX
V R B S
R V I T
B I G A
S T A T


I - Roma

II - fluunt / fluit , ruunt / ____

III – IV (quadriga), III (triga), II (____)

IV – dant / dat : stant /____

 



X
O V I S
V E T O
I T E R
S O R S


I- Ouicula est una ____ parua

II- Prohibeo.

III – Alius id facit pedibus, alius in equo...

IV – Bona uel mala esse potest.



XI
H O M O
O L E S
M E N S
0 S S A



I.- ____ homini lupus.

II – Ego oleo, tu ____

III - ____ sana in corpore sano.

IV – tibia, spina dorsi, caluaria, uertebrae sunt...


XII
L V P A
V R O R
P O S T
A R T E


I – Mammas Romulo et Remo praebuit.

II.- Me amant / amor ; me urunt / ____

III - P.M. =____ meridiem.

IV – Ars artis (abl sing.)

sábado, 18 de febrero de 2017

La rueda de la fortuna

La Fortuna suele representarse en la Edad Media como una mujer de gran estatura y majestad, –acorde con la importancia semidivina que se le daba en la antigüedad  romana- a menudo coronada como reina, que hace girar con una manivela una noria: la rueda de la fortuna, con la que reparte penas y alegrías, éxitos y fracasos. Aunque hay muchas versiones gráficas de esta rueda, la más común suele presentar cuatro figuras humanas encaramadas en la rueda que no reflejan, como podría parecer a primera vista, a cuatro personas distintas, sino a la misma persona en cuatro etapas diferentes de su vida cronológicamente ordenadas.  

 La Rueda de la Fortuna

La figura de la izquierda, a media altura y en raudo ascenso, suele ir acompañada de la palabra latina REGNABO (reinaré); la segunda, colocada en lo alto de la rueda y coronada y sentada en un trono, suele llevar el cartel de REGNO (reino, estoy reinando); la tercera, a la derecha y en claro descenso, la leyenda REGNAVI (he reinado, reiné),  y en la posición más baja de la rueda, la figura humana yace derribada con el texto SVM SINE REGNO (estoy sin reino).

 Rota Fortunae

La primera mención literaria de esta rueda que gira veloz y conforma el destino de la humanidad aparece quizá en la Consolación de la Filosofía de Boecio, que es un diálogo en prosa y verso, escrito en el siglo V después de Cristo en latín en cinco libros, entre un prisionero condenado a muerte y la Filosofía, personificada como una dama noble, que lo consuela de un modo estoico antes de su ejecución a fin de que asuma resignadamente su destino fatal. 

Leemos en Boecio (Consolación de la Filosofía, libro segundo, prosa primera, 18-19): Fortunae te regendum dedisti, dominae moribus oportet obtemperes. tu uero uoluentis rotae impetum retinere conaris? at, omnium mortalium stolidissime, si manere incipit fors esse desistit.

Te entregaste a la fortuna para ser dirigido por ella, conviene que te adaptes a las costumbres de tu señora. ¿Intentas tú de verdad detener el ímpetu de su rueda giratoria? Ah el más necio tú de todos los mortales, si la Fortuna empieza a quedarse quieta deja de ser la suerte que es. 

 La Rueda de la Fortuna,  Edward Burne-Jones (1883)

Más adelante leemos lo que le dice la propia Fortuna, con un plural mayestático, al condenado (íbidem, prosa segunda, 9-10): haec nostra uis est, hunc continuum ludum ludimus: rotam uolubili orbe uersamus, infirma summis, summa infimis mutare gaudemus. ascende si placet, sed ea lege, ne uti cum ludicri mei ratio poscet descendere iniuriam putes. an tu mores ignorabas meos? 

Esta es nuestra fuerza, jugamos a este juego continuo: movemos una rueda de giro voluble, nos alegramos poniendo lo de abajo arriba, lo de arriba abajo. Sube si te agrada, pero con esta condición, no creas que es una injusticia cuando te lo pida la lógica de mi juego. ¿Acaso ignorabas tú mis costumbres?

En los cánticos goliárdicos de lo siglos XII y XIII hallados en el monasterio de Beuern (Carmina Burana) encontramos una célebre comparación sobre la fortuna, que es variable y cambia como la Luna, adoptando diversas fases:  de pronto pasa de cuarto creciente a luna llena, y de ahí a cuarto menguante y, por fin, a luna nueva: O fortuna uelut Luna... Oigamos, una vez más, la versión de Karl Orff.  Ofrezco una traducción en versión rítmica, con rimas, apta para cantar en castellano si alguien se anima, donde me he tomado la licencia,  de traducir "dorsum nudum" por "culo al aire", que los goliardos me perdonarán.


 

O Fortuna / velut luna, / statu variabilis, / semper crescis / aut decrescis; / vita detestabilis
Oh Fortuna, / tal que luna / de variable condición, / siempre creces / o decreces; / Vida de abominación,

nunc obdurat / et tunc curat / ludo mentis aciem, / egestatem, / potestatem / dissolvit ut glaciem.
ora ataca / y ora aplaca / nuestra mente sin control, / la pobreza, / la riqueza, / funde como hielo al sol.

Sors immanis / et inanis, / rota tu volubilis, / status malus, / vana salus / semper dissolubilis,
Suerte vana / e inhumana, / rueda que girando vas, / inestable, / ser mudable, / siempre nos arruinarás,

obumbrata / et velata / michi quoque niteris; / nunc per ludum / dorsum nudum / fero tui sceleris.
empañada / y velada / me arrollas también a mí; / ya al desgaire / culo al aire / llevo por tu frenesí.

Sors salutis / et virtutis / michi nunc contraria, / est affectus / et defectus / semper in angaria.
En salud / y en virtud / me es contraria la ocasión, / mis apegos / y despegos / siempre en mala situación.

Hac in hora / sine mora / corde pulsum tangite; / quod per sortem / sternit fortem, / mecum omnes plangite!
A esta hora, / sin demora, / toque a cuerdas resonad; / que la suerte / tumbe al fuerte / todos conmigo llorad.

jueves, 16 de febrero de 2017

QVATTVOR PLVS QVADRATORVM MAGICORVM

V

R O T A
O N V S
T V L I
A S I A

I – Dea Fortuna unam ad rotandum habebat. 
II - Operis /opus ; oneris / ____ 
III- Sum / fui ; fero / ____ 
IV Pars mundi, Pergami regnum et Romana prouincia quoque.


VI

N E M O
E R A M
M A L E
O M E N


I – Nullus homo.
II – Amo / amabam ; sum / ____
III –Bonus / malus ; bene / ____
IV – Augurium, auspicium, praesagium. 

 


VII

S I T V
I N R I
T R E S
V I S V

 I – Vbi, in loco, in ____
II Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum
III Numeri Romani: III 
IV Quod cum oculis uidetur, percipitur de ____ 

 

VIII

S P Q R
P A V O
Q V I S
R O S A

I -Senatus populusque Romanus
II- Avis Iunonis
III- Qui homo? 
IV -Pulcherrimus flos