lunes, 4 de julio de 2016

Aquella primera clase de griego

Si no me falla la memoria, hace más de cuarenta años, cursando yo 5º de Bachillerato de Letras, curso 1974-1975, asisití a mi primera clase de griego en el Instituto Nacional de Enseñanza Media Mixto de Camargo. Entonces los institutos no se llamaban IES, como ahora, sino INEM, porque se pretendía que fueran centros de enseñanza y aprendizaje, no de educación. Ya conocía a la profesora, Margarita Martín Díaz. Durante el curso anterior, aquel cuarto, que era el último del bachillerato elemental, nos había dado clase de latín y había sido nuestra tutora. Yo había elegido letras porque me gustaba el latín, y, además, no se me daba mal. Pero lo que me viene a la memoria ahora, como si fuera ayer, fue la primera clase de griego. La profesora escribió una frase en la pizarra en un extraño alfabeto... Y entonces comenzó una fascinación que no ha terminado todavía. 


Eran las últimas y misteriosas palabras de Sócrates al afrontar el trance postrero de su condena a muerte: "Oh Critón, a Asclepio le debemos un gallo". Era el primer texto griego que aprendíamos a leer y a escribir. Divinas palabras. Eran unas letras desconocidas que nos abrían a un mundo por un lado lejano y ajeno, pero por otro muy próximo. A la vez que aprendíamos los nombres de las letras y sus grafías mayúsculas y minúsculas, oíamos hablar de aquellos acentos agudos, graves y circunflejos, aquellas iotas suscritas, y aquellos espíritus suaves y ásperos, que habían dejado el recuerdo imborrable de una hache en nuestra lengua, y oíamos hablar por primera vez de Platón, que había escrito esa frase, y de Sócrates, que la pronunció pero que no había escrito nada por su parte, condenado a muerte por un tribunal democrático ateniense por corromper a la juventud y no creer en los dioses en que creía la ciudad, y de Critón, su amado discípulo, y del dios de la salud Asclepio o Esculapio, al que Sócrates encargaba consaagrarle un gallo. Tal vez se trataba de un sacrificio de acción de gracias, quizá era una manera de desdramatizar la propia muerte. Aquella clase fue una experiencia inolvidable. Era como aprender a leer otra vez, aprender a leer en una nueva lengua hermética, pero a la vez muy nuestra; en una lengua en la que se ha dicho todo o casi todo lo que puede decirse e imaginarse. Aprender griego es descubrir la filología, el amor -filo- por las palabras -logos-, que son lo más valioso que tenemos, gratuito como es el lenguaje como el aire que respiramos, porque sirven para preguntarnos una y otra vez según la costumbre socrática qué son las cosas.

Viñeta de El Roto, aparecida en El País el 4 de julio de 2016

El griego no es sólo la lengua muerta en la que hablaron Sócrates y Platón, entre otros. Sigue hablándose hoy día en Grecia y en Chipre. Y sigue escribiéndose. Y cantándose, amantes como son los griegos actuales de la poesía que se canta. Prueba de ello son los dos premios Nobel de literatura que han cosechado en el siglo XX: el poeta Yorgos Seferis en 1963 y el también poeta Odiseas Elitis en 1979. De este último os dejo el poema Marina, cantado por  María Faranduri, y musicado por Mikis Theodorakis.  Las imágenes del vídeo recogen secuencias de la película "Ifigenia" de Cacoyannis.

Con la venia de las espléndidas traducciones al castellano de Cristián Carandell y Román Bermejo, os ofrezco esta otra aproximación al poema de Elitis que pretende conservar no sólo la letra sino también la musicalidad del original, apta para cantar con la misma melodía.
       

 Marina


Dame a mí hierbabuena, luisa
            y albahaca que pueda oler,
que yo te bese de esta guisa
qué en el recuerdo tener

La fuente y palomas aquellas,
            la espada arcangelical,
el  sembrado de las estrellas,
            y el  hondo pozo sin final.

Las noches que te paseaba
al otro confín celestial
y tu ascenso yo contemplaba,
            hermana de Venus carnal.

Marina, verde estrella mía,
Marina, Venus matinal,
Marina, paloma bravía,
            y azucena primaveral.

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