martes, 7 de febrero de 2017

Un libro maldito condenado a la hoguera



El filósofo neoplatónico Porfirio de Tiro escribió alrededor del año 270 en Sicilia un tratado en griego titulado Katà Christianón, Contra los Cristianos, que no se ha conservado, y no porque careciera de valor, que lo tenía al parecer, y mucho, sino  porque no interesaba su difusión entre la ya pujante e influyente comunidad cristiana del imperio romano de los siglos III y IV, ya que,  como dice el profesor y editor de los fragmentos, Adolf von Harnack sobre la obra, «es quizás el escrito más rico y fundamentado que se ha escrito jamás contra el cristianismo».

Esta obra, maldita como pocas,  en efecto, fue condenada tres veces a la hoguera y quemada, según leo en el artículo de Jordi Morillas Contra Christianos: la crítica filológica de Porfirio al cristianismo, publicado originalmente en la revista filosófica Daímon  y ahora en la red: la primera condena vino por parte del emperador Constantino,  antes del concilio de Nicea, a la que siguieron un edicto de Valentiniano III, el emperador de Occidente, en el año 448,  y Teodosio II,  emperador de Oriente, que ordenaron la destrucción de todo aquello que Porfirio había escrito contra el culto santo de los cristianos, por lo que a mediados del siglo V ya no podía encontrarse esta obra en ninguna biblioteca.

 Averroes, a la izquierda, conversando con Porfirio de Tiro

Sin embargo, nos han llegado algunos fragmentos, alrededor de 110, del tratado perdido gracias, precisamente,  a algunos autores cristianos que pretendían refutarlo y, que para hacerlo, citaban algunos pasajes. En uno de estos fragmentos conservados afirma Porfirio de los evangelistas cristianos (Mateo, Marcos, Lucas y Juan) que compusieron el Nuevo Testamento: “Los evangelistas son los inventores, no los historiadores de los hechos acaecidos a Jesús”. Y añade en otro fragmentos: «esos astutos y hábiles sofistas(sic) hipotetizan, ya que se inventaron lo que nunca tuvo lugar y adscribieron a su maestro lo que no le había sucedido a él mismo».

Porfirio encuentra en la Última Cena rasgos de canibalismo y antropofagia que repugnan a su mentalidad helénica, y, en concreto, en las palabras de Cristo, recogidas en Juan 6, 53: «De verdad, de verdad os digo, si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros». Ante esta afirmación, tomada literalmente, Porfirio responde: «Pues esto no es ni salvaje ni extravagante, sino que de todas las extravagancias es la más extravagante y de todas las cosas salvajes la más salvaje el hecho de que humanos prueben carne humana y beban sangre de la misma especie y de la misma familia y que haciendo esto obtengan vida eterna».

 El célebre árbol porfiriano

Una cita de la obra perdida de Porfirio nos la brinda san Agustín, en su Epístola 102.28. Su interlocutor le pregunta si es verdad lo que afirma Porfirio, en concreto, si Salomón lo dice en alguna parte, y la cita del neoplatónico es en latín: “Filium Deus non habet”. Lo que quiere decir: “Dios no tiene un hijo”. A lo que se apresura el santo de Hipona a responderle rápidamente que sí que lo tuvo.

Porfirio constataría que si Dios es único, no puede tener un hijo, y por lo tanto la identidad de Cristo no consistiría en ser el «Hijo de Dios». Junto a esta imposibilidad divina o teológica de ser Hijo de Dios, está el hecho de que tuvo una madre carnal e, incluso, hermanos.

Este es el célebre pasaje sobre los hermanos de Jesús de Mateo (12, 46-49), donce Jesús habla de la superioridad de los lazos espirituales o afectivos sobre los carnales o familiares propiamente dichos. Dice en la traducción del griego a nuestra lengua de Nácar-Colungar: "Mientras Él hablaba a la muchedumbre, su madre y sus hermanos estaban fuera y pretendían hablarle. Alguien le dijo: Tu madre y tus hermanos están fuera y desean hablarte. Él, respondiendo, dijo al que le hablaba: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo su mano sobre sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos".

 La destrucción del árbol de Porfirio (circa 1550)

En efecto, en los Evangelios, escritos originalmente en griego y no en hebreo,  se emplea el término "adelphós" que como se sabe significa siempre "hermano carnal", "nacido de la misma matriz" para referirse a los hermanos de Jesús. Si los evangelistas  hubieran pretendido expresar "primo" o "pariente" tenían a su disposición otras palabras griegas como "anepsiós", por ejemplo, que no hubieran inducido a una innecesaria confusión a sus lectores griegos. El caso es que tanto Mateo como Marcos aluden con normalidad a los hermanos de Jesús "adelphoi" y nos dan hasta sus nombres Santiago, José, Simón y Judas, y al menos dos hermanas "adelphái", de las que no nos dan sus nombres propios.

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