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martes, 13 de marzo de 2018

SVA CVIQVE PERSONA

A poco sensible que sea uno, le puede pasar a cualquiera en Florencia lo que le sucedió a Stendhal, el novelista francés, cuando visitó la capital de la Toscana, que, entusiasmado ante la belleza de las iglesias y los palacios,  sufrió un arrechucho y se desmayó. No pudo asimilar una experiencia estética tan intensa, fenómeno que ha dado en llamarse el  “síndrome de Stendhal”.

Y es que no es poco el patrimonio cultural que atesora la ciudad del divino Dante y del no menos grande Boccaccio, la ciudad del infinito Miguel Ángel, y del genio de Botticelli, la ciudad del Renacimiento, del rojizo Arno y del Duomo y la cúpula de Bruneleschi, la ciudad del mecenazgo de los Medici y de los artistas, la ciudad que seguramente atesora más obras de arte por metro cuadrado de todo el mundo.



En la Galería de los Uffizi de Florencia puede contemplarse este retrato de mujer anónima atribuido a Ghirlandaio, y que puede pasarnos completamente desapercibido entre tantas obras maestras de la pintura universal si no fuera acaso por un detalle que llama la atención y que va a darnos mucho de lo que hablar. El retrato data de 1510 aproximadamente,  y se había supuesto hasta hace poco que era de Rafael.   Es un rostro de mujer triste, enigmático, de una gran delicadeza. Hay quienes dicen que se trata de una monja y quienes simplemente ven a una dama un tanto melancólica con velo que sostiene un libro entreabierto. 

                                                                                     
                                                                                                                              


Lo más curioso es que el retrato tiene una cubierta diseñada para deslizarse sobre la imagen de la enigmática dama y ocultar su rostro. Esta cubierta es otro óleo.  Se trata de una pequeña tabla (73 x 50,5 cm), con un hermoso motivo de grutescos en camafeo –en la parte superior un flamero en medio de dos amables delfines, una pequeña cabeza de zorra, y en la parte inferior dos dragones o serpientes con cabeza de león que apoyan una pata en dos pequeñas máscaras situadas en los ángulos inferiores –y en el centro una leyenda debajo de la cual se halla una máscara con una ligera carnación, labios apretados y las cuencas de los ojos vacías. 

La diminuta cabeza de zorra que asoma debajo del flamero en forma de copa donde arde una llama puede hacer referencia a una famosa y brevísima fábula de Fedro y de Esopo: la zorra y la máscara trágica: una zorra  encontró por casualidad una máscara de un actor de tragedia y exclamó: “¡Qué bonita  es, pero qué lástima que no tenga seso!”. La astuta raposa no se dejó engañar por las apariencias, aunque reconoció su belleza. Y es que ya lo dice el refrán: no hay que fiarse de las apariencias, pero lo cierto es que la realidad está tejida  de ellas.  Quizá no haya que fiarse mucho de la realidad tampoco.

Sobre la máscara una inscripción en letras mayúsculas reza lapidariamente en latín, lengua lapidaria por excelencia:  SVA CVIQVE PERSONA:  a cada cual (le corresponde) su máscara, es decir, cada uno tiene su propia máscara. La frase es de Séneca, concretamente de su tratado Sobre los beneficios, de un pasaje del libro II, capítulo 17, que reproduzco más abajo en paráfrasis y versión original.

Era costumbre cubrir los retratos con una carpeta para protegerlos, o con una tabla pintada y con una leyenda, como esta que nos ocupa, cuya función era parecida a la de los reversos de algunos retratos de los siglos XV y XVI, en los que detrás del retrato de un hombre o una mujer jóvenes, por ejemplo, se podía encontrar la leyenda: MEMENTO MORI (recuerda que eres mortal), un fúnebre recordatorio como contraste de la belleza insolente de la juventud. Pero la tabla que nos ocupa, con una máscara teatral y carnavalesca como motivo central, es una cubierta delantera que hace que antes que veamos el retrato nos enfrentemos a ella.
 
Cada cual tiene su propia máscara. Nótese que la palabra "persona" es en latín un falso amigo: no significa persona, que se diría "homo", sino máscara de teatro. La palabra persona ha tenido tanta resonancia entre nosotros que hoy todo está personalizado y tiene que ser personal, dado nuestro individualismo.  Se discute mucho su etimología. Se ha pensado que está relacionada con "personare", es decir, con "resonar", dado que la máscara teatral tenía la doble función de caracterizar al personaje como trágico o cómico, hombre o mujer, joven o viejo, y al mismo tiempo de actuar como caja de resonancia para la voz. Pero esta ingeniosa etimología es una etimología falsa de origen popular, porque la palabra parece que no es latina, sino de procedencia etrusca: phersu, y esta a su vez derivaría del griego "prósopon", nombre de la cara y de la máscara que la caracteriza, nombre de la faz y del antifaz. Del "prósopon" griego procede nuestra prosopopeya o personificación.




El caso es que de ahí, de una palabra que significaba "máscara" en principio vienen nuestras personas, nuestros personajes, y  hasta nuestra propia personalidad. No olvidemos que la cara es el espejo del alma, según el refrán popular. Y que la cara es la manifestación primordial de la persona,  pero "persona", según la sugerencia etimológica, es la máscara teatral cómica o trágica,  o, ni lo uno ni lo otro en estado puro, sino dramática mezcolanza generalmente, porque la vida es la farsa que todos llevamos a cabo, como dijo Rimbaud, el poeta adolescente. De alguna manera, todos somos unos hipócritas en el sentido etimológico de la palabra: La palabra “hipócrita”, en efecto,  significa en griego “actor”: está compuesta del prefijo hipo- , que significa “por debajo”, y del sustantivo tan de moda “crisis”, que quiere decir “juicio, acción de juzgar, discusión, explicación”. De manera que el que juzga, discute o critica “por debajo” es el actor, el que representa un papel en el teatro, el que se esconde detrás de la máscara: todos nosotros. De ahí el significado moderno de hipócrita e hipocresía.

Si toda persona tiene su propia máscara, ninguno de nosotros muestra su alma al desnudo. Toda identidad es, por lo tanto, una falsa identidad, real pero falsa. No hay que fiarse de las apariencias. No hay que fiarse de la realidad. Nadie duda que la realidad sea real, como su nombre indica, pero quizá sea mucho suponer que por ser real sea verdadera y no falsa.

Sua cuique persona. Un filósofo cínico (1) le pidió una vez al rey Antígono la limosna de un talento (2).  Éste respondió “es mucho más dinero de lo que alguien como tú debería pedirme”.  Tras esta negativa,  el mendigo volvió a intentarlo pidiéndole esta vez sólo un denario (3).  Antígono le respondió:   “es menos de lo que alguien como yo, todo un rey, convendría que te diera”.  Una agudeza tan sofisticada y sutil de este tipo es muy poco honesta.  Pues el monarca encontró el modo de no darle ni lo uno ni lo otro que le pedía;  para no darle un mísero denario se escudó en su condición de rey, para no darle un excesivo talento en la de filósofo cínico del mendigo, cuando podría haberle dado un denario como se le da a un mendigo cualquiera, o  en su calidad de rey magnánimo y generoso un talento. Aunque es algo más que lo que un cínico puede recibir, nada es tan poco que la generosidad de un rey no pueda atribuirlo honestamente.    Si me preguntas mi opinión, lo apruebo: es algo intolerable pedir limosna, y despreciar el dinero. Si has proclamado tu odio al dinero:  lo has profesado; tú te has puesto esta máscara y desempeñas ese papel; tienes que llevarla consecuentemente. Es algo que está fuera de lugar procurarse dinero so pretexto de pobreza. Así pues cada cual debe considerar su propia máscara no menos importante que la de aquel al que piensa socorrer. 

(1) Los cínicos eran los seguidores de Diógenes, llamado el Perro. Cínico significa "perruno, canino" en griego. Los cínicos eran los anarquistas y nihilistas de la antigüedad. Despreciaban todas las convenciones sociales, que rechazaban, incluído el dinero. 
(2) Un talento: Equivalía a 21000 gramos de plata. Dado que el denario equivalía a 4 gramos, se podía decir que un talento equivalía a más de cinco mil denarios. Una cantidad excesiva a todas luces.  El cambio de significado de esta palabra griega se debe a la parábola evangélica de los talentos, que da a entender que el hijo que tiene "talento" no es aquel que derrocha el dinero alegremente, sino el que lo capitaliza y rentabiliza como buen capitalista y lo invierte para generar más riqueza.
(3) Un denario:   Equivalía a 4 gramos de plata. Del nombre de esta moneda procede nuestro "dinero" y los "dinares" del mundo árabe.

He aquí el texto original del insigne filósofo cordobés: Ab Antigono cynicus petiit talentum. Respondit "plus esse, quam quod cynicus petere deberet". Repulsus petit denarium. Respondit "minus esse, quam quod regem deceret dare". Turpissima est eiusmodi cauillatio. Inuenit quomodo neutrum daret; in denario regem, in talento cynicum respexit: quum posset et denarium tanquam cynico dare, et talentum tanquam rex. Ut sit aliquid maius, quam quod cynicus accipiat, nihil tam exiguum est, quod non honeste regis humanitas tribuat. Si me interrogas, probo: est enim intolerabilis res, poscere nummos, et contemnere. Indixisti pecuniae odium; hoc professus es; hanc personam induisti: agenda est. Iniquissimum est, te pecuniam sub gloria egestatis acquirere. Adspicienda ergo non minus sua cuique persona est, quam eius, de quo iuuando quis cogitat. (Séneca, De beneficiis, II, 17).

domingo, 17 de diciembre de 2017

¿Celebrar las navidades?

En la carta que Séneca escribe a su amigo Lucilio, la número XVIII de su copiosa correspondencia epistolar, plantea la cuestión de si deben celebrarse las fiestas saturnales, o es mejor apartarse de sus excesos.  Si sustituimos las antiguas saturnales por nuestras más modernas navidades, mutatis mutandis,  podemos formularnos la misma pregunta:  ¿conviene celebrarlas, siguiendo la tradición, o sería mejor huir de ellas como de la peste? No esperéis ninguna respuesta, sino la reformulación y reiteración de la pregunta:  aquí sólo se plantea la cuestión. Sobre lo que hay que hacer o no, que cada cual saque sus propias conclusiones y haga de su capa un sayo, como suele decirse.

December est mensis cum maxime ciuitas sudat. Diciembre es el mes en el que la ciudadanía suda, y por lo tanto, trajina más intensamente. El calendario imponía que se celebraran las fiestas en honor de Saturno desde el 17 al 23 de diciembre, pero de hecho la celebración se alargaba a casi todo el mes. El primer día festivo se abría con un sacrificio solemne en el templo de Saturno, en el foro de Roma, y la gente se entregaba los demás días a los banquetes en medio de una alegría desenfrenada regada abundantemente por el don de Baco. 
 Lo que queda del templo de Saturno en el foro de Roma.

Ius luxuriae publicae datum est. Se da permiso al libertinaje público. Pero no sólo al libertinaje en el sentido moderno de la palabra, sino, más bien, al afán de lujo, profusión y suntuosidad, que eso era la luxuria latina: gusto por el despilfarro.  Los romanos se colmaban de regalos los unos a los otros por estas fechas. Se cometían muchos excesos en los banquetes, de modo que algunos “comían para vomitar y vomitaban para comer” según la célebre expresión del propio Séneca. Durante estas fiestas, los esclavos  no sólo compartían mesa con sus señores, sino que además eran servidos por ellos, invirtiéndose las tornas: los esclavos eran libres y los libres esclavos. Podían incluso los siervos criticar a sus dueños sin temor de ser castigados, la libertad de expresión, llamada libertad de Diciembre,  estaba asegurada durante estas fechas señaladas.

Ingenti apparatu sonant omnia, tamquam quicquam inter Saturnalia intersit et dies rerum agendarum. Todo retumba con el impresionante aparato de los preparativos, como si no hubiera ninguna diferencia real entre las fiestas de Saturno  y los días laborales. Era tal el ajetreo que se vivía en la ciudad que en lugar de fiestas que suponen un cese de las actividades o interrupción de los negocios, celebrar las fiestas era un auténtico trabajo no poco engorroso: la ciudad hervía con profusa agitación.

Adeo nihil interest, ut non uideatur mihi errasse, qui dixit olim mensem Decembrem fuisse, nunc annum. A tal punto no hay ninguna diferencia que me parece a mí que no se equivocó el que dijo que antaño diciembre era un mes del año y ahora lo es todo el año entero.   Cada vez vemos cómo también entre nosotros las navidades ocupan no sólo todo el mes de diciembre, sino que empiezan a prepararse ya unos meses antes y se extienden a casi todo el mes de enero.  Entre velas y antorchas se celebraba el fin del período más oscuro del año y el nacimiento del nuevo período de luz, coincidiendo con el solsticio de invierno: el Sol Invicto, como ave Fénix, renace de sus propias cenizas.  

 
La cuadriga de caballos alados sobre la que el dios del Sol (Helios o Apolo) recorría el cielo desde Levante a Poniente ha sido comparada con los ciervos voladores que acarrean el trineo de Santa Claus/Papá Noel.

No hace falta decir que, antes de que el cristianismo se convirtiera en la religión oficial del imperio, los primeros  cristianos no celebraban la na(ti)vidad o nacimiento de Cristo, pues ni siquiera sabían cuándo había nacido Jesucristo ni importaba mucho la fecha en un calendario que todavía no estaba muy establecido. Cuando se implantó el cristianismo como religión oficial, las saturnales, al no poder ser erradicadas debido a su popularidad, fueron cristianizadas.

Si te hic haberem, libenter tecum conferrem, quid existimares esse faciendum:  Si yo te tuviera aquí delante, discutiría gustosamente contigo qué pensabas que habría que hacer: Séneca echa de menos el trato y conversación de su amigo Lucilio, al que le escribe esta carta, intentando recuperar por escrito su diálogo.

utrum nihil ex cotidiana consuetudine mouendum an, ne dissidere uideremur cum publicis moribus, et hilarius cenandum et exuendum togam. si no habría que cambiar nada de nuestras costumbres cotidianas o si, para no parecer que llevamos la contraria a las tradiciones populares, no sólo deberíamos cenar alegremente sino también quitarnos la toga.  Los romanos se despojaban de la toga ordinaria y se ponían la synthesis antes del banquete: una prenda de tipo jubón, especie de delantal que se llevaba sobre la túnica para no ensuciarla cuando se comía. Se empleaba como servilleta, diríamos,  para limpiarse los dedos entre plato y plato o para secarse el sudor. Los invitados cuando llegaban a la casa del anfitrión, se despojaban de la toga, se descalzaban y recibían un lavado de pies,  y se colocaban una  prenda que era costumbre que el anfitrión regalase como recuerdo del banquete.

Igualmente los romanos se ponían en la cabeza el gorro frigio o píleo que llevaban los libertos o  esclavos que habían alcanzado la libertad. Al llevar todos por estas fechas, libres y esclavos, este gorro puntiagudo de color rojo que entre nosotros popularizó la Revolución francesa y, ya en pleno siglo XX, Santa Claus, ese invento de la Cocacola, se desvanecía por unos días la distinción de clases sociales.



Pero el gorro frigio no es patrimonio del infame Santa Claus/Papá Noel,  que lo lleva desde que en 1931 Coca-cola encargara al pintor Habdon Sudblom que lo representara para su campaña navideña destinada a aumentar las ventas de una bebida considerada poco saludable, quien lo hizo de color rojo con ribetes blancos, porque eran los colores oficiales de la empresa, ya que muchísimo antes lo fue del dios Mitra, uno de cuyos atributos más conocidos era la caperuza en forma cónica y punta curva. Este dios solar de origen persa fue muy importante durante el imperio romano. Su religión, llamada mitraísmo, rivalizó de hecho con el cristianismo, hasta que fue desbancada por éste. Mitra, como curiosidad, nació en una cueva, y recibió la visita de pastores y magos que vinieron a adorarlo. Su nacimiento se celebraba el veinticinco de diciembre. ¿No es casualidad?

 El dios Mitra degollando el toro.

Pero el gorro frigio tampoco es atributo exclusivo de Mitra, ya que en el siguiente mosaico de la iglesia de San Apolinar el Nuevo en Rávena aparecen representados los tres magos (ninguno negro, por cierto, y ninguno con corona regia) con indumentaria persa compuesta por capa, pantalones y, precisamente, gorros frigios. También aparecen en dicho mosaico, quizá por primera vez, sus nombres propios Baltasar, Melchor y Gaspar (en este orden). 

miércoles, 8 de noviembre de 2017

La muerte de Séneca o El camino a la libertad

Uno de los textos latinos más contundentes que conozco y que menos indiferente deja a uno cuando lo lee es este de Séneca, nuestro filósofo cordobés, que os propongo y que podríamos titular Via ad libertatem o, tomando el título del propio texto, Ad libertatem iter,  o sea El camino a la libertad. (La referencia es De ira III, 15, 4).  Dice así: Quocumque respexeris, ibi malorum finis est. A dondequiera que vuelvas la vista, allí está el fin de tus males. Vides illum praecipitem locum? ¿Ves aquel despeñadero? illac ad libertatem descenditur. Por allí se baja a la libertad. Vides illud mare, illud flumen, illum puteum? ¿Ves aquel mar, aquel río, aquel pozo? libertas illic in imo sedet. Allí, en su fondo, reside la libertad. Vides illam arborem breuem retorridam infelicem? ¿Ves aquel árbol no muy alto, reseco, sin fruto?  pendet inde libertas. De él cuelga la libertad. Vides iugulum tuum, guttur tuum, cor tuum? ¿Ves tu yugular, tu garganta, tu corazón? effugia seruitutis sunt. Son válvulas de escape de la esclavitud. Nimis tibi operosos exitus monstro et multum animi ac roboris exigentes? ¿Te muestro salidas muy dificultosas y que exigen mucha voluntad y fuerza? Quaeris quod sit ad libertatem iter? quaelibet in corpore tuo uena. ¿Me preguntas  cuál es el camino hacia la libertad? Cualquier vena de tu cuerpo. 

A la pregunta de cuál es la vía más sencilla hacia la libertad, Séneca responde, después de considerar el lanzamiento al vacío por un precipicio, el ahogamiento en el agua, la horca o una puñalada en la yugular o el pecho,  que cualquier vena que se abra de nuestro cuerpo. De alguna manera estaba preanunciando su propio suicidio no voluntario, sino ordenado por el emperador Nerón, que el filósofo cordobés aceptó, a la fuerza ahorcan, con estoica resignación.

Según parece, el maestro había participado en una conspiración política encabezada por Calpurnio Pisón, la célebre conjura de Pisón,  junto con otros intelectuales como Petronio y Lucano, que estaban en contra del tirano, para derrocar a Nerón -del que el propio Séneca había sido preceptor. El castigo imperial no se dejó esperar: el emperador ordenó que los conjurados se suicidaran.
Séneca, después de abrirse las venas  de Manuel Domínguez Santos (1840-1906). 

Al ver este cuadro y la figura del sabio que yace muerto en la bañera, nos viene enseguida a la memoria el más famoso lienzo de David La muerte de Marat, con el brazo del revolucionario cayendo lánguidamente, en el que parece haberse inspirado nuestro pintor. 
La mort de Marat, J.L David (1793)

El historiador Tácito (Anales, libro XV, 62-64) relata, sine ira et studio, es decir, sin encono ni parcialidad, como era costumbre en él,  la muerte del cordobés en estos términos: (Un centurión ha venido a anunciarle a Séneca que debe quitarse la vida por orden del emperador Nerón).  Él, sin inmutarse, pide las tablillas de su testamento; como el centurión se las niega, se vuelve a sus amigos y les declara que, dado que se le prohíbe agradecerles su afecto, les lega lo único, pero lo más hermoso, que posee: la imagen de su vida; si se acuerdan de ella, tendrán la  reputación de hombres virtuosos como premio por tan constante amistad. Al tiempo procura convertir su llanto en entereza, ya hablándoles en tono llano, ya con mayor energía y como reprendiéndolos; les pregunta dónde están los preceptos de la filosofía, dónde los razonamientos por tantos años meditados frente al destino. ¿A quién había pasado desapercibida la crueldad de Nerón? Asesinados su madre y su hermano -les decía- ya nada le faltaba sino añadir a esas muertes la de su educador y maestro.

  Grabado de Séneca desangrándose.

Hechas estas y similares consideraciones como hablando para todos, abraza a su esposa y, un poco conmovido a pesar de su inquebrantada entereza, le ruega y suplica que modere su dolor y no lo haga eterno, antes bien, que en la contemplación de una vida transcurrida en la virtud se acomode a soportar con honorables consuelos la añoranza de su marido. Pero ella le responde asegurándole que tiene decidido morir también, y reclama la mano del ejecutor. Entonces Séneca, por no oponerse a su gloria, y al tiempo por amor a ella,  no queriendo dejar a la que amaba como a nadie expuesta a los agravios, le dice: «Yo te había mostrado los aspectos gratos de la vida; tú prefieres el honor de la muerte; no me mostraré envidioso ante un ejemplo así. Sea la fortaleza de esta muerte tan valerosa igual por parte de ambos, pero tu final merecerá más gloria.» Tras esto y de un mismo golpe se abren las venas de los brazos con el hierro. Como a Séneca, debilitado su cuerpo por la vejez y la parquedad en el alimento, la sangre se le escapaba lentamente, se abrió también las venas de los muslos y pantorrillas. Extenuado por crueles sufrimientos, a fin de no quebrantar con su dolor el ánimo de su esposa y no dejarse él llevar a la debilidad al contemplar los tormentos que ella padecía, la persuade a que se retire a otra habitación. Todavía en posesión de su elocuencia en su momento supremo, hizo venir a los secretarios y les dictó abundantes líneas que, dado que han sido ya divulgadas en sus términos literales, me excuso de glosar aquí.

...Entretanto Séneca, como se alargaba el lento trance de su muerte, pide a Estacio Anneo, en cuya amistad y arte médica confiaba por larga experiencia, que le proporcione un veneno prevenido desde tiempo atrás, el mismo por el que morían los condenados por público juicio en Atenas; se lo llevó y de nada le sirvió tomarlo, porque al estar ya fríos sus miembros se cerraba su cuerpo a la acción  del tóxico. Por fin entró en un baño de agua caliente, y salpicando a los esclavos que se encontraban a su lado añadió que hacía libación de aquellas aguas a Júpiter Liberador...

El texto de Tácito, como apunta en su espléndida traducción publicada por la Biblitoteca Clásica Gredos, José Luis Moralejo, galardonado en 2009 con el Premio Nacional de Traducción,  alude en el último párfafo al veneno de la cicuta, estableciendo un paralelismo entre la muerte de Sócrates y la de Séneca. Por otra parte, el rito de la libación que allí se menciona consistía en derramar por tierra la bebida que se ofrecía a los dioses para pedirles o agradecerles algo. Séneca considera su muerte como una liberación.
La muerte de Séneca de P. P. Rubens (1577-1650).
Este cuadro se inspira directamente en la narración  de Tácito que hemos leído. Muestra al maestro en el centro de la composición metido en el barreño. Su musculatura nos recuerda un poco a las esculturas renacentistas de Miguel Ángel. A la derecha vemos al médico amigo que lo ayuda a desangrarse, a la izquierda, agachado, un discípulo tomando las notas que él le dicta en el trance de su muerte, palabras que por cierto no se han conservado,  y detrás de él al centurión y un legionario, admirando la entereza y la resignación con la que el sabio afronta su destino. 

lunes, 11 de septiembre de 2017

¿Para qué sirve la escuela?

Vamos a proceder a desmenuzar y despedazar, como Jack el Destripador, por partes un texto breve del comienzo de El Satiricón de Petronio que trata de la función de la escuela en la formación de los estudiantes, un tema de rabiosa y pedagógica actualidad, y a ir viendo cómo podemos leerlo, entenderlo y comentarlo, para lo que vamos a manejar tres traducciones: (1) la de Manuel C. Díaz y Díaz, (2) la de Lisardo Rubio y (3) la de Francisco de P. Samaranch. Comenzamos leyendo el texto en su versión original latina: 
Et ideō ego adulescentulōs existimō in scholīs stultissimōs fierī, 

(1): “Y de aquí que piense yo que los jóvenes en nuestras escuelas se vuelven necios del todo”
(2): “Y así, según mi opinión, la juventud, en las escuelas, se vuelve tonta de remate”
(3): “Por eso creo que todos nuestros jóvenes estudiantes se vuelven tontísimos en la escuela”


Las tres traducciones confrontadas coinciden en que los jóvenes (adulescentulos) se entontecen en las escuelas (in scholis). Aunque el texto alude a las escuelas de oratoria y retórica, la afirmación se puede hacer extensible a nuestros modernos colegios e instituciones académicas, por aquello de que “hoy es siempre todavía”.

Petronio utiliza un superlativo (stultissimos), que podemos traducir por nuestro superlativo tontísimos o por la forma muy tontos, pero también podemos recurrir a sinónimos como bobalicones, bobos, ceporros, estúpidos, idiotas, ignorantes, imbéciles, incultos, memos, mentecatos, tarugos, zopencos, zoquetes, zotes, o echar mano de expresiones coloquiales que agudicen la tontería como “tontos de capirote”, “bobos de baba” o “necios con ínfulas de sabiondos”, u otras que se nos ocurran para intensificar la idea de que las escuelas consiguen lo contrario de lo que pretenden.

oOo

quia nihil ex hīs, quae in ūsū habēmus, aut audiunt aut uīdent, 

(1):porque ni ven ni oyen hablar de ninguno de nuestros problemas cotidianos.
(2): por no ver ni oír en las aulas nada de lo que es realmente la vida.
(3): porque de todo lo que ven y oyen en ella nada les ofrece una imagen real de la vida.


Petronio nos explica la causa del entontecimiento de los estudiantes en escuelas e institutos (quia nihil aut audiunt aut uident): porque ni ven ni oyen hablar de… Y aquí, en la segunda parte de la frase, es donde cada traductor nos da su versión propia: nuestros problemas cotidianos, lo que es realmente la vida, una imagen real de la vida. ¿Qué dice exactamente el texto? : ex his, quae in usu habemus: de lo que tenemos en la realidad. Me permito traducir “usu”, que es una palabra tan amplia en latín que significa cosas tan dispares como práctica, experiencia, uso, costumbre, hábito, utilidad… por “realidad”, aunque sé que es un anacronismo porque esta palabra no existía todavía en latín cuando Petronio escribió el texto, y por lo tanto no se había inventado todavía la realidad como tal. El adjetivo “realis”, en efecto, es una creación del latín tardío que significa relativo a la “res”, es decir, a la cosa, y de ahí surgió también en el bajo latín el sustantivo “realitas realitatis”, nuestra realidad, y, a partir de ahí, nace ya el realismo, que es la ideología dominante que pretende que hay que atenerse a la realidad, a que la realidad es todo lo que hay y a que no hay nada más que la realidad. Pero no hay cosa más absurda que este adjetivo, sobre todo si se lo aplicamos a una cosa porque es autoreferente: decimos que una cosa es “real”, es decir que una cosa es una cosa que se refiere a la cosa que es (referida a sí misma).

La crítica que se hace al sistema educativo romano (que es válida para el nuestro también) es que en lugar de enseñar y despertar la inteligencia, atonta porque no prepara para la vida, sino que, como decía Séneca, lo hace para la propia escuela (non uitae sed scholae discimus: no aprendemos para la vida sino para la escuela). Nada de lo que los estudiantes aprenden en el colegio tiene que ver con la realidad, con la sociedad, con la vida, con la práctica, porque lo que se hace allí es meterles ideas en la cabeza, responder a las preguntas antes de que se formulen, acabar con su curiosidad y su sentido crítico, procurar que no se despierte su inteligencia, para lo que se les adormece con cuentos, como en aquellos inolvidables versos de León Felipe: Yo no sé muchas cosas, es verdad. / Digo tan sólo lo que he visto. / Y he visto:  / que la cuna del hombre la mecen con cuentos, / que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,  / que el llanto del hombre lo taponan con cuentos, / que los huesos del hombre los entierran con cuentos, / y que el miedo del hombre... / ha inventado todos los cuentos. / Yo no sé muchas cosas, es verdad, / pero me han dormido con todos los cuentos...  / y sé todos los cuentos.
oOo



sed pīrātās cum catēnīs in lītore stantēs, sed tyrannōs ēdicta scrībentēs quibus imperent fīliīs ut patrum suōrum capita praecīdant, sed responsa in pestilentiam data, ut uirginēs trēs aut plūrēs immolentur, sed mellitōs uerbōrum globulōs, et omnia dicta factaque quasi papāuere et sēsamō sparsa.

(1): sino de piratas que acechan en la costa con cadenas, de tiranos que promulgan edictos por los que ordenan a los hijos decapitar a sus propios padres, de oráculos que para cortar una epidemia exigen la inmolación de tres o más doncellas, pompas en fin de dulzona palabrería, y todo, palabras y hechos, como adobado con adormidera y ajonjolí.
(2)Tan sólo se les habla de piratas con cadenas apostados en la costa, de tiranos redactando edictos con órdenes para que los hijos decapiten a sus propios padres, de oráculos aconsejando con motivo de una epidemia que se inmolen tres vírgenes o unas cuantas más; las palabras y frases se recubren de mieles y todo -dichos o hechos- queda como bajo un rocío de adormidera y sésamo. 
(3) No son más que piratas con cadenas, emboscados en las orillas, tiranos que preparan edictos que condenan a los hijos a decapitar a sus propios padres; respuestas de oráculos que, en una epidemia, mandan inmolar tres vírgenes o aún más; melosas y blandas pompas de palabras; en fin, los dichos y los hechos están todos como espolvoreados de adormidera y sésamo.

Los ejemplos que cita Petronio de los temas que se tratan en las escuelas son de lo más variopinto y colorido: piratas, tiranos, oráculos que exigen sacrificios humanos, todo ello vana palabrería que no tiene nada que ver con la realidad de la vida, sino que más bien son historias estupefacientes, cuentos cuyo objeto es infundir el miedo.

La crítica que se hace aquí, como señala Lisardo Rubio, es que en el Imperio “en lugar de debatir los grandes problemas del Estado, maestros y discípulos trataban en sus ejercicios de declamación temas imaginarios e insustanciales, en que lo único que importaba era destacar de algún modo y arrancar aplausos aun a costa del buen gusto”. 

Los niños se vuelven tontísimos en la escuela porque allí no aprenden nada. Eso sí: se les llena la cabeza con informaciones rocambolescas, sensacionalistas y disparatadas, a lo que contribuyen los medios de incomunicación con la Red Informática Universal y sus micropantallas a la cabeza de todos ellos,  a fin de que cunda el pánico: terroristas, diríamos hoy, que acechan en la costa a la que han llegado clandestinamente con pateras dispuestos a poner una bomba en cualquier parte en el momento menos pensado encarnando la amenaza del legendario hombre del saco, sacaúntos o sacamantecas que viene a secuestrarnos sin rescate y privarnos de libertad, como si nosotros fuéramos libres; perversos pederastas; traficantes de órganos o tratantes de blancas sin escrúpulos que van a vendernos y a prostituirnos al mejor postor; dictadores enloquecidos y sanguinarios que promulgan leyes que obligan a cometer crímenes monstruosos de lesa humanidad contra la democracia y holocaustos contra los derechos humanos; oráculos que exigen inmolaciones y que vienen a decirnos que el sacrificio de hoy será la prosperidad de mañana… Nada que tenga que ver, en definitiva, con lo que realmente importa y con lo que pasa en la escuela, donde se les hace creer a los infantes a pies juntillas en los cuentos y las mentiras –ideas, creencias, credos- que les inculcan y, en la mayor de todas las patrañas, que eso es la Realidad, que la Realidad es verdad y que es todo y lo único que hay.

martes, 11 de julio de 2017

Las últimas palabras del emperador Claudio

Parece que alguien, cuando está en su lecho de muerte y es consciente de que está a punto de emprender el último viaje sin retorno en la barca de Caronte, está abocado a decir algo que trascienda. Así, por ejemplo, Suetonio nos cuenta en su biografía de Augusto (Vida de los doce Césares, II, 99, 1) que las últimas palabras del príncipe al dejar este mundo fueron: Acta est fabula, plaudite, ciues! "¡Se acabó la sesión,  aplaudid, ciudadanos!". Esta frase se utilizaba en el teatro antiguo para indicar el final de una obra teatral.  Parece que el emperador era consciente de que la comedia que había sido su vida tocaba a su fin y pedía del público, como los actores de Plauto y Terencio, al final de la función, el aplauso condescendiente.



Otro césar romano, Vespasiano, una vez establecida ya la costumbre de la divinización de los emperadores muertos, parece que dijo, también según Suetonio, cuando se acercaba su hora: Vae, puto,  deus fio. "Ay, me estoy convirtiendo en un dios, creo".



Esta deificación, que nos puede parecer curiosa y extraña a nuestro mundo, no lo es tanto si se piensa en cómo la Iglesia Católica hace algo parecido en sus procesos de beatificación y santificación o canonización. "Beatificar" según el diccionario de la RAE es ‘declarar que un difunto, cuyas virtudes han sido previamente certificadas, puede ser honrado con culto’, y "canonizar" y "santificar" significan ‘hacer santo a una persona ya beatificada’. Así, por ejemplo, el papa Juan Pablo II, fallecido en 2005, ha sido ya canonizado. Algo, pues, muy similar si no idéntico a la apoteosis de los emperadores romanos.

Algunos césares, como por ejemplo Tiberio, el sucesor de Augusto, estuvieron a punto de ser divinizados en vida, aunque se resistió a que le erigieran un santuario antes de su fallecimiento, recordándoles a los senadores proclives a ello (Tácito, Ann. 4.38.1):  Ego me, patres conscripti, mortalem esse...  uolo." (Yo, senadores, quiero ser mortal). Era su manera de decirles que no quería morirse todavía.


La muerte de Tiberio, Jean Paul Laurens (1864)

Séneca nos ha transmitido en su sátira sobre la supuesta divinización del emperador Claudio que se conoce como "Apocolocíntosis" -conversión en calabaza-  unas palabras menos solemnes pero no por ello menos significativas que las últimas de Augusto o de Vespasiano. Son estas: Vltima uox eius haec inter homines audita est, cum maiorem sonitum emisisset illa parte, qua facilius loquebatur: "Vae me, puto, concacaui me". Quod an fecerit, nescio: omnia certe concacauit.


Estas  últimas palabras suyas se oyeron entre los hombres, al haber soltado un muy sonoro ruido por aquella parte por la que hablaba con más desenvoltura: "Ay de mí, creo que me he cagado". Si lo hizo, no lo sé: lo cagó sin duda todo.