jueves, 16 de febrero de 2017

QVATTVOR PLVS QVADRATORVM MAGICORVM

V

R O T A
O N V S
T V L I
A S I A

I – Dea Fortuna unam ad rotandum habebat. 
II - Operis /opus ; oneris / ____ 
III- Sum / fui ; fero / ____ 
IV Pars mundi, Pergami regnum et Romana prouincia quoque.


VI

N E M O
E R A M
M A L E
O M E N


I – Nullus homo.
II – Amo / amabam ; sum / ____
III –Bonus / malus ; bene / ____
IV – Augurium, auspicium, praesagium. 

 


VII

S I T V
I N R I
T R E S
V I S V

 I – Vbi, in loco, in ____
II Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum
III Numeri Romani: III 
IV Quod cum oculis uidetur, percipitur de ____ 

 

VIII

S P Q R
P A V O
Q V I S
R O S A

I -Senatus populusque Romanus
II- Avis Iunonis
III- Qui homo? 
IV -Pulcherrimus flos 

sábado, 11 de febrero de 2017

Los dedos de la mano



A propósito de los nombres de los dedos (digiti) de la mano (manus), dice Isidoro de Sevilla,  en el libro noveno de sus Etimologías (70-71):

I.- Primus pollex uocatur, eo quod inter ceteros polleat uirtute et potestate.  El primero se llama pulgar, porque entre los otros goza de poder y potestad. Relaciona el santo sevillano el nombre latino de este dedo pollex con el verbo polleo, que quiere decir "tener mucho poder", lo que no deja de ser un juego de palabras motivado por la homofonía. No tiene razón el santo, porque pollex quiere decir "pulga" y "dedo gordo". Nuestro nombre para ese dedo, pulgar, procede de pollicarem, un adjetivo formado sobre pollex, y se llama así porque  sirve para matar las pulgas descabezándolas con la uña. 
Se decía en latín "pollicem (com)premere" (apretar el pulgar) para indicar aprobación y  “pollicem (con)uertere” (volver el pulgar) para indicar desaprobación. Por ejemplo en la Sátira III de Juvenal se dice que en los combates de gladiadores la chusma (uolgus) cuando lo pide (cum iubet) con el pulgar vuelto (uerso pollice) se mata para agradar al pueblo  (occidunt populariter). Pero Juvenal no nos indica hacia dónde vuelve el pulgar el pueblo. 

Otro poeta, esta vez el tardío Prudencio, del siglo IV de nuestra era, dijo: “pectusque iacentis /  uirgo modesta iubet conuerso pollice rumpi”: una joven doncella virtuosa ordena con el pulgar vuelto que se le abra el pecho del que está postrado.  Le horrorizaba al poeta que las vírgenes vestales asistieran a los combates de gladiadores, un espectáculo tan sangriento, y expresaran su deseo de que degollaran o mataran al gladiador caído. 

El pulgar, en nuestros días, gracias a las redes sociales en las que caen presos los incautos que dejan de ser peces para convertirse en pescados, sirve para expresar aprobación o desaprobación según lo volvamos hacia arriba o hacia abajo. Pero en realidad este significado procede del cristianismo donde el pulgar hacia arriba indica el cielo o la salvación y el pulgar hacia abajo el infierno o la muerte. Parece, sin embargo, que en su origen las cosas eran de otro modo: el pulgar hacia arriba significaba espada desenvainada y por lo tanto muerte, y era el pulgar hacia abajo, “compressus” o encerrado en el puño el que indicaba el favor. Digamos que el pulgar representa la espada: hacia arriba está desenfundada y amenazante, si queremos envaninarla debemos apretar el puño, guardando el pulgar.

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Otro gesto que se hace cerrando el puño y colocando el pulgar entre el dedo índice y el cordial, con el que se señalaba a las personas infames o se hacía burla de ellas, es el de hacer la higa, que probablemente sea la representación del sexo femenino, donde el pulgar simularía el clítoris, y que se hacía contra el aojo o mal de ojo. Los romanos llevaban amuletos de manos cerradas en forma de puño con el pulgar haciendo la higa.

Una higa.


II.-  Secundus index et salutaris seu demonstratorius, quia eo fere salutamus uel ostendimus. El segundo índice, y también saludador o indicativo, precisamente porque con él saludamos o señalamos.  

III.  Tertius impudicus, quod plerumque per eum probri insectatio exprimitur.  El tercero impúdico porque con frecuencia se expresa con él la ofensa de un insulto. El dedo corazón, que es el dedo más largo de la mano y que ocupa el lugar central entre los cinco se llamaba en latín “impudīcus” (palabra llana, no esdrújula como en castellano, con el prefijo  negativo in- escrito con eme antes de pe y el adjetivo pudīcus, vergonzoso).  Alude Isidoro a que el gesto de estirar el dedo corazón y encoger los otros cuatro es un ademán obsceno, un símbolo itifálico, mientras que los otros cuatro dedos cerrados en puño envocan los testículos, por lo que es una amenaza grosera, lo que entre nosotros se denomina “peineta”.



IV.-  Quartus anularis, eo quod in ipso anulus geritur. Idem et medicinalis, quod eo trita collyria a medicis colliguntur. El cuarto anular, porque en él se lleva el anillo. El mismo también medicinal porque con él aplican los médicos los ungüentos (colirios triturados, literalmente).

 V.- Quintus auricularis, pro eo quod eo aurem scalpimus. El quinto auricular, porque con él nos rascamos (o escarbamos) el oído. Nosotros lo llamamos "meñique" porque es el dedo más pequeño, mínimo.

martes, 7 de febrero de 2017

Un libro maldito condenado a la hoguera

    El filósofo neoplatónico Porfirio de Tiro escribió alrededor del año 270 en Sicilia un tratado en griego titulado Katà Christianón, Contra los Cristianos, que no se ha conservado, y no porque careciera de valor, que lo tenía al parecer, y mucho, sino  porque no interesaba su difusión entre la ya pujante e influyente comunidad cristiana del imperio romano de los siglos III y IV, ya que,  como dice el profesor y editor de los fragmentos, Adolf von Harnack sobre la obra, «es quizás el escrito más rico y fundamentado que se ha escrito jamás contra el cristianismo».

    Esta obra, maldita como pocas,  en efecto, fue condenada tres veces a la hoguera y quemada, según leo en el artículo de Jordi Morillas Contra Christianos: la crítica filológica de Porfirio al cristianismo, publicado originalmente en la revista filosófica Daímon  y ahora en la red: la primera condena vino por parte del emperador Constantino,  antes del concilio de Nicea, a la que siguieron un edicto de Valentiniano III, el emperador de Occidente, en el año 448,  y Teodosio II,  emperador de Oriente, que ordenaron la destrucción de todo aquello que Porfirio había escrito contra el culto santo de los cristianos, por lo que a mediados del siglo V ya no podía encontrarse esta obra en ninguna biblioteca.

 Averroes, a la izquierda, conversando con Porfirio de Tiro

    Sin embargo, nos han llegado algunos fragmentos, alrededor de 110, del tratado perdido gracias, precisamente,  a los autores cristianos que pretendían refutarlo y, que para hacerlo, citaban algunos pasajes. En uno de estos fragmentos conservados afirma Porfirio de los evangelistas cristianos (Mateo, Marcos, Lucas y Juan) que compusieron el Nuevo Testamento: “Los evangelistas son los inventores, no los historiadores de los hechos acaecidos a Jesús”. Y añade en otro fragmento: «esos astutos y hábiles sofistas (sic) hipotetizan, ya que se inventaron lo que nunca tuvo lugar y adscribieron a su maestro lo que no le había sucedido a él mismo».

    Porfirio encuentra en la Última Cena rasgos de canibalismo y antropofagia que repugnan a su mentalidad helénica, y, en concreto, en las palabras de Cristo, recogidas en Juan 6, 53: «De verdad, de verdad os digo, si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros». Ante esta afirmación, tomada literalmente, Porfirio responde: «Pues esto no es ni salvaje ni extravagante, sino que de todas las extravagancias es la más extravagante y de todas las cosas salvajes la más salvaje el hecho de que humanos prueben carne humana y beban sangre de la misma especie y de la misma familia y que haciendo esto obtengan vida eterna».

 El célebre árbol porfiriano

    Una cita de la obra perdida de Porfirio nos la brinda san Agustín, en su Epístola 102.28. Su interlocutor le pregunta si es verdad lo que afirma Porfirio, en concreto, si Salomón lo dice en alguna parte, y la cita del neoplatónico es en latín: “Filium Deus non habet”. Lo que quiere decir: “Dios no tiene un hijo”. A lo que se apresura el santo de Hipona a responderle rápidamente que sí que lo tuvo.

    Porfirio constataría que si Dios es único, no puede tener un hijo, y por lo tanto la identidad de Cristo no consistiría en ser el «Hijo de Dios». Junto a esta imposibilidad divina o teológica de ser Hijo de Dios, está el hecho de que tuvo una madre carnal e, incluso, hermanos.

    Este es el célebre pasaje sobre los hermanos de Jesús de Mateo (12, 46-49), donde Jesús habla de la superioridad de los lazos espirituales o afectivos sobre los carnales o familiares propiamente dichos. Dice en la traducción del griego a nuestra lengua de Nácar-Colungar: "Mientras Él hablaba a la muchedumbre, su madre y sus hermanos estaban fuera y pretendían hablarle. Alguien le dijo: Tu madre y tus hermanos están fuera y desean hablarte. Él, respondiendo, dijo al que le hablaba: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo su mano sobre sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos".

 La destrucción del árbol de Porfirio (circa 1550)

    En efecto, en los Evangelios, escritos originalmente en griego y no en hebreo,  se emplea el término "adelphós" que como se sabe significa siempre "hermano carnal", "nacido de la misma matriz" para referirse a los hermanos de Jesús. Si los evangelistas  hubieran pretendido expresar "primo" o "pariente" tenían a su disposición otras palabras griegas como "anepsiós", por ejemplo, que no hubieran inducido a una innecesaria confusión a sus lectores griegos. El caso es que tanto Mateo como Marcos aluden con normalidad a los hermanos de Jesús "adelphoi" y nos dan hasta sus nombres Santiago, José, Simón y Judas, y al menos dos hermanas "adelphái", de las que no nos dan sus nombres propios.

domingo, 5 de febrero de 2017

QVATTVOR QVADRATA MAGICA

I
L V N A
V X O R
N O T A
A R A T

I.- Quid nocte nobis lucem dat?
II- Mulier a uiro ducta
III – Signum, indicium... N. B. (n… bene)
IV - Quid agricola in agris facit?



II
A
Q V A
Q V I D
V I T A
A D A M

I- Quod est in mari
II- Sic interrogamus.
III- Quid est nobis cunctis carum?
IV- Primus uir qui Iudaeis in Terra habitauit.




III
A P E R
P O N O
E N I M
R O M A

I- Periculosum animal.
II- Ego loco, colloco…
III- Causalis coniunctio
IV –Vrbs Italiae caput.




IV
N O V A
O L I M
V I N O
A M O R

I – Annus nouus / uita ____
II – In antiquis temporibus.
III – In ____ ueritas. Ebrius homo ueritatem dicit.
IV - Mors / uita; odium / ____






martes, 31 de enero de 2017

Hospitalidad griega

Una palabra griega, que define como ninguna otra una de las principales características de la cultura de la Grecia antigua, es "filoxenia", que significa "hospitalidad, agasajo al huésped". La lengua griega se caracteriza por su gran maleabilidad, que la hace idónea para la creación de nuevas palabras, nuevos conceptos, nuevas ideas, lo que resulta de todo punto enriquecedor. Tal es el caso de "filóxenos", un adjetivo compuesto de "filo-" que significa "amigo" y "xénos", que quiere decir extranjero o forastero. Filóxeno, es por lo tanto, aquel  que gusta de hospedar a los extranjeros, hospitalario, acogedor; todo lo contrario, por cierto, de "xenófobo", una palabra que nos resulta más familiar. ¿Por qué será? Muy sencillo, porque nuestro mundo moderno se caracteriza precisamente por su xenofobia y no por su filoxenia o, si se prefiere, xenofilia. Nuestra sociedad es xenófoba porque tiene miedo del extranjero,  desconfía del foráneo,  al que acaba odiando y haciéndolo responsable de todos nuestros males, que no son pocos,cargando al forastero con connotaciones negativas y despectivas: forajido. 

 



Pero en la antigüedad una de las advocaciones de Zeus era precisamente el epíteto Zeus hospitalario, Zeus "xenios", el dios protector de los extranjeros, el dios de la hospitalidad. 



La leyenda de Baucis y Filemón, una pareja de ancianos pobres que vivían en una humildísima cabaña, ilustra este punto. Un día llamaron a su puerta dos extraños. Baucis y Filemón, pese a su pobreza, los recibieron invitándolos a pasar y a acomododarse. Acto seguido compartieron su mesa con los forasteros. Sobre la mesa no había grandes manjares, nada que hubieran comprado: todo procedía de su propia y modesta huerta. A punto estuvieron de sacrificar incluso el único ganso que tenían para agasajar a los recién llegados, a lo que estos se opusieron, por lo que el ganso se salvó de acabar en la cazuela. Los extraños, sin embargo, comieron y bebieron. Comían y bebían, y algo raro sucedía... El vino fluía sin fin, no se acababa nunca.

Pronto barruntaron  los ancianos anfitriones que aquellos forasteros no eran dos hombres cualesquiera, sino dos divinidades: el propio Zeus y Hermes, o, si se prefiere, Júpiter y Mercurio eran los que habían llamado a su puerta haciéndose pasar por dos extranjeros. Como antes habían recorrido toda la ciudad sin que nadie los hubiera recibido, los dioses decidieron castigarlos a todos haciendo que perecieran en una inundación, salvo aquellos dos ancianos y su humilde cabaña, que se convertiría en un templo dorado y resplandeciente. Baucis y Filemón, por su parte, llegarían a ser los guardianes del templo, y rogarían a los dioses que les concedieran el deseo de morir juntos: ambos fueron convertidos en dos árboles que crecieron a la par a la puerta del templo y se entrelazaron para siempre. 



Júpiter y Mercurio en casa de Filemón y Baucis, Rubens (1630-1633)

Esta leyenda que nos transmite Ovidio en sus Metamorfosis expresa muy bien el carácter sagrado e inviolable que entre los antiguos tenía la ley de la hospitalidad con los forasteros no hostiles, a los que se les brindaba alimentación y, si lo requerían, un lugar para pasar la noche. Todos los extranjeros y pobres estaban bajo la protección directa de Zeus, dios supremo y padre de dioses y de hombres, y cualquier persona que no acatara esta ley cometía el más abominable de los sacrilegios. Zeus, pues, protegía al fugitivo que suplicaba clemencia y amparo, y al extranjero que no poseía derechos legales, pero que gozaba como huésped del amparo que consagraba la religión.

Resulta, pues, paradójico que una gran parte de la opinión pública griega moderna, y española también,  -pero no toda afortunadamente- criminalice ahora a los extranjeros tachándolos de responsables del desempleo, de la delincuencia, del virus del Nilo occidental, de la crisis económica, de la tuberculosis, del terrorismo y de un larguísimo etcétera. Y es  sarcástico que se haya denominado en Grecia a una operación policial contra la inmigración ilegal "Zeus xenios" (Zeus hospitalario). ¿No es cuando menos irónico recordar el nombre de Zeus a la hora de detener a unas personas cuyo único delito es no tener papeles y buscar la hospitalidad de los griegos? 



No obstante, los griegos de a pie, el pueblo llano sigue siendo, pese a todos los pesares de sus gobernantes, bastante hospitalario y amable, bastante filóxeno o, si se prefiere, xenófilo. El siguiente vídeo de la Oficina de Turismo de Creta exporta esta imagen un tanto tópica, pero no por ello menos real, de la hospitalidad griega. Dicha Oficina de Turismo intenta atraer a los extranjeros ricos, a los turistas europeos, principalmente alemanes y británicos adinerados, haciendo gala de la proverbial hospitalidad griega. El vídeo, tomado de aquí, no tiene desperdicio. 


Mucho antes de que la Unión Europea frenase el éxodo de los migrantes sirios bloqueándolos dentro de la península turca de Anatolia en campos de concentración de refugiados, pagando al actual sultán de Turquía no pocos millones de euros a tal fin, miles de personas intentaban llegar desesperadamente a las costas europeas en busca de una vida mejor. 


Ya lo hicieron, en la antigüedad, sus predecesores Eneas y los troyanos supervivientes de la guerra de Troya, y, por lo tanto, víctimas de esa guerra,  que emigraron hacia Europa en busca de nuevos asentamientos.  Nadie le puso trabas entonces a su huída. Hoy a los refugiados no se les deja pasar a Europa. 

La hospitalidad es una idea griega –que aparece ya en Homero. Tanto entre los helenos como entre sus adversarios troyanos, la filoxenia es sagrada. Glauco, que es un héroe troyano, se enfrenta con Diomedes que es griego, y por lo tanto, su rival, en el canto sexto de la Ilíada (119-236). Su enfrentamiento se salda con el intercambio de presentes y los dones de hospitalidad (xeineia, en griego, xenia, en latín –regalos o dádivas que se hacen a un huésped-). Intercambian sus armas, independientemente de su valor económico, porque sus antepasados habían mantenido un lazo de hospitalidad, lo que reforzaba dicho vínculo creando una relación de amistad y hospedaje.

Copio como muestra, para corroborar lo dicho, el pasaje arriba mencionado de la estupenda traducción de la Ilíada que hace Emilio Crespo Güemes:

Glauco, hijo de Hipólico, y el hijo de Tideo
Coincidieron, ávidos de luchas, en el espacio entre ambos bandos.
Cuando ya estaban cerca, avanzando el uno contra el otro,
Díjole el primero Diomedes, valeroso en el grito de guerra:
“¡Sobresaliente guerrero! ¿Quién eres tú de los mortales?
Nunca te he visto en la lucha, que otorga gloria a los hombres,
Antes. Sin embargo, ahora estás muy por delante de todos
Y tienes la osadía de aguardar mi pica, de luenga sombra.
¡Desdichados son los padres cuyos hijos se oponen a mi furia!
Pero si eres algún inmortal y has descendido del cielo,
Desde luego yo no lucharía con los celestiales dioses.
(…)
Mas si eres un mortal de los que comen el fruto de la tierra
Acércate más y así llegarás antes al cabo de tu ruina.”
Respondióle, a su vez, el esclarecido hijo de Hipóloco:
“¡Magnánimo Tidida! ¿Por qué me preguntas mi linaje?
Como el linaje de las hojas, tal es también el de los hombres.
(…)
E Hipóloco me engendró a mí, y de él afirmo haber nacido.
Me envió a Troya y con gran insistencia me encargó
Descollar siempre, sobresalir por encima de los demás
Y no mancillar el linaje de mis padres, que los mejores
Con mucho fueron en Éfira y en la anchurosa Licia.
Ésas son la alcurnia y la sangre de las que me jacto de ser.”
Así habló, y Diomedes, valeroso en el grito de guerra,
Se alegró y clavó la pica en el suelo, nutricio de muchos,
Y dijo con lisonjeras palabras al pastor de huestes:
“¡Luego eres antiguo huésped de la familia de mi padre!
(…)
Por eso ahora yo soy huésped tuyo en pleno Argos,
Y tú lo eres mío en Licia para cuando vaya al país de los tuyos.
(…)

 Glauco y Diomedes intercambian sus armas.
Troquemos nuestras armas, que también estos se enteren
De que nos jactamos de ser huéspedes por nuestro padres.”
Tras pronunciar estas palabras, ambos saltaron del carro,
Se cogieron mutuamente las manos y sellaron su compromiso.
Entonces Zeus Crónida hizo perder el juicio a Glauco,
Que con el Tidida Diomedes intercambió las armas,
Oro por bronce, unas que valían cien bueyes por otras de nueve”.

miércoles, 18 de enero de 2017

Quitadme de los ojos ese Cristo...



Quitadme de los ojos ese Cristo
de mustia faz y demacrado pecho;
quitadme de los ojos esa Virgen
de ingrácil rostro y desgarbado cuerpo.


 El nancimiento de Vennus, William-Adolphe Bouguereau (1879)

Vengan a mí los Dioses del Olimpo,
vengan los Dioses jóvenes y bellos,
con las miradas invitando al goce,
con las sonrisas incitando al beso.



 El nacimiento de Venus, Alexandnre Cabanel (1863) 

Surge, oh Belleza, surge y resplandece
en el blanco esplendor de tus misterios
sin recatar a mis voraces ojos
las tentadoras curvas de tu seno.

Otro, infestado de pudor tartufo,
cubra la Forma con profano velo:
yo adoro de rodillas, yo bendigo
la victoriosa desnudez de Venus.


Manuel González Prada  (1844-1918)