jueves, 31 de mayo de 2018

Contra todos los -ismos

No habrá seguramente sufijos más abundantes y universales que -ismo e -ista no sólo por su rancio abolengo, sino también por lo productivos que siguen resultando todavía. Proceden del latín -ismus e -ista, y en última instancia del griego -ισμός e -ιστής. Pero en su origen no eran tales simples sufijos, sino la fusión de una raíz verbal acabada en -íζ-, como resultado del protogriego *-ιδy-  donde la yod se aplicaba a activar raíces nominales (por ejemplo ἐλπίδy-ω > ἐλπίζ-ω, esperar, sobre la raíz  ἐλπίδ- esperanza), con los sufijos propiamente dichos -μός de acción y -τής de agente, como por ejemplo βαπτίζω (sumerjo, bautizo), que origina βαπτισμός, bautismo, y βαπτιστής, bautista.

La formación del sufijo -ισμός a partir de verbos acabados en -ίζω es paralela a la creación de sustantivos acabados en -ασμός y -αστής a raíz de verbos acabados en -άζω. Este último sufijo, sin embargo, no ha tenido tanta difusión como el primero, del que hay centenares de ejemplos en la lengua griega, aunque hay algunos casos como el verbo ἐνθουσιάζω del que conservamos los sustantivos ἐνθουσιασμός, entusiasmo, y ἐνθουσιαστής, entusiasta. 



En origen, pues, el sufijo -ismo servía para re-crear sustantivos a partir de raíces verbales formadas sobre nombres, y denotaba proceso que expresa la acción o a veces resultado. Este procedimiento acabó extendiéndose a cualesquiera otras raíces verbales y nominales. Muy abundante en griego clásico, pasó al latín en helenismos a partir del siglo II de nuestra era, y a partir del siglo IV se hace cada vez más abundante y productivo, usándose ya para crear neologismos que no son préstamos griegos, hasta llegar a las lenguas modernas donde sigue estando vivo y productivo.

El sufijo -ίζω tenía en griego clásico un doble valor: por un lado factitivo y por otro ecoico u onomatopéyico. Cuando se unía a un gentilicio o a un nombre de persona, se indicaba adopción de costumbres, partido o lengua: ἐλληνίζω hablo griego, φιλιππίζειν ser del partido de Filipo. En el diccionario de Anatole Bailly aparece χριστιανίζω con el significado de hacer profesión de fe cristiana, y a raíz de ahí χριστιανισμός, cristianismo como la profesión de dicha creencia religiosa. La adaptación latina sería christianizo y christianismus, documentada ya en Tertuliano. Sobre este modelo se formarán nombres de religiones, herejías, sectas o sistemas filosóficos. A partir del Renacimiento y hasta nuestros días las formaciones en -ismo comienzan a ser numerosas en todas las lenguas europeas.

Los usos modernos más importantes de este sufijo son la formación de un nombre de acción sobre verbos acabados en el sufijo -izar, denominando el proceso o el cumplimiento de la acción o su resultado, como por ejemplo bautismo, organismo, sincronismo, pero también una característica personal como heroísmo, patriotismo, despotismo, sin olvidar la formación de un sistema, teoría o práctica de tipo religioso o filosófico, político o social, basándose a veces en el nombre propio del fundador como budismo, calvinismo, epicureísmo... Pueden formarse con términos descriptivos nombres de doctrinas o ideologías como agnosticismo, estoicismo, feminismo, capitalismo, machismo, hedonismo... Un uso documentado desde la antigüedad es la formación de términos que denotan una peculiaridad lingüística como anglicismo, latinismo, a los que puede añadirse arcaísmo, clasicismo, modernismo, vulgarismo, y tantas denominaciones de tendencias artísticas vanguardistas como surgieron en el siglo XX.

Interesa especialmente por su reciente actualidad la formación moderna de nombres que tienen el sentido de superioridad o supremacismo como racismo, sexismo, nacionalismo, especismo, patriotismo, etc. sin perder de vista el que engloba a todos los demás humanismo, por aquello de Protágoras de que el hombre es la medida o metro patrón de todas las cosas "de las que son en cuanto son, de las que no son en cuanto no son", lo que implica que vemos la realidad bajo nuestra óptica humana, reduciéndola a nuestra medida.



No existe ningún argumento lógico ni mínimamente coherente para que los llamados "seres humanos" creamos que somos el centro del universo (antropocentrismo, humanismo). No somos más que un tipo de cosas entre otras muchas cosas. Se dice que somos animales mamíferos pertenecientes a la especie homo sapiens sapiens, el hombre que sabe que sabe, cuando en realidad pertenecemos a la del homo sapiens non sapiens, o sea al hombre que sabe que no sabe, consciente de su ignorancia y de sus numerosísimos prejuicios. 


El humanismo del que solemos hacer gala no es más que el último reducto del patriotismo y del nacionalismo más cerril, que nos ha hecho tanto daño a los propios seres humanos como al resto de las criaturas, plantas y seres del reino inerte. El nacionalismo y el patriotismo nos hacen creen que nuestra nación y nuestra patria son las mejores. El racismo nos hace creer que nuestra raza es superior. El sexismo nos hace creer que nuestro sexo es superior, el mejor. El especismo nos hace creer que la especie humana es superior a todas las demás, como culminación de la creación divina, ya que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, según la Biblia. El humanismo es la culminación y justificación de todos estos -ismos. Hasta hay un Partido Político Humanista que se presenta a las elecciones, colmo ya de los colmos.



El humanismo, como culminación de todos los -ismos, se basa en la creencia, falsa como todas, de que nosotros somos el fin de la creación: nuestra nación, nuestra patria, nuestra especie, nuestro sexo... sólo porque es lo nuestro, pero el hecho de que sean nuestros o ajenos no los hace ni mejores ni peores que los demás. Es lo que acertó a denominar genialmente Rafael Sánchez Ferlosio como "la moral del pedo": a ninguno nos molestan nuestras propias ventosidades, que pueden llegar a complacernos, mientras que las de los demás, por el contrario, nos ofenden, sin que objetivamente haya razones aromáticas.

El animalismo se quiere plantear como la superación del humanismo, pero los animales en general y sobre todo algunos en particular, los que disponen de sistema nervioso central, los domésticos o mascotas, que privilegiamos como compañeros de nuestra soledad frente a los que criamos para comérnoslos, son demasiado parecidos a nosotros, demasiado humanos, por lo que el animalismo es un nuevo humanismo de onda más amplia, como advierte Agustín García Calvo (tertulia política del Ateneo núm. 233 de 9 de junio de 2010), que trata de conferir a los animales algo de la dignidad humana, y que deja fuera inexplicablemente a las plantas y a las rocas y demás cosas del llamado reino inerte.


 
Ilustración de Pawel Kurczynski (1976-...)

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