viernes, 27 de julio de 2018

Por la desescolarización obligatoria (y II)

La opinión pública cacarea machaconamente que los niños van a la escuela a aprender. Pero esta opinión pública es el producto y resultado del adoctrinamiento de la propia institución académica, que así justifica su existencia y la necesidad misma de la escolarización obligatoria,  su auténtico currículum oculto: encerrar y privar de libertad en aulas, horarios, calendarios y planes de estudios a niños y niñas en su más tierna infancia hasta casi la mayoría de edad.

En la escuela, que es el moderno opio del pueblo, se nos enseña que el resultado de la asistencia obligatoria es un aprendizaje valioso y significativo; que el valor del aprendizaje aumenta con el aumento de la información suministrada y asimilada; y, finalmente, que este valor puede evaluarse y documentarse mediante grados, títulos y diplomas que certifican su adquisición. 


Sin embargo, algo nos dice en nuestro fuero interno que eso de aprender algo en la escuela no es verdad: todos hemos aprendido la mayor parte de lo que sabemos fuera de las aulas, es decir, al margen del proceso "educativo" diseñado y programado para nosotros, sin nuestros maestros y profesores y, muy a menudo, a pesar de éstos y en su contra. 

El papel que desempeña el profesor tiene varios ángulos o vertientes igualmente perniciosos. Por un lado es un vigilante que custodia a los alumnos que están bajo su tutela, a los que somete a ciertas rutinas cotidianas; por otro lado es una figura revestida de cierta dignidad, que se presenta in loco parentis, y asegura así que todos sus alumnos se sientan hijos del mismo Estado. El profesor es también un psicagogo y un pedagogo autorizado a inmiscuirse en la vida privada de sus alumnos a fin de ayudarlos a desarrollarse como personas, es decir, a pasar por el aro y convertirse en votantes y contribuyentes en su edad adulta. 

Las escuelas convierten a las tiernas criaturas infantiles en productores y consumidores modernos. De todos los "falsos servicios de utilidad pública", la escuela es el mito que parece más inocente y resulta el más insidioso. El currículum oculto modela al consumidor que da más valor a los bienes institucionales que a los servicios no profesionales del prójimo, inculcando al alumno la creencia enajenante de que a mayor producción más calidad de vida, y el reconocimiento de los escalafones institucionales y la jerarquía. 

 
¿Tiene algo de bueno la escuela? Francamente, nada o muy poco, poquísimo. La escuela ofrece efectivamente a los niños una oportunidad de escapar de sus padres y casas y encontrar nuevos amigos, pero al mismo tiempo este proceso, enriquecedor sin duda y liberador, inculca en ellos la conveniencia de elegir sus amistades entre aquellos con quienes han sido aleatoriamente congregados, sus compañeros conscriptos, y la imposibilidad práctica de hacerlo libremente con otras personas de cualquier condición, sexo o edad. El derecho a la libre reunión, reconocido políticamente y aceptado socialmente, está en el caso de los menores de edad restringido por leyes que hacen obligatorias institucionalmente ciertas formas de reunión, que son las clases a las que asisten, según la fecha de nacimiento, el curso o nivel escolar, recluidos (y reclusos)  en los lugares destinados a su confinamiento, dotados cada vez más de verjas en puertas cerradas y ventanas, vallas en el perímetro del recinto "escolar", cámaras de videovigilancia y, en algunos casos, hasta personal de seguridad. 

Es raro ver ya jugar a niños y niñas libremente en las calles de nuestras grandes ciudades, donde jamás perciben por sus sentidos algo que no haya sido ideado, proyectado, planificado y vendido, expresa- y previamente. Los pocos árboles que crecen en ellas no son una irrupción de la naturaleza en la ciudad, sino el fruto del diseño de un parque público. 

Prometeo robó el fuego a los dioses y se lo entregó a los hombres, a los que enseñó a forjar el hierro y el acero. Con esos hierros y aceros mismos, señala Ivan Illich, se construyeron las esposas, grillos y grilletes que encadenaron a Prometeo a la roca del Cáucaso, los mismos que nos privan a nosotros de libertad.

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