sábado, 11 de febrero de 2017

Los dedos de la mano



A propósito de los nombres de los dedos (digiti) de la mano (manus), dice Isidoro de Sevilla,  en el libro noveno de sus Etimologías (70-71):

I.- Primus pollex uocatur, eo quod inter ceteros polleat uirtute et potestate.  El primero se llama pulgar, porque entre los otros goza de poder y potestad. Relaciona el santo sevillano el nombre latino de este dedo pollex con el verbo polleo, que quiere decir "tener mucho poder", lo que no deja de ser un juego de palabras motivado por la homofonía. No tiene razón el santo, porque pollex quiere decir "pulga" y "dedo gordo". Nuestro nombre para ese dedo, pulgar, procede de pollicarem, un adjetivo formado sobre pollex, y se llama así porque  sirve para matar las pulgas descabezándolas con la uña. 
Se decía en latín "pollicem (com)premere" (apretar el pulgar) para indicar aprobación y  “pollicem (con)uertere” (volver el pulgar) para indicar desaprobación. Por ejemplo en la Sátira III de Juvenal se dice que en los combates de gladiadores la chusma (uolgus) cuando lo pide (cum iubet) con el pulgar vuelto (uerso pollice) se mata para agradar al pueblo  (occidunt populariter). Pero Juvenal no nos indica hacia dónde vuelve el pulgar el pueblo. 

Otro poeta, esta vez el tardío Prudencio, del siglo IV de nuestra era, dijo: “pectusque iacentis /  uirgo modesta iubet conuerso pollice rumpi”: una joven doncella virtuosa ordena con el pulgar vuelto que se le abra el pecho del que está postrado.  Le horrorizaba al poeta que las vírgenes vestales asistieran a los combates de gladiadores, un espectáculo tan sangriento, y expresaran su deseo de que degollaran o mataran al gladiador caído. 

El pulgar, en nuestros días, gracias a las redes sociales en las que caen presos los incautos que dejan de ser peces para convertirse en pescados, sirve para expresar aprobación o desaprobación según lo volvamos hacia arriba o hacia abajo. Pero en realidad este significado procede del cristianismo donde el pulgar hacia arriba indica el cielo o la salvación y el pulgar hacia abajo el infierno o la muerte. Parece, sin embargo, que en su origen las cosas eran de otro modo: el pulgar hacia arriba significaba espada desenvainada y por lo tanto muerte, y era el pulgar hacia abajo, “compressus” o encerrado en el puño el que indicaba el favor. Digamos que el pulgar representa la espada: hacia arriba está desenfundada y amenazante, si queremos envaninarla debemos apretar el puño, guardando el pulgar.

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Otro gesto que se hace cerrando el puño y colocando el pulgar entre el dedo índice y el cordial, con el que se señalaba a las personas infames o se hacía burla de ellas, es el de hacer la higa, que probablemente sea la representación del sexo femenino, donde el pulgar simularía el clítoris, y que se hacía contra el aojo o mal de ojo. Los romanos llevaban amuletos de manos cerradas en forma de puño con el pulgar haciendo la higa.

Una higa.


II.-  Secundus index et salutaris seu demonstratorius, quia eo fere salutamus uel ostendimus. El segundo índice, y también saludador o indicativo, precisamente porque con él saludamos o señalamos.  

III.  Tertius impudicus, quod plerumque per eum probri insectatio exprimitur.  El tercero impúdico porque con frecuencia se expresa con él la ofensa de un insulto. El dedo corazón, que es el dedo más largo de la mano y que ocupa el lugar central entre los cinco se llamaba en latín “impudīcus” (palabra llana, no esdrújula como en castellano, con el prefijo  negativo in- escrito con eme antes de pe y el adjetivo pudīcus, vergonzoso).  Alude Isidoro a que el gesto de estirar el dedo corazón y encoger los otros cuatro es un ademán obsceno, un símbolo itifálico, mientras que los otros cuatro dedos cerrados en puño envocan los testículos, por lo que es una amenaza grosera, lo que entre nosotros se denomina “peineta”.



IV.-  Quartus anularis, eo quod in ipso anulus geritur. Idem et medicinalis, quod eo trita collyria a medicis colliguntur. El cuarto anular, porque en él se lleva el anillo. El mismo también medicinal porque con él aplican los médicos los ungüentos (colirios triturados, literalmente).

 V.- Quintus auricularis, pro eo quod eo aurem scalpimus. El quinto auricular, porque con él nos rascamos (o escarbamos) el oído. Nosotros lo llamamos "meñique" porque es el dedo más pequeño, mínimo.

martes, 7 de febrero de 2017

Un libro maldito condenado a la hoguera

    El filósofo neoplatónico Porfirio de Tiro escribió alrededor del año 270 en Sicilia un tratado en griego titulado Katà Christianón, Contra los Cristianos, que no se ha conservado, y no porque careciera de valor, que lo tenía al parecer, y mucho, sino  porque no interesaba su difusión entre la ya pujante e influyente comunidad cristiana del imperio romano de los siglos III y IV, ya que,  como dice el profesor y editor de los fragmentos, Adolf von Harnack sobre la obra, «es quizás el escrito más rico y fundamentado que se ha escrito jamás contra el cristianismo».

    Esta obra, maldita como pocas,  en efecto, fue condenada tres veces a la hoguera y quemada, según leo en el artículo de Jordi Morillas Contra Christianos: la crítica filológica de Porfirio al cristianismo, publicado originalmente en la revista filosófica Daímon  y ahora en la red: la primera condena vino por parte del emperador Constantino,  antes del concilio de Nicea, a la que siguieron un edicto de Valentiniano III, el emperador de Occidente, en el año 448,  y Teodosio II,  emperador de Oriente, que ordenaron la destrucción de todo aquello que Porfirio había escrito contra el culto santo de los cristianos, por lo que a mediados del siglo V ya no podía encontrarse esta obra en ninguna biblioteca.

 Averroes, a la izquierda, conversando con Porfirio de Tiro

    Sin embargo, nos han llegado algunos fragmentos, alrededor de 110, del tratado perdido gracias, precisamente,  a los autores cristianos que pretendían refutarlo y, que para hacerlo, citaban algunos pasajes. En uno de estos fragmentos conservados afirma Porfirio de los evangelistas cristianos (Mateo, Marcos, Lucas y Juan) que compusieron el Nuevo Testamento: “Los evangelistas son los inventores, no los historiadores de los hechos acaecidos a Jesús”. Y añade en otro fragmento: «esos astutos y hábiles sofistas (sic) hipotetizan, ya que se inventaron lo que nunca tuvo lugar y adscribieron a su maestro lo que no le había sucedido a él mismo».

    Porfirio encuentra en la Última Cena rasgos de canibalismo y antropofagia que repugnan a su mentalidad helénica, y, en concreto, en las palabras de Cristo, recogidas en Juan 6, 53: «De verdad, de verdad os digo, si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros». Ante esta afirmación, tomada literalmente, Porfirio responde: «Pues esto no es ni salvaje ni extravagante, sino que de todas las extravagancias es la más extravagante y de todas las cosas salvajes la más salvaje el hecho de que humanos prueben carne humana y beban sangre de la misma especie y de la misma familia y que haciendo esto obtengan vida eterna».

 El célebre árbol porfiriano

    Una cita de la obra perdida de Porfirio nos la brinda san Agustín, en su Epístola 102.28. Su interlocutor le pregunta si es verdad lo que afirma Porfirio, en concreto, si Salomón lo dice en alguna parte, y la cita del neoplatónico es en latín: “Filium Deus non habet”. Lo que quiere decir: “Dios no tiene un hijo”. A lo que se apresura el santo de Hipona a responderle rápidamente que sí que lo tuvo.

    Porfirio constataría que si Dios es único, no puede tener un hijo, y por lo tanto la identidad de Cristo no consistiría en ser el «Hijo de Dios». Junto a esta imposibilidad divina o teológica de ser Hijo de Dios, está el hecho de que tuvo una madre carnal e, incluso, hermanos.

    Este es el célebre pasaje sobre los hermanos de Jesús de Mateo (12, 46-49), donde Jesús habla de la superioridad de los lazos espirituales o afectivos sobre los carnales o familiares propiamente dichos. Dice en la traducción del griego a nuestra lengua de Nácar-Colungar: "Mientras Él hablaba a la muchedumbre, su madre y sus hermanos estaban fuera y pretendían hablarle. Alguien le dijo: Tu madre y tus hermanos están fuera y desean hablarte. Él, respondiendo, dijo al que le hablaba: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo su mano sobre sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos".

 La destrucción del árbol de Porfirio (circa 1550)

    En efecto, en los Evangelios, escritos originalmente en griego y no en hebreo,  se emplea el término "adelphós" que como se sabe significa siempre "hermano carnal", "nacido de la misma matriz" para referirse a los hermanos de Jesús. Si los evangelistas  hubieran pretendido expresar "primo" o "pariente" tenían a su disposición otras palabras griegas como "anepsiós", por ejemplo, que no hubieran inducido a una innecesaria confusión a sus lectores griegos. El caso es que tanto Mateo como Marcos aluden con normalidad a los hermanos de Jesús "adelphoi" y nos dan hasta sus nombres Santiago, José, Simón y Judas, y al menos dos hermanas "adelphái", de las que no nos dan sus nombres propios.

domingo, 5 de febrero de 2017

QVATTVOR QVADRATA MAGICA

I
L V N A
V X O R
N O T A
A R A T

I.- Quid nocte nobis lucem dat?
II- Mulier a uiro ducta
III – Signum, indicium... N. B. (n… bene)
IV - Quid agricola in agris facit?



II
A
Q V A
Q V I D
V I T A
A D A M

I- Quod est in mari
II- Sic interrogamus.
III- Quid est nobis cunctis carum?
IV- Primus uir qui Iudaeis in Terra habitauit.




III
A P E R
P O N O
E N I M
R O M A

I- Periculosum animal.
II- Ego loco, colloco…
III- Causalis coniunctio
IV –Vrbs Italiae caput.




IV
N O V A
O L I M
V I N O
A M O R

I – Annus nouus / uita ____
II – In antiquis temporibus.
III – In ____ ueritas. Ebrius homo ueritatem dicit.
IV - Mors / uita; odium / ____






martes, 31 de enero de 2017

Hospitalidad griega

Una palabra griega, que define como ninguna otra una de las principales características de la cultura de la Grecia antigua, es "filoxenia", que significa "hospitalidad, agasajo al huésped". La lengua griega se caracteriza por su gran maleabilidad, que la hace idónea para la creación de nuevas palabras, nuevos conceptos, nuevas ideas, lo que resulta de todo punto enriquecedor. Tal es el caso de "filóxenos", un adjetivo compuesto de "filo-" que significa "amigo" y "xénos", que quiere decir extranjero o forastero. Filóxeno, es por lo tanto, aquel  que gusta de hospedar a los extranjeros, hospitalario, acogedor; todo lo contrario, por cierto, de "xenófobo", una palabra que nos resulta más familiar. ¿Por qué será? Muy sencillo, porque nuestro mundo moderno se caracteriza precisamente por su xenofobia y no por su filoxenia o, si se prefiere, xenofilia. Nuestra sociedad es xenófoba porque tiene miedo del extranjero,  desconfía del foráneo,  al que acaba odiando y haciéndolo responsable de todos nuestros males, que no son pocos,cargando al forastero con connotaciones negativas y despectivas: forajido. 

 



Pero en la antigüedad una de las advocaciones de Zeus era precisamente el epíteto Zeus hospitalario, Zeus "xenios", el dios protector de los extranjeros, el dios de la hospitalidad. 



La leyenda de Baucis y Filemón, una pareja de ancianos pobres que vivían en una humildísima cabaña, ilustra este punto. Un día llamaron a su puerta dos extraños. Baucis y Filemón, pese a su pobreza, los recibieron invitándolos a pasar y a acomododarse. Acto seguido compartieron su mesa con los forasteros. Sobre la mesa no había grandes manjares, nada que hubieran comprado: todo procedía de su propia y modesta huerta. A punto estuvieron de sacrificar incluso el único ganso que tenían para agasajar a los recién llegados, a lo que estos se opusieron, por lo que el ganso se salvó de acabar en la cazuela. Los extraños, sin embargo, comieron y bebieron. Comían y bebían, y algo raro sucedía... El vino fluía sin fin, no se acababa nunca.

Pronto barruntaron  los ancianos anfitriones que aquellos forasteros no eran dos hombres cualesquiera, sino dos divinidades: el propio Zeus y Hermes, o, si se prefiere, Júpiter y Mercurio eran los que habían llamado a su puerta haciéndose pasar por dos extranjeros. Como antes habían recorrido toda la ciudad sin que nadie los hubiera recibido, los dioses decidieron castigarlos a todos haciendo que perecieran en una inundación, salvo aquellos dos ancianos y su humilde cabaña, que se convertiría en un templo dorado y resplandeciente. Baucis y Filemón, por su parte, llegarían a ser los guardianes del templo, y rogarían a los dioses que les concedieran el deseo de morir juntos: ambos fueron convertidos en dos árboles que crecieron a la par a la puerta del templo y se entrelazaron para siempre. 



Júpiter y Mercurio en casa de Filemón y Baucis, Rubens (1630-1633)

Esta leyenda que nos transmite Ovidio en sus Metamorfosis expresa muy bien el carácter sagrado e inviolable que entre los antiguos tenía la ley de la hospitalidad con los forasteros no hostiles, a los que se les brindaba alimentación y, si lo requerían, un lugar para pasar la noche. Todos los extranjeros y pobres estaban bajo la protección directa de Zeus, dios supremo y padre de dioses y de hombres, y cualquier persona que no acatara esta ley cometía el más abominable de los sacrilegios. Zeus, pues, protegía al fugitivo que suplicaba clemencia y amparo, y al extranjero que no poseía derechos legales, pero que gozaba como huésped del amparo que consagraba la religión.

Resulta, pues, paradójico que una gran parte de la opinión pública griega moderna, y española también,  -pero no toda afortunadamente- criminalice ahora a los extranjeros tachándolos de responsables del desempleo, de la delincuencia, del virus del Nilo occidental, de la crisis económica, de la tuberculosis, del terrorismo y de un larguísimo etcétera. Y es  sarcástico que se haya denominado en Grecia a una operación policial contra la inmigración ilegal "Zeus xenios" (Zeus hospitalario). ¿No es cuando menos irónico recordar el nombre de Zeus a la hora de detener a unas personas cuyo único delito es no tener papeles y buscar la hospitalidad de los griegos? 



No obstante, los griegos de a pie, el pueblo llano sigue siendo, pese a todos los pesares de sus gobernantes, bastante hospitalario y amable, bastante filóxeno o, si se prefiere, xenófilo. El siguiente vídeo de la Oficina de Turismo de Creta exporta esta imagen un tanto tópica, pero no por ello menos real, de la hospitalidad griega. Dicha Oficina de Turismo intenta atraer a los extranjeros ricos, a los turistas europeos, principalmente alemanes y británicos adinerados, haciendo gala de la proverbial hospitalidad griega. El vídeo, tomado de aquí, no tiene desperdicio. 


Mucho antes de que la Unión Europea frenase el éxodo de los migrantes sirios bloqueándolos dentro de la península turca de Anatolia en campos de concentración de refugiados, pagando al actual sultán de Turquía no pocos millones de euros a tal fin, miles de personas intentaban llegar desesperadamente a las costas europeas en busca de una vida mejor. 


Ya lo hicieron, en la antigüedad, sus predecesores Eneas y los troyanos supervivientes de la guerra de Troya, y, por lo tanto, víctimas de esa guerra,  que emigraron hacia Europa en busca de nuevos asentamientos.  Nadie le puso trabas entonces a su huída. Hoy a los refugiados no se les deja pasar a Europa. 

La hospitalidad es una idea griega –que aparece ya en Homero. Tanto entre los helenos como entre sus adversarios troyanos, la filoxenia es sagrada. Glauco, que es un héroe troyano, se enfrenta con Diomedes que es griego, y por lo tanto, su rival, en el canto sexto de la Ilíada (119-236). Su enfrentamiento se salda con el intercambio de presentes y los dones de hospitalidad (xeineia, en griego, xenia, en latín –regalos o dádivas que se hacen a un huésped-). Intercambian sus armas, independientemente de su valor económico, porque sus antepasados habían mantenido un lazo de hospitalidad, lo que reforzaba dicho vínculo creando una relación de amistad y hospedaje.

Copio como muestra, para corroborar lo dicho, el pasaje arriba mencionado de la estupenda traducción de la Ilíada que hace Emilio Crespo Güemes:

Glauco, hijo de Hipólico, y el hijo de Tideo
Coincidieron, ávidos de luchas, en el espacio entre ambos bandos.
Cuando ya estaban cerca, avanzando el uno contra el otro,
Díjole el primero Diomedes, valeroso en el grito de guerra:
“¡Sobresaliente guerrero! ¿Quién eres tú de los mortales?
Nunca te he visto en la lucha, que otorga gloria a los hombres,
Antes. Sin embargo, ahora estás muy por delante de todos
Y tienes la osadía de aguardar mi pica, de luenga sombra.
¡Desdichados son los padres cuyos hijos se oponen a mi furia!
Pero si eres algún inmortal y has descendido del cielo,
Desde luego yo no lucharía con los celestiales dioses.
(…)
Mas si eres un mortal de los que comen el fruto de la tierra
Acércate más y así llegarás antes al cabo de tu ruina.”
Respondióle, a su vez, el esclarecido hijo de Hipóloco:
“¡Magnánimo Tidida! ¿Por qué me preguntas mi linaje?
Como el linaje de las hojas, tal es también el de los hombres.
(…)
E Hipóloco me engendró a mí, y de él afirmo haber nacido.
Me envió a Troya y con gran insistencia me encargó
Descollar siempre, sobresalir por encima de los demás
Y no mancillar el linaje de mis padres, que los mejores
Con mucho fueron en Éfira y en la anchurosa Licia.
Ésas son la alcurnia y la sangre de las que me jacto de ser.”
Así habló, y Diomedes, valeroso en el grito de guerra,
Se alegró y clavó la pica en el suelo, nutricio de muchos,
Y dijo con lisonjeras palabras al pastor de huestes:
“¡Luego eres antiguo huésped de la familia de mi padre!
(…)
Por eso ahora yo soy huésped tuyo en pleno Argos,
Y tú lo eres mío en Licia para cuando vaya al país de los tuyos.
(…)

 Glauco y Diomedes intercambian sus armas.
Troquemos nuestras armas, que también estos se enteren
De que nos jactamos de ser huéspedes por nuestro padres.”
Tras pronunciar estas palabras, ambos saltaron del carro,
Se cogieron mutuamente las manos y sellaron su compromiso.
Entonces Zeus Crónida hizo perder el juicio a Glauco,
Que con el Tidida Diomedes intercambió las armas,
Oro por bronce, unas que valían cien bueyes por otras de nueve”.

miércoles, 18 de enero de 2017

Quitadme de los ojos ese Cristo...



Quitadme de los ojos ese Cristo
de mustia faz y demacrado pecho;
quitadme de los ojos esa Virgen
de ingrácil rostro y desgarbado cuerpo.


 El nancimiento de Vennus, William-Adolphe Bouguereau (1879)

Vengan a mí los Dioses del Olimpo,
vengan los Dioses jóvenes y bellos,
con las miradas invitando al goce,
con las sonrisas incitando al beso.



 El nacimiento de Venus, Alexandnre Cabanel (1863) 

Surge, oh Belleza, surge y resplandece
en el blanco esplendor de tus misterios
sin recatar a mis voraces ojos
las tentadoras curvas de tu seno.

Otro, infestado de pudor tartufo,
cubra la Forma con profano velo:
yo adoro de rodillas, yo bendigo
la victoriosa desnudez de Venus.


Manuel González Prada  (1844-1918)


jueves, 12 de enero de 2017

Ni he ni she: ze o xe.

En inglés actual no existe el género gramatical ni en sustantivos ni en adjetivos, ha quedado reducido al pronombre personal de tercera persona del singular, precisamente a la no persona, es decir, al tema del que se habla dado que las personas gramaticales se reducen al hablante y al oyente, donde se distingue una forma masculina he, una femenina she y otra neutra it, no diferenciándose en plural, donde sólo hay they.

 

Es probable que así comenzara el género en protoindoeuropeo, es decir, en la lengua madre de la mayoría de las lenguas europeas actuales, incluidas el inglés y el castellano. Pero recuérdese que  la mayoría no son todas, dado que hay lenguas europeas que no pertenecen a este tronco, como el vasco, el húngaro o el finés.

Hay una distinción mucho más antigua que la sexual, que es la de personas,  a las que se puede tutear tomándolas como interlocutores, y que también pueden hablar, ocupando nuestro lugar, y tutearnos a nosotros (el género animado, que dicen los gramáticos), y las cosas (el género inanimado, que en nuestras lenguas vendrá a ser el género neutro). Algo de esta situación que todavía no distingue géneros gramaticales masculinos ni femeninos se conserva en latín en los interrogativos QVIS (quién, who), que pregunta por las personas, y QVID (qué, what) que lo hace por las cosas.

El invento del género gramatical arranca de los pronombres de tercera persona. El de primera persona, yo, no distingue en ninguna lengua sexo, porque yo es cualquiera que tome la palabra, cualquier hablante, independientemente de su sexo y condición social, ni tampoco el de segunda persona , si se exceptúa el caso peculiar del hebreo. Pero en tercera persona surgió, una vez establecida la familia patriarcal que conocemos allá en la prehistoria, la necesidad de distinguir las figuras destacadas, y así se generalizó una forma *so para él y otra *sa para ella, que utilizarían los hijos para referirse al padre y a la madre, y los esclavos al amo y al ama, generalizándose después, a partir de ahí, para el hijo y la hija, y acabando en la distinción hombres y mujeres, machos y hembras, y en las abstracciones masculino y femenino. Como era interesante distinguir también el sexo de los animales domésticos, vino a aplicarse también a caballos y yeguas, gallos y gallinas, quedando los salvajes en su mayoría en la indeterminación sexual, dado que su sexo no interesa mucho a la economía familiar. Frente a las formas mencionadas, que tenían en común el índice S,  existía el índice T bajo la la forma *to, conservada en el artículo neutro griego, para las cosas. (Esta última forma, por cierto, también desarrolló un índice *ta, que acabó sintiéndose como singular colectivo antes que como auténtico plural).


El orden social, digámoslo así, de la familia patriarcal obligó a diferenciar en tercera persona los sexos de personas y animales allegados al núcleo familiar, lo que era de vital importancia. Así como en plural no era tan importante distinguir ellos de ellas, en singular se impuso enseguida la separación de él y de ella. A partir de aquí se extendió el género a los adjetivos, y finalmente acabó contaminando a los nombres.

Se ve así cómo la ordenación social llegó a intervenir en la gramática de la lengua, sin nada que ver con el sexo natural, sino con la institución sexual que distingue una clase, la masculina, como la dominante y otra, la femenina, como la dominada.

¿He, she o ze/xe??

Un sindicato estudiantil de la universidad de Oxford quiere imponer el uso de “ze” para las personas sin especificar su condición sexual, animando a los estudiantes a utilizar, en lugar de “he” o “she” una forma neutra del pronombre, no “it” que se reserva para las cosas, sino “ze”: un pronombre inventado que está ganando terreno como alternativa posible al masculino y femenino tradicionales. Otros prefieren escribirlo con la forma "xe", rescatando quizá el valor de la equis como incógnita matemática.

El problema que se trata de resolver con este empleo es prescindir de connotaciones de género que resultarían discriminatorias para quien no se acomoda a ninguna de las dos categorías (macho y hembra). Hay, por ejemplo, estudiantes transexuales que no se identifican ni con “he” ni con “she”. Con este pronombre neutro personal se trata de no ofender a las personas transexuales, bisexuales, pansexuales o asexuales, evitando la sexualización reduccionista masculina/femenina. No se trata, dicen, de corrección política, sino de respetar el derecho a no autodefinirse ni como macho ni como hembra. El pronombre “ze” tiene también su propia declinación: hir o zir para el acusativo y zirs o hirs para el genitivo, así como zirself para el reflexivo, aunque no hay consenso sobre estas formas todavía.


Algo así ya se hace en sueco, con las bendiciones académicas, donde se ha impuesto un pronombre inexistente *hen, neutro personal frente a la dicotomía masculina y femenina, como comentamos aquí. Y algo así se ha pretendido también, a través de la red social Twitter, en España con la etiqueta #ElleEnLaRae, que trataba de pedirle a la Real Academia Española de la Lengua, como si ella fuera el Dios creador de la lengua que prescribe lo que es correcto y lo incorrecto, el bien y el mal, que aceptara el pronombre de tercera persona "elle" para acabar con la opresión machista y destruir la norma arcaica existente en nuestra lengua de que el género masculino es el no marcado y, por lo tanto, puede usarse como indiferente o neutro en la oposición gramatical. Pensar que de esta forma, invirtiendo el proceso y volviendo a la indiferenciación originaria en que no se distinguía todavía *so de *sa, podemos conseguir cambiar la ordenación social es,  además de errar el tiro, una ingenuidad imperdonable. Acabar con el género gramatical no significa acabar con la dominación masculina, sino probablemente disimularla porque no es políticamente correcto visibilizarla.

No porque vistamos hombres y mujeres prácticamente igual, desde que las mujeres adoptaron como ropa de a diario los pantalones allá por los años sesenta del siglo pasado -todavía recuerdo a una profesora mía de la facultad que nos contaba que el bedel no le permitió la entrada en la universidad el glorioso año de 1968 por ir vestida con vaqueros-, no por eso hemos acabado con la discriminación femenina ni con el patriarcado que la consolidó, sino que lo que hemos hecho es probablemente invisibilizarla, lo que no quiere decir que hayamos acabado con ella, sino todo lo contrario: ella es la que ha acabado ocultándose para pasar inadvertida. 

sábado, 7 de enero de 2017

El mito de Calistó o la insinuación lésbica

Calistó, a pesar de ser la hija del rey Licaón, una princesa, no vivía en palacio: era una ninfa virgen de los bosques, consagrada a la caza, que formaba parte del cortejo de Diana. Su nombre del que mantengo la acentuación aguda original  significa Bellísima en griego, por lo que hemos de suponer que era de una gran belleza. Las ninfas que acompañan a la diosa de la caza y de la Luna que es Diana han hecho un voto de castidad que las mantiene apartadas de los varones y del rol que destina a las mujeres a la familia y la maternidad en el seno de la sociedad patriarcal: más próximas a las amazonas que a una matrona romana, viven en la naturaleza, al aire libre, lejos de la ciudad y del ámbito doméstico, y se dedican a la caza, alejadas de las labores del hogar que se consideran propias de su sexo.

El poeta Ovidio en el libro II de sus Metamorfosis, relata la historia de Calistó (vv. 401-532). Júpiter repara enseguida en su belleza y se da cuenta de que no era su oficio cardar la lana ni arreglarse el pelo como las mujeres que solía seducir (non erat huius opus lanam mollire trahendo / nec positu uariare comas), sino que "miles erat Phoebes" pertenecía al ejército de Febe, o sea, de Diana, la hermana gemela de Febo o Apolo.

Júpiter la vio un día y se enamoró enseguida de ella, como nos cuenta Higino, en su De Astronomia. Para seducir a una doncella que rechaza a los hombres, Júpiter adopta la forma de la diosa Diana, y decide acompañar a la ninfa en una cacería como ayudante, ocasión que aprovecha para apartándola de la vista de sus compañeras tomarla por la fuerza. La historia tiene un indudable trasfondo lésbico de amor entre mujeres. Calistó rechazaría a Júpiter como prototipo masculino, pero no a su hija Diana, por lo que aquél decide tomar el aspecto de Diana para acercarse a la bellísima ninfa, y aprovecharse de ella.. Para mantener una relación sexual con ella, adoptó la figura femenina, sabedor como era de que su hija Diana y sus ninfas, entre las que estaba Calistó, rehuían a los hombres. Seducida por la femenina apariencia del dios, Calistó accedió a su reclamo y quedó embarazada. 

Cuando se descubre con ocasión del baño de las ninfas que Calistó está embarazada, la diosa que rechaza a los varones y el papel que la sociedad le otorga a la mujer le pide explicaciones a su acólita de su preñez, y ella le reprocha que lo abultado de su vientre es culpa de ella (illius peccato id evenisse dixit). Diana castiga a la ninfa convirtiéndola en una osa, que preñada vagará por los montes errante y sola como el animal  salvaje que ha llegado a ser, y acabará dando a luz a Árcade, que se convertirá en el héroe epónimo de los arcadios. 

Perseguida la osa años después por unos cazadores, entre los que quizá estaba su hijo Árcade, sin saberlo, será capturada y llevada ante el rey Licaón -bajo cuyo nombre propio se encuentra el  nombre común del lobo en griego, lykos-, que no reconoce a su hija, y ella se refugiará en el templo de Júpiter Liceo -o Lobuno-, ignorando que estaba prohibido penetrar en su recinto sagrado. Su hijo la siguió instintivamente, según cuenta Higino. No se podía entrar en dicho santuario bajo pena de muerte. Tanto la madre como el hijo han entrado, por lo que deben ser ejecutados. Pero justamente allí encontrarán ambos la protección divina que buscaban, pues cuando los arcadios se disponían a darles muerte,  Júpiter, sin embargo, recordando su culpa, se apiadará de ambos, y, no pudiendo deshacer la metamorfosis sufrida por Calistó, la catasterizará, es decir, la colocará como la osa que es entre los astros y estrellas del firmamento, convirtiéndola en la constelación de la Osa Mayor, y a su hijo, el héroe Árcade, lo convertirá en Artofílace, es decir, en el Guardián de la Osa.
  
Algunos pintores se han servido de este mito para insinuar y representar los amores femeninos entre mujeres. Es el caso de, por ejemplo, de François Boucher, que representa a Júpiter transformado en su hija Diana, figura de la derecha -nótese la media luna sobre la frente de la diosa-,  cortejando a Calistó. Los amores -esos putti o Cupidos juguetones y alados- nos sugieren el trasfondo erótico de la romántica escena, en la que el arco y las flechas yacen por los suelos.

Júpiter y Calisto, de François Boucher (1744)

El mismo pintor trató el tema del amor lésbico de un modo más explícito en esta otra obra:

Júpiter disfrazado de Diana y la ninfa Calisto, François Boucher ( 1757)

Otro tratamiento, muy parecido, es el de Jacopo Amigoni (1682-1752), que representa a Calisto semidesnuda, y a Júpiter-Diana a la derecha con la media luna sobre la frente. Al arco y las flechas de ambas se suman los perros de caza.

  Júpiter y Calisto, Jacopo Amigoni 

El tratamiento que hace Rubens del tema es diferente. Rubens se centra en el personaje de Calisto, a la que presenta completamente desnuda y blanca en primer plano, quedando Diana en segundo término, y como trasfondo el águila y los rayos jupeterinos que evocan el carácter predador y violento del dios.

 Diana y Calisto, Rubens (ca.1635)

Más explícito a la hora de tratar el amor lésbico, Nicolas-René Jollain (1732-1804), nos presenta a ambos personajes desnudas,  acariciándose y besándose. La figura de la izquierda -media luna sobre su cabeza- es Diana, y la de la derecha, toda sensualidad y erotismo, la ninfa Calistó.

Diana y Calisto, Nicolas-René Jollain (1770)

Jean-Honoré Fragonard presenta a Diana y a Calistó abrazándose amablemente a la luz de la luna -de fondo puede adivinarse la silueta del águila que simboliza al dios que se encarna en Diana.


El tratamiento más moderno que conozco es el de la pintora impresionista Berthe Morisot, que basándose en un cuadro de Boucheer sobre el mismo tema, pintó este sugerente lienzo:

 Júpiter y Calisto según cuadro de Boucher, Berthe Morisot (1841-1895)

 

domingo, 1 de enero de 2017

Cambio de año

Así refleja el dibujante griego Arkás su escepticismo ante el cambio de año que hemos inaugurado en  nuestro calendario. El texto, que está en griego moderno, podría ser perfectamente leído y comprendido por cualquier griego antiguo, porque es la misma lengua