miércoles, 31 de mayo de 2017

Graduaciones

A propósito de las graduaciones que se celebran al final de un curso escolar, y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, me pongo aquí a desentrañar etimológica- y gradualmente la palabra graduación.

¿Qué es graduarse? La palabra viene de grado, que en origen significa paso, marcha, y tiene un femenino que es grada, propiamente peldaño, de donde derivan gradería y graderío también. En las gradas vemos que suceden muchas cosas: hay guerras cuando hay partido, hay ovaciones y abucheos, a veces sangrientas peleas, otras simplemente violencia o pequeñas trifulcas, porque las gradas no sólo son los asientos corridos en el estadio o anfiteatro, sino también por metonimia el público que sienta sus posaderas en ellos. Pero hay grados y grados, e incluso posgrados: lo mismo que graduados y posgraduados. Y ceremonias de graduación.



 Teatro romano de Mérida visto desde las gradas
En composición el sufijo -grado quiere decir que anda: plantígrado, con la planta del pie como el oso, o digitígrado o saltígrado o retrógrado, que camina hacia atrás. Pero hay grados y grados: grados de temperatura, grados Celsius o centígrados y Fahrenheit, grados del adjetivo: positivo, comparativo y superlativo, y este último absoluto o relativo a su vez, como nos enseñaba la gramática. 

Y entre los grados, no olvidemos  los de alcohol o los de una quemadura. Y volvemos al mundo de la enseñanza, grado es el título académico que se alcanza al superar cada uno de los niveles educativos o, más propiamente, de estudio. Y volvemos a la graduación: aparte de la categoría militar jerárquica o de la proporción alcohólica de las bebidas espiritosas, es la acción de graduar(se) o recibir un título acreditativo de un nivel obtenido, frente a la gradación, o serie ordenada en grados sucesivos ascendentes o descendentes. 

La palabra latina que está detrás de los grados y las gradas es GRADVS, de la cuarta declinación. Originariamente era masculina, y evolucionó en castellano a grado, pero se creó sobre ella una pareja femenina grada, como ha quedado dicho. De grado deriva, en contexto militar, degradar, quitar el grado.

El verbo latino GRADI, andar, del que conservamos en castellano el participio de presente gradiente, sufre ya en latín al entrar en composición una apofonía vocálica o alteración de timbre que convierte la A breve de su radical en E, que conservamos en castellano, por lo que nos encontramos con AGREDI (agredir), CONGREDI, DIGREDI, EGREDI, INGREDI (ingrediente), PROGREDI, REGREDI, TRANSGREDI (transgredir y trasgredir)
, todos ellos esdrújulos en latín.

Estos verbos hacen el participio de perfecto en -SVS -SA -SVM (cuando la mayoría lo hacen en -TVS -TA -TVM) porque su raíz, acabada en consonante dental sonora,  al encontrarse con otra consonante como ella, en este caso sorda, la del sufijo del participio,  -DT-,  evoluciona a -TT- por asimilación regresiva de sonoridad. La primera oclusiva cierra sílaba y la segunda abre la siguiente, estableciéndose entre ambas un límite silábico -T/T-, que es muy difícil de mantener sin que surja entre dientes, nunca mejor dicho, el escape incontrolado de un soplo de aire, que provocará en esta región articulatoria, según Pierre Monteil, la aparición de un fonema silabante como por arte de magia: una -S- parásita. La silbante intrusa entre las dos oclusivas dentales (-TST-)  contagiará su aspiración por asimilación bilateral regresiva y progresiva a las dos oclusivas que la encierran, lo que desembocará en -SS-. Por lo tanto, nos encontramos a fin de cuentas con los participios llanos AGRESSVS, CONGRESSVS, DIGRESSVS, EGRESSVS, INGRESSVS, PROGRESSVS, REGRESSVS y TRANSGRESSVS.



La raíz original GRAD- que está detrás tanto del sustantivo GRAD-VS como del verbo GRAD-I remonta por su parte en la prehistoria de la lengua a una raíz indoeuropea: *ghredh-, la número 691 en el diccionario de Pokorny, que significaría andar, marchar, como revela el parentesco con otras lenguas de la misma familia. El latín GRADI estaría emparentado con la rama balto-eslava de desgajamiento del protoindouropeo, dando lugar por el lado báltico al lituano gridiju “marchar”, y por el eslavo al eslavo antiguo grędǫ y al ruso grjadú, y por otro lado, con la rama céltica por el antiguo irlandés in-grenn. La raíz latina tendría el grado, precisamente, cero *ghredh.

La raíz GRAD-, pues, la conservamos en grada, graderío, gradiente, grado, graduar, gradual, graduación, gradación, degradar (pero no en agradar, porque el agrado viene de lo que nos es GRATVM, o sea, grato, donde la oclusiva dental se ha sonorizado entre vocales, dando lugar a la confusión); modificada como -GRED- la conservamos en agredir, tra(n)sgredir, ingrediente, y como -GRES- en agresión, agresivo, agresor; congreso y congresista; digresión; el americanismo egresar; ingresar, ingreso; progresar, progresión y progreso; regresar, regresión y regreso; tra(n)sgresión y tra(n)sgresor.

domingo, 28 de mayo de 2017

Humanidades ¿una opción que cierra puertas?

"Elegir Humanidades (Latín y Griego) cierra muchas puertas". Así, literalmente,  he oído decir  más de una vez a más de un profesional de la enseñanza y responsable incluso de la llamada orientación educativa. Así lo he oído decir, y se ha dicho sin ningún sonrojo ni rebozo públicamente en más de una evaluación final a la hora de dar el consejo orientador, que no prescriptivo, a los alumnos que se graduaban en Educación Secundaria Obligatoria.

Aseguraban estos consejos (des)orientadores que era mejor que tanto los alumnos indecisos como los que no lo estaban eligieran  el Bachillerato de Ciencias porque el "otro" era algo así como un camino sin retorno que les cerraba muchas puertas, una especie de callejón sin salida. Si elegían Ciencias, podían pasarse luego a una carrera de Letras sin ningún problema, argumentaban (si a esto puede llamarse "argumentación"),  mientras que si elegían Letras  no podrían pasarse a una de Ciencias (?).



Hay que tener en cuenta que cualquier elección que hagamos en la vida cierra, en sentido estricto, al menos una puerta, porque optar por una posibilidad supone excluir por lo pronto otra, si no son varias más las que se descartan. Pero debemos verlo por el lado positivo  del asunto, que también lo tiene y es más importante: hay que elegir, y cualquier elección que hagamos nos abre también otras posibilidades, otras puertas que  hasta ahora han estado cerradas para nosotros. Lo que no está tan claro, por lo menos para mí, es si somos nosotros los que elegimos las cosas o si, más bien, son ellas, las cosas, las que nos eligen a nosotros, las personas,  seduciéndonos y atrayéndonos hacia su órbita como piedras magnéticas. 

Se supone que las puertas que cierra el Bachillerato de Humanidades  -y no me gusta que se llame así, porque me suena, lo siento,  a "vanidad de vanidades", bíblicamente, o a "manualidades", será por lo fácil de la rima consonántica, prefiero el nombre tradicional de Letras-  son las de las salidas al mercado laboral. Pero eso es mucho suponer, porque eso significaría que las puertas del mercado del trabajo están abiertas de par en par a los numerosos ingenieros y no menos prolíficos economistas, científicos y tecnólogos que pululan por el vasto universo con un título debajo del brazo, lo que es, como digo, mucho suponer, habida cuenta del creciente índice de paro que afecta a todos los sectores y la proliferación del llamado trabajo precario, si es que no son precarios ya todos los trabajos y la propia idea de "trabajo" en sí.

Se supone que las puertas que nos cierra la elección de Humanidades son las de la Ciencia y las de la Tecnología, que adelantan que es una barbaridad, como dicen los nuevos crédulos o creyentes. Concedamos esto último, aunque habría mucho que discutir sobre el particular y sobre las llamadas ciencias humanas o sociales frente a las otras, las "naturales". Pero, en cualquier caso, insisto, hemos de pensar en las puertas que nos abre esta elección, que son las de la cultura y el humanismo, las de las letras,  tan importantes o  no menos importantes que las otras. A fin de cuentas, como dijo Terencio, homo sum. (soy un ser humano, una persona, hombre o mujer, da igual), humani nihil  (nada de lo que sea humano)  a me alienum puto (considero que me sea ajeno).



Lo que debería importarnos es, en primer lugar, que hayamos elegido según nuestro gusto y criterio,  y según nuestros intereses. Si yo voy a estudiar, pongo por caso, Filología Inglesa o Traducción e Interpretación, porque me gusta el Inglés o porque me interesan y se me dan bien los idiomas en general, debería elegir el Bachillerato de Humanidades, y estudiar, entre otras materias, Latín y Griego, porque son importantes o básicas para la formación de cualquier filólogo, traductor o lingüista que se precie.

¿Qué sucede si, siguiendo el consejo "orientador" cacareado, me inclino en este caso por la opción del Bachillerato Científico y Tecnológico, porque, según dicen, no cierra tantas puertas como el de Humanidades y a fin de cuentas voy a seguir estudiando el mismo inglés haga Letras o Ciencias? Pues en principio nada grave. Tampoco vamos a exagerar ni a hacer aquí un drama (o una tragedia griega) de ello. De hecho nada impide, porque no es obligatorio, que después de cursar un Bachillerato de la modalidad científica-tecnológica-sanitaria uno se matricule en Filología Inglesa o en Traducción e  Interpretación. Nada lo impide, realmente, y hay alumnos de hecho  mal asesorados que lo hacen, pero eso no significa que sea aconsejable desde un punto de vista educativo, pedagógico y propedéutico porque, de hacerlo, vamos a tener seguramente muchas carencias en nuestra formación, que no tienen por qué ser insuperables, pero que sí son desde luego importantes y dignas de consideración.

Lo mismo sucede al revés. Nada nos impide, por caso, después de cursar un Bachillerato de Humanidades, matricularnos en una Ingeniería Técnica o en Medicina. No es cierto que sea obligatorio, sino aconsejable,  cursar determinadas asignaturas en Bachillerato, en función de los estudios posteriores. Nadie ni nada nos lo prohíbe, pero algo nos dice, tal vez el sentido común, que suele ser, como dijo el otro, el menos común de todos los sentidos,  que si tiramos por ahí tendremos que subsanar algunas lagunas en nuestra formación.



Claro está que también se puede elegir algo no en función de estudios posteriores, porque a veces no sabemos si vamos a seguir estudiando o no,  o qué vamos a estudiar después, sino en función del interés que suscitan en nosotros las cosas que nos llaman, porque son ellas, como decía antes, las que nos llaman a nosotros,  que eso y no otra cosa es la vocación: una llamada.

En ese sentido podemos decir a favor de los estudios de Letras (y no me refiero sólo al Latín y al Griego, claro está), parafraseando un párrafo de  Cicerón de su discurso de defensa del poeta Arquias, donde hace una apología de la cultura y la literatura en general y de la poesía en particular, que estos estudios -y aquí debemos entender la palabra estudio en su sentido etimológico de "afición, afán, empeño", algo que se hace por amor no por obligación ni por interés laboral futuro-   alimentan nuestra adolescencia y juventud (haec studia adulescentiam alunt), enriquecen nuestra madurez y vejez deleitándonos (senectutem oblectant), nos acompañan en las situaciones favorables de la vida  y adornan nuestra prosperidad (secundas res ornant), nos ofrecen un refugio y un consuelo en la adversidad (aduersis perfugium ac solacium praebent), nos agradan y deleitan en casa (delectant domi), no nos estorban cuando viajamos fuera (non impediunt foris), duermen con nosotros (pernoctant nobiscum), viajan de hecho con nosotros porque van dentro de nosotros mismos (peregrinantur), incluso se vienen con nosotros al campo cuando huimos de la jungla de las ciudades (rusticantur): nos siguen como nuestra propia sombra tanto en los ocios como en los negocios del trabajo. Nos acompañarán, en definitiva, durante toda la vida sin abandonarnos nunca. 

Sólo me queda finalmente felicitar, ahora que está a punto de concluir un curso académico más (y suma y sigue) a los seguramente pocos alumnos, (pero lo importante no es el número ni la cantidad), que, pese a los consejos desorientadores,  opten, contra viento y marea, por esta elección del Bachillerato de Humanidades o de Letras,  que cierra  algunas puertas, como todas las elecciones que se hacen en la vida, porque como hemos dicho no hay ninguna elección que no lo haga, pero que también, a la vez,  abre otras puertas, y muchas y muy gozosas, por cierto.

Siempre se dijo que las Letras, como se las llamaba antes cuando se las contraponía a las Armas, no servían absolutamente para nada. Y es verdad, pero ahí es donde radica precisamente todo su valor: si no sirven para nada práctico o no tan práctico como las Armas, que ya se sabe para lo que sirven y quién las carga, nosotros tampoco vamos a servir a ningún fin pragmático, es decir, no vamos a ser siervos, que eso significa etimológicamente servir: ser esclavo de un fin y de una utilidad práctica. Y qué mejor que no ser esclavos cuando de lo que se trataba era de ser un poco más libres por lo menos de lo que somos.

lunes, 8 de mayo de 2017

Diógenes el Perro (Pedro García Olivo)

Pedro García Olivo recrea una anécdota de Diógenes el Perro, transcrita por su homónimo Diógenes Laercio en Vidas de los filósofos más ilustres:

Con un poco de pan de cebada y agua se puede ser tan feliz como Júpiter
Diógenes de Sinope, alias El perro.

De espaldas al Poder y al Mercado

Diógenes tomaba el sol en el ágora, rascándose la barriga -señal de bienestar. A su alrededor, se repetía el trajín de todos los días, jaleo de gentes “instaladas” que compran o venden, que salen de sus casas o van a sus casas, que hablan de negocios o de política, que distribuyen su tiempo entre las innúmeras tareas marcadas para la jornada -pues, ya por aquel entonces, “el tiempo era oro”. Diógenes los ve pasar, como abejas atareadas, como hormigas en desfile; y se rasca la barriga, mientras disfruta del sol. Es un mendigo; y come de lo que le dan, poco o mucho, a cambio de nada, a cambio de ser él mismo, de sus palabras afiladas y de sus escenificaciones ofensivas. Mientras los demás trafican y mienten, él se rasca la barriga.


 Quiere la leyenda que aparezca entonces Alejandro Magno. Yo le llamo Alejandro-el Estado... Y Alejandro reconoce a Diógenes, el filósofo desvergonzado, con la tripa al sol. Se acerca y le declara su admiración: “Diógenes, yo te admiro. Ya sé que somos enemigos; ya sé que eres un veneno o una plaga para el Imperio; ya sé que, si todos fueran como tú, mi poder no se sostendría ni un día; ya sé que me desprecias; ya sé que te burlas de mí. Pero te admiro... Te admiro por tu honestidad y tu integridad; te admiro por tu coherencia. Te admiro porque haces lo que ya nadie hace: pensar la vida y vivir el pensamiento. Te admiro porque eres el único, en todo el Estado, que no está en venta. Y porque te puedes declarar sencillamente “libre” en un mundo de ciudadanos/esclavos y esclavos/no-ciudadanos. Por eso, porque te admiro, deseo concederte el don que tú quieras. Pide cualquier cosa y te será otorgada. Pide lo que quieras y lo haré tuyo. Pídeme a mí, el Estado, cualquier clase de Bienestar, todos los bienestares que te apetezcan, y te los concederé. Si quieres el Bienestar del Estado, seré para ti un Estado del Bienestar. Pide cualquier cosa y tu palabra será ley”.

Decía Mishima que “la altura de un hombre se mide por la de sus enemigos”, y Alejandro debía considerarse “muy alto” al elegir a Diógenes como adversario. Pero Diógenes no estaba dispuesto a reconocerle “tanta altura”...

- ¿De verdad me darás lo que te pida? -pregunta el quínico insolente, peligroso, con lengua de serpiente y astucia de zorro? ¿Se cumplirá sin más mi deseo?

Alejandro se ruboriza. Procura, sin conseguirlo, disimular el temor que le embarga. Padece casi un acceso de pánico -con un quínico nunca se sabe, con Diógenes jamás está dicha la última palabra... Pero, cautivo de su propia iniciativa, rodeado de curiosos, no tiene más remedio que seguir adelante, aún con terror, con dudas...

Alejandro y Diógenes, Paride Pascucci, 1891
 
-Pídeme lo que quieres y te será concedido, excepto si lo que pides atenta contra mi propia auto-conservación, por supuesto.

Diógenes, que ha percibido la angustia en las palabras de Alejandro, “su temor y su temblor”, como diría Kierkegaard, sonríe tal una hiena y prosigue con su escenificación.

- Te lo pregunto por última vez: ¿Me concederás lo que te pida, sea lo que fuere, si eso que deseo no atenta contra tu propia auto-conservación?

- Así es, Diógenes. En prueba de mi reconocimiento de tu dignidad, reconocimiento de tu talla humana, aún siendo el enemigo más temible que cabe concebir sobre la faz del Imperio, te concederé lo que desees.

Y Diógenes deja de rascarse la tripa, se incorpora un poco, las manos sobre las piedras del suelo y los ojos entornados por la claridad cegadora de la mañana:
- Esto es lo que quiero, “Alex”. Que te apartes un poco porque me tapas el sol.


Y Alejandro-el Estado se retira, humillado, con todos sus bienestares a cuestas, en medio de las sonrisas sarcásticas de la muchedumbre y bajo el gesto triunfal de Diógenes, que se tumba de nuevo, con la panza al sol.

Esta anécdota, incluida también en el libro La Secta del Perro, de C. García Gual, se ha interpretado muchas veces en clave exclusivamente política: el quínico da la espalda a la autoridad, al poder, desiste en lo posible de padecerlo y siempre de ejercerlo.

Por eso, “se va al margen”. Diógenes no quiere nada, absolutamente nada, del Estado, de la Administración, de las Instituciones. Le basta con mantener alejada a la Autoridad, con que no se cruce en su camino... Pero la anécdota admite también una interpretación económica, lectura que me interesa subrayar aquí: como casi nadie hoy día, Diógenes da la espalda asimismo al Mercado. Da la espalda al dinero, al valor de cambio, a la propiedad, al salario,... Por eso no le pide a Alejandro una fortuna, una posición, una casa, unas tierras, unos esclavos, un negocio... Le basta con su “tinaja” para dormir por las noches y con lo que la gente le dé por sus diatribas y sus provocaciones, que se suscitan de forma espontánea, sin público establecido, sin “circo” o “teatro”, en cualquier lugar y a cualquier hora, ante muchos o ante pocos.




jueves, 4 de mayo de 2017

Releyendo a Catulo (José Agustín Goytisolo)

(Reproduzco por su interés el artículo que publicó el escritor y poeta José Agustín Goytisolo en el diario El País sobre el también poeta Gayo Valerio Catulo).

Mis Lecturas

El escritor y poeta, cuyo último libro publicado es Cuadernos de El Escorial, ha elegido la figura de Catulo por cuanto tiene de ejemplar para expresar su convicción en que la literatura, la creación y la posible belleza que surja de ellas no depende tanto de los temas elegidos como del talento de quien los narra o canta. 
 
RELEYENDO A CATULO

José Agustín Goytisolo

Es un caso paradigmático de escritor que convierte en belleza todo cuanto toca.

Lesbia, Ralph (El País, 27-04-96)

Existe cierto tipo de lectores que esperan que un escritor emplee siempre en sus creaciones frases y palabras delicadas, dignas y que no escandalicen sus oídos en vez de usar términos vulgares y groseros; y esperan, también, que el tema de sus obras sea noble, austero y ejemplar. 

Pero hay artistas de la palabra que vulneran expresamente esa norma, pues no creen que existan ni palabras, ni lenguaje, ni tema, que sean expresamente literarios, poéticos, hermosos, y afirman que cualquier tema, dicho con el lenguaje apropiado, puede ser objeto de belleza o de poesía, desde la palabra catalogada como soez hasta la frase más malsonante, siempre que estén tratadas, eso sí, con maestría, arte y artificio, y en un contexto apropiado. Esto se refiere, claro está, a los verdaderos escritores, a creadores de talla que, como Cervantes o Quevedo, por poner dos altísimos ejemplos de nuestra literatura, no han dudado en emplear palabras y dichos del pueblo llano. Pero un creador mediocre que no conoce los límites ni el ámbito literario nada conseguirá llenando sus obras de nombres y frases procaces, así, sin más. 

Catulo es un caso paradigmático de escritor que sabe convertir en belleza todo cuanto toca, aunque para ello deba usar un vocabulario y una fraseología licenciosas, impúdicas y desvergonzadas. Catulo no se dedicó exclusivamente a cantar los ambientes distinguidos y cultos de Roma, que conocía muy bien, puesto que los frecuentaba,  sino que se propuso además poetizar temas que le sugerían lugares plebeyos, expresiones barriobajeras que eran comunes en tabernas y tugurios que él visitaba. Y así debe entenderse su poesía, una mezcIa de lo más refinado con lo más canalla, pues Catulo sabía que en uno u otro ambiente late siempre el corazón del hombre, con toda su riqueza y vitalidad, y que él era artista no por sentir emociones, sino por saber hacer emocionar a los demás mediante la perfección de su obra, empleando cualquier clase de materiales, pues su oficio ennoblecía. 

En la reducida y deslumbrante obra de Catulo se pueden hallar poemas aparentemente vulgares y hasta groseros, pero sólo aparentemente, ya que el texto es siempre bello. Catulo creía, y así lo escribió, que un artista debía ser un hombre que llevase una vida social como los demás hombres, en cuanto ciudadano; pero en cuanto creador, no le era preciso aparentar "normalidad", sino que muy bien podía reflejar en sus poemas la otra cara de la moneda, es decir, un mundo real como el de las pasiones ocultas, también conocidas por los aristócratas. Conoció a personas que se daban a la avaricia, a la gula, al robo, a la iniquidad y a la mentira; pero también encontró gente bondadosa, caritativa, generosa y amable. Sobre estos últimos no se encuentran en sus poemas más que elogios y bellas expresiones. 

Pero contra los perversos, siempre individualizados, cae el látigo de su ironía, de su invectiva. No juzgó ni emitió juicios de valor sobre una sociedad, que era la suya, sino contra hombres y mujeres en concreto.

Edición bilingüe en versión rítmica castellana de Juan Manuel Rodríguez Tobal 
 
No le interesó la vida política, con sus intrigas y sus recovecos, con sus miserias y con sus grandezas. Sólo cantó a las mujeres y hombres de su época, de toda clase social, y muy pocas veces se metió con algún personaje público, y siempre para denigrarlo, para ridiculizarlo. Odiaba la adulación, el elogio interesado para recibir, a cambio, algún favor. 

De Catulo sólo se conocen 116 poemas, pues el resto de su obra -que la hubo, se sabe por referencias- se ha perdido. Pocos poemas son para conocer su vida, su entorno, ya que casi todo lo que de él se sabe está sacado de sus epigramas. Pero su temperamento y su personalidad se perciben nítidamente en sus escritos: carácter apasionado, incansable en la búsqueda de la felicidad, desmedido en sus amores y en sus odios, tornadizo en sus aficiones y despectivo hacia los poderosos.

Composiciones intimistas, amorosas y elegiacas, epitalamios, y casi toda su producción en forma epigramática. Lesbia fue la única gran pasión de su vida. Con tal nombre bautizó Catulo a Clodia, hermana de su amigo Clodio PuIcro y casada con Metelo Céler. La amó mucho, pese a las escandalosas infidelidades de ella, y la siguió cuando abandonó Roma, acompañando a su bondadoso o resignado marido, ya que no ignorante, pues las aventuras de su mujer eran de dominio público. A ella escribió Catulo. "Jamás mujer alguna diría que la amaron / como tú, Lesbia mía, fuiste amada por mí".

La faceta procaz de algunos epigramas de Catulo se escuda en la perfección de la forma, ajustada siempre a la intención satírica. Uno de sus más hirientes epigramas es una dura imprecación contra dos personajes de la sociedad que él frecuentaba. Llamados Aurelio y Furio, que decían públicamente que los versos de Catulo lo único que tenían eran su desvergüenza. Y él se acoge a esa desvergüenza que le adjudican para espetarles: "Os daré por detrás y por la boca". Y repite su sentencia favorita: "Un poeta puede ser honesto en vida, / pero en su obra eso no hace falta". Claro que no hace falta, si el escritor es capaz de conseguir una obra bella. La literatura no se hace con buenos sentimientos, sino con un buen oficio.
(Publicado en el diario El País, 27 de abril de 1996)

lunes, 1 de mayo de 2017

Como dize Aristótiles, cosa es verdadera... (Contra el trabajo asalariado).

(Para las calendas de mayo, fiesta del trabajo) 
"(...) Han de considerarse embrutecedores todos los trabajos, oficios y aprendizajes que incapacitan el cuerpo, el alma o la mente de los hombres libres para la práctica y las actividades de la virtud. Por eso llamamos viles a todos los oficios que deforman el cuerpo, así como a los trabajos asalariados, porque privan de ocio a la mente y la degradan. 

                  "Los trabajos asalariados privan de ocio a la mente y la degradan"
(Aristóteles, libro VIII de la Política  1337b 10) 
 
 (...) Por eso precisamente no consideramos esta actividad propia de hombres libres, sino de asalariados."

lunes, 24 de abril de 2017

Homenaje a Rafael de León

Nos queda ya algo lejos la figura de don Rafael de León, sin embargo, su voz está muy cerca, habita entre nosotros todavía. Sirva este lugar como modesto reconocimiento a este poeta aristócrata y castizo, nacido en Sevilla, trovador popular como pocos, y testigo de casi un siglo de historia de España. Muchos seguramente no habrán oído hablar de él, y sin embargo es posible que les suenen, nunca mejor dicho, algunos de sus versos porque es más que probable que los hayan oído cantar alguna vez en alguna cantina o en boca de tonadilleras folclóricas. Y es que don Rafael de León era, ante todo, un bardo popular, como demuestra el hecho de que sus versos le hayan sobrevivido y alcanzado ese estado de gracia que es la inmortalidad. 

 Rafael de León (1908-1982)



Como dijo el poeta don Manuel Machado, el hermano del también poeta don Antonio Machado: “Hasta que el pueblo las canta, / las coplas coplas no son, / y cuando las canta el pueblo / ya nadie sabe el autor.” En el caso de Rafael de León, sus coplas son coplas porque las canta el pueblo y por eso ya nadie se acuerda del autor, nadie sabe que puede considerarse un miembro más de la generación literaria del 27, que fue amigo de Lorca, a cuya muerte dedicó un sentido Réquiem (“Lo mataron en Granada, / una tarde de verano”), y que al igual que Lorca fue maricón declarado en una España en que, además de pecado, era delito ser homosexual. En el año 1932, Rafael de León se traslada a Madrid bajo la influencia del músico sevillano Manuel Quiroga, y junto con el autor teatral Antonio Quintero, llegarían a formar el prolífico trío Quintero, León y Quiroga, con el que tienen registradas más de cinco mil canciones, lo que se dice muy pronto.



Pocos saben que, a diferencia de Lorca, que murió trágicamente, Rafael de León le sobrevivió y fue longevo, falleciendo en 1982 sin el homenaje que el pueblo debería haberle rendido. 



Se ha dicho que sus canciones, algunas de las cuales exploran el lado canalla de la vida (Tatuaje, Ojos verdes, Y sin embargo te quiero…), le servían de válvula de escape para dar rienda suelta a su homoerotismo. Si las canta una mujer, como hizo por ejemplo tantas veces Concha Piquer, son canciones heterosexuales de una mujer a su amado,  pero si las canta un hombre son una proclamación de amor homosexual, como refleja la graciosa rima “compañero / te quiero” en la siguiente copla, una de las más populares, cuyo estribillo refleja la lucha entre la moral y los sentimientos:



Eres mi vi(d)a y mi muerte,
te lo juro, compañero,
no debía de quererte,
no debía de quererte
y, sin embargo, te quiero.



La abrumadora sinceridad de su declaración de amor (Te quiero más que a mis ojos, / te quiero más que a mi vida, / más que al aire que respiro / y más que a la ma(d)re mía) recuerda a Catulo cuando reconoce, en el poema dedicado a Celio, que ha querido a Lesbia como no querrá a ninguna (amata nobis quantum amabitur nulla), la única, más que a sí mismo y que a todos los suyos (plus quam se atque suos amauit omnes). 

 


Por lo demás, algunas de las metáforas de sus versos son impagables y de gran altura poética, como estas de “ojos verdes”:


Ojos verdes, verdes como la albahaca,
verdes como el trigo verde
y el verde, verde limón.



En ellos hallamos unas comparaciones bellísimas que nada tienen que envidiar al lorquiano y surrealista “Verde que te quiero verde, / verde viento, verdes ramas.” Los ojos del amado (o de la amada, da igual, pero a menudo Rafael escribe canciones para mujeres como Concha Piquer y, por lo tanto, son canciones de amor hacia hombres, como se ha dicho) son verdes, verdes como el trigo verde. Se trata de una comparación genial, ajena al tópico de que el trigo es dorado. Cualquiera que haya visto los campos de trigo en primavera, antes de amarillear sus espigas en estío, sabrá qué bella evocación hay en los versos del poeta sevillano. Se pueden ver esos campos de trigo verde que parecen aguas del océano acariciadas por el viento ondulante, por una brisa que hace que muestren diversas tonalidades siempre distintas y sin embargo siempre verdes. Lo mismo sucede con la imagen del verde limón. El poeta huye del tópico del limón amarillo, prefiriéndolo verde, un verde inestable, traidor porque está a punto de madurar y dorarse, un verde con brillo de faca, como dice más adelante la copla,a punto de clavarse en nuestro corazón.

 La niña afgana, fotografía de Steve McCurry
 
En griego hay un epíteto glaukopis, que quiere decir “de ojos brillantes” que suele aplicarse a la diosa Atenea, y que está formado sobre el adjetivo glauco, que conservamos vía latín en castellano, y que define un color verde claro, a medio camino, diríamos, entre el verde pálido y el gris, sin excluir algunas tonalidades azuladas, pero lo más definitorio de él es su carácter resplandenciente, y que se aplica tanto a las aguas del mar, como al color de la aceituna.



Os dejo aquí este soneto de Rafael de León, que popularizó Rocío Jurado -con una ligera adaptación en la letra. Para ser cantado a un hombre, la canción se llamaba "Amigo", y figura en el primer LP de la tonadillera, a finales de los sesenta.


¿Por qué tienes ojeras esta tarde?
¿Dónde estabas, amor, de madrugada,
cuando busqué tu palidez cobarde
en la nieve sin sol de la almohada?

Tienes la línea de los labios fría,
fría por algún beso mal pagado;
beso que yo no sé quién te daría,
pero que estoy seguro que te han dado.

¿Qué terciopelo negro te amorena
el perfil de tus ojos de buen trigo?
¿Qué azul de vena o mapa te condena

al látigo de miel de mi castigo?
¿Y por qué me causaste este pena
si sabes, ¡ay, amor!, que soy tu amigo?


viernes, 21 de abril de 2017

Monigotes, turiferarios y sarcasmos

Monigotes: Según la tradición, el día de los santos inocentes, se cuelga un monigote de la espalda de aquel al que queremos señalar públicamente como “inocente”, o sea incapaz de hacer daño a nadie, del que nos burlarnos. ¿Por qué un monigote? ¿Qué es un monigote? La palabra deriva del latín monachus, que significa “monje”, que a su vez procede del griego monachós “que vive solo, solitario”, “único” más el sufijo despectivo -ote. Puede relacionarse con palabras de la misma familia como monacal, monaguillo, monacato y monasterio y compárese con el conocido valor del prefijo mono-: monólogo, monarquía, monopatín…Un monigote era un monaguillo, generalmente un mocito del pueblo, un sacristanejo que ayudaba en misa y en la sacristía a vestirse o desvestirse al cura, que solía ser un hombre culto y estudiado, además de no poocas veces pederasta. En definitiva, el monigote o monagote era alguien muy único como él solo, muy suyo, y, por lo tanto, muy idiota en el sentido etimológico de la palabra, esto es, muy poco dotado de sentido común, de donde viene la connotación familiar y figurada que tiene la palabra de pelele, muñeco, dibujo torpe o mal hecho, como los garabatos que hacen los niños, lo más indicado para colgar en la espalda del inocente al que se le engaña fácilmente sin que se percate de la broma.




Turiferarios: Turiferario quiere decir persona portadora del incensario (de tus turis, incienso, en latín, y el verbo fero llevar) donde se quema el incienso o turífero. Es por lo tanto una evocación oriental, porque del Oriente, de donde nos viene la luz (ex Oriente lux), vienen también los Reyes Magos siguiendo el curso de una estrella, portadores de oro deslumbrante, incienso precisamente y mirra. ¿Cuál es la función del incienso? Si atendemos a las ocasiones en que se hace uso de él, está claro que su función es desodorante, o, mejor dicho, odorante: acabar con los malos olores, con el sudor de los peregrinos o con el hedor de los cadáveres en descomposición, al quemar los granos aromáticos, que envuelven enseguida nuestro olfato no dejando que percibamos otras notas olfativas, tal es su intensidad. Del significado literal de "portador de incienso" se deriva su significado metafórico y su connotación de adulador servil, tiralevitas, o lameculos, es decir aquel que te halaga hasta la hez para obtener a cambio alguna prebenda, algo más de ti que tu agradecimiento, algo más interesado, generalmetne dinero. ¿Qué hay más interesado que el dinero en este cochino mundo? ¿Cuál es el interés del capital si no multiplicarse con el paso del tiempo?


Sarcasmos: un sarcasmo, etimológicamente, consiste (del griego sárx, sarkós carne, como en sarcófago, cuyo calco semántico latino es, para alegría de los vegetarianos, carnívoro) en el desollamiento de un enemigo vencido, arrancándole el pellejo para escarnio, como hacían los pieles rojas con las cabelleras de los rostros pálidos, o como hizo Apolo con el sátiro Marsias, que había retado al dios de la música en una competición musical. De este significado literal, deriva: una burla sangrienta, una ironía mordaz y brutal. Por ejemplo, en los Estados Unidos de América llamaron a la Primera Guerra Mundial “la guerra que pondría fin a todas las guerras”. Resultó sarcástico, porque enseguida vino la segunda guerra mundial que dejó muy corta a la primera. Otro sarcasmo es, se me ocurre, la expresión “coche fúnebre”: todos los automóvile lo son en algún sentido real y figurado: el coche mata al peatón que todos llevamos dentro convirtiéndolo en su chófer. Los automóviles, además, son como el caballo de Atila, por donde quiera que pasan ya no crece la hierba, sino el asfalto. Son monstruos carnívoros, sarcófagos rodantes y contaminantes, cementerios de sus propios integrantes, conductores y víctimas atropelladas. 

 -¡Ves cómo sí existe un ser superior que está por encima de nosotros?

martes, 11 de abril de 2017

SIC SEMPER TYRANNIS

Sucedió en Atenas durante la tiranía de Hipias y su hermano Hiparco, que ejercieron un poder totalitario y dictatorial de forma conjunta, aunque el primero, Hipias, era el que llevaba las riendas del gobierno. 

Harmodio y Aristogitón, los protagonistas de nuestra historia, eran amantes. Hay que decir que, próximos a la pubertad, los muchachos atenienses eran cortejados por hombres hechos y derechos, no sólo para vivir una simple aventura amorosa, sino para establecer una relación intelectual y afectiva entre ambos, que no excluía el sexo. En esta relación, el adulto, generalmente casado y con hijos, iniciaba al efebo y le transmitía su experiencia de la vida, recibiendo a cambio el regalo de la juventud del amado. A la nobleza de las intenciones del adulto correspondía la nobleza de la sumisión voluntaria del efebo, que se dejaba querer. Estaba mal visto, en efecto, en la sociedad ateniense el joven que se negaba a los requerimientos amorosos de un adulto de su propio sexo. Era considerado un ser asocial y arisco. Tal era la relación de Harmodio, un efebo en la flor de la edad, el erómeno, y Aristogitón, el erasta y, más propiamente, pederasta.
 Aristogitón y Harmodio

Pero al tirano Hiparco se le antojó el lindo Harmodio, a quien acosaba sexualmente intentando lograr sus favores, utilizando para seducirlo sus riquezas y poder. Sin embargo, Harmodio, que sólo tenía ojos para Aristogitón, fiel a su amado, no accedía a los requerimientos de personaje tan principal y poderoso. 


Hiparco no llevaba nada bien el rechazo. Montó en cólera contra la parejita feliz y se mofó de ambos amantes en público llamándolos algo así como “mariconcetes y mujercitas delicadas”. Aristogitón, dolido por la pública afrenta y conocedor de los requiebros del rico y poderoso Hiparco, organizó una conspiración contra ambos déspotas, aprovechando el odio popular que despertaba la tiranía, es decir, el poder que ambos encarnaban. 

Dicha conspiración se saldó con la muerte de Hiparco, el hermano del tirano. Pero en la trifulca, encontró también la muerte el efebo Harmodio. Aristogitón, por su parte, fue hecho prisionero, encerrado y torturado hasta que revelase el nombre de los otros conspiradores, cosa que dicen que no hizo, tal era su integridad moral. En lugar de eso, insultó a Hipias, el déspota, y le escupió a la cara, por ser el responsable de la muerte de su amado. Hipias quebró sus miembros en un ataque de furia y lo apuñaló hasta la muerte. Esto sucedía en el año 514 antes de la era cristiana.


Hipias aún se mantuvo en el poder unos años más, y su gobierno no fue menos cruel de lo que había sido hasta entonces. Pero los atenienses no olvidaron nunca a Aristogitón, que le había escupido a la cara al tirano, y a su amado Harmodio, y los convirtieron en héroes libertarios. 

Derrocado finalmente el tirano, los ciudadanos rindieron honores a los dos tiranicidas, como fueron denominados. Fueron considerados héroes que habían liberado a Atenas del tirano Hiparco durante las fiestas de la diosa Atenea.

Dicen que cuando Bruto asesinó a César en Roma en las idus de marzo del 44 antes de nuestra era profirió la frase: sic semper tyrannis, así siempre a los tiranos. La frase, sin embargo, parece que es una invención posterior para añadirle dramatismo al hecho y que Bruto nunca pronunció, pero se hizo proverbial, y así, por ejemplo, en el escudo del estado de Virginia figura como lema. 

Se da a entender así que los tiranos no merecen mejor suerte que la muerte, pero no una muerte como los demás mortales, sino el asesinato. Debemos preguntarnos, sin embargo, si la muerte del tirano supone la muerte de la tiranía o del dominio del hombre sobre el hombre.

Fue erigida una estatua de ambos tiranicidas -estatua que Jerjes cuando entró victorioso en Atenas destruyó pero que fue reconstruida- como símbolo del régimen político recién instaurado, la democracia griega, una democracia directa, que no tiene nada que ver con la pantomima de las democracias indirectas y representativas modernas y actuales, donde se delega la soberanía con el voto resultante del sufragio universal en los supuestos representantes de la voluntad popular, ignorando que la voluntad del pueblo es que nadie sea más que nadie, que nadie esté por encima ni por debajo tampoco de nadie, en definitiva: que no gobierne nadie.

domingo, 9 de abril de 2017

Cuando salgas de viaje para Ítaca...

Hay algo de perverso en la utilización que la publicidad hace de la literatura. Por ejemplo, el anuncio televisivo del Seat Exeo 2009 usaba unos versos de Constantino Cavafis “Ítaca”, un poema sublime repleto de referencias clásicas. Es perverso porque no hay nada menos poético que un coche. Y el poema de Cavafis es muy bello. Sugiere que lo importante no es el destino, sino el viaje en sí; lo que cuenta no es la meta, sino el camino. Y esta idea bellísima, que contradice a Maquiavelo (el fin justifica los medios), la utilizan los publicistas para vendernos la moto de su engendro automovilístico, maldito sea, que además tiene nombre latino “EXEO”, palabro compuesto con el prefijo centrífugo EX (de dentro hacia fuera) y el verbo EO "voy", o sea, salgo. 

Cuando se abre la puerta del coche que nos quieren vender, se oye una voz solemne como venida de ultratumba, profunda y sugestiva que recita unos misteriosos versos con una agradable melodía de fondo. Oigámoslos. “Cuando inicies tu viaje a Ítaca, ruega que el trayecto sea largo…”. Constituyen una invitación al viaje, como descubrimos enseguida. Ítaca es el nombre propio de un destino turístico que nos trae inmediatamente resonancias clásicas… Ítaca era la isla de Odiseo, el héroe homérico más conocido como Ulises que, habiéndose ausentado de su patria para ir a la guerra de Troya, que duró diez largos años, emprendió su regreso, lleno de aventuras, que le llevó otros diez años, toda una odisea, la Odisea de Homero, precisamente. 



Algo parecido pasó hace tiempo cuando utilizaron la novela “On the road” de Kerouac para anunciar un BMW, otro utilitario que pretende utilizarnos a nosotros haciéndonos creer que lo utilizamos nosotros a él como medio de transporte, cuando es la máquina la que nos utiliza a nosotros como sus chóferes. Es el coche, no lo olvidemos, uno de los principales embelecos del mundo capitalista en que actualmente vivimos y uno de los medios de transporte más inútiles que se han inventado, no sólo por su carácter ferozmente individualista y por la invasión que ha supuesto su proliferación de los campos y de las ciudades, sino también por su carga simbólica asociada al éxito social y a la testosterona, así como al fantasma de la libertad, que diría Buñuel. Nada más esclavo que un automóvil que, en vez de liberarnos, nos convierte en sus siervos. Los coches, además, han invadido las ciudades y convertido las calles en aparcamientos, privándonos a los viandantes de amplios espacios para el esparcimiento, e impidiendo a los niños corretear o jugar a la pelota o a cualquier otra cosa en la calle so riesgo de atropello.



El mundo al revés: El peligro son los niños para los autos, no los autos para los niños.

No soy partidario yo de la quema de coches, que me parece un acto vandálico, pero recibo con alborozo la noticia de que gracias a la crisis económica se dejan de fabricar porque la gente no los compra: no hay mal que para bien no venga. “Cada viaje, algo excepcional”. Nos dice el anuncio. Es mentira. Los coches no sirven para viajar, sino sólo para llevarnos del trabajo a casa y viceversa, o de casa al centro comercial y vuelta de nuevo a empezar. Nada más. Es lamentable el uso mezquino, completamente irrespetuoso, de uno de los poemas más sublimes de la literatura universal. Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca debes rogar que el viaje sea largo, lleno de peripecias, lleno de aprendizajes, y no debe importarte en absoluto el medio de transporte que emplees, y si vas a pie, a caballo, en una nave como Odiseo o en bicicleta, mucho mejor que si vas en coche, porque los coches son peores que el caballo de Atila, rey de los hunos, pueblo bárbaro donde los haya: por donde pasan no vuelve a crecer la hierba sino la negra flor del asfalto.  



Y aquí tenéis el poema, por si no lo conocíais. Se titula Ítaca y lo escribió el poeta moderno griego, nacido en Alejandría, Constantino Cavafis. Es una reflexión sobre el viaje, que es a su juicio más importante que la llegada a la meta. El destino, en este caso Ítaca, no es más que un pretexto para iniciar un largo recorrido interminable como es la vida misma… Algo así cantó también nuestro Machado en su inolvidable: Caminante, no hay camino; se hace camino al andar. Merece, y mucho, la pena conocerlo. Aquí lo tenéis en traducción castellana de  Ramón Irigoyen.



Constantino Cavafis (1863-1933)


Cuando salgas de viaje para Ítaca, 
desea que el camino sea largo, 
colmado de aventuras, de experiencias colmado.
 A los lestrigones y a los cíclopes, 
 al irascible Posidón no temas, 
 pues nunca encuentros tales tendrás en tu camino,
 si tu pensamiento se mantiene alto, 
si una exquisita emoción te toca cuerpo y alma. 
 A los lestrigones y a los cíclopes, 
al fiero Posidón no encontrarás,
 a no ser que los lleves ya en tu alma,
 a no ser que tu alma los ponga en pie ante ti.
 Desea que el camino sea largo. 
 Que sean muchas las mañanas estivales
 en que —¡y con qué alegre placer!— 
 entres en puertos que ves por vez primera. 
Detente en los mercados fenicios
 para adquirir sus bellas mercancías, 
 madreperlas y nácares, ébanos y ámbares, 
y voluptuosos perfumes de todas las clases,
 todos los voluptuosos perfumes que te sean posibles. 
 Y vete a muchas ciudades de Egipto
 y aprende, aprende de los sabios.
 Mantén siempre a Ítaca en tu mente. 
Llegar allí es tu destino. 
Pero no tengas la menor prisa en tu viaje. 
 Es mejor que dure muchos años 
 y que viejo al fin arribes a la isla, 
rico por todas las ganancias de tu viaje, 
sin esperar que Ítaca te va a ofrecer riquezas.
 Ítaca te ha dado un viaje hermoso. 
Sin ella no te habrías puesto en marcha. 
 Pero no tiene ya más que ofrecerte. 
Aunque la encuentres pobre, Ítaca de ti no se ha burlado.
 Convertido en tan sabio, y con tanta experiencia, 
ya habrás comprendido el significado de las Ítacas. 

   Dibujo de Dimoscenis Coquinidis (El Pireo1929-...)  para ilustración de la Odisea de Homero.

miércoles, 5 de abril de 2017

Una taza de café

En Roma, muy cerca del Panteón,  ese templo dedicado a todos los dioses paganos antiguos, que en paz descansen, se encuentra el Café de San Eustaquio, en la plazoleta del mismo nombre, establecimiento que dicen que sirve el mejor café de la ciudad eterna y quizá de todo el mundo.

Después de pagar en caja, requisito previo, pido en la barra dos “gran caffé”, la especialidad de la casa. Es la barra clásica italiana, pensada para la consumición de pie y para dejar el sitio libre enseguida para el siguiente cliente. Nos sirven los cafés. Los tomamos allí mismo, en la barra. Afuera hacía frío. Tras el primer sorbo, puedo asegurar que, desde luego, es el mejor café que yo haya tomado en mucho tiempo. Un café cremoso, fuerte pero no demasiado, lo suficientemente azucarado como para no empalagar y como para no necesitar endulzarlo más. 


En el establecimiento se vende café en grano de todos los cafetales del mundo. ¿Por qué San Eustaquio? ¿Qué puede relacionar a este santo cristiano con el café?


Su biografía, imprecisa como la de todos los santos, se centra en la conversión al cristianismo de Plácido, que así era como se llamaba antes de su bautismo. A raíz de su conversión, pasará a llamarse Eustaquio, nombre griego derivado de eu-stachús "buenaespiga o cosecha", y por lo tanto "fecundo, fructífero". 

Plácido nació alrededor de la mitad del siglo I de la era cristiana, noble patricio romano dedicado al arte de las armas, alcanzó en el ejército el grado bastante elevado de maestre de caballería, y se distinguió, bajo el emperador Trajano, por su heroísmo. Según la leyenda, en una batida de caza, Plácido vio brillar entre los cuernos de un ciervo una cruz luminosa que le deslumbró y, supongo yo, le cegó también para siempre: de repente, el cazador resultó cazado, cayendo en las redes de una nueva fe fanática como pocas otras, exclusiva y excluyente, que le reportaría muchas alegrías y alguna que otra amargura, cuyo símbolo era aquella cruz, alegoría de una muerte paradójica que les daba a los que creían en ella la vida eterna y verdadera... Profundamente conmovido después de esta visión alucinante, se convirtió al cristianismo y con él su mujer e hijos,  recibiendo toda la familia las aguas del bautismo.

El grabado de Durero presenta el momento en que el cazador, junto con su montura y perros de caza, ve el ciervo con la cruz luminosa entre su cornamenta, y se arrodilla ante la prodigiosa visión que supone la llamada del Señor.

 San Eustaquio y el ciervo, Durero (c. 1501)

El emperador Adriano, sucesor de Trajano, le ordenó ofrecer un sacrificio a los dioses de Roma, a lo que Eustaquio se negó como buen cristiano que era ya, porque él sólo creía en un Dios único y verdadero, exclusivo y excluyente, tercamente monoteista, y no en todos los dioses falsos y paganos de los romanos, entre los que se incluían los propios emperadores divinizados tras su muerte…

Y aquí es donde viene la invención apologética cristiana: hay toda una literatura martirológica, sin ningún fundamento ni rigor históricos, que convierte a estos fanáticos en santos, en mártires que dan testimonio de su fe muriendo heroicamente y dando sentido a su vida, y que nos abren el camino del martirio a los demás.

Según dichas crónicas, Eustaquio sería condenado por este rechazo, junto con su mujer e hijos, al suplicio de la muerte en el interior de un contenedor de metal candente en forma de toro; que sería para ellos una especie de horno donde serían abrasados vivos. Estos mártires cristianos son, de algún modo, como los granos de café tostado, que desprenden un aroma como el de esta taza de café, tan delicioso y exquisito que mi acompañante y yo saboreábamos aquella fría noche en la ciudad eterna.

 
La visión de san Eustaquio, Pisanello (c.1436-1438)

No es más que una leyenda, por supuesto, falsa como todas, pero creó devoción en toda Europa, siendo éste uno de los catorce santos auxiliadores que son invocados en casos de necesidad, particularmente en época de epidemias, al que se sigue venerando el 20 de septiembre en el santoral cristiano. En la Edad Media, derivados de la leyenda del santo, se escribirán numerosos poemas en los que la figura del ciervo se convierte en símbolo de pureza y de cáritas, o lo que es lo mismo, de amor cristiano.

Me comenta mi acompañante que cada religión tiene sus dogmas, sus dioses, sus templos, sus creencias, sus libros sagrados, sus particularidades, y su amplísima zona de sombra que nos oculta la luz del infinito. La relatividad de cada credo nos aleja del absoluto de lo divino. Y yo tomo el último sorbo del delicioso café y asiento, dándole la razón: los santos nos alejan de Dios, los religiosos de la religión.

 Delicioso café, el mejor antídoto para aquella gélida noche romana de invierno.

miércoles, 29 de marzo de 2017

La estrofa alcaica

Es una estrofa griega, propia de la poesía lírica eolia, cuya invención se atribuye al poeta Alceo, de quien recibe su nombre, que también utilizó la poetisa Safó. Fue adaptada al latín por Horacio,  y está compuesta por dos hendecasílabos alcaicos, un eneasílabo de ritmo yámbico cataléctico y un decasilábo formado por dos dáctilos y dos troqueos. Modernamente la han cultivado Tennyson en inglés, Carducci en italiano, aunque con poca fortuna este último, y Hölderlin en alemán, adaptando el esquema clásico a las posibilidades de las lenguas modernas, para lo que se han basado en el acento de palabra para marcar las sílabas portadoras de ritmo. En castellano destaca la labor de Agustín García Calvo, tanto en sus traducciones de poesía antigua como en su propia obra. Valgan como ejemplo esta dos mismas, las primeras de su poema CIV de Canciones y soliloquios:

¿Qué dice el Duero de entre su bruma? ¿Oís?
Callad. Que hablen dioses y bueyes, hoy
que el mundo sueña arrebujado,
viejo lirón, en el blanco vaho

del tiempo. El dios no tiene en la azuda ya
para molienda trigo, y moliendo va
palabras roncas y palabras
(¡verde vejez!) y palabras, sólo...
 
 
Safo y Alceo, Lawrrence Alma-Tadema (1881)

Su esquema (donde “u” significa sílaba no marcada rítmicamente y en principio átona y “” sílaba que marca el ritmo, independientemente de su cantidad, y acentuada para nuestros oídos):

u u — u ‖ — u u — u —
u u — u ‖ — u u — u —
            u u — u — u — u
u u — u u — u — u

Un ejemplo clásico sería este de Horacio en latín, la primera estrofa de la primera oda del libro tercero, toda una declaración de intenciones:  

odi profanum uolgus et arceo.
fauete linguis: carmina non prius
            audita Musarum sacerdos
    uirginibus puerisque canto.

Que podemos reproducir rítmicamente así en castellano con el mismo ritmo:

Odio al inculto vulgo y me aparto de él.
Guardad silencio: inéditas hasta hoy
canciones, vate de las Musas,
canto a doncellas y a los muchachos.


 
 Estatua de Quinto Horacio Flaco, en Venosa

En la poesía alemana, la estrofa alcaica fue introducida por vez primera por Harsdörffer en el siglo XVII y tras él utilizada por por Klopstock, Hölty, Platen y sobre todo por Friedrich Hölderlin, del que os ofrezco este precioso ejemplo de poema compuesto por esta única estrofa. Se titula Ehmals und jetz (Antes y ahora), una de sus composiciones de juventud escrita entre 1793 y 1799.

 In jüngern Tagen war ich des Morgens froh,
Des Abends weint ich; jetzt, da ich älter bin,
            Beginn ich zweifelnd meinen Tag, doch
Heilig und heiter ist mir sein Ende.

Que sonaría más o menos así en castellano con el mismo ritmo:

Yo joven era al amanecer feliz,
después lloraba; ahora, que soy mayor,
dudando empiezo el día, pero
santo y sereno su fin se me hace.
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 Hölderlin, Franz Karl Hiemer (1792)