domingo, 10 de junio de 2018

Juicio a la educación

Bryan Caplan, profesor de Economía de la Universidad norteamericana George Mason del condado de Fairfax en el Estado de Virginia, declara contra el sistema educativo que “sólo sirve para tirar el tiempo y el dinero”. Hace bien este profesor de economía equiparando “tiempo” y “dinero” porque, como suele decirse en su lengua, que es la del Imperio, “time is money”, y si perdemos una de estas magnitudes no perdemos una sola, sino ambas juntas, porque son lo mismo. En nuestra lengua, que es la de Cervantes, también se dice que el tiempo es oro.


Este profesor ha escrito un libro, que no he leído ni pienso leer, por cierto, titulado Juicio a la educación, literalmente “contra la educación” (The Case Against Education). No he pasado de la introducción donde escribe lo siguiente, dirigiéndose al lector: “Piensa en todas las asignaturas que has cursado. ¿En cuántas has aprendido algo útil? Las clases que no te van a servir de nada después de graduarte empiezan ya en la guardería”.

Este profesor trata de incendiar el sistema educativo con sus proclamas aparentemente revolucionarias. De la quema sólo se salvan muy poquitas cosas, aquellas útiles e instrumentales, que son según él en la escuela primaria aprender a leer y escribir y a hacer cuentas; en la secundaria algo de matemáticas y carpintería(!), y en la Universidad alguna que otra carrera, muy pocas a la sazón, como Ingeniería e Informática. El resto es totalmente prescindible y superfluo. Es decir, para Caplan sólo interesa aquello que va a insertarte en el llamado mundo del trabajo o, mejor y más propiamente dicho, mercado laboral. 

El argumento básico de este economista al que algunos se han apresurado a considerar filósofo, e incluso “nuevo filósofo”, dando a entender que es alguien que dice cosas sabias como los filósofos pero más novedosas que las que han dicho estos a lo largo y ancho de la historia, es que “la educación es un derroche de tiempo y dinero porque gran parte de sus beneficios no provienen de aprender habilidades útiles para el trabajo”. 

Caplan se define en las entrevistas que le hacen como “libertarian”, que algunos se apresuran a traducir al español como “libertario”, es decir, defensor a ultranza de la libertad del ser humano, cuando en realidad debería traducir ese adjetivo por “liberal” o “neo-liberal”, que no es lo mismo. Es verdad que Caplan critica la dependencia del Estado como los anarquistas decimonónicos y del siglo XX, pero no cuestiona la dependencia del predominio absoluto del Capital. En este punto, en la crítica del Estado, se encuentra con los anarquistas, pero no en la defensa a ultranza que hace del modo de producción capitalista, que ni siquiera se le ocurre cuestionar. Por eso su crítica no es como pretende una enmienda a la totalidad, sino un ataque a la política social de los gobiernos, a los que recrimina que malgasten el dinero de los votantes y contribuyentes en algo como la educación cuya utilidad práctica es nula.

Bryan Caplan es un firme defensor de la Formación Profesional porque prepara a los estudiantes para el trabajo enseñándoles “habilidades laborales específicas” para el desempeño de una profesión, y crítico de la Formación Universitaria de índole humanística, por la misma razón, porque no prepara para la inserción en el mercado laboral. En este sentido, se adelanta a lo que muchos gobiernos y ministerios de educación europeos y principales partidos políticos tanto de izquierdas como de derechas, da igual, siempre están cacareando, porque lo que quieren es trabajadores especializados y sumisos: hay que fomentar la Formación Profesional. 


Sugiere este profesor, que trabaja en una universidad pública, por cierto, que se deje de financiar con fondos públicos la enseñanza. Todo el dinero debería provenir de las matrículas de los alumnos y deberían desaparecer las becas, dejándolo todo en manos de la iniciativa privada.

La opinión de Caplan no es exclusiva de él, ni siquiera de una minoría, sino que está en línea con la de muchos gestores -no vamos a decir pensadores ni muchos menos filósofos, le queda demasiado grande el traje de esa palabra- que abogan por reducir la financiación pública del sistema de enseñanza o educativo, si se prefiere este último término. Se trata de economizar gastos, de rentabilidad, de evitar que se invierta (sic por el terminajo económico) en algo que es poco eficiente porque no interesa. ¿A quién no le interesa? Al Capital, obviamente, cuyo interés, por otra parte, según la conocida fórmula, es incrementarse con el paso del tiempo.

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