jueves, 18 de enero de 2018

¿Hace falta gobierno?



Gubernator rector nauis est, qui clauum tenens, quietus in puppi sedet. Claui nomen gubernaculum uel gubernaclum uel gubernum est, quo ipsa nauis regitur. Haec uox “gubernator” a Graeco κυβερνήτης deriuatur. κυβερνητικὴ τέχνη, id est, cybernetica ars, apud Graecos, regendae nauis ars erat. 
 


CIBERNÉTICA procede del griego κυβερνητικὴ τέχνη: el arte del piloto, que en griego se llama κυβερνήτης (timonel), de gobernar o manejar el timón de la nave.
GUBERNAC(U)LUM -I: gobernalle, timón. GUBERNACULA REIPUBLICAE: El gobierno del Estado, el timón de la nave del Estado.
GUBERNATIO -ONIS: dirección de una nave, gobierno, gobernabilidad, gobernación.
GUBERNATOR -ORIS: el que tiene el timón o gobernalle, timonel, piloto.
GUBERNO -AS -ARE -AVI -ATUM: (griego κυβερνάω) dirigir una nave, sostener el timón, conducir, gobernar.
GUBERNUM -I: gobernalle

Castellano: gobernante, gobernanta, gobernabilidad, desgobierno, gobierno, desgobernación y gobernanza.
 

-¿No es lo mismo "gobierno" (castellano) que "govern" (catalán)? ¿No se trata a fin de cuentas de lo mismo, el mismo perro, con otro nombre, distinto collar?

-¿Hace falta gobierno? ¿Para qué? En Argentina se popularizó hace unos años el grito auténticamente popular: ¡Qué se vayan todos! ¡Y que no quede ni uno! Con ese grito, auténtica uox populi,  se trataba de destituir el gobierno. Gobernar no es más que quitarle al pueblo su capacidad política; gobernar democráticamente es hacerlo con su aquiescencia. El pueblo puede destituir al gobierno. Lo malo es que suele hacerlo instituyendo o constituyendo otro que lo recambia. El cambio se convierte en un recambio. Y así se destituye un gobierno, pero no el Gobierno.

 -En España se oyó otro grito popular allá en la primavera, corría el mes de mayo, del año 2011 en la Puerta del Sol de Madrid que resonó luego en muchas otras plazas, hasta en la Plaza Porticada, por ejemplo, sin ir más lejos,  de Santander: ¡No nos representan! ¿Cómo respondió la clase política? Diciéndole al pueblo que cambiara de representantes, es decir, de gobierno: nuevas elecciones. Pero así no se soluciona el problema de la representación. Como advirtió el Roto en su viñeta: Quizás cambiemos de dirigentes para no cambiar de dirección: uariamus ne mutemus: variamos para no cambiar, cambiamos para seguir igual,  porque el resultado de la elección es en el fondo, aunque no en la forma, completamente indiferente. Salga quien salga, da igual: lo bueno sería que no saliera nadie porque la metáfora de la nave del Estado, con timonel o sin timonel, sólo puede llegar al puerto del naufragio en medio del proceloso océano. Su destino irremediable es irse a pique.

-Contra la democracia: (Tomado directamente de À nos amis, del Comité Invisible): “La identidad del gobernante y del gobernado es el punto límite en el que el rebaño se convierte en pastor colectivo y el pastor se disuelve en su rebaño, donde la libertad coincide con la obediencia, el pueblo con el soberano. La reabsorción del gobernante y del gobernado el uno en el otro es el gobierno en estado puro, sin ninguna forma ni límite ya.”

-Antipolítica.1. Voto de castigo: Votar a estos para que no salgan aquellos. ¿No puede haber un voto que sea únicamente de censura, un votar en negro, sin tener que castigarnos con una propuesta alternativa de sustitución o recambio de una pieza por otra para que continúe funcionando la misma y oxidada maquinaria?

-Antipolítica 2. Los que mandan, los mandatarios todos de este mundo, temen que se descubra el gran secreto de que ellos en realidad no pintan nada en la gobernanza de las cosas y personas porque son los más mandados, los que más tienen que obedecer los dictámenes de Arriba.

lunes, 15 de enero de 2018

Reivindicación de Alcidamante de Elea

Alcidamante de Elea (Asia Menor), fue discípulo de Gorgias, y, según Cicerón, “rhetor antiquus in primis nobilis”: un orador antiguo notable entre los primeros. Sabemos por el escolio a un pasaje de la Retórica de Aristóteles (libro I, 13, 1373b18) que escribió un discurso en defensa de los mesenios cuando se rebelaron contra la dominación espartana en los años 370-369 ante, recomendando a los espartanos que liberaran Mesenia, cuyos habitantes habían sido sus esclavos -ilotas- durante siglos.

No se trata, al parecer, de un verdadero discurso político pronunciado efectivamente en el ágora, sino de un tratado escolar, una “suasoria” o ejercicio retórico. El escoliasta anónimo de Aristóteles nos ha transmitido una frase del discurso de Alcidamante, que debemos agradecerle, ya que la obra entera no nos ha llegado por las razones que podemos deducir enseguida: ἐλευθέρους ἀφῆκε πάντας θεός, οὐδένα δοῦλον ἡ φύσις πεποίηκεν. “Libres dejó a todos la divinidad, a nadie hizo esclavo la naturaleza”. Viene a decirnos este breve pero valioso texto que la divinidad, un ser divino o, si se quiere, aunque sea anacrónico todavía, Dios, ha creado a todos los hombres libres, es por lo tanto una fuente de libertad, de modo que no hay esclavos por naturaleza: la condición servil no es natural, sino social. Este seguidor de Gorgias reivindicaba de este modo la libertad del ser humano, porque de hecho, como demuestra esa frase, no está justificada la existencia de la esclavitud ni la del dominio del hombre por el hombre como resultado de un conflicto.


La escena que representa el ánfora de arriba conservada -secuestrada, mejor diríamos- en el Museo Británico de Londres corresponde al trabajo servil de cuatro esclavos. Se trata de un jarrón de barro, alto y estrecho, de forma cilíndrica, con dos asas, cuello largo y base cónica, que refleja una escena de vareo y recogida de aceitunas. Hay cuatro figuras humanas negras: un joven desnudo encaramado al árbol lo golpea con una vara, debajo, agachado, otro joven desnudo e imberbe recoge en un cesto las aceitunas que van cayendo. A ambos lados del árbol dos hombres de pie con barba varean el olivo.

Aristóteles nos ha conservado también en el libro tercero de su tratado de Retórica (1406b) una metáfora inadecuada, según él, por su excesiva solemnidad y tono de tragedia, de nuestro Alcidamante: la filosofía, muralla contra la ley τὴν φιλοσοφίαν ἐπιτείχισμα τῷ νόμῳ, o según otra lectura, ἐπιτείχισμα τῶν νόμων muralla de las leyes. Más que ante una metáfora grandilocuente y solemne, como dice Aristóteles, parece que nos hallamos ante una definición política de lo que puede ser la filosofía, una definición que resulta ambigua porque tanto puede entenderse como que la filosofía es un baluarte contra el orden jurídico como una defensa amurallada de la legalidad vigente.


¿Qué hemos de pensar si relacionamos esta definición con el fragmento anterior sobre la esclavitud, que era legal en el mundo antiguo, y que a Alcidamante, que es un filósofo, discípulo de Gorgias, no le parece natural? Pues que la filosofía para él es un baluarte defensivo, una fortaleza amurallada, contra la legalidad vigente, por lo que podría ser considerado un defensor de la naturaleza (phýsis, según el término griego) frente a la ley, costumbre o convención humana (nómos), o, en otro sentido, promotor de unas leyes basadas en la naturaleza y la libertad.

El juicio literario de Aristóteles es bastante injusto con Alcidamante, pues también le parece una metáfora excesiva decir, como hace nuestro autor, que la Odisea de Homero era καλὸν ἀνθρωπίνου βίου κάτοπτρον un “bello espejo de la vida humana”, cuando es una de las mejores definiciones que se han hecho del poema homérico: todo un hermoso reflejo de la  humana condición.

sábado, 13 de enero de 2018

Picasso ilustra la Lisístrata de Aristófanes


Pablo Picasso realizó seis grabados para ilustrar la publicación de Lisístrata de Aristófanes en la versión inglesa de Gilbert Seldes, que apareció en Nueva York en 1934 publicada por una asociación de bibliófilos estadounidenses, en una edición reducida y exclusiva. Estas ilustraciones picassianas se caracterizan, dentro de la temática grecorromana y estilo clasicista que les es propio, por la simplicidad de líneas y por el equilibrio de la composición.


Aristófanes estrenó su comedia antibelicista Lisístrata (nombre parlante de la protagonista, que significa “La que licencia o disuelve los ejércitos”) en Atenas en el año 411 antes de Cristo,  en plena guerra del Peloponeso que enfrentaba a atenienses y espartanos, las dos grandes potencias de aquel entonces así como a sus aliados y, por lo tanto, a todo el mundo helénico. En el momento de su estreno llevaban ya veinte años de hostilidades, y la guerra no parecía que fuera a tener fin.

La Guerra del Peloponeo comenzó en el 431 y finalizó en el 404 a. de C. Durante tres décadas, por lo tanto, la cuenca oriental del Mediterráneo fue devastada por una conflagración tan destructiva y decisiva como las dos guerras mundiales que asolaron el siglo XX, un episodio clave para entender el desarrollo posterior del mundo occidental, y una guerra que inauguraba una época de brutalidad y destrucción sin precedentes en la historia. En la fecha de publicación de los grabados (1934) nos encontramos en período de entreguerras y en vísperas de que estallara en España la guerra civil.  Frente a esta situación que enfrentaba a unos y otros griegos, Aristófanes propone en Lisístrata una salida cómica y utópica de paz.

En el primer grabado vemos a la protagonista femenina arengando a las mujeres atenienses y  espartanas para que, uniéndose entre sí y olvidando la enconada rivalidad política que sostienen sus maridos, novios y amantes, obliguen a espartanos y atenienses a poner fin a las hostilidades que los han llevado al sangriento conflicto, para lo cual deciden en asamblea, votando a mano alzada, encerrarse en la Acrópolis de Atenas y abstenerse de mantener relaciones sexuales con los hombres hasta que firmen la paz, iniciando así una huelga sexual.


La segunda escena muestra un encuentro erótico entre un hombre y una mujer, frustrado en última instancia por la negativa de esta a mantener relaciones sexuales, a lo que estaba obligada por el solemne juramento que habían realizado las mujeres tras la arenga de Lisístrata.


Los hombres en la tercera escena parecen hallarse apesadumbrados y desesperados ante la insólita huelga sexual que se han empeñado en realizar las mujeres. Destaca el detalle marítimo de la nave.


La cuarta escena, una de las más cómicas, corresponde al encuentro entre Mirrina y su esposo Cinesias que, urgido por una erección, le lleva a su hijo para convencerla de que abandone la huelga y vuelva al hogar y a mantener relaciones con él, pero ella, tras numerosos preliminares eróticos,  le deja con las ganas burlándose de él, y recordándole el juramento que han hecho las mujeres de no volver a mantener relaciones hasta que no se firme efectivamente la paz que ponga fin a las hostilidades.


En la quinta escena espartanos y atenienses deciden finalmente firmar la paz poniendo fin a la guerra, algo que sólo sucedió en la comedia de Aristófanes. La realidad histórica fue muy otra: Esparta derrotó a Atenas tras un largo asedio y una peste contumaz que diezmó a los atenienses (en la que murió el célebre Periclés) y la obligó a destruir sus murallas y el puerto de El Pireo, entregar las naves, que constituían su supremacía marítima,  así como permitir el retorno de los exiliados filoespartanos, lo que supuso el fin de la hegemonía ateniense y de los regímenes democráticos que ella fomentaba, y conllevó la decadencia de la antigua Grecia.


En la última escena hombres y mujeres se reconcilian y celebran la paz con un banquete, en un alarde de final feliz que no conoció nunca ni la época de Aristófanes ni la que le tocó vivir a Pablo Picasso dos mil y pico años después.

jueves, 11 de enero de 2018

La medicina perjudica la salud

Nūper erat medicus, nunc est uispillo Diaulus:
Quod uispillo facit, fēcerat et medicus.
(Marcial, I, 47)

Médico era hasta ayer Diaulo, ahora sepulturero.
Y hace el enterrador ya lo que hacía el doctor. 

En este epigrama Marcial acusa a un tal Diaulo, que había sido médico antes que enterrador, de seguir haciendo lo mismo que hacía antes: embarcarnos con Caronte. El epigrama es un dístico elegíaco compuesto por un hexámetro y un pentámetro dactílicos: el hexámetro presenta una premisa, mientras que el pentámetro sirve de conclusión con un desenlace inesperado que provoca la sonrisa por la crítica satírica que conlleva, con un mecanismo muy semejante al del chiste: concisión y sorpresa final. 
 
Un refrán castellano relaciona ambas profesiones con la misma gracia que el epigrama de Marcial: Del médico y del enterrador, cuanto más lejos mejor. Y no son pocos los proverbios que insisten en la conveniencia de mantenerse alejado de los galenos, que así se llama a los médicos en recuerdo de Galeno: Abogado, juez y doctor, cuanto más lejos mejor da a entender que hay que evitar a los leguleyos o profesionales de la abogacía y de la justica, esa asociación de malhechores, así como a los de la medicina, calificados popularmente como matasanos, por los honorarios que cobran, ya que no es raro que en su propio beneficio prolonguen la necesidad de sus servicios innecesarios, y por certificar efectivamente nuestra muerte. Otro refrán añade la figura no menos popular de la “suegra” a los males que hay que evitar: Suegra, abogado y doctor, cuanto más lejos mejor. 


En otro epigrama de nuestro Marcial (VI, 53) se nos habla de un tal Andrágoras que después de haberse bañado, cenado contento y acostado, fue encontrado muerto de repente al amanecer del día siguiente sin causa exterior aparente. ¿Cual fue la razón de tan súbita muerte? Había visto en sueños que se le aparecía el médico Hermócrates. La sola visión del galeno le provocó la muerte instantánea y fulminante. 

Los médicos emplean una jerga especializada y grecolatina que ningún profano puede entender para hablar de las cosas más sencillas e impresionar así al enfermo ocultándole la realidad, el cual se deja engañar por estos matasanos en connivencia con los boticarios y la poderosa industria farmacéutica que vive gracias a ellos a costa de nuestra preocupación por la salud. No es raro que mucha gente tenga más miedo a los médicos y a los hospitales que a la enfermedad.
 
Puede afirmarse sin empacho ninguno algo que puede parecer poco serio a primera vista, es más, parecerá un chiste como estos epigramas de Marcial, pero que tiene la virtud, por lo paradójico de su formulación, de hacernos reflexionar un poco, y de conectar al mismo tiempo con el escepticismo popular, que pone todas las certezas en duda: La medicina es perjudicial para la salud, se ha convertido en la enfermedad mortal de nuestra vida. La obsesión rayana en la histeria por la salud destruye nuestra vitalidad, es autolesiva y mortal de necesidad.



 Extracción de la piedra de la locura, Jerónimo Bosco (1475-1480)

Aldous Huxley, el autor de la espléndida novela A brave new world, que se ha traducido entre nosotros como Un mundo feliz, era por cierto médico, y dejó dicho entre otras cosas: “Ahora la medicina ha progresado tanto... que ya todos somos enfermos”. Todos, en efecto, somos pacientes dentro del estado terapéutico y profiláctico en el que vivimos, que mira por nosotros y vela por nuestra salud hasta convertirnos en enfermos.

El campo de la salud-enfermedad constituye un terreno privilegiado para el ejercicio autoritario y despótico del poder, desde antes del nacimiento, pasando por una interminable sucesión de momentos claves de nuestra vida, hasta el trance de la muerte: subordinan nuestra existencia a lo que las "autoridades sanitarias" entienden por salud, es decir, a la profilaxis. Nacemos y morimos en un hospital. Y la vida se ensombrece por el miedo a la muerte. Y la salud, por el fantasma de la enfermedad y la obsesión por cuidarse uno, cuando lo más saludable sería descuidarse, despreocuparse.

La búsqueda de la salud se ha convertido en el factor patógeno predominante, una obsesión similar a la búsqueda de la salvación del alma en la Edad Media. De hecho la palabra latina salutem significa “salvación” antes que “salud”, como en el hexámetro aquel virgiliano: ūna salus uictīs, nullam spērāre salūtem: La salvación del vencido es no esperar salvaciones.


Medicus es en latín el que pracrtica el ars medendi (del verbo medeor, cuidar, tratar, poner remedio, de donde proceden las palabras relacionadas: medicus, remedium -pero a veces es peor el remedio y sus efectos secundarios o daños colaterales que la enfermedad-, medicina, medicamentum, medicare), y al médico se le dice en latín, ya desde la traducción de la Vulgata del evangelio de Lucas, Medice, cūrā tē ipsum: Médico, cúrate tú a ti mismo (y déjanos en paz a los demás).

Preocuparse por la salud no es saludable, no nos deja vivir,  pone en peligro nuestro bienestar. Ya a finales del siglo pasado, cobró auge la medicina profiláctica, la que ahora padecemos ya en el siglo XXI,  que se dedica más a prevenir enfermedades que a curar las que uno tiene. La medicina curativa, la medicina de verdad, está despareciendo en favor de la medicina preventiva o profiláctica, ese monstruo hermano de la guerra preventiva que en nombre de la paz futura arruina la presente. Asimismo la profilaxis, en nombre de nuestra salud futura, arruina nuestro bienestar presente con chequeos, preocupaciones y análisis interminables. Por todo lo cual, si rezáramos al deus medicus Esculapio, o Asclepio, como le llamaban los griegos, le rogaríamos como hacía Ivan Illich: «No nos dejes caer en el diagnóstico y líbranos de los males de la salud». 

lunes, 8 de enero de 2018

La vida verdadera ausente.

Leo con entusiasmo el libro “La verdadera vida” de Alain Badiou, publicado entre nosotros por Malpaso ediciones en 2017 en la estupenda traducción del francés de Adriana Santoveña, que nos hace olvidar que estamos ante un texto escrito inicialmente en otra lengua. El autor francés, saludado por Slavoj Žižek como “el heredero de Platón” y “el filósofo vivo más grande” toma el título de su libro de Arthur Rimbaud, que dejó escrito La vraie vie est absente: La verdadera vida está ausente. 



Alain Badiou reivindica desde las primeras páginas la figura de Sócrates, el padre de todos los filósofos, y recuerda que fue condenado a muerte bajo la acusación de corromper a la juventud por el régimen democrático de Atenas. 

Y se pregunta qué quiere decir corrupción en el espíritu de los jueces que condenaron a Sócrates a muerte. Y afirma: No puede ser ‘corrupción’ en un sentido ligado al dinero. No es un ‘caso’ en el sentido de lo que hablan hoy los diarios: gente que se enriquece utilizando su posición en tal o cual institución del Estado. Ciertamente no es eso lo que sus jueces le reprochan a Sócrates. Recordemos que, por el contrario, uno de los reproches que Sócrates hacía a sus rivales, a quienes llamaban sofistas, era precisamente cobrar. 

 Alain Badiou
 

Recordemos, por nuestra parte, que los que acusaron a Sócrates nunca le reprocharon que hubiera sacado o exigido ninguna paga a los jóvenes que “corrompía”, lo que el propio Sócrates dice sobre este particular en su discurso de defensa: “Y de que así es verdad -añade- tengo un testigo, creo yo fidedigno: la pobreza¨.

Tampoco se trata -prosigue Badiou- de corrupción moral, y mucho menos de esos asuntos más o menos sexuales... 

Sócrates tuvo trato con grandes damas y cortesanas de su época, como Aspasia, Diotima o Teodora, también tuvo trato con efebos, lo que era muy común en la Atenas de su época por parte de los varones adultos, pero parece que se trata en su caso de un enamoramiento de la juventud misma, como él mismo reconoce en el Cármides: “A mí, más o menos, los que están en la flor de la edad se me antojan hermosos todos”. 

Si la corrupción de que acusan a Sócrates no consiste en dinero ni en placer sensual, se pregunta Badiou si no se deberá a la ambición de poder, pero es todo lo contrario: Hay precisamente en Sócrates, visto por Platón, de manera totalmente explícita, una denuncia de la índole corruptora del poder. Es el poder el que corrompe, y no el filósofo. En Platón hay una crítica violenta de la tiranía, del deseo de poder, a la que no hay nada que agregar, que de alguna manera es definitiva. Hay incluso la convicción opuesta: lo que el filósofo puede aportar a la política de ningún modo es la voluntad de poder sino el desinterés. 
 Arthur Rimbaud

Llegado a este punto, se pregunta socráticamente Alain Badiou qué es la verdadera vida, para llegar a la conclusión, siguiendo la sugerencia del poeta Arthur Rimbaud de que la vie est la farce à mener par tous (la vida es la farsa que todos tenemos que representar), de que no es la vida real que vivimos, que puede ser calificada sin ningún escándalo de falsa, sino la que deseamos, por lo que no está completamente ausente, sino presente de alguna forma en nuestro deseo de una vida de verdad. 

La misión del filósofo sería, según Badiou mostrarle a la juventud que no merece la pena la lucha feroz por el poder, por el dinero.  Cito sus palabras:  En el fondo, dice Sócrates, y por el momento no hago más que seguirlo, hay que luchar para conquistar la verdadera vida en contra de los prejuicios, de las ideas recibidas, de la obediencia ciega, de las costumbres injustificadas, de la competencia ilimitada. Fundamentalmente, corromper a la juventud significa una sola cosa: tratar de hacer que la juventud no entre en los caminos trillados, que no sea simplemente consagrada a una obediencia a las costumbres de la ciudad, que pueda inventar algo, proponer otra orientación por lo que respecta a la verdadera vida.

Badiou concluye que la función de la filosofía sigue siendo corromper en el mejor sentido de la palabra a la juventud, corromperla como hizo Sócrates, es decir, apartarla del futuro que se espera de ella, que es que entre por el aro de la sociedad adulta como una fierecilla domada.

sábado, 6 de enero de 2018

¿Por qué corres, Ulises? (*)

Las ocho de la mañana de un día cualquiera en la estación de Abando, Bilbao. El tiempo apremia. Ni un minuto más ni un minuto menos para empezar la jornada laboral con la rutinaria mansedumbre cotidiana de unas vidas que, subordinadas al imperativo laboral, se rigen por las manecillas del reloj. Todos bailan al ritmo del tictac que marca el tirano, que es el instrumento indispensable de la dominación tecnodemocrática del siglo XXI que padecemos: todos al compás del Capital y su corazón mecánico que determina los tiempos de ocio y trabajo asalariado, la nueva forma de esclavitud imperante aquí y ahora que convierte nuestra vida en tiempo esencialmente futuro y ahora mismo inexistente, es decir, en alienación remunerada.

 

Suenan los móviles. Los portátiles se agolpan en la zona güifi de la estación. Allí se matan los tiempos de espera chateando en cualquier página güeb o guasapeándose con lejanas amistades -contactos sin tacto- del otro lado del mundo. A nadie se le ocurre entablar conversación con los vecinos usuarios de las nuevas tecnologías que tiene al lado. Bienvenidos al mundo de la telecomunicación virtual que tanto nos venden y que sirve, ya se ve, para lo contrario de lo que predican: para incomunicarnos: smartphones de última generación supuestamente inteligentes que tienen la virtud de entontecer a sus propietarios, ordenadores portátiles que llevan a todas partes al usuario que está siempre a su disposición, vuelos de avión cada vez más económicos, coches con GPS para no perderte en el espacio y no malgastar tu tan valioso tiempo, que es dinero, y trenes de alta velocidad (TAV, rebautizados entre nosotros como AVE) con los que la distancia dejará de ser un obstáculo para los inversores del futuro, que truecan el día de hoy por el incierto de mañana.

 

Todo ello responde a la filosofía, por llamarla así, fast-life, inspirada en el fast-food o comida rápida, que lo invade todo: hay que vivir deprisa, ir corriendo a todas partes, comer deprisa, defecar deprisa, viajar deprisa, vivir deprisa, y hasta follar deprisa, que por eso se dice echar un quiqui, o sea, un polvo rápido, castellanización del término anglosajón quicky/quickie, y todo a toda velocidad y mal.

Frente a este modus vivendi frenético que genera ansiedad, depresión y estrés, vamos a sugerir aquí lo contrario: la filosofía slow-life, por así decir, caracterizada por el slow-food de la comida lenta, el vivir despacio, el ir parsimoniosamente por la vida, pausadamente, a todos los sitios... Ya lo dicen los italianos: Chi va piano va sano e lontano: el que va despacio va sano y lejos.

Nos inspiramos en el paradójico oximoro latino festina lente que une a la expresión “date prisa, apresúrate” (festina), exigencia de la vida moderna, el adverbio “lentamente” (lente), y que según Suetonio utilizaba el emperador Augusto a la hora de ordenar hacer algo en su forma griega: σπεῦδε βραδέως (speude bradéos). 

 
En ese sentido, vamos a hacerle al gobierno una petición que no atenderá, una reivindicación que no va a considerar, porque atenta contra el progreso que nos arrolla y, que, como las ciencias, adelanta que es una barbaridad. Pero allá va: Sería interesante, señores del gobierno democrático de la nación, que nos pusieran en vez de TAV o Trenes de Alta Velocidad como nos imponen ahora, TBV, Trenes de Baja Velocidad, que fueran muy despacito, que tardaran en llegar a su destino, que se fueran demorando al parar en todas las estaciones olvidadas, como hacían antes cuando se oía la voz de "¡pasajeros al tren!" y sonaba el silbato del jefe de estación, que nos permitieran asomarnos a las ventanillas y regodearnos disfrutando del paisaje y del aire en la cara y no del acondicionado y enlatado, no poco perjudicial para la salud que nos enchufan ahora, trenes en los que el destino no se comiera el viaje, porque sabemos desde la Odisea de Homero y la reinterpretación que hace Cavafis en su memorable poema Ítaca,  que lo importante no es llegar al destino, a Ítaca, o sea, a la meta, sino el viaje en sí. 

Es una lata que ahora no se pueda abrir la ventanilla de un vagón, por ejemplo, y no te dejen asomarte. Lástima. Además no te da tiempo a degustar el paisaje de lo rápido que va el tren: te ponen, en cambio, una pantalla y si te descuidas te echan una película para que no veas lo que te rodea y sí, en su lugar, lo que te ponen.


 Sandringham at home, M. Root (2016)
 
Me encanta el tren, el viaje pausado que se recrea en los paisajes y en las paradas en las estaciones donde deja y recoge pasajeros que suben y bajan, gente que se puede tratar y con la que se puede charlar, entablando una conversación que puede durar un segundo o lo que dure el viaje o que puede continuarse una vez en destino tomando un café en la cantina... El tren ya no para en ninguna estación. Muchas han sido clausuradas a cal y canto por su baja rentabilidad, al igual que muchos ferrocarriles. Han quitado revisores y han puesto máquinas y cámaras de vigilancia centralizadas. Nadie charla con nadie. Todos van a lo mismo y cada cual a lo suyo, que es lo mismo de todos. Unos llevan auriculares para oír sólo lo que quieren oír y otros llevan ya no libros o periódicos, cada vez más raros de ver, sino tabletas o sofisticados e-books para leer lo que quieren leer. Todos van progresivamente acelerados, con muchísimas prisas. Llegas a tu destino sin enterarte del viaje, lo que te has perdido por el camino. Lástima. 


Volvamos a la estación de Abando, Bilbao. Una docena de personas se manifiesta caminando despacio contra la rapidez vertiginosa que allí se respira. El contraste con la aceleración imperante es muy grande, tanto que algunas personas frenan sorprendidas, o se enfadan porque tienen prisa. Los manifestantes reparten octavillas en las que se puede leer un simpático panfleto titulado: RECUPEREMOS LA LENTITUD EN UN MUNDO QUE VA CADA VEZ MÁS RÁPIDO... A NINGUNA PARTE, que nadie va a detenerse a leer. Y llevan en pecho y espalda unos rótulos con leyendas como "Que no te empujen", "Frena" ó "¿Por qué corres?”,  despertando algunas suspicacias y simpatías de complicidad, en el fondo no pocas, de la gente del pueblo. 

Finalmente aparece la policía autonómica vasca -la policía, da igual su denominación de origen, es la misma en todas partes- que, tras identificar a los manifestantes, los invita a disolverse porque al parecer es un delito ir despacio por la vida, sin prisa, sin atropellar ni avasallar a nadie, entorpeciendo el apresurado ritmo de los que creen saber a dónde van y creen que van efectivamente a alguna parte. 

A lo mejor alguno de los poquísimos que hayan leído esto hasta aquí se queda pensando que aquella docena de chalados que abogaban, como hago yo aquí inútilmente ahora,  por la lentitud,  expulsados por las fuerzas de orden público,  tal vez tratan de decirnos algo a todos con su ejemplo y sus palabras, en lo que tienen no poca sino por el contrario muchísima razón.

(*) El título de esta entrada está tomado de una comedia de Antonio Gala estrenada en 1974. 

jueves, 4 de enero de 2018

Odio el Año Nuevo

En estos malos tiempos que corren para la lírica y la épica, en los que se ha criminalizado el odio y se habla, de hecho, de un “delito de odio” y de incitación al odio en esta curtida piel taurina que es España, resulta poco políticamente correcto un artículo como este que escribió Antonio Gramsci titulado “Odio el Año Nuevo” (Odio il capodanno, en su lengua, que es la de Dante y la de Petrarca), pero precisamente por eso mismo, por lo poco políticamente correcto que resulta decir que aborrecemos con toda el alma algo, y porque hay que defender la libertad de expresión a toda costa expresando nuestro deseo de libertad, no vaya a ser que acabemos mudos o afásicos, como ya decía a propósito Jules Renard en su diario de 1909, hace más de un siglo: On ne devrait rien dire, parce que tout blesse ("No habría que decir nada, porque todo ofende"), resulta oportuno este artículo memorable y sugerente de Gramsci contra la institución del Año Nuevo, que publicó precisamente un 1 de enero de 1916 en el diario socialista Avanti! de Turín,  uno de sus textos más sensibles, que reproduzco por su interés y por la renovación de su guerra contra el tiempo establecido.



En el último párrafo expresa Gramsci su confianza no poco ingenua a estas alturas de la historia universal en que el socialismo llegue a abolir algún día estas fechas fijas y “entrañables” del calendario, contra las que se rebela, y que se celebran simplemente por conformismo, porque lo manda la tradición, sin cuestionar la tiranía del reloj y el calendario, es decir, nuestra vida sometida al cronómetro y convertida toda ella en un proyecto de futuro. Sin embargo resultan alentadoras un siglo después de escritas sus palabras, en lugar del consabido e hipócrita “Feliz año nuevo” que le soltamos a todo el mundo,  y alentadora también su declaración de odio a una fecha tan señalada del calendario, porque es una declaración de verdadero amor a la vida y a la libertad.  



Cada mañana, cuando me despierto aún bajo la bóveda del cielo, siento que para mí es Año Nuevo.

Por eso odio estos Año-Nuevos con fecha fija que hacen de la vida y del espíritu humano una empresa comercial con su balance correspondiente, su cálculo y presupuesto para la nueva administración. Nos hacen perder el sentido de la continuidad de la vida y del espíritu. Se acaba tomando en serio que entre un año y otro hay una solución de continuidad y que comienza una historia nueva, y se hacen buenos propósitos y se arrepiente uno de los despropósitos, etc. etc. Es un error en general de las fechas.

Dicen que la cronología es el esqueleto de la historia; y puede admitirse. Pero es necesario admitir también que hay cuatro o cinco fechas fundamentales, que cada persona bien educada conserva guardadas en su cerebro, que han jugado malas pasadas a la historia. También son Año Nuevo. El Año Nuevo de la Historia romana, o de la Edad Media, o de la Edad Moderna.

Y han llegado a ser tan invasivas y casi fosilizadoras que nos sorprendemos nosotros mismos pensando tal vez que la vida en Italia comenzó en el 752, y que el 1490 o 1492 son como montañas que la humanidad ha franqueado de golpe encontrándose en un nuevo mundo, entrando en una nueva vida. Así la fecha se convierte en un estorbo, un parapeto que impide ver que la historia continua desarrollándose con la misma línea fundamental sin cambios, sin detenerse bruscamente, como cuando en el cinematógrafo se rompe la película y se produce un fogonazo de luz cegadora.

Por eso odio el Año Nuevo. Quiero que cada mañana sea para mí un Año Nuevo. Cada día quiero echar cuentas conmigo mismo, y renovarme cada día. Ningún día dispuesto previamente para el reposo. Mis pausas me las escojo yo, cuando me siento ebrio de intensa vida y quiero sumergirme en la animalidad para sacar de ahí nuevo vigor.

Ningún disfraz espiritual. Cada hora de mi vida quisiera que fuese nueva, aun vinculándose con las pasadas. Ningún día de festejo con cánticos obligados colectivos, para compartir con todos los extraños que no me interesan. Porque han celebrado las fiestas los abuelos de nuestros abuelos etc., deberíamos sentir nosotros la necesidad de celebrar las fiestas. Todo eso revuelve el estómago.

Espero el socialismo también por esta razón. Porque arrojará al estercolero todas estas fechas que ya no tienen ninguna resonancia en nuestro espíritu, y si crea otras, serán al menos las nuestras, y no las que tenemos que aceptar sin beneficio de inventario de nuestros muy necios antepasados.

martes, 2 de enero de 2018

Corporis partes: XIV.- ¡Ojo por ojo!

Vamos a echarle una ojeada a la historia de la palabra ojo. Nuestra palabra ojo procede de la latina OCULUM, que evolucionó de la siguiente forma: en primer lugar se produjo la caída de la M final con la conversión de la U precedente en O, de manera que tenemos enseguida ÓCULO. Muy pocas palabras han conservado esta U final latina,  y las que lo han hecho ha sido por influjo de la lengua escrita o culta, más conservadora, por cierto, que la hablada: espíritu, ímpetu y tribu, por ejemplo. 

De esta raíz culta derivan, por ejemplo, el adjetivo ocular; el nombre del médico especialista en el ojo, que en principio se llamó  oculista, aunque se haya impuesto finalmente el término griego menos transparente oftalmólogo, en paralelo con lo que sucedió con el dentista, que prefiere denominarse odontólogo o aun estomatólogo.

De la raíz ÓCULO deriva también el verbo inocular, con el significado habitual de “infundir” algo y, en concreto, de introducir en un organismo una sustancia que contiene el germen de  alguna enfermedad. ¿Cómo se explican este uso de inocular? ¿Qué relación puede guardar con el ojo, que es el órgano de la vista? Al parecer los romanos llamaban OCULUS también a la yema o brote de la viña, por su parecido con la forma del ojo, y de ahí que el verbo inoculare significara ya en latín injertar, porque la forma del injerto recuerda a la del ojo.

Del diminutivo de OCULUM, que era OCELLUM (ojito u ojuelo) en latín, procede nuestro culto ocelo, que es el nombre que damos a cada ojo simple de los que forman un ojo compuesto de los artrópodos, y a las manchas redondas y bicolores que tienen en las alas algunas mariposas, o algunas aves en sus plumas, así como el lagarto ocelado, que tiene en su dorso unos puntos que parecen ojos. 

Las plumas oceladas de color azul del pavo real, los famosos ojos del pavo real, nos recuerdan la historia de Ío, la bella ninfa a la que le echó el ojo Júpiter y de la que se enamoró, convirtiéndola en novilla para protegerla de la cólera de su celosa esposa Juno. Pero ésta la reclamó para sí y le puso como guardián a Argo, una criatura que tenía cien ojos, que no dejaban de vigilar a Ío día y noche. Mientras un par de ojos dormían, los otros noventa y ocho no perdían de vista a la espléndida novilla, atada como estaba al tronco de un olivo. Pero Júpiter la deseaba tanto que envió a Mercurio para rescatarla, quien tocó la lira que acababa de inventar y adormeció con el poder de la música a Argo, el gigante panóptico que todo lo veía, cuyos  cien ojos se fueron cerrando uno tras otro, cayendo en un profundo sueño soporífero. Mercurio decapitó a Argo con su cimitarra y liberó a la novilla.   Pero Juno envió un tábano para atormentar a Ío. El insecto la enloqueció hasta el punto de que Ío se lanzó al mar, que tomó su nombre Ionio (Jónico), cruzó a Asia por el estrecho que se llamó en recuerdo suyo Bósforo (“Paso de la Vaca” en griego), y llegó a Egipto, donde fue venerada bajo la denominación de Isis. La diosa Juno, por su parte,  sentía tanto cariño por Argo que cogió cada uno de sus cien ojos y los fue depositando cuidadosamente en la cola de su ave favorita, el pavo real. Ahora, cien ojos nos miran y nos ven cada vez que un pavo real despliega como un abanico resplandeciente para pavonearse su cola multicolor y ocelada  delante de nosotros.


Contra lo que pudiera parecer a primera vista, el nombre del ocelote, ese  felino americano, no procede del latín OCELLUS, sino de una palabra azteca  que es océlotl y que significa “tigre” en náhuatl, aunque algunas de las manchas de su piel, las que no son rayadas, se asemejan a veces a ocelos.

Otros dos derivados de la raíz culta son monóculo, un híbrido grecolatino (mono- en griego significa único; y óculo, es, como hemos visto, ojo en latín), que designa a una lente correctiva que ajusta la visión de un solo ojo, con forma de luneta circular y aumento; y binóculo, formado con el prefijo latino bino-, que significa ambos, que da nombre a un anteojo con lunetas para ambos ojos, o binocular.

Si seguimos la evolución de la raíz latina ÓCULO, observaremos el fenómeno de la desaparición de la vocal interior átona, que se llama síncopa, en este caso U, lo que hace que se convierta en OCLO; este grupo consonántico CL de nueva creación romance se resuelve en castellano dando origen a una J: OJO, mientras que en gallego tenemos ollo (olho en portugués) y en catalán ull. No siempre sucedió así, pues tenemos palabras como MIRÁCULUM o SAÉCULUM que evolucionaron a milagro y siglo sonorizándose la consonante C en G, pero son la excepción que confirma la regla, y se explican por el influjo conservador de la lengua escrita, perteneciendo estas palabras al registro culto de textos neotestamentarios y considerados sagrados.

Y en relación el ojo tenemos ya las ojeras que son las manchas que salen alrededor de la base del párpado inferior del ojo, el adjetivo ojeroso, con el que calificamos a la persona que tiene ojeras, el verbo ojear que consiste en echar una mirada,  que, como acción que es de ese verbo, se denomina ojeada.

Pero atención: cuando alguien nos mira mal, es decir con malas intenciones y voluntad, decimos que nos tiene ojeriza, odio o rencor, y de ahí deriva probablemente el mal de ojo, que es la acción del verbo aojar; el aojo o aojamiento, que de ambas maneras puede decirse en nuestra lengua,  es producir un influjo maléfico que, según se cree sin mucho fundamento, como sucede con todas las creencias, una persona puede  ejercer sobre otra mirándola con malos ojos. Sin embargo, el enojo que nos produce algo, es decir, el fastidio y pánico, es la acción del verbo inodiare, inspirar asco o terror y tiene más que ver con el odio que con el ojo.

Mirar a alguien de reojo o con el rabillo del ojo quiere decir en principio mirar disimuladamente, sin volver la cabeza pero también tiene una connotación de hostilidad o enfado, cuando no de superioridad, sobre todo mirar por encima del hombro.

Sí que debemos de mencionar el ojal, como se denomina a muchos agujeros y en especial los que sirven para abrochar un botón, y el ojete, que suele ser una abertura pequeña y redonda por la que se mete un cordón y que familiarmente se usa para referirse al orificio del ano u ojo del culo. En México se utiliza ojete como sinónimo de persona tonta, idiota o extremadamente estúpida, algo parecido a lo que sucede en inglés con arsehole o asshole en su versión norteamericana, con un claro valor despectivo: ese tipo es un ojete.

Curiosa es la palabra antojo, que significa que algo (más propiamente la idea de algo que la cosa) se nos pone ANTE OCULUM delante de los ojos y por lo tanto lo deseamos y aun lo codiciamos, porque se nos antoja, aunque a veces sea un deseo pasajero y caprichoso, así somos de antojadizos. Un compuesto de esta palabra es trampantojo, para referirnos a la trampa o ilusión con que se nos engaña haciéndonos ver lo que no vemos.

Tenemos también el anteojo, que no hay que confundir con el antojo, que es el nombre que se da a un instrumento óptico que nos acerca las imágenes de los objetos que están lejos.

También es curioso el término abrojo que procede de la contracción de la expresión latina APERI OCULUM ¡abre el ojo!, como si fuera una advertencia a alguien que va a pasar por un terreno o a segarlo  lleno de zarzas y bardas, es decir, de maleza perjudicial para los sembrados y caracterizada por sus púas, o sea, de abrojos, que en sentido figurado significan penalidades y sufrimientos. 

Muchos compuestos comienzan por oji- (ojinegro, ojialegre, ojituerto, ojigarzo…) y aluden a alguna característica del ojo: color, expresividad, etcétera. El último de ellos, ojigarzo, quiere decir que tiene los ojos de color garzo, es decir, azulados, como el de la siguiemte imagen:


En cuanto al simbolismo del ojo en la mitología, tenemos en Grecia a los cíclopes, gigantes de un solo ojo heterotópico, porque no está situado en su sitio, sino en la frente, que moraban en las entrañas de la tierra y ayudaban a Hefesto en la fragua del Etna, y no despreciaban la carne humana como alimento. El cíclope más conocido fue Polifemo, hijo de Posidón, o de Neptuno si se prefiere su advocación romana,  que personifica como ninguno las fuerzas primigenias de la naturaleza. Cerca de él habitaba la ninfa Galatea, de la que se enamoró perdidamente el gigante, pero ella prefirió al pastor Acis, que murió aplastado por una roca que le arrojara Polifemo. Nuestro gran poeta barroco y culterano don Luis de Góngora cantó sus desgraciados amores, haciendo uso de la metáfora y del hipérbaton con indudable maestría:

Un monte era de miembros eminente
Éste que –de Neptuno hijo fiero-
De un ojo ilustra el orbe de su frente,
Émulo casi del mayor lucero…
Más tarde, Odiseo/Ulises burlaría a Polifemo, cegando su único ojo tras clavarle una estaca en él mientras dormía.

En la mitología cántabra tenemos un equivalente suyo, que sería el Ojáncano u Ojáncanu, cuyo nombre propio alude a la unicidad de su enorme ojo. Representa este ojáncano  la maldad y la brutalidad de la barbarie. De carácter salvaje, fiero y vengativo, esta criatura de cabellos rojizos habitaba en las grutas de los parajes más recónditos la Montaña, cuyas entradas suelen estar cerradas con maleza y grandes rocas.

El único ojo u ojazo de estos seres monstruosos, los cíclopes como Polifemo en la mitología griega o el ojáncanu en la de Cantabria (ya se sabe que en el país de los ciegos, el tuerto es el rey), simboliza de alguna manera la irracionalidad de la visión monocular. Es como si ese ojo les proporcionara sólo una visión parcial, animal, pero les faltara la visión binocular humana, intelectual o reflexiva y complementaria, la que  se obtiene mediante la participación de los dos ojos y funde en una percepción única las sensaciones recogidas por ambas retinas. La monstruosidad de estos seres no se debe a que sean tuertos, es decir a que tengan visión sólo por un ojo, sino a que ese ojo ciclópeo, esto es ojo en forma de rueda,  está situado en mitad de la frente, fuera del lugar destinado por la naturaleza.

La visión que completa nuestra percepción humana y que de alguna manera la trasciende es en Asia el llamado tercer ojo, un ojo simbólico, clarividente y omnividente que se abre en la frente, para lo que es preciso muchas veces cerrar los otros ojos.

Pero ojo al Cristo,  que es de plata, como suele decirse: el ojo único es también un símbolo muy importante en la iconografía de la fe cristiana: es el ojo de Dios omnividente que todo lo ve, metido en un triángulo equilátero, que representa el número tres y es el emblema de la Sagrada Trinidad: un Dios que es uno y a la vez trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Este Ojo de la Providencia puede tener su origen en el antiguo Egipto, y, en concreto, en la imagen del Ojo de Horus o udjat.

En los versos de Góngora ya se equiparaba el ojo de Polifemo al mayor lucero, es decir, al astro rey de nuestro sistema solar. Y en la tradición politeísta grecorromana existía un dios –uno y masculino- llamado a ser el unus deus monoteísta de las religiones judía, cristiana y musulmana que han triunfado en nuestro mundo: era Zeus,  o Júpiter en su versión romana, a quien el poeta Hesíodo en Trabajos y Días, verso 267, uno de los poemas más antiguos de la literatura griega, invoca como “ojo de Zeus que todo lo ha visto y todo ideado”.

Así tenemos por ejemplo el Great Seal o Gran Sello  de los EEUU de América, impreso desde hace más de dos siglos en los billetes de un dólar, en el que los americanos estampan su fe en Dios: in God we trust,  que sugiere que la moderna epifanía o revelación de Dios es precisamente el Dinero.



 DIOS LO VE TODO
Sólo aquí Dios, al que nadie ha visto, ve todas las cosas;
Nada en la realidad   puede ocultársele a Él.

 Nuestro don Antonio Machado dejó escrito en sus Proverbios y cantares esta reflexión sobre el ojo: El ojo que ves no es / ojo porque tú lo veas:/ es ojo porque te ve. Es una invitación a mirar las cosas con otros ojos, es decir, no con las ideas previas que tenemos de ellas, sino olvidándonos de los nombres con los que las designamos. Como escribió Paul Valéry en alguna parte: ver es olvidar el nombre de las cosas que uno ve: no sólo nosotros tenemos ojos, también las cosas tienen ojos con los que ahora mismo nos están mirando.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Revocación de la orden de destierro del poeta Ovidio

¿Cómo vamos a recibir la noticia no poco surrealista de que dos mil años después de ser desterrado de Roma el poeta  Ovidio sea rehabilitado ahora por el ayuntamiento de la capital italiana y revocada la orden de exilio que dictó contra él el emperador Augusto? Obviamente, con irónica sonrisa y no poca alegría, porque así se ve aquello de don Antonio Machado de que "hoy es siempre todavía", y porque, como dice el adagio popular, más vale tarde que nunca, y, también, nunca es tarde, aunque hayan pasado más de dos mil años, si la dicha es buena. 

 Vista de Sulmona en la actualidad

Publio Ovidio Nasón había nacido en Sulmona en el año 43 ante Christum natum, la misma y, sin embargo, no la misma Sulmona que se alza todavía hoy, en la provincia actual de L’Aquila, en la región de los Abruzos, y  muerto quizá a los cincuenta y nueve años de edad en el año 17 post Christum natum -no se sabe con exactitud si poco antes o poco después- en el Ponto Euxino, que así llamaban los griegos apotropaica- o irónicamente al Mar Negro, por lo inhóspito que resultaba precisamente para la navegación, no siendo buen anfitrión, ya que “euxino” quiere decir bien hospitalario en la lengua de Homero. 


En este año 2017 que dicen que ahora concluye se ha querido celebrar así el bimilenario de la muerte del poeta, que murió efectivamente en el exilio, resucitando los restos mortales de su nombre propio y revocando la orden de destierro que contra él dictó uno de los príncipes de este mundo, como si eso pudiera reparar a estas alturas la injusticia, es decir la acción de la justicia entonces vigente, del daño que sufrió el poeta. 

 
 Ovidio desterrado de Roma, William Turner (1838)

En el año 8 de nuestra era, en efecto, el poeta latino Publio Ovidio Nasón, cantor del amor y célebre sobre todo en la literatura y el arte universales por la trascendencia de su obra Metamorfosis, fue condenado al exilio en Tomis, la ciudad que después se convertiría, andando el tiempo, como suele decirse,  en la Constanza actual, en el otro extremo del imperio romano, en Rumanía, de donde no pudo regresar ni siquiera tras la muerte de Augusto. ¿Por qué murió tan lejos de su Sulmona natal y de su querida Roma donde residía? No se sabe muy bien a fecha de hoy todavía cuál fue la razón concreta de su destierro ni si está relacionado con su vida, con su obra o con ambas.


El caso es que, según se leía en la prensa estos días atrás, un partido político italiano presentó una moción que fue aprobada en el Ayuntamiento de Roma con el fin de «reparar el grave daño sufrido por Ovidio, procediendo a revocar el decreto por el que Augusto lo mandó al exilio». El ayuntamiento de Roma, regentado por la abogada Virginia Raggi, se ha arrogado así la representación ideal de la continuidad histórica del Senatus PopulusQue Romanus (SPQR), es decir, del Senado y del Pueblo de Roma,  y ha decidido restituir «la dignidad del poeta, injustamente enviado al exilio». El vicealcalde y asesor de Cultura de dicho consistorio ha declarado además, según leemos en la prensa, que «la rehabilitación de Ovidio es un símbolo importante, ya que habla del derecho de los artistas a expresarse libremente en la sociedad». 

 Estatua de Ovidio en Constanza (Rumanía)

La injusticia que se cometió con Ovidio, la promulgación de la orden que decretaba su exilio, no se repara con otra orden que la anule dictada como la anterior desde Arriba: la única reparación posible sería no decretar ninguna orden ni ley que privara a nadie de su libertad ni del derecho a vivir donde le plazca, para lo cual lo primero de todo sería necesario que no existiera ningún Estado o régimen político heredero de aquel otro que pretendiera mostrar su nueva cara democrática y liberal, como el policía bueno, intentando reparar el daño causado por el policía malo, en este caso por el Príncipe Octaviano,  quien todavía no osaba llamarse Emperador, pero que aceptó encantado el título de Augusto que le confirió el Senado romano; "bueno" y "malo", además, no son sino las dos caras, amable una y arisca la otra, de la misma moneda, ya se trate del policía o de cualquier forma de Estado o régimen político dominante.


En todo caso de poco le puede servir al poeta, dos mil años después de su muerte, que el Ayuntamiento de Roma quiera desquitarse ahora anulando aquel decreto de destierro. Hay una sola forma de hacer que vuelva de su exilio y olvido el poeta y devolverle así la libertad de expresión que merece, que es leyendo sus versos, y para eso no hace falta que ningún poder ni autoridad lo autorice ni revoque la orden de destierro que ese mismo poder, el mismo y, paradójicamente,  no el mismo, decretó en su momento. 

Ovidio en el exilio,  Ion Theodorescu-Sion (1915)

La dicha sería buena, como decíamos al principio,  si se leyeran todavía algunos de sus versos y resonaran en nuestros oídos. Ese sería el mayor tributo y homenaje que podríamos rendirle, pues era tal la pasión por el ritmo del lenguaje y la poesía de Publio Ovidio Nasón que cuando su padre le prohibió en su juventud dedicarse al arte de las Musas porque no era rentable económicamente hablando, haciéndole jurar que no escribiría más versos,  no pudo menos él, como hijo complaciente y al mismo tiempo poeta rebelde e impenitente que era, que  prometerle, en verso, que así lo haría. Afortunadamente para nosotros no cumplió su promesa. Así nos lo cuenta él mismo en unos dísticos autobiográficos: 

Saepe pater dixit: "Studium quid inutile temptas?
Maeonides nullas ipse reliquit opes".
Motus eram dictis, totoque Helicone relicto
scribere conabar uerba soluta modis.
Sponte sua carmen numeros ueniebat ad aptos,
et quod temptabam dicere uersus erat.
(Ovidio, Tristezas, IV, 10, 21-26)

Siempre me dijo mi padre: "¿Por qué te agrada lo inútil?
Mira a Homero, que ni un     mal dividendo ganó."
Me convencía lo dicho y, dejando de lado las Musas,
yo intentaba escribir     prosa corriente y vulgar.
Pero de suyo venía el ritmo a su metro preciso,
y era lo que iba a decir     verso medido y cabal.