domingo, 8 de octubre de 2017

El oro que cagó el moro

En La Utopía de Tomás Moro el oro no se utilizaba para joyas y ornamentos, sino para “hacer orinales y bacinillas para las necesidades más inmundas”, lo que era una manera de envilecer la estima en la que se tiene de ordinario el preciado metal. Pero, de alguna manera, el oro no deja de ser, pese a su valor o quizá por eso mismo, “el vil metal”, expresión con la que se subraya el carácter envilecedor del dinero. También dice Moro que con oro se fabricaban los grillos y cadenas para los esclavos y prisioneros a los que se privaba de libertad, lo que nos sugiere que el dinero, que es la paga del trabajo asalariado, asegura la servidumbre del trabajador, y que aunque la jaula sea de oro no deja de ser prisión .

Si nos remontamos más atrás en el tiempo, en la descripción que hace Ovidio de la Edad de Oro, no existe como tal el oro, que no había sido todavía desentrañado de la tierra, porque ni siquiera había “propiedad privada” ni transacciones comerciales ni ninguna forma de dinero. El oro hará su aparición precisamente en la Edad de Hierro, que es la nuestra, según el relato hesiódico y ovidiano, en la que seguimos estando inmersos.

En la Comedia de la Olla de Plauto, ilustre antecesora del Avaro de Molière, se cuenta de Euclión que se tapaba la boca mientras dormía, tan codicioso como era, para que no se le escapase nada de aire: quin cum it dormitum follem obstringit ob gulam. A lo que el esclavo Ántrace se pregunta si se tapa también el agujero del culo (inferiorem gutturem, la garganta de abajo u ojete) para que no se le escape por ahí ninguna ventosidad (animai, con el viejo genitivo de la primera declinación en –ai), que él retiene celosamente como su más preciado tesoro: ANTHR. Etiamne obturat inferiorem gutturem, / ne quid animai forte amittat dormiens? (verso 305) Podría cagarse, en efecto, el viejo avaro, sugiere el esclavo, y perder así gran parte del oro que celosamente guarda en el interior de su olla. 


La inscripción que acompaña al Dukatenscheißer (Cagaducados, literalmente) de la Caja de Ahorros de la Bolkerstrasse de Düsseldorf, tiene que ver con un cuento alemán cuyo protagonista defecaba monedas de oro. Por eso la leyenda nos advierte de que el cuento casi nunca se vuelve realidad (dies Märchen wird wohl niemals wahr), la vida nos lo enseña (das Leben lehrt), así que nos aconseja: ¡sé listo y ahorra! (sei klug und spar).

 Otro Dukatenscheißer en la fachada del Hotel Kaiserworth en Goslar, Baja Sajonia (Alemania). 

Un refrán castellano que consta de dos octosílabos pareados con rima consonante reza: El oro hecho moneda ¡por cuántas sentinas rueda! La sentina es, sensu stricto, la cavidad inferior de la nave que se halla sobre la quilla donde confluyen las aguas que, de diferentes procedencias, se filtran por cubierta y costados del buque, convirtiéndose en aguas residuales que deben ser expulsadas cuanto antes por las bombas so pena de hundir el barco; lato sensu, la sentina es un lugar donde hay inmundicias y mal olor. De alguna manera el refrán relaciona el oro convertido en moneda de cambio, es decir, en dinero, con las heces y los excrementos

Uno de los cuentos folklóricos más extendidos y conocidos en el Siglo de Oro español es el del borrico que cagaba dineros, muy difundido en otros países y lenguas, del que hay numerosas versiones orales españolas, algunas en verso, a más de portuguesas y americanas. Hay también un cuento de los hermanos Grimm, que es La mesa, el asno y el bastón maravillosos, donde aparece la figura del borrico que cagaba doblones de oro. Este cuento podría relacionarse de algún modo también con la fábula de la gallina de los huevos de oro, que en la versión original de Esopo no era tal gallina, sino  una oca que Hermes regala a un ferviente devoto suyo. Es Babrio y no Esopo quien elige una gallina. Nuestro Samaniego y Lafontaine popularizaron esta gallina en castellano y en francés respectivamente. He aquí la versión de Samaniego:



Érase una gallina que ponía
un huevo de oro al dueño cada día.
Aun con tanta ganancia malcontento,
quiso el rico avariento
descubrir de una vez la mina de oro,
y hallar en menos tiempo más tesoro.
Matóla; abrióla el vientre de costado;
pero después de haberla registrado,
¿qué sucedió? que muerta la Gallina,
perdió su huevo de oro y no halló mina. 

 
El dicho popular castellano "el oro que cagó el moro", aparte de ser una rima fácil, como su correlato “la plata que cagó la gata”, facilitada por la homofonía de las palabras, se utiliza en nuestra lengua para demostrar que es oro de baja calidad, que no es oro de ley, que es, incluso, falso. Hay un componente xenófobo indudable, y antimorisco en esta expresión, motivado por la presencia de los árabes en la península ibérica y por su fama de falsificadores de monedas y de posesores de tesoros ocultos. La fama de falsarios y de hombres de “poca fe” (cristiana) de los moriscos, pese a estar bautizados, les atribuye a sus joyas de oro y de plata el hecho de estar rebajadas y, ser, literalmente, una mierda.

Pero lo que revela esta expresión, en el inconsciente colectivo, cuando en castellano se dice que algo es de oro “del que cagó el moro” no es sólo que sea falso o de ínfima calidad, denunciando que no tiene el valor que se le atribuye, o que ni siquiera es una joya y es más bien un artículo de bisutería barata, porque no es oro todo lo que reluce bajo el sol, sino, en el fondo, que el oro, sea de la ley que sea, hasta el más puro y legítimo, no deja de ser una mierda, algo que tiene valor por ser un bien escaso y por su larga duración, pero que no deja de estar ligado a las entrañas de la tierra, y, según el psicoanálisis freudiano, a la etapa anal de la infancia del ser humano: sus excrementos son la primera ofrenda, el primer producto y regalo que puede ofrecer el niño a sus mayores. 


En los belenes de Cataluña hay una figura llamada caganer en catalán que representa a un payés con un gorro frigio o barretina que, agachado y con las nalgas al aire, deposita su cagajón en las cercanías del pesebre como humilde ofrenda al Niño Jesús. No se trata del gesto obsceno que algunos interpretan como una blasfemia, sino más bien del regalo que  el pueblo humilde que no tiene ninguna otra riqueza le ofrece al recién nacido. Las nobles ofrendas de los Reyes Magos Melchor, Gaspar y Baltasar son oro, incienso y mirra: la riqueza y los aromas de Arabia. El pobre payés le ofrece por su parte el tesoro de las heces de su secreta defecación, como el niño freudiano que les enseña por primera vez a sus progenitores los excrementos propios de los que se siente orgulloso, su mayor tesoro.

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