lunes, 25 de diciembre de 2017

Don Miguel y la ortografía

¡Qué feroz insistencia la de los padres y los maestros en torcer lo derecho y corroborar lo torcido de sus naturales instintos (de los niños)! (Miguel de Unamuno, Acerca de la reforma de la ortografía castellana, 1896)

 Miguel de Unamuno (1864-1936)

Don Miguel de Unamuno nos ha legado un retrato entrañable de un maestro de escuela llamado Gárcia y no García,  decidido partidario de la ortografía fonética. Su  propuesta era la siguiente:  “Para cada sonido un solo signo y para cada signo un solo sonido. Suprimía la c y la qu, escribiendo ka, ke, ki, ko, ku y za, ze, zi, zo, zu. Así, kerer, kinto y zera, zinturón. Su grito de guerra -que él escribía gerra- era: “¡Muera la qu!”.

De él escribe Unamuno: “...él era Gárcia y no García, y defendía la prosodia de su apellido con una tozudez heroica. Era menester que no le devorasen los Garcías, los vulgares Garcías. Un García cualquiera podía conformarse con la ortografía oficial y transigir con la qu y con la hache; pero él, Gárcia, él era un rebelde que iba a revolucionar por la ortografía fonética el pensamiento todo de las generaciones futuras.”

Las pretensiones del maestro rural chocaron enseguida con la tozuda realidad de los vulgares Garcías, los conformistas, los que a todo decían amén. No en vano García es el apellido más común en la geografía de nuestra sufrida piel de toro que sigue siendo España, donde la tauromaquia es la fiesta nacional y está declarada de interés para los turistas. Así continúa don Miguel: “Pero el pueblo se alarmó, y creyó que aquel hombre heroico y abnegado estaba trastornando los entendimientos de los niños puestos a su cuidado, que a estos niños les convenía aprender la ortografía oficial y no otra, que si escribían azer en vez de hacer, zikatero en vez de cicatero y keso por queso, no harían carrera, y empezó una campaña contra el pobre maestro. Él que escriba sus cartas como quiera -decían los vecinos-; pero a nuestros hijos que les enseñe a escribir como Dios manda. Dios era la Real Academia Española de la Lengua. Y querían que les enseñase a escribir hasta septiembre y obscuro y subscriptor, como yo no escribo nunca.”

Es curioso que las tres palabras que cita Unamuno como correctas ortográficamente puedan escribirse hoy también con corrección setiembre, oscuro y suscriptor, y en estos dos últimos casos es la forma más habitual, quedando ya como obsoletas las formas con bs que él citana como académicas.


Nuestro maestro de escuela acabará claudicando ante los requerimientos de su mujer, que le recrimina que van a echarlo de la escuela y no van a admitirlo en ninguna parte, y sus hijos van a morirse de hambre. Lo que dice la abnegada esposa y madre de familia representa, según Unamuno, la voz de la sabiduría del pueblo, pero se trata de una voz popular "de la claudicación, de la mansedumbre”.

El cuento, que lleva por título “Gárcia, mártir de la ortografía fonética”, concluye así: “Al fin llegó el desenlace de la tragedia, la catástrofe. El pobre Gárcia sucumbió. Enseñaría a escribir como la Academia manda, enseñaría a escribir obscuro con la b, y enseñaría la qu y la hache y la ce. Pero antes se haría García. O sea, la muerte civil, el suicidio intelectual. Y desde que se convirtió en García y enseñaba ortografía académica, el pobre hombre fue como un cadáver ambulante. Y sobrevivió poco. La pena le mató.”

Por otra parte, en su escrito de 1896 Acerca de la reforma de la ortografía castellana, aborda don Miguel de Unamuno el mismo tema desde una perspectiva, no ya literaria como en el susodicho cuento, sino ensayística, aunque es a veces difícil deslindar la narración del ensayo en Unamuno .

Muchos maestros se quedarían sin trabajo, porque ya no tendría ningún sentido hacer aprender a niños y niñas las normas ortográficas, “aquellas reglitas, llenas de encanto tradicional e impregnadas de dulces recuerdos infantiles”. No sería necesario someter a los pobres chiquillos a ese martirio para que no fueran “ordinarios” porque, como dice Unamuno, no por eso iban a llegar a ser “extraordinarios”. 

 
Si adoptásemos la escritura fonológica, una vez aprendidas bien las letras, todos seríamos capaces de escribir bien sin necesidad de memorizar unas reglas incomprensibles que sólo se conservan por prurito arqueológico, cosas tan abstrusas como, por poner un solo ejemplo y tomando para el caso la ge y la jota, lo que pasa con estas letras, que no ofrecen ninguna dificultad cuando van seguidas de las vocales a, o y u, pero sí cuando preceden a e o a i, por lo que hay que aprender porque sí, sin más explicaciones,  que rugir y rugido se escriben con ge, pero crujir y crujido con jota... 


No hace falta conservar la ortografía tradicional para demostrar el origen latino del castellano, como dice don Miguel, y pretenden los puristas conservadores: No necesita el castellano, para conservar su pureza y el sello de su abolengo, el que le planten esos caireles, y flecos, y borlas llenas de jeroglíficos; que no por vestir a la antigua usanza a un quidam cualquiera, resultaría con aire de nobleza. Sin toga vieja y remendada es el castellano latín hasta los tuétanos.

A la pregunta que se formula don Miguel: ¿Cuál es, en efecto, el principal y hondo obstáculo (¿por qué no ostáculo?) a la reforma de la ortografía? Él mismo nos da una respuesta no sin ironía: Si se adoptase una ortografía fonética sencilla, que, aprendida por todos pronto, hiciera imposibles, o poco menos, las faltas ortográficas, ¿no desaparecería uno de los modos de que nos distingamos las personas de “buena educación” de aquellas otras que no han podido recibirla tan esmerada? Si la instrucción no nos sirviera a los ricos para diferenciarnos de los pobres, ¿para qué nos iba a servir? Y más adelante concluye: Adoptar una ortografía sencilla y fácil, que haga imposibles las faltas ortográficas, es algo así como adoptar un uniforme. Y si no nos distinguimos por el traje, ¿qué será de nosotros? Si al que lleva levita, se la quitan, y con ella la ortografía y el bachillerismo, y le cortan las uñas chinescas (1), ¿qué queda del caballero? Le han quitado el caballo al caballero: queda un simple hombre.

 Uñas chinescas

(1)  Entre los chinos es síntoma de elegancia y refinamiento mantener las uñas largas y cuidadas, al menos la del dedo meñique, porque eso denota que uno no necesita trabajar con las manos como un vulgar asalariado y que pertenece, por lo tanto, a la clase privilegiada y a la “buena sociedad”, como dice Unamuno.  Dejarse largas todas las uñas hubiera sido bastante incómodo. Las uñas chinescas como el gastar corbata entre los occidentales son un medio que sirve para distinguirse exteriormente del pueblo inculto y grosero, como la aplicación de las normas de ortografía, que revelan que uno ha sido alfabetizado y sufrido la escolarización obligatoria, lo que, por otra parte no impide que sea, digo yo, un analfabeto funcional, o sea, alguien que sólo lee y escribe lo que está mandado, que es lo que Dios manda.


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