domingo, 15 de marzo de 2015

Las idus de marzo



A Julio César, que fue asesiando el día de las idus de marzo del año 44 antes de Cristo,  le dedicó Borges  (1899-1986) este soneto de su último libro de poemas Los conjurados (1985).
 
CÉSAR



Aquí lo que dejaron los puñales.
Aquí esa pobre cosa, un hombre muerto
que se llamaba César. Le han abierto
cráteres en la carne los metales.

Aquí la atroz, aquí la detenida
máquina usada ayer para la gloria,
para escribir y ejecutar la historia
y para el goce pleno de la vida.

Aquí también el otro, aquel prudente
emperador que declinó laureles,
que comandó batallas y bajeles

y que rigió el oriente y el poniente.
Aquí también el otro, el venidero
cuya gran sombra será el orbe entero.

(Jorge Luis Borges)

oOo

Otra referencia inevitable para un día como hoy es la novela de Thornton Wilder (1948) "Los idus de marzo" (en latín tanto idus, como nonas y calendas tenían género femenino, por lo que sería preferible aplicarle el género femenino a la palabra "idus", pero es algo que no le podemos achacar a Thornton Wilder, que tituló su novela "The Ides of March", sino a su traductor a nuestra lengua).

Es una novela muy aconsejable no sólo para lectores interesados en la novela histórica, sino para interesados en la literatura en general. El propio autor nos advierte en el prólogo de la obra sobre ello: "La reconstrucción histórica no figura entre los propósitos primarios de esta obra, que podría calificarse como una ficción sobre determiandos hechos y personas pertenecientes a los días postreros de la República Romana".

Dividida en cuatro partes, tiene formato epistolar. Marco Antonio, Cleopatra, Julio César, al que se alude como el Dictador,  y el poeta Catulo se escriben e intercambian cartas, lo que le permite al autor narrar un mismo hecho desde diferentes perspectivas, técnica con la que profundiza en la complejidad de los hechos históricos relatados.  

domingo, 8 de marzo de 2015

En el día de la mujer

En el mundo antiguo hubo mujeres escritoras, y, en concreto, poetas o poetisas, si se prefiere, como Safó de Lesbos (siglo VIII a. de C.), considerada la décima Musa, que escribió espléndidos poemas de amor a otras mujeres, científicas y filósofas como Hipacia de Alejandría (siglo III d. de C.), célebre entre nosotros por la espléndida película que le dedicó Alejandro Amenábar (Ágora, 2009), que murió a manos de fanáticos cristianos, entre otras menos conocidas, por no citar a las célebres hetairas como Aspasia, la compañera sentimental de Periclés.


Un artículo de Sofía G., publicado en la revista nihilista Nada, reivindica ahora la figura de Hiparquia como primera filósofa y por lo tanto antecesora de Hipacia de Alejandría y, sobre todo, como precursora del feminismo crítico, una postura que se rebela contra el papel que la sociedad patriarcal le ha asignado a la mujer, que reproduzco por su interés a continuación:

La primera feminista de la historia, entiendiéndose feminismo como la crítica y cuestionamiento de la asignación de roles sociales en base al género y la lucha contra el patriarcado, no fue ni Christine de Pizan (1364) -como sostenía Simone de Beauvoir- ni Mary Wollstonecraft (1759); fue Hiparquía (IV a.C.). Hiparquía fue una perra, única componente femenina de la Secta del Perro y la escuela de los cínicos griegos, discípula de Diógenes de Sínope y compañera sentimental de Crates. Además fue ella, y no Hipatia (s. IV-V), la primera mujer filósofa de la historia.


Lamentablemente no se conservan en la actualidad ninguna de sus obras. Diógenes Laercio habla de ella en su famosa obra “Vida de los filósofos más ilustres” (VI,2) dentro del apartado de Crates, su compañero sentimental, siendo la única mujer citada como filósofa en toda la obra aunque, qué sorpresa, sin tener un apartado propio. Gracias al lexicógrafo griego Suidas (s. X) sabemos que escribió al menos tres obras: Hípotesis filosóficas, Epiqueremas y “Cuestiones sobre Teodoro el ateo”. Teodoro -filósofo cirenaico- tuvo un encontronazo algo más que dialéctico con Hiparquía en Atenas. Teodoro no era muy partidario de que Hiparquía asistiese, por ser mujer, a los banquetes con Crates; según él sólo las hetairas podían hacerlo. La despreciaba sobre todo porque se dedicó a la filosofía. Al parecer durante un banquete en casa de Lisímaco, Hiparquía le dejó en evidencia. Teodoro le preguntó si era ella la que había cambiado la rueca por la filosofía, a lo que Hiparquía le contestó con una pregunta retórica si creía él que había hecho mal en dedicarle al estudio lo que por su condición femenina le hubiese correspondido dedicarle a las tareas domésticas. Enfadado Teodoro, parece ser que le arrancó la ropa intentando dejarla en evidencia, pero al igual que una Friné, su desnudez sólo sirvió para justificar su acción:


A esto nada opuso Teodoro, contentándose con tirarla de la ropa; pero ella no se asustó ni turbó como mujer, sino que como Teodoro la dijese: ¿Eres la que dejaste la tela y lanzadera? respondió: «Yo soy, Teodoro: ¿te parece, por ventura, que he mirado poco por mí en dar a las ciencias el tiempo que había de gastar en la tela?.

 Laercio VI



                                                    Crates e Hiparquia, filósofos cínicos.


Hiparquía procedía de una familia acomodada pero pronto abandonó, con 15 años, todas sus riquezas y su poder social heredado para unirse a los cínicos junto a Crates, viviendo sin propiedades,  públicamente. Se cuenta que Hiparquía y Crates sellaron su amor fornicando en las escaleras de un portal público, algo muy común entre los cinicos, que solían orinar e incluso masturbarse en público sin ningún problema basándose en la anaideia (falta del sentido del ridículo). El discípulo de Hiparquia y Crates, Zenón de Citio, fue el fundador del Estoicismo, corriente que abogaba por la igualdad de sexos y el amor libre.


Hiparquía rechazó la cultura oficial ateniense que recluía, excluía y subordinaba a la mujer, expulsándola del espacio público, tanto cultural, política como sociológicamente. Participaba de la vida pública y tenia “visibilidad”, frente a la “invisibilidad” femenina del momento. Desafió con su comportamiento público, su rechazo a la oikonomía y con su interés intelectual, a una sociedad patriarcal, machista y misógina.


 

viernes, 6 de marzo de 2015

Más sobre Alejandro

Iron Maiden, el legendario grupo británico de heavy metal de la Doncella de Hierro, cuyo nombre evoca una terrible máquina de tortura medieval, dedicó una canción a la figura de Alejandro Magno. El tema está extraído de su álbum Somewhere in Time, publicado en 1986.



La letra refleja bastante bien algunas de las facetas más importantes de la figura histórica de Alejandro: la conquista de Asia Menor, la difusión del helenismo, la fundación de Alejandría en Egipto, ciudad que todavía lleva su nombre, la anécdota del nudo gordiano... No se entiende sin embargo muy bien la afirmación que hace la canción de "He paved the way for Christianity" (¿allanó el camino a la cristiandad?). Se pueden afirmar muchas cosas sobre Alejandro, pero esa, precisamente, y en sentido estricto y riguroso, no. Alejandro es pagano, vivió y murió en el siglo IV antes de Cristo (366-323), y bajo ningún concepto puede considerarse un precursor del cristianismo.

La letra de la canción comienza con una cita de Plutarco, que pone en boca de Filipo de Macedonia, padre de Alejandro, cuando este cumplió 16 años: "My son,  ask for thyself another Kingdom, for that which I leave is too small for thee": Hijo mío, reclama para tí otro reino, porque este que te dejo es demasiado pequeño para ti".

He aquí un vídeo que subtitula la letra de la canción en castellano sobre imágenes de la fallida y espléndida película que Oliver Stone consagró a la figura de Alejandro en el año 2004.


domingo, 1 de marzo de 2015

Ópera rock Alejandro

Se estrena ahora en Atenas la ópera rock Alexander,  sobre la figura histórica de Alejandro Magno, con música del compositor griego Costas Atiridis y libreto, en inglés, of course, faltaría más, que es el idioma del rock, de Alexandra Jaranis, aunque se representa con supertítulos en griego para el público heleno.  

La historia comienza en Samotracia, un año antes del nacimiento de Alejandro, cuando Olimpia, la que será la madre del que será a su vez el dueño del mundo, y el rey de Macedonia Filipo se conocen durante los misterios de los Cabiros, y concluye con la muerte de Alejandro en Babilonia 34 años después. ¿Quién era realmente este hombre que cambió la historia del mundo influyendo en la cultura de millones de personas? La ópera intenta aproximar la figura de Alejandro al gran público, especialmente a las nuevas generaciones, en un intento similar al de otra ópera rock Jesucristo Superstar,  que en los años setenta del siglo pasado intentó atraer a la juventud hacia el cristianismo hippy con su mensaje de "paz y amor".

Una orquesta en directo compuesta por diez músicos y un reparto de treinta actores, bailarines y cantantes, interpretan este musical, que está llamado a concitar audiencias internacionales, dado que espera iniciar en breve una gira por todo el mundo.


Un intento similar a éste de acercar la figura del macedonio al público en general, dentro del campo de la cinematografía, fue el de la fallida y a la vez espléndida película de Oliver Stone,  Alexander, del año 2004, que destacó sobre todo por algunas de sus insólitas imágenes y por la música grandiosa de Vangelis.




He aquí un vídeo de la ópera rock:

jueves, 26 de febrero de 2015

Do you speak English?


Ahora que el Ministerio de Educación pretende que en un período de cinco años un tercio de las carreras universitarias españolas y la mitad de los másteres sean bilingües en español e inglés o sólo en inglés, me pregunto yo a qué se debe esa medida. Sólo se me ocurre decir que al complejo de inferioridad que tienen dichas autoridades y a una falta de respeto considerable por nuestra propia lengua y cultura, que pasa a considerarse de segunda categoría y a reservarse al ámbito privado de la comunicación familiar, como si no tuviera entidad suficiente para ser una lengua científica y académica.


La imposición en sí de la lengua de Shakespeare como lengua universitaria no deja de ir  en detrimento de otras lenguas, en primer lugar de la nuestra propia, y en segundo y no menos importante del francés, el alemán o cualesquiera otras. Una cosa es que el inglés se imponga per se, porque es la lengua del Imperio y de la mundialización,  de la ciencia y de la cultura, y otra cosa es que se imponga a golpe de real decreto porque a nuestras autoridades académicas, acomplejadas de nuestro paupérrimo nivel cultural, se les ocurra que todos tenemos que hablar inglés.



Esta falta de interés por la propia lengua revela también un desinterés bastante grande por la propia cultura, por nuestra historia, tradiciones y literatura, y da a entender que a las autoridades sólo les interesa ser competitivos en el mercado laboral internacional, habida cuenta de las pocas posibilidades que se abren a los emprendedores, como llaman ahora a los empresarios en ciernes, en el ámbito nacional, como si lo único que importara fuera el dinero, que ya sabemos que es el único dios real y verdadero.



Conviene, en cualquier caso, tener bien presente que las lenguas clásicas europeas, el latín y el griego, han tenido un papel determinante en la formación de la lengua de Shakespeare, y de todas las lenguas modernas, y especialmente del lenguaje científico, técnico y universitario, tanto en el ámbito de las ciencias sociales, letras o humanidades, como en el de las cienicas naturales, sin olvidarnos de la tecnología.  Tengamos en cuenta que la lengua franca del Imperio sin ser una lengua romance, como el francés, el portugués, el italiano o esta nuestra, contiene más de un 60% de vocabulario de origen latino y no pocos helenismos, alrededor de seis mil, según el calculo de Annie Stefanides.

 Hablas en griego, sólo que no eres consciente de ello



De todas formas, lo importante de las lenguas no es tanto el número de sus hablantes, o sea la cantidad, cuanto lo que se ha llegado a expresar en ellas, es decir, la calidad de sus contenidos.
  

Por esa misma razón algunas de las llamadas lenguas muertas, como el sánscrito, el griego clásico o el latín entre nosotros, están más vivas que muchas de las que hablamos hoy en día, por la importancia de las cosas que se han dicho en ellas. Por eso esas lenguas no han muerto todavía, siguen vivas y coleando, porque son eternas. 


Leo por ahí que el español, o más propiamente el castellano, es una lengua minoritaria todavía en la Red, en comparación con el inglés o el chino, lenguas en las que se redactan miles de blogs y páginas webs. No debería preocuparnos mucho esto, porque lo importante de una lengua no es que se hable o se escriba mucho, sino que en ella se expresen cosas importantes, cosas bellas y verdaderas, o, por lo menos, si no se puede expresar la verdad, que eso parece inalcanzable e imposible,  que se digan palabras que denuncien las mentiras que se hacen pasar por verdades, sobre las que se cimienta la realidad de nuestro mundo. Y para eso sirve cualquier lengua por muy minoritaria que sea.  





sábado, 21 de febrero de 2015

El ciprés, símbolo fúnebre



Que el ciprés (cupressus sempervirens, árbol de follaje perenne siempre verde, de madera resistente y de larga vida) es un símbo fúnebre es algo que nadie pone en duda, acostumbrados como estamos a verlos crecer en cementerios cristianos. Ya los griegos lo consagraron a Hades, su divinidad infernal, y los romanos lo tomaron de ahí para unirlo a Plutón, dando al árbol el sobrenombre de "fúnebre" que aún conserva. El paisaje de la Toscana, sin embargo, está salpicado de innumerables cipreses ornamentales.

Campo de trigo con cipreses, Vincent Van Gogh (1853-1890)

En una célebre oda de Horacio, la dedicada a Póstumo, (II, 14), en la anteúltima estrofa, aparece ya este simbolismo. El poeta le dice a su amigo Póstumo que de todos los árboles que ha plantado sólo los cipreses, odiosos por la muerte que simbolizan, lo acompañarán en su último viaje:

Ay,  qué huidizos, Póstumo, Póstumo, ay,
vuelan los años; ni ha de poner tu fe
freno a arrugas ni a vejez que
urge, ni a muerte que no se aplaca, 

no; ni aunque cuantos días transcurran, tú,
amigo, al insensible Plutón le des
trescientas reses, quien al triple
monstruo retiene, a Gerión, y a Ticio

en triste lago, que hemos de atravesar,
sí, todos los que somos de terrenal
fruto nutridos, ya seamos
reyes o míseros aparceros.

En vano evitaremos a Marte atroz
y olas que en ronco Adriático romperán,
en vano temeremos que haga
Austro en otoño enfermar al cuerpo;

habrá que ver el negro Cocito fluir
de curso lánguido y las danaides, grey
infame,  y el  a eterna pena,
Sísifo el de Éolo, condenado.

Hay que dejar la tierra, el hogar, mujer
querida, y de árboles que plantaste ayer
no han de seguirte, efímero amo,
sino cipreses aborrecidos. 

Un sucesor más digno se beberá
tus cécubos sellados con llaves cien,
y el suelo teñirá de añejo 
vino, mejor que el de nobles cenas.

Ovidio se aprovecha de este simbolismo funerario para reelaborar un mito de transformación en sus Metamorfosis.

Érase una vez  un ciervo consagrado a las ninfas del bosque. No le faltaba de nada al animal, que correteaba y pastaba tranquilamente y libre en la naturaleza, respetado y admirado por todas las criaturas. Su deslumbrante presencia no podía pasar desapercibida ni dejar indiferente a nadie. Sus cuernos brillaban como el oro bruñido a la luz de los rayos del sol; y colgaban de su torneado cuello collares de ristras de diamantes; una cinta de plata, ceñía su frente, de la que pendían pequeñas perlas, que se movían graciosamente a juego con las dos grandes perlas de sus orejas.

El ciervo se dejaba acariciar sin temor por cualquier persona; pero sin duda, con quien más congeniaba era con Cipariso, su mejor amigo, el efebo más hermoso de la isla griega de Ceos. El muchacho acompañaba al ciervo en sus correrías, llevándolo a los manantiales más limpios a beber las aguas más cristalinas y puras y a pastar a los mejores sotos y prados; le hacía guirnaldas de flores que colgaba de sus relucientes astas y, a menudo, montaba sobre su lomo como si se tratara de un caballo. Ambos, el ciervo y el niño, eran las dos más perfectas encarnaciones de la belleza que uno pudiera hallar en aquella pequeña isla, y aun en muchas otras a la redonda.

Cipariso salió un día de caza con su amigo el dios Apolo. Apolo era, además de íntimo amigo, también su amante. Pues a este dios de las artes, y especialmente de la música, no le pasaba desapercibida la belleza sin parangón de Cipariso, del que se había apasionadamente enamorado y con quien procuraba pasar la mayor parte de su tiempo. Divisó Cipariso un bulto detrás de unos arbustos y lanzó contra él su jabalina. Corrió a ver la pieza que había cobrado. El arma del joven cazador había herido de muerte al ciervo consagrado de las ninfas, su ciervo.

Nada pudieron hacer ni Apolo con sus poderes divinos, sus conocimientos médicos y su amor por el muchacho, ni Cipariso, que lloraba desconsolado aquella muerte accidental, deseando, él mismo, la suya propia, culpable como se sentía. Tampoco consiguió Apolo sacar de la cabeza de Cipariso su deseo de morir. El agraciado y ahora desgraciado joven quedó de rodillas, derramando lágrima tras lágrima sobre el cadáver de su amado ciervo, y le suplicó al dios que le dejara llevar luto durante todo el tiempo del mundo por la trágica muerte . Muy triste y apenado quedó Apolo, por la pulsión de muerte de su amigo y amado inconsolable, y con voz honda y profunda pronunció estas palabras: ―Luto serás desde ahora y consuelo del alma doliente.

 Apolo y Cipariso, Claude-Marie Dubufe (1790-1864)



El dios, mal de su grado, aceptó su ruego y convirtió al lindo muchacho en el árbol que lleva su nombre como recuerdo: Kyparissos, Cupressus, Ciprés, relacionado con el duelo y el dolor por los seres queridos, árbol fúnebre donde los haya ya para los romanos, que crecerá en todos los cementerios como símbolo de la perennidad de la muerte.

lunes, 16 de febrero de 2015

Metamorfosis, adaptación cinematográfica de Ovidio

Métamorphoses es una película francesa de Christophe Honoré, estrenada en el festival de Venecia de 2014, que acaba  de editarse en formato DVD en Francia, después de su exhibición en las salas cinematográficas. Basada en el poema épico de temática mitológica de Ovidio del mismo título, es una adaptación contemporánea de algunos de sus mitos,  caracterizados porque sus protagonistas sufren una trans-forma-ción (meta-morfo-sis, en griego) en plantas, animales o minerales.

 

Esta es la sinopsis de la película,  extraída de la página del Festival de Cine Internacional de Gijón: Una soleada mañana, a la salida del Instituto, la inocente estudiante Europa traba contacto con un misterioso camionero. Sin conocerlo absolutamente de nada lo sigue hasta un descampado en las afueras. Allí hacen el amor. Él es joven y guapo; se llama Júpiter, como el dios de dioses. Para enamorar a la chica, cuenta fabulosos relatos encadenados donde las divinidades viven mágicas historias de amor con seres humanos. El primero es el caso de la desaparecida vecina Ío, mutada en becerra por él mismo, tras haberla seducido, para escapar de la ira de su celosa mujer Juno. Atónita, pero no asustada, Europa no sabe si tan seductor individuo es atractivo como un dios o si sencillamente está loco de remate. ¿Acaso importa? Las buenas historias, verdaderas o falsas, embellecen el mundo. Europa decide creer a Júpiter. De su mano descubre una vida nueva en la que los poderosos dioses, libres y errantes, piden limosna a fin de contrastar la buena voluntad de las gentes. Entretanto, continúa produciéndose el juego de las metamorfosis de las formas en otras nuevas; igual que en el colosal poema mitológico de Ovidio, aquí transpuesto a la actualidad. 

 


sábado, 14 de febrero de 2015

Noticia de Heliogábalo, el emperador adolescente



Nacido en Antioquía, ciudad de Siria, en el año 204 después de Cristo, fue proclamado sorprendentemente emperador de Roma a los catorce años, cargo que desempeñará del 218 al 222 de la era cristiana, no llegó a cuatro años. Su verdadero nombre era otro que ahora no importa. Lo relevante es que él se hizo llamar enseguida Elagábalo, que se reinterpretó como Heliogábalo en alusión al sol al que adoraba. Este Rey Sol avant la lettre quiso pasar a la historia como el Sumo Pontífice, o quizá la suprema sacerdotisa, del dios del Sol El-Gabal de Emesa, importando de oriente este culto solar para ponerlo en vigor en Roma como religión de estado, por encima del culto oficial a Júpiter, para lo que hizo traer de Emesa una piedra negra de origen meteorítico, un betilo negro de forma inequívocamente fálica, que representaba a El, la principal divinidad semítica, instaurando un monoteísmo solar, que, de alguna forma, encarnaba también la falocracia del imperio romano.

La belleza de Heliogábalo era radiante, deslumbrante, como los rayos del astro rey que adora, como la de Adonis o Apolo, una belleza femenina, venusina, afrodisiaca, ambigua; oriental, en el sentido etimológico y primario de la palabra, porque viene del sol naciente, desde levante a poniente, a este occidente crespuscular y mortecino: a este occidente desorientado.

El emperador antioqueno, que desprecia la ruda toga romana, habituado como está su cuerpo adolescente al contacto de la fina seda de Damasco, viene a orientarnos, es decir, a orientalizarnos; y nos trae la belleza de un amanecer –Lawrence Alma-Tadema soñó y pintó la corte de Heliogábalo rebosante de pétalos de rosa. Nos trae también, la anarquía, bendita sea, al corazón del imperio romano, representada por un obelisco que los romanos siempre verán con desconfianza.



Las rosas de Heliogábalo, Lawrence Alma-Tadema (1888)

 Enseguida se verá que el joven emperador era un afeminado en el peor sentido que puede tener esta palabra para un antiguo romano tradicional y conservador de la estirpe de Catón el Viejo. Los romanos toleraban que sus emperadores tuvieran, paralelamente a sus relaciones femeninas destinadas a la procreación, algún escarceo amoroso, incluso algún amante masculino o  catamito. Era una moda griega y por lo tanto extranjera, pero no se sentía como bárbara, sino como propia del refinado mundo de la cultura y de la filosofía helénicas. Un ilustre precedente de esta costumbre era el mujeriego Zeus, que se había enamorado de Ganimedes, al que había raptado y subido al Olimpo para que le escanciara el divino licor. Podía verse incluso como un síntoma de virilidad siempre y cuando el emperador adoptara el papel activo, fuera el amante y no el amado.

Se comentaba que algunos de sus ilustres predecesores, el propio Julio, Calígula y quizá  Nerón se habían entregado a tales prácticas alguna vez, pero no dejaban de ser habladurías y chismorreos no siempre dignos de crédito. ¿Cómo el descendiente del divino Augusto iba a ser sodomizado por un esclavo,  como enseguida hizo Heliogábalo, como si en vez de ser el primer ciudadano de Roma fuera él, el emperador, un vulgar catamito afeminado, un concubino destinado al placer estéril de su dueño? ¿Cómo iba a ser  sometido por un  negro dotado de un miembro viril de considerables dimensiones? Ya se encargaba el propio Heliogábalo de ello, pues era requisito indispensable que los amantes del emperador, reclutados entre los forzudos gladiadores, rudos marineros, ágiles atletas y rufianes y sinvergüenzas de los bajos fondos, estuvieran dotados de atributos sexuales de considerables dimensiones –onóbelos, que literalmente significa “miembro de burro-, gentes a veces de la más baja estofa y condición social a los que ofrecía cargos públicos en la administración romana a cambio de sus favores. ¿Dónde se había visto una cosa igual? 

 Busto de Heliogábalo, Museos Capitolinos, Roma

No era habitual que el emperador, la máxima autoridad del imperio romano y dios viviente, fuera poseído por cualquiera de sus súbditos más plebeyos. Pero más intolerable aún era que Heliogábalo, además, para colmo, hiciera público alarde y se sintiera orgulloso de ello. El senador, historiador y contemporáneo Dión Casio nos habla de Hieroclés, un rubio esclavo de la Caria, como el “marido” favorito de Heliogábalo.

Dice la Historia Augusta y, a través de ella, el historiador que la escribe y que se avergüenza de narrar la depravada vida de este personaje: quis enim ferre posset principem per cuncta caua corporis libidinem recipientem, cum ne beluam quidem talem quisquam ferat? Lo que significa algo así como: “¿Quién, en efecto, podría tolerar a un príncipe que recibiera –atención a la sugerencia: recipientem- placer –libidinem- por todos los orificios de su cuerpo, cuando nadie soporta que ni siquiera un monstruo sea así?”

La voracidad de Heliogábalo se ha hecho proverbial prestándole nombre a la gula casi lujuriosa y sin freno. Se habla, todavía hoy, de comidas opíparas o de ágapes dignos de Heliogábalo porque el emperador de refinados gustos orientales disfrutaba de la buena mesa como buen sibarita “bon vivant”.  El Diccionario de la Real Academia Española dice que un heliogábalo (sic, con minúscula) es una "persona dominada por la gula", y explica que es así "por alusión a Heliogábalo, emperador romano, que fue voraz". 

El poeta francés Antonin Artaud le dedicó al emperador Heliogábalo un elogioso libro poético a medio camino entre el ensayo y la novela histórica, titulado “Heliogábalo o El anarquista coronado”, donde celebra que su misión fuera llevar la anarquía a Roma: “Todo tirano en el fondo no es sino un anarquista que se ha puesto la corona y que impone su ley a los demás.”


Pero Roma no podía tolerar que su emperador fuera un anarquista coronado que había hecho dejadez de toda virilidad. Heliogábalo, en efecto, no era Sumo Sacerdote del dios del Sol, sino su sacerdotisa; no era el emperador del Senado y Pueblo Romano, sino su emperatriz.

No es difícil suponer el cruento final del la vida de este adolescente que adoraba al sol: dejó de brillar enseguida, siendo asesinado a los dieciocho años de edad y su cadáver insepulto arrojado al Tíber a su paso por la ciudad eterna, en cuya corriente, en cuya grandeza y hermosura –recordemos aquí a nuestro Quevedo para acabar- huyó lo que era firme y solamente lo fugitivo, que es el nombre, su propio nombre, permanece y dura.

martes, 10 de febrero de 2015

Pedagogos y demagogos

El “paedagogus” era en Roma un esclavo griego que se encargaba de llevar al niño al colegio. Eso es lo que quiere decir la palabra griega “pedagogo”: el que acompaña y guía al niño. La palabra es similar a “demagogo”, ese insulto que los políticos se lanzan a la cara unos a otros no sin motivo, porque todos y cada uno tienen su parte de razón cuando se lo espetan a un adversario, y por eso está teñida de un fuerte matiz despectivo: el demagogo sería el político que, so pretexto de encarnar y representar la soberanía popular, conduce al pueblo por el mal camino, se sobreentiende: el que lo manipula, el que sólo busca su voto para aprovecharse de él y traicionarlo. Y es que “agogós” quiere decir conductor en la lengua de Homero;  “ped(o)” es niño, como en pediatra o pederasta, y “dem(o)” pueblo, como en democracia. Pueden relacionarse sin mucho escándalo, por lo tanto, la pedagogía y la demagogia, los pedagogos y los demagogos, por el elemento que tienen en común, que es la "agogé": lo que en el primer caso nos ha quedado como "agogía" con un resplandor angelical y bondadoso,  y en el segundo como "agogia" con aura maligna, sílaba menos y tufillo demoníaco. Lo uno y lo otro serían dos caras de la misma moneda: el niño o, en el segundo caso, el pueblo, tendrían en común una cosa: se caracterizarían como algo que debe ser conducido a alguna parte por algún experto, llámese "leader", "duce", "caudillo", "Führer", pedagogo o demagogo. 


La connotación positiva de la que se ha impregnado la palabra pedagogo, al contrario de la de demagogo, ya le chirriaba a don Antonio Machado, ya que se entiende modernamente por pedagogo el que conduce al niño hacia la madurez, el Mentor que lo educa y lleva por el buen camino, es decir, el que saca de él lo mejor para que se conduzca bien en la vida… Pero ya nos alertó el poeta de los campos de Castilla y las soledades, a través de su heterónimo Juan de Mairena: Un solo pedagogo hubo, y se llamaba Herodes. Y es que los pedagogos saben a dónde llevan al niño, conocen la meta, que es la integración en el sistema: tratan de hacer que el niño pase por el aro, se domestique, se adultere, y , en definitiva, se convierta en adulto, domándolo como a un potrillo salvaje y rebelde y, en suma, asesinándolo. Ya lo dijo el novelista maudit Jean Genet en alguna parte: "Vivre c´est survivre à un enfant mort". Ellos, los pedagogos, son los que llevan al niño al matadero, los modernos ejecutores de la matanza de los inocentes.

Los adultos deberíamos abandonar la pretensión pedagógica (y ya puestos también la demagógica de gobernar a nuestros semejantes) de educar a los niños maleándolos, como solemos hacer, integrándolos en el sistema y, angelitos que son, corrompiéndolos. No hay nada peor que un pedagogo, porque cree que sabe lo que le conviene al niño, que es desvivirse por un futuro que no existe más que como promesa o amenaza, morir, esto es, dejar de ser un niño, para lo que le lleva a la escuela, ese moderno servicio militar obligatorio, antesala de la esclavitud del trabajo asalariado, o sea de la prostitución mercenaria, que es lo mismo. 

jueves, 5 de febrero de 2015

Los noventa rostros de Venus

Philip Scott Johnson hace en este vídeo un rápido repaso al arte del retrato del rostro femenino en la pintura occidental a lo largo y ancho de los últimos quinientos años. Desfilan en él en rápida sucesión numerosísimas Venus (con)fundiéndose unas con otras: desde la Gioconda de Leonardo hasta el retrato de Françoise de Pablo Picasso. La Sarabanda de Bach pone la banda sonora musical que acompaña a las imágenes. 




martes, 27 de enero de 2015

Amor y odio: dos variaciones sobre el mismo tema.

1-Catulo:
Los  dos versos seguramente más célebres de Catulo son su declaración de amor y odio simultáneos hacia su amada y odiada Lesbia, pseudónimo literario de Clodia (poema 85):

Odi et amo. Quare id faciam fortasse requiris.
Nescio, sed fieri sentio et excrucior.

Su traducción en versión rítmica del hexámetro y del pentámetro dactílicos que componen el dístico elegíaco sería algo como esto:


La odio y la quiero. Quizá me preguntas que cómo lo hago.
No lo sé, pero así siento que es y es mi cruz.


He aquí la musicalización que hizo Carl Orff de este poema dentro de sus Catulli Carmina:




2.- Marcial:
Dice la copla popular, que algunos atribuyen a don Antonio Machado (hasta tal punto su nombre propio se ha convertido entre nosotros en sinonimo de poeta popular por antonomasia): “Ni contigo ni si ti / tienen mis penas (o mis males, según otra versión) remedio; / contigo,  porque me matas; / y  sin ti porque me muero”. La mayoría de los críticos, sin embargo, consideran que es una copla anónima, que ha alcanzado el estado de gracia de la popularidad. Uno la oye y se identifica con ella inmediatamente. El tema del “ni contigo ni sin ti” ya lo trató nuestro poeta hispanorromano Marcial en uno de sus más breves epigramas, compuesto por un dístico elegíaco. 

Eres difícil y fácil, amable y arisco tú mismo.
Ni contigo capaz soy de vivir ni sin ti.


Sólo el genio de algunos poetas puede expresar con muy pocas palabras como hace aquí Marcial todo un caudal de sentimientos contradictorios de amor y odio hacia una misma persona, en este caso del mismo sexo. Así dice en versión original el epigrama XII, 46 arriba traducido rítmicamente:


Difficilis facilis, iucundus acerbus es idem:
nec tecum possum uiuere nec sine te.

domingo, 25 de enero de 2015

¿Por qué "las" bacantes?

Porque eran las mujeres las que celebraban los ritos de Baco. Serán las mujeres de Tebas las que, cuando llegue la fiesta, se liberarán del yugo que la sociedad en general y la ciudad en particular les imponía entregándose a la bacanal. El rey Penteo prohibirá su celebración para evitar desórdenes públicos. No le gusta ese dios llamado Baco o Dioniso, un forastero que tiene algo de femenino, lascivo y afrodisiaco,  como reconoce él mismo en la tragedia de Eurípides «Las Bacantes» (vv. 233-238): 
 
Y dicen que ha venido un extranjero aquí,
hechicero encantador del país de Lidia,
que de rubios bucles lleva melena perfumada,
con la oscura magia de Afrodita en su mirada,
que durante el día y por la noche se entretiene
organizando bacanales de muchachas.

Cuando llegaban las fiestas, las esposas abandonaban a sus maridos y las madres a sus hijos así como el  gineceo -la habitación presidida por la rueca y el telar que dentro de la casa les estaba reservada a las mujeres, donde hilaban y tejían- y las labores propias de su sexo, y, huyendo de «sus labores», iban a los montes a encontrarse en estado libre y salvaje con la naturaleza, que era el templo donde se le rendía culto al dios, cuyo techo era el cielo abierto.

 La juventud de Baco, William Bouguereau (1884)

Son muchas las quejas de las mujeres que, a través de la literatura clásica, hemos recibido. Por ejemplo el propio Eurípides, pone en boca de Medea (vv. 230_231) la siguiente consideración:

De todo cuanto hay con vida y tiene juicio,
la criatura más desgraciada somos las mujeres.

¿Qué hacen las bacantes en el monte? En las bacanales hay dos elementos primordiales: uno es la música y la danza: La música es un elemento terapéutico y purificador, diríamos que catártico. Predomina la flauta frigia, como instrumento, Con el acompañamiento de flautas, tambores y platillos, los fieles, en particular las mujeres, bailaban hasta entrar en trances extáticos. El otro elemento es el consumo de vino, que, indudablemente, tiene también una función terapéutica, el vino quita las penas proporcionando el olvido de los problemas, y el sueño reparador. Eso hace que el adivino Tiresias exclame en la misma tragedia de Eurípides (vv. 282-283)

«el sueño y el olvido da de males diarios
y no hay de penas ninguna otra medicina» 

 Bacchanalia, Auguste Levêque (1864-1921)



De alguna manera Baco, o Dioniso, es el dios de la liberación. Los romanos le llamaban el padre Líber. En principio de la liberación de la mujer, pero no sólo de la mujer. El dios quiere que se le dé culto sin diferencia de clases y por eso ofrece por igual al rico y al pobre el don del vino que aleja los pesares y preocupaciones. Sin diferencias de clase social ni de sexos, Baco, o Dioniso, viene a liberar a los tebanos de la opresión a la que están sometidos. La opresión no es sólo el poder que encarna Penteo, que a fin de cuentas es un gobernante racionalista que no quiere desórdenes en la ciudad, la opresión es la ciudad misma, la sociedad tal y como está establecida, por eso las bacantes invitan a huir de las calles de Tebas y a ir a danzar a los montes. Proponen la evasión de la ciudad, de la polis, el mayor logro de la civilización griega de época clásica, de la organización política, y la vuelta a la naturaleza. Una vez que lleguen allí se entregarán a la danza desenfrenada, liberadora, que les conducirá al éx-stasis, a un salirse de sí mismas.
 
La ciudad oprimía a los esclavos, privados de libertad, y a los metecos o extranjeros que vivían lejos de sus ciudades de origen sin muchos derechos, pero también a los hombres libres, a los propios ciudadanos. El propio Eurípides en Hécuba hace decir a la reina de Troya (vv. 864-867):

¡Ay! De los mortales no hay ninguno que sea libre;
que o se es esclavo del dinero o de la suerte,
o la mayoría democrática o los decretos
a usar te fuerzan normas contra tu criterio.

La falta de libertad no se debe sólo a la existencia de un poder político opresor: la falta de libertad es consustancial al ser humano, que ha huido de la naturaleza y se ha impuesto el yugo de la ley. En el ritual dionisíaco hay otros elementos que corroboran este retorno a la naturaleza: Se descuartiza un carnero con las propias manos, sin ayuda de ningún utensilio, la técnica humana es despreciada. A continuación, se produce la ingestión de su carne cruda, no cocinada,  lo que supone el mismo desprecio hacia la civilización, personificada aquí por el hallazgo del fuego, que le debemos a Prometeo, que sería el desencadenante de la civilización. 

 El triunfo de Baco o Los borrachos, de Velázquez (1629)

En el año 186 a. de C., el Senado de Roma decidió prohibir el culto a Baco, extendido por Italia y la propia Roma ("Romae primum, deinde per totam Italiam"), que se consideró como una verdadera conspiración para derrocar el régimen imperante. Los senadores romanos veían en estas ceremonias atroces orgías de sexo y sangre con un componente sádico, por lo que decidieron reprimirlas publicando el  senadoconsulto "de Bacchanalibus". El historiador Tito Livio nos lo narra ampliamente en su Historia de Roma, libro 49, capítulos 8-18.
  
 


sábado, 10 de enero de 2015

Una invitación de cumpleaños



He aquí el texto de una carta escrita en latín hace casi dos mil años de puño y letra de una mujer llamada Claudia Severa a su hermana Lepidina, para invitarla a la celebración  de su cumpleaños; una carta que ha llegado hasta nosotros, encontrada en un recóndito lugar del Norte de Gran Bretaña, la Britania romanizada, concretamente, en el campamento fortificado de Vindolanda, donde estaba acuartelada una de las guarniciones romanas que custodiaban la frontera, el muro de Adriano, que separaba la civilización de los territorios de los bárbaros del Norte.


La carta tiene su importancia porque es uno de los primeros documentos que conocemos escritos en latín por una mujer, y, aunque no es un texto literario, refleja bastante fielmente la vida cotidiana de aquellos civiles y militares que intentaban llevar una vida normal en medio de un territorio hostil. 

Se han encontrado más cartas en Vindolanda que ponen de relieve las duras condiciones de vida de los soldados de aquella guarnición. El hecho de que las cartas de Vindolanda estén escritas a mano, y con distintas caligrafías, muestra que no son obra de escribas profesionales, sino que las tropas romanas acuarteladas tenían un alto nivel de alfabetización y culturización.


Hay información bastante cumplida de todo ello en inglés en esta página  

La carta dice así:  Claudia Seuera Lepidinae suae salutem.  (Claudia Severa manda un saludo a su querida Lepidina) III Idus Septembres, soror, (El día tercero antes de las idus de septiembre -el 11 de septiembre, según nuestro calendario actual-, hermana, ) ad diem sollemnem natalem meum (para la celebración de mi fiesta de cumpleaños) rogo libenter facias ut uenias ad nos (te ruego gustosamente que hagas lo posible por venir a vernos). Iucundiorem mihi diem interuentu tuo factura sis. Me harías con tu visita este día muy feliz. Cerialem tuum saluta (Saluda a tu querido Cerial) Aeilius meus et filiolus salutant. (Mi Elio y mi hijito os mandan saludos).  Sperabo te,  soror (Te esperaré, hermana).  Vale, soror, anima mea (Adiós, hermana, mi vida). Ita ualeam karissima et haue (Así esté yo bien, queridísima, y recibe tú mi saludo.   Sulpiciae Lepidinae Cerialis a Seuera ( A Sulpicia Lepidina, esposa de Cerial, de Severa.


He aquí el vocabulario de esta epístola:

ad: para, a
anima -ae: alma

carus -a -um: (con el sufijo superlativo -issim- que conservamos en castellano e italiano) querido
dies diei: día

et: y

facio -is -ere feci factum: hacer
filiolus -i: (diminutivo de filius hijo) hijito


haueo: alegrarse, recibir un saludo (Puede escribirse también sin hache. De hecho conocemos esta fórmula de saludo, en imperativo, en la frase que le decían al césar los gladiadores: Ave, Caesar, morituri te salutant (Salud, César, los que van a morir te saludan)  o en la oración cristiana Ave Maria)

Idus -uum: idus (el día 13 de cada mes, salvo los meses de marzo, mayo, julio y octubre, en los que dicha fecha recaía en el 15). 
ita: así, de este modo

iucundus -a -um: (con el sufijo intensivo -ior-) agradable, placentero, gozoso

interuentus -us: llegada, visita.

carissimus -a -um: Superlativo de carus -a -um querido. Podemos considerar que es una falta de ortografía escribirlo como hace Severa con K en vez de con C.


libenter: de buena gana, con gusto, con agrado,voluntariamente

meus mea meum: mío, mi.

mihi: dativo de ego , que hemos heredado en la declinación española (pues seguimos declinando, aunque no lo parezca ni seamos muy conscientes de ello,  los pronombres personales:  yo me conmigo).
natalis natale: natal, relativo al nacimiento


nos nostrum: nosotros
rogo -as -ae -aui -atum: rogar, suplicar

salus salutis: salud, saludo
saluto -as -are -aui -atum: saludar

September Septembris: septiembre (antiguamente el séptimo mes del año, cuando este comenzaba en marzo, antes de la reforma de Julio César. La palabra está formada por el número siete -septem-, como octubre con el número octo -ocho-, noviembre con el novem -nueve- y diciembre con el decem -diez-)  
sollemnis -e: solemne,  etimológicamente significa acontecimiento que sólo se produce una vez al año: solus annus.
soror -is: hermana (conservamos la forma abreviada de la palabra en sor, como se denominan las monjas; en francés bajo la forma soeur, y en italiano suora)

spero -as -are -aui -atum: esperar

suus sua suum: suyo, su (con un valor afectivo añadido: su querido)

te: Acusativo de tu tú, que conservamos en castellano con la misma forma: te, porque seguimos declinando, aunque no nos percatemos,  el pronombre personal de segunda persona del singualr: tu te ti contigo

tuus tua tuum: tuyo, tu (con valor afectivo añadido: tu querido)

uale: imperativo de ualeo: cuidarse, estar bien de salud, que se utiliza para despedida.

uenio -is -ire ueni uentum: venir

En las columnas de la izquierda tenemos las letras del abecedario latino tal y como las conocemos, y en la derecha como aparecen en las cartas de Vindolanda, una escritura cursiva.



Si quisiéramos utilziar esta caligrafía para escribir una carta, podríamos empezar poniendo "salve" que era el saludo habitual entre los romanos, y lo sigue siendo aún en italiano formal moderno. Lo escribiríamos probablemente así: 

lunes, 5 de enero de 2015

Una película de gran belleza




La grande bellezza de Paolo Sorrentino (2013) es una gran película que comienza con una secuencia en que un turista japonés se desmaya en los jardines del Janículo, víctima del síndrome de Stendhal, ante el impresionante panorama que se ofrece de la ciudad eterna, fulminado por una belleza espectacular e insoportable. Una de las películas italianas más importante de los últimos tiempos que homenajea a la ciudad que fundaran Rómulo y Remo, y que no deja indiferente a nadie. Para mí se trata de una obra maestra, puro cine que, de alguna manera, recuerda a Roma de Fellini y a Gente de Roma de Ettore Scola.

Roma vista desde el Janículo, en el Trastévere